Versículo destacado
Salmos 92:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Altísimo Señor, ¡qué bueno es darte gracias y cantar himnos en tu honor!
Salmos 92:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Altísimo Señor, ¡qué bueno es darte gracias y cantar himnos en tu honor!
2 Anunciar por la mañana y por la noche tu gran amor y tu fidelidad,
3 al son de instrumentos de cuerda, con la suave música del arpa y del salterio.
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Este salmo solía cantarse en la casa de Dios el día de sábado, el día de descanso. El sábado debía recordar la creación, el descanso de Dios después de su obra y la manera en que él todavía sostiene al mundo mediante su providencia, es decir, su cuidado sabio de todas las cosas. Jesús dijo: «Mi Padre aún sigue trabajando» (Juan 5:17). Por eso, el sábado debía ser un día no solo de descanso santo, sino también de trabajo santo, porque el descanso se nos da para realizar la obra.
La obra principal del sábado es alabar a Dios. Cada sábado debía ser un día de acción de gracias, y todas las demás responsabilidades de ese día debían conducir a ella. Un escritor judío entendió que este salmo señalaba hacia el reino del Mesías y lo llamó un canto para la era venidera, cuando todo será sábado. Por medio de Cristo, los creyentes ya disfrutamos del descanso sabático que todavía permanece para el pueblo de Dios (Hebreos 4:9), como el comienzo del sábado eterno.
Aquí se nos llama a alabar a Dios y se nos anima a hacerlo. Es bueno dar gracias al SEÑOR. Alabar a Dios es una buena obra: es buena en sí misma y también es buena para nosotros. Es nuestro deber, el tributo apropiado que debemos a nuestro gran Señor, y está mal negárselo. También es un privilegio, porque se nos permite alabar a Dios y esperar que nuestra alabanza sea aceptada. Es una obra agradable y provechosa, una obra que lleva en sí misma su recompensa; además, es la obra de los ángeles y del cielo.
Es bueno agradecer a Dios por las misericordias que ya hemos recibido, porque a menudo ese es el camino para recibir más misericordia. Es justo cantar al nombre del Altísimo, quien está por encima de toda bendición y de toda alabanza. Debemos alabarlo dando a conocer su misericordia y su fidelidad. Cuando estamos convencidos de la grandeza de su carácter, debemos hacerla conocida, porque deseamos que otros también sean movidos por ella. No debemos hablar solamente de su grandeza, santidad y justicia, que inspiran reverencia, sino también de su misericordia y verdad, porque estas son los grandes apoyos de la fe y la esperanza, y los grandes estímulos para amar y obedecer.
En aquel tiempo, esto se hacía no solo cantando, sino también con música de un instrumento de diez cuerdas (Salmo 92:3). Aun así, debía hacerse con un sonido solemne, no con un tono ligero y descuidado que dispersara la mente, sino con uno que la afirmara y la aquietara. Debemos alabar a Dios por la mañana y cada noche, no solo el sábado, sino todos los días, porque esto forma parte de nuestro deber diario. Debemos alabarlo no solo en el culto público, sino también en privado y con nuestras familias, mostrando su misericordia y fidelidad a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Comencemos y terminemos cada día con alabanza: démosle gracias cada mañana por la misericordia de la noche y cada noche por la misericordia del día.
El salmista nos da su propio ejemplo para motivarnos y guiarnos en este deber: «Tú, SEÑOR, me has alegrado con tus obras» (Salmo 92:4). Quienes han experimentado el gozo de alabar a Dios son quienes mejor pueden recomendarlo a otros. Las obras de Dios son dignas de alabanza, porque muchas veces han alegrado el corazón. Por eso, sin importar lo que otros piensen, debemos tener un buen concepto de ellas y hablar bien de ellas. Si Dios nos ha dado gozo por medio de sus obras, debemos darle a él el honor por ese gozo.
Si Dios ha alegrado nuestro corazón, entonces debemos hacer gloriosa su alabanza. Si nos ha alegrado por medio de su cuidado, de su gracia obrando en nosotros y, sobre todo, de la gran obra de la redención, entonces debemos obtener de ese gozo ánimo para nuestra fe y esperanza. El salmista dice: «Triunfaré en las obras de tus manos». Al recordar con gratitud lo que Dios ha hecho, podemos mirar con confianza lo que hará y regocijarnos en esa seguridad, aun frente a toda oposición (2 Tesalonicenses 2:13-14).
También debemos usar las obras de Dios para despertar una admiración santa: «¡Cuán grandes son tus obras, SEÑOR!» (Salmo 92:5). Están más allá de nuestro entendimiento y de nuestras palabras. Proceden de un gran poder y una gran sabiduría, y tienen una importancia inmensa. Las obras humanas son pequeñas en comparación. No podemos medir la grandeza de las obras de Dios; por eso debemos permanecer ante ellas con reverente asombro y maravillarnos de su grandeza.
Los planes humanos son superficiales, pero los pensamientos de Dios son profundos. Nuestras ideas son limitadas, pero su propósito es inmenso. Sus pensamientos son más altos que nuestros pensamientos, así como sus caminos son más altos que nuestros caminos (Isaías 55:9). ¡Qué profunda es la sabiduría de sus designios! (Romanos 11:33). La grandeza de sus obras debe llevarnos a pensar en la profundidad de sus pensamientos, en el propósito de su voluntad por medio del cual hace todas las cosas, y en la amplitud y el alcance de sus planes.
Se nos advierte que no ignoremos las obras de Dios al mostrarnos el carácter de quienes sí las ignoran. Esas personas son insensatas y se comportan como animales sin entendimiento, porque no conocen la grandeza de las obras de Dios. No quieren aprender acerca de ellas y no le dan a Dios la gloria que le corresponde. No consideran la obra del SEÑOR ni toman en cuenta lo que sus manos han hecho (Salmo 28:5). En particular, no entienden el significado de su propia prosperidad, mencionada en Salmo 92:7. Tratan el éxito como si fuera una señal segura de felicidad, cuando en realidad puede estar preparando el camino para la ruina. Si muchos no conocen la providencia de Dios ni se preocupan por conocerla, entonces quienes, por gracia, sí la entienden y desean aprender de ella tienen aún más razones para dar gracias.
De este capítulo
Salmos 92:2
"Anunciar por la mañana y por la noche tu gran amor y tu fidelidad,"
Salmos 92:3
"al son de instrumentos de cuerda, con la suave música del arpa y del salterio."
Salmos 92:4
"Oh Señor, ¡tú me has alegrado con tus acciones! ¡Tus obras me llenan de alegría!"
Salmos 92:5
"Oh Señor, ¡qué grandes son tus obras y qué profundos son tus pensamientos!"
Salmos 92:6
"¡Solo los necios son incapaces de entenderlo!"
Salmos 92:7
"Si los malvados y los malhechores crecen como la hierba y prosperan, es solo para ser destruidos para siempre."
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