Versículo destacado

Salmos 99:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

¡El Señor es Rey! ¡Él tiene su trono sobre los querubines! Tiemblen las naciones, y aun la tierra entera.

Salmos 99:1

menu_book El versículo en contexto

1 ¡El Señor es Rey! ¡Él tiene su trono sobre los querubines! Tiemblen las naciones, y aun la tierra entera.

2 El Señor es grande en el monte Sión; el Señor está por encima de todos los pueblos.

3 Sea alabado su nombre, grande y terrible; ¡Dios es santo!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El fundamento de toda religión verdadera es este: el Señor reina. Dios gobierna el mundo por su providencia, gobierna a la iglesia por su gracia y gobierna a ambos por medio de su Hijo. No solo debemos creer que el Señor vive, sino también que el Señor reina. Esta era la alegría de la iglesia cristiana y también de la iglesia judía: el Señor era su Rey.

De esa verdad surge el llamado: «Tiemblen los pueblos». Esto significa, en primer lugar, que incluso los pueblos que están bajo este Rey deben temblar, porque la época del Antiguo Testamento estaba marcada por mucho temor. En el monte Sinaí, Israel —e incluso Moisés— se llenó de miedo y temblor. Allí Dios era temible en sus lugares santos y, aun cuando actuaba a favor de su pueblo, hacía cosas imponentes y aterradoras. Pero no nos hemos acercado a aquel monte que ardía en fuego (Hebreos 12:18). Ahora que el Señor reina, alégrese la tierra. Antes gobernaba principalmente mediante un temor santo; ahora gobierna mediante un amor santo.

En segundo lugar, los enemigos de este reino deben temblar mucho más. Dios hará que se sometan a su cetro de oro, es decir, a su autoridad real, o los quebrantará con su vara de hierro. El Señor reina, aunque la gente se enfurezca contra esa verdad y desperdicie sus fuerzas en la ira. Su furia es inútil. Él establecerá a su Rey sobre su santo monte de Sion a pesar de ellos (Salmo 2:1-6). Al final, si no es antes, hará que tiemblen (Apocalipsis 6:15).

El Señor reina; estremezcase la tierra. Quienes se someten a él permanecerán firmes y no serán sacudidos (Salmo 96:10), pero quienes se oponen a él serán estremecidos. El cielo y la tierra serán sacudidos, junto con todas las naciones, pero el reino de Cristo no puede ser removido. Lo que no puede ser sacudido permanecerá (Hebreos 12:27). En esas cosas hay una fuerza duradera (Isaías 64:5).

El reino de Dios, establecido en Israel, es el tema de la alabanza del salmista. Se afirman especialmente dos cosas. En primer lugar, Dios dirigía la adoración de su pueblo. Él está sentado entre los querubines (Salmo 99:1), como en su trono, para dar la ley por medio de los mensajes que se entregaban desde allí, y como sobre el propiciatorio, para recibir las oraciones. El honor de Israel consistía en que la presencia especial de Dios, acompañada por los santos ángeles, estaba entre ellos. El templo era el palacio real, y el Lugar Santísimo era la sala de audiencia.

El Señor es grande en Sion (Salmo 99:2). Allí se le conoce y se le alaba (Salmo 76:1-2), y allí se le sirve como el grande, más que en cualquier otro lugar. Allí está muy por encima de todos los pueblos. Así como algo elevado se ve con facilidad y hace que la mirada se dirija hacia arriba, en Sion las perfecciones de la naturaleza de Dios aparecen con mayor claridad y resplandor que en cualquier otro lugar. Por eso, quienes viven en Sion y adoran allí deben alabar su nombre grande e imponente y darle la gloria que le pertenece, porque es santo. La santidad de Dios hace que su nombre sea verdaderamente grande para sus amigos y verdaderamente temible para sus enemigos (Salmo 99:3). Esto es lo que adoran quienes están en el cielo: «Santo, santo, santo».

En segundo lugar, Dios lo era todo en su gobierno civil (Salmo 99:4). En Jerusalén estaba el testimonio de Israel, adonde subían las tribus, y allí había tronos para juzgar (Salmo 122:4-5). Su gobierno era una teocracia: un gobierno sometido directamente a Dios. Dios levantó a David para gobernarlos, y algunos piensan que este salmo fue escrito cuando David se había establecido en el trono de manera pacífica y feliz. Él es el Rey cuya fuerza ama la justicia. Su fuerza viene de Dios, y no usa el poder para respaldar la maldad, como suelen hacerlo los gobernantes terrenales. En cambio, ama la justicia. Usa su poder para hacer lo correcto y lo hace con gusto. En esto señalaba de antemano a Cristo, a quien Dios daría el trono de su padre David para que hiciera justicia y rectitud. Tiene poder para aplastar, pero su fuerza ama la justicia. No gobierna con dureza, sino con equilibrio, sabiduría y ternura.

Israel tenía un buen rey, pero se le enseñaba a mirar más alto: a Dios, por quien gobernaba su rey. Dios estableció la equidad; es decir, les dio las buenas leyes por las que eran gobernados, y ejecutó el juicio y la justicia en Jacob. No solo aplicaba sus propias leyes mediante sus actos directos en la historia, sino que también ordenaba la justicia entre ellos por medio de magistrados civiles —es decir, funcionarios públicos— que gobernaban bajo su autoridad y, por medio de él, emitían decisiones justas. Sus jueces juzgaban en nombre de Dios, y sus decisiones eran las de Dios (2 Crónicas 19:6).

Al unir estas dos cosas, vemos la felicidad de Israel por encima de la de cualquier otro pueblo, como había dicho Moisés (Deuteronomio 4:7-8). Dios estaba tan cerca de ellos, sentado entre los querubines, y ellos tenían estatutos y juicios tan justos, por medio de los cuales se establecía la equidad, que Dios mismo gobernaba en Jacob. Por eso, el salmista da esta orden a aquel pueblo bendecido: «Exalten al Señor nuestro Dios y adórenlo ante el estrado de sus pies»; denle la gloria por el buen gobierno del que disfrutan, ahora establecido tanto en la iglesia como en el Estado (Salmo 99:5).

Cuanto mayores sean las bendiciones públicas que compartimos, más debemos unirnos en alabanza pública a Dios. El establecimiento del reino de Cristo, especialmente, debe llenarnos de alabanza. Cuando nos acercamos a Dios en adoración, nuestro corazón debe estar lleno de pensamientos elevados acerca de él, y él debe ser exaltado en nuestro interior. Cuanto más nos humillemos y más pequeños seamos delante de Dios, más lo honraremos. Debemos adorarlo ante el estrado de sus pies, ante el arca, que era como el estrado del propiciatorio entre los querubines. O debemos inclinarnos en el suelo de sus atrios. Tenemos toda razón para reverenciarlo, porque él es santo, y su santidad debe llenarnos de asombro, tal como llena de asombro a los mismos ángeles (Isaías 6:2-3).

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