Versículo destacado
Salmos 69:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pero yo, Señor, clamo a ti. Dios mío, ¡ayúdame ahora! Por tu gran amor, ¡respóndeme! Por tu ayuda constante, ¡sálvame! "
Salmos 69:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 si me visto de luto, me convierto en el hazmerreír de todos.
12 Ando de boca en boca, y los borrachos componen canciones sobre mí.
13 Pero yo, Señor, clamo a ti. Dios mío, ¡ayúdame ahora! Por tu gran amor, ¡respóndeme! Por tu ayuda constante, ¡sálvame!
14 ¡No permitas que me hunda en el lodo! ¡Ponme a salvo de los que me odian y de las aguas profundas!
15 ¡No permitas que la corriente me arrastre! ¡No dejes que el profundo remolino me trague y se cierre detrás de mí!
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David ya había hablado de los insultos amargos que sus enemigos lanzaban contra él. Aquí añade: «Pero yo dirigiré mi oración a ti». Se burlaban de él por ayunar y orar, y se convirtió en la canción de los borrachos. Sin embargo, él decide seguir orando. Debemos prestar mucha atención a esto, porque aunque la gente se burle de nosotros por hacer lo correcto, no debemos permitir que nos avergüence hasta apartarnos de la obediencia.
Algunas personas solo están dispuestas a soportar un poco de sufrimiento por Dios, y solo pueden confesar su nombre por un tiempo breve. No soportan una burla ni una palabra dura si eso significa que deben seguir cumpliendo con su deber. Los enemigos de David lo trataban mal, pero él encontraba consuelo en que tenía un Dios a quien acudir y ante quien presentar su causa. Otros quizá intenten defenderse mediante insultos y mentiras, pero David sigue un camino diferente. Sin importar lo que hagan, él dice: «Pero yo dirigiré mi oración a ti, oh SEÑOR».
Esta oración se hizo en un momento apropiado, y no dejó de serlo por tratarse de un tiempo de sufrimiento. Dios no nos rechaza cuando los problemas nos llevan a él. De hecho, nuestra miseria suele convertirnos en objetos aún más apropiados de su compasión. Es correcto que él ayude cuando toda otra ayuda falla, cuando estamos arruinados y sabemos que lo estaremos si él no interviene. Esta misma expresión se usa acerca de Cristo en Isaías 49:8: «En un tiempo aceptable te escuché».
Observemos ahora las peticiones de David. Primero, pide que Dios escuche con gracia sus quejas, el clamor de su angustia y el deseo de su corazón. «Escúchame», dice en Salmos 69:13; después vuelve a decir: «Escúchame, SEÑOR», en Salmos 69:16, y «Escúchame pronto» en Salmos 69:17. No quiere simplemente que Dios oiga el sonido de sus palabras, sino que le conceda lo que está pidiendo. Cristo sabía que el Padre siempre lo escuchaba (Juan 11:42).
Segundo, David pide ser rescatado de sus problemas. Quiere ser salvado de hundirse bajo el peso de la tristeza, de ser tragado por sus enemigos y de quedar atrapado en el lodo. Pide no quedarse atascado en el barro, sino ser sacado y puesto sobre terreno firme, como en Salmos 40:2. También pide no ser devorado por quienes lo odian, como un cordero arrancado de las garras de un león (Salmos 69:14). Aunque ha llegado a aguas profundas (Salmos 69:2), donde siente que las corrientes lo arrastrarán, pide que sus temores se detengan. Que venga la inundación, si tiene que venir, pero que no lo cubra (Salmos 69:15). Que no caiga en la desesperación, como si un pozo profundo fuera a tragárselo y se cerrara sobre él para siempre. Al principio del salmo parecía dispuesto a darse por perdido, pero ahora su cabeza todavía está fuera del agua y no está tan agotado por llorar como pensaba.
Tercero, pide que Dios se vuelva hacia él, que le sonría y que no esconda de él su rostro (Salmos 69:16, 17). Las señales del favor de Dios y la luz de su rostro resplandeciendo sobre nosotros bastan para impedir que nuestro ánimo se hunda aun en la angustia más profunda. No necesitamos nada más para estar seguros y en paz. «Acércate a mi alma», dice; «muéstrate a ella, y eso la rescatará».
David también da razones para insistir en estas peticiones. En Salmos 69:13 apela a la misericordia y a la verdad de Dios: «Por la grandeza de tu misericordia, escúchame». En Dios hay misericordia, abundante misericordia, toda clase de misericordia y una misericordia que nunca se agota. Hay suficiente para todos y suficiente para cada persona. Esto debe animarnos cuando oramos. También apela a la verdad de la salvación de Dios, es decir, a la verdad de todas las promesas que Dios ha hecho a quienes confían en él. Repite la misma súplica basándose en la bondad amorosa de Dios. Esta es rica y plena en sí misma, y preciosa para todos los santos. Es su vida, su alegría y su todo. Por eso dice: «Permíteme participar de ella. Vuélvete hacia mí conforme a la grandeza de tus tiernas misericordias» (Salmos 69:16).
Observa la manera tan elevada en que habla de la bondad de Dios. En Dios hay misericordias, tiernas misericordias y muchísimas de ellas. Si pensamos bien de Dios y seguimos haciéndolo aun en las pruebas más difíciles, no debemos temer que él deje de hacer el bien por nosotros. Él se complace en quienes esperan en su misericordia (Salmos 147:11).
David también apela a sus propios problemas y sufrimientos: «No escondas de mí tu rostro, porque estoy en angustia» (Salmos 69:17). Como está angustiado, necesita el favor de Dios. Ese favor llegará en el momento adecuado, y David sabrá valorarlo. También señala la vergüenza y la deshonra que ha sufrido: «Tú conoces mi oprobio, mi vergüenza y mi deshonra» (Salmos 69:19). Esto tiene una importancia especial en los sufrimientos de Cristo por nosotros. La vergüenza y el oprobio que soportó formaron parte de la satisfacción que ofreció por el pecado, que había deshonrado a Dios. Dios tomó en cuenta esa vergüenza y la aceptó como suficiente para cubrir la vergüenza y el desprecio eternos que nuestros pecados merecían. Por eso debemos arrepentirnos, reconociendo nuestra propia vergüenza y llevando el oprobio de nuestra juventud.
Si alguna vez somos llamados a sufrir vergüenza y deshonra por causa de Cristo, esto puede consolarnos: él lo sabe. Así como nos precedió en ese sufrimiento, tampoco se quedará atrás al recompensarnos. El salmista habla con sinceridad cuando dice: «El oprobio me ha quebrantado el corazón; estoy lleno de tristeza» (Salmos 69:20). Es comprensible, porque pesa mucho sobre cualquiera que conoce el valor de tener un buen nombre recibir uno malo. Sin embargo, cuando recordamos qué honor es ser deshonrados por causa de Dios y qué privilegio es ser considerados dignos de sufrir vergüenza por su nombre, como les sucedió a los apóstoles (Hechos 5:41), entendemos que esa vergüenza no debería quebrantar nuestro corazón de la misma manera.
También apela a la crueldad y al descaro de sus enemigos en Salmos 69:18: «Líbrame por causa de mis enemigos». Son el mismo tipo de hombres que describió antes en Salmos 69:4. «Mis adversarios están todos delante de ti» (Salmos 69:19). David quiere decir que Dios sabe qué clase de hombres son, qué peligro representan para él y cuánto deshonran al mismo Dios con sus planes y sus acciones contra él. Un ejemplo claro de su crueldad aparece en Salmos 69:21: «Me dieron hiel por comida, y para mi sed me dieron a beber vinagre». Esto se cumplió literalmente en Cristo y señala hacia él con tanta claridad que no dijo «Consumado es» hasta que se cumplió. Para asegurarse de que sus enemigos tuvieran la oportunidad de hacerlo, dijo: «Tengo sed» (Juan 19:28, 29). Algunos piensan que el hisopo que levantaron hasta su boca con el vinagre era la hierba amarga mencionada aquí.
Observa cuán cuidadosamente fueron anunciados de antemano los sufrimientos de Cristo. Esto muestra que la Escritura es la palabra de Dios. Observa también con qué exactitud esas predicciones se cumplieron en Jesucristo. Esto muestra que él es el verdadero Mesías. Él es el que habría de venir, y no debemos esperar a ningún otro.
David apela a la falta de bondad de sus amigos y a la decepción que le causaron (Salmos 69:20): «Esperé que alguien mostrara compasión, pero no hubo nadie». Todos le fallaron, como arroyos que se secan durante el verano. Esto se cumplió en Cristo, porque durante su sufrimiento todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron.
No debemos esperar demasiado de las personas, porque son consoladores débiles. Pero nunca podemos esperar demasiado de Dios, porque él es el Padre de las misericordias y el Dios de todo consuelo y ánimo.
De este capítulo
Salmos 69:1
"Sálvame, Dios mío, porque estoy a punto de ahogarme;"
Salmos 69:2
"me hundo en un pantano profundo y no tengo dónde apoyar los pies. He llegado a lo más hondo del agua, y la corriente me arrastra."
Salmos 69:3
"Ya estoy ronco de tanto gritar; me duele la garganta; ¡mis ojos están cansados de tanto esperar a mi Dios!"
Salmos 69:4
"Los que me odian sin motivo son más numerosos que los pelos de mi cabeza; han aumentado mis enemigos, los que me destruyen sin razón y me exigen que devuelva lo que no he robado."
Salmos 69:5
"Dios mío, tú sabes cuán necio he sido; no puedo ocultarte mis pecados."
Salmos 69:6
"Señor, Dios todopoderoso, ¡que por mi culpa no pasen vergüenza los que confían en ti! Dios de Israel, ¡que por mi causa no se decepcionen los que te buscan con ansia!"
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