Versículo destacado
Salmos 67:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Que el Señor tenga compasión de nosotros y nos bendiga; que nos mire con buenos ojos, "
Salmos 67:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Que el Señor tenga compasión de nosotros y nos bendiga; que nos mire con buenos ojos,
2 para que todas las naciones de la tierra conozcan su voluntad y su salvación.
3 Oh Dios, que te alaben los pueblos; ¡que todos los pueblos te alaben!
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El salmo comienza con una fe intensa y afectuosa que se eleva hasta convertirse en una profecía acerca de cómo Dios extenderá su reino. El escritor primero ora por el bien de la iglesia ya reunida, porque sabe que su propio gozo está ligado al de ella. Nuestro Señor nos enseñó a orar: «Padre nuestro»; por eso debemos orar con los demás y por los demás, no solamente por nosotros mismos.
«Dios, ten misericordia de nosotros, bendícenos y haz resplandecer tu rostro sobre nosotros» es una oración muy rica. Comienza con la misericordia, porque toda nuestra felicidad empieza allí. Somos pecadores que necesitamos perdón, como reconoció el recaudador de impuestos: «Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador» (Lucas 18:13). También somos necesitados y desdichados, y necesitamos que Dios nos saque de nuestras dificultades.
Después, la oración pide bendición, es decir, que Dios nos dé una parte en sus promesas y en todo el bien que contienen. Cuando Dios nos habla favorablemente, también actúa para nuestro bien. Estas palabras son profundas y hermosas, y nunca deben usarse de manera descuidada ni como una simple frase hecha.
La última parte pide la luz del rostro de Dios, es decir, su favor y el consuelo de saber que nos ama. Para ser verdaderamente felices, no necesitamos nada más que Dios resplandezca sobre nosotros con su gracia. También puede entenderse, según la nota al margen, como «resplandece con nosotros», dando a entender que Dios acompañe nuestros esfuerzos y los corone con éxito. Si caminamos con él por fe, podemos esperar esa luz.
A partir de allí, el salmo amplía su oración para pedir la conversión de las naciones gentiles, es decir, de los pueblos que no eran judíos: «Para que se conozca en la tierra tu camino» (Salmo 67:2). El salmista no ora solamente por Israel, sino por toda la humanidad. Ese es el espíritu correcto para la oración: amplio y generoso, como cuando decimos «santificado sea tu nombre» y «venga tu reino». No perdemos nada cuando otros participan de la misericordia, la bendición y el favor de Dios.
Esto también puede entenderse como una oración para que Dios mostrara una bondad especial a Israel, de modo que otras naciones fueran atraídas hacia él por medio de ese testimonio y dijeran: «Iremos con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes» (Zacarías 8:23). Los santos del Antiguo Testamento no querían quedarse con los privilegios de la iglesia. Querían que se abriera el cercado para que las naciones pudieran entrar. Esto era muy diferente del espíritu de muchos judíos en los días de Cristo, quienes se oponían al evangelio cuando se predicaba a los gentiles.
Estas palabras son a la vez una oración y una profecía. Piden que Dios haga lo que ha prometido, y eso muestra que las oraciones de la iglesia ciertamente serán respondidas. Lo primero que se pide para los gentiles es revelación divina: que el camino de Dios y su ayuda salvadora sean conocidos entre todas las naciones (Salmo 67:2). El camino de Dios es la norma del deber, aquello que él exige de nosotros. Su salud salvadora, o salvación, es el don de rescate y vida que se revela en el evangelio.
Si las personas conocen el camino de Dios y caminan por él, también verán su ayuda salvadora (Salmo 50:23). Quienes han probado la bondad de los caminos de Dios y el consuelo de su salvación desean naturalmente que otros también los conozcan. Toda persona necesita el camino de Dios y su salvación, y ambos tienen suficiente para todos.
La siguiente petición es que el culto divino se establezca entre las naciones cuando reciban esa revelación (Salmo 67:3, 5). «Que los pueblos te alaben, oh Dios» significa que tengan tanto razones como disposición interior para alabarlo. El salmista repite esta petición porque la lleva muy cerca del corazón. Quienes aman alabar a Dios también desean que otros sean llevados a ese mismo gozo, para que Dios reciba honra y las personas reciban bendición.
Esto significa que el evangelio debe predicarse a las naciones, para que tengan buenas razones para alabar a Dios, como el amanecer después de una larga noche. También significa que deben convertirse y ser incorporadas a la iglesia, dejando los ídolos muertos para volverse al Dios vivo y verdadero. Entonces sus ideas equivocadas acerca de Dios serán silenciadas, y verán en el evangelio que él es amor en sí mismo y digno de alabanza. También significa que deben reunirse para el culto público, a fin de alabar a Dios juntas, con un solo corazón y una sola voz. Cuando Dios es honrado públicamente y su culto se mantiene de manera correcta, una tierra manifiesta una verdadera identidad religiosa.
El salmo también pide que las naciones acepten con alegría el gobierno de Dios: «Que las naciones se alegren y canten con júbilo» (Salmo 67:4). El gozo santo forma parte de la alabanza agradecida. Es gozo en Dios, gozo en su nombre y gozo porque él reina. Las naciones no convertidas se resisten a ese gobierno, pero el salmo mira hacia el tiempo en que se alegrarán de que Dios haya ejercido su gran poder y reine (Apocalipsis 11:17, 18).
Que se alegren, en primer lugar, porque el reino pertenece al Señor (Salmo 22:28). Él gobierna las naciones como su Rey absoluto. Por medio de su providencia, dirige los asuntos de los reinos conforme a su propia voluntad, aun cuando ellos no lo conozcan ni lo honren. Con el tiempo, también hará discípulos de todas las naciones mediante la predicación de su evangelio (Mateo 28:19) y establecerá entre ellas su reino de gracia mientras cae el reino del diablo. Él formará un pueblo dispuesto en el día de su poder, y aun los reinos de este mundo llegarán a ser los reinos del Señor y de su Cristo.
Que también se alegren porque el juicio de cada persona procede del Señor. «Que se alegren porque juzgarás a los pueblos con justicia; porque les darás una ley y un evangelio que serán una norma justa para el juicio, y porque pronunciarás sobre todos una sentencia verdadera conforme a esa norma, sin posibilidad de apelación». Todos debemos alegrarnos de no quedar en manos del juicio unos de otros, sino de que el Señor mismo nos juzgue, pues su juicio siempre es verdadero.
Luego el salmo contempla con alegría todo el bien que vendrá cuando Dios haga esto, cuando las naciones se conviertan y sean llevadas a alabarlo. El mundo de abajo sonreirá sobre ellas, y disfrutarán de su fecundidad (Salmo 67:6). Dios daba lluvia del cielo y estaciones fructíferas aun cuando las personas vivían en oscuridad (Hechos 14:17). Pero cuando se convirtieron, la tierra produjo su fruto para Dios. Su comida y su bebida se convirtieron, en efecto, en una ofrenda de comida y una ofrenda de bebida para el Señor nuestro Dios (Joel 2:14), y la tierra se volvió fructífera con un propósito mejor. Produjo más para el bienestar de las personas, quienes por medio de Cristo obtuvieron un derecho establecido por el pacto sobre sus frutos y un uso santo de ellos. El éxito del evangelio a veces trae consigo bendiciones externas, porque la justicia enaltece a una nación. Véanse Isaías 4:2 e Isaías 62:9.
El mundo de arriba también sonreirá sobre ellas, y recibirán su favor, mucho mejor que cualquier bendición terrenal: «Dios, nuestro propio Dios, nos bendecirá» (Salmo 67:6). Y de nuevo: «Dios nos bendecirá» (Salmo 67:7). Hay un pueblo en el mundo que puede llamar a Dios suyo con buenas razones. Los creyentes tienen motivos para alegrarse de su relación con él y de la parte que tienen en él. Las palabras se expresan con triunfo: «Dios, nuestro propio Dios». Quienes por gracia pueden llamar suyo a Dios pueden esperar de él una bendición con confianza y humildad. Si él es nuestro Dios, nos bendecirá con bendiciones especiales. Cuando Dios es nuestro por el pacto, su bendición endulza todos nuestros gozos terrenales y los convierte en verdaderos consuelos. Disfrutamos del fruto de la tierra como una verdadera misericordia cuando, junto con él, Dios, nuestro propio Dios, nos da su bendición.
De este modo, el mundo entero será movido a seguir su ejemplo. Los confines de la tierra le temerán, es decir, lo adorarán con reverencia. Las bendiciones que Dios nos da no solo nos llaman a amarlo, sino también a temerlo, a pensar correctamente acerca de él y a cuidarnos de pecar contra él. A medida que el evangelio comience a extenderse, seguirá creciendo hasta llegar a los confines de la tierra. La levadura escondida en la harina se extiende por toda la masa hasta que todo queda leudado. Las muchas bendiciones que quienes están en la iglesia pueden testificar que han recibido también invitan a otros a unirse a ellos. Es bueno compartir el destino de quienes son bendecidos por el Señor.
De este capítulo
Salmos 67:2
"para que todas las naciones de la tierra conozcan su voluntad y su salvación."
Salmos 67:3
"Oh Dios, que te alaben los pueblos; ¡que todos los pueblos te alaben!"
Salmos 67:4
"Que las naciones griten de alegría, pues tú gobiernas a los pueblos con justicia; ¡tú diriges a las naciones del mundo!"
Salmos 67:5
"Oh Dios, que te alaben los pueblos; ¡que todos los pueblos te alaben!"
Salmos 67:6
"La tierra ha dado su fruto; ¡nuestro Dios nos ha bendecido!"
Salmos 67:7
"¡Que Dios nos bendiga! ¡Que el mundo entero le rinda honor!"
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