Versículo destacado
Salmos 65:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Tú mantienes firmes las montañas con tu poder y tu fuerza. "
Salmos 65:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Feliz el hombre a quien escoges y llevas a vivir cerca de ti, en las habitaciones de tu templo. ¡Que seamos colmados con lo mejor de tu casa, con la santidad de tu templo!
5 Dios y Salvador nuestro, tú nos respondes con maravillosos actos de justicia; toda la tierra confía en ti, y también el mar lejano.
6 Tú mantienes firmes las montañas con tu poder y tu fuerza.
7 Tú calmas el estruendo de las olas y el alboroto de los pueblos.
8 Aun los que habitan en tierras lejanas tiemblan ante tus maravillas; por ti hay gritos de alegría desde el oriente hasta el occidente.
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Para ayudarnos a sentir más profundamente la maravilla de la misericordia de Dios, conviene recordar su poder y su gobierno como Dios de la creación, así como la abundancia y generosidad con que cuida del mundo. Él estableció la tierra, y esta permanece firme (Salmo 119:90). Con su propia fuerza afirma las montañas (Salmo 65:6). Las estableció firmemente desde el principio y todavía las mantiene estables, aun cuando los terremotos las sacuden. Aunque los relámpagos pueden caer sobre las cumbres más altas, las montañas siguen en pie; por eso se les llama montes eternos (Habacuc 3:6). Sin embargo, el pacto de Dios con su pueblo permanece todavía más firme que ellos (Isaías 54:10).
También calma el mar, y entonces queda en silencio (Salmo 65:7). Durante una tormenta, el mar produce un ruido aterrador que aumenta el peligro. Pero cuando Dios lo ordena, manda silencio sobre las olas y el oleaje, y estos se aquietan de inmediato, convirtiendo la tormenta en calma (Salmo 107:29). Esto demuestra que aquel a quien pertenecen el mar y la tierra firme está revestido de poder. Nuestro Señor Jesús dio la misma prueba de su poder divino cuando ordenó a los vientos y a las olas, y estos le obedecieron.
El salmo también habla de cómo Dios calma el alboroto de los pueblos, de la gente común. Nada es más desenfrenado y perturbador que la violencia de las turbas y la agitación pública; sin embargo, Dios puede aquietar incluso eso de maneras ocultas que ellos no perciben. O quizá esto se refiere a la furia de las naciones contra Israel (Salmo 2:1). Dios tiene muchas maneras de silenciarlas, y silenciará para siempre su agitación.
También renueva la mañana y la tarde, y su orden nunca falla (Salmo 65:8). Este ascenso y descenso constante del día y de la noche puede entenderse de dos maneras. Primero, muestra el gran poder de Dios y hace que la gente de todas partes se llene de asombro. Quienes viven en los lugares más remotos de la tierra sienten temor ante tus señales o indicios. Estas señales les muestran que existe un Dios supremo, un Rey soberano ante quien deben temer y estremecerse. Las cosas invisibles de Dios se hacen claramente visibles por medio de sus obras; por eso las luces del cielo fueron establecidas como señales (Génesis 1:14).
Algunas personas que vivían en los lugares remotos y oscuros de la tierra tuvieron tanto miedo de estas señales que se inclinaron ante ellas en vez de inclinarse ante Dios (Deuteronomio 4:19). No entendieron que eran señales de Dios, pruebas evidentes de su poder y divinidad, y que debían llevarlos a adorarlo. Segundo, este mismo orden demuestra la bondad de Dios y, por eso, trae consuelo a todos. Tú haces que llegue la mañana, antes de que salga el sol, y que llegue la tarde, antes de que se ponga, para que ambas se alegren. Dios extiende la luz de la mañana y corre el velo de la tarde, y hace ambas cosas para nuestro bien. Así, las dos se convierten en motivos de alegría. Aunque la luz y la oscuridad son muy diferentes, y aunque Dios las separó firmemente en la creación (Génesis 1:4), ambas son bien recibidas en su debido momento.
Es difícil decir qué nos resulta más bienvenido: la luz de la mañana, que ayuda al trabajo del día, o la sombra de la tarde, que favorece el descanso de la noche. El vigilante espera la mañana, y el trabajador contratado anhela la sombra. Algunos entienden esto como una referencia al sacrificio de la mañana y al de la tarde, de los cuales las personas piadosas se alegraban mucho y mediante los cuales se honraba regularmente a Dios. Tú haces que canten, o que «den gritos de alegría». Cada mañana y cada tarde, los levitas, los cantores del templo, entonaban canciones de alabanza. Esto formaba parte del deber de cada día. Debemos considerar nuestra adoración diaria, tanto a solas como con nuestra familia, como una de nuestras mayores necesidades cotidianas y uno de nuestros consuelos más dulces. Cuando allí mantenemos comunión con Dios, la llegada y la partida de la mañana y de la tarde verdaderamente se convierten en motivo de alegría.
También riega la tierra y la hace producir fruto. El salmo desarrolla ampliamente esta prueba del poder y la bondad de Dios, probablemente porque fue escrito después de una cosecha muy abundante o de una lluvia oportuna que llegó después de una larga sequía. Es fácil ver cuánto depende la fertilidad de este mundo terrenal de lo que viene de arriba. Si los cielos son como bronce, la tierra se vuelve como hierro. Esta es una clara advertencia para un mundo indiferente: todo don bueno y perfecto viene de arriba, todo proviene de arriba. Debemos levantar la mirada por encima de las colinas, hacia los cielos, donde se encuentran las fuentes originales de toda bendición, aunque estén fuera de nuestra vista. Allí debe regresar nuestra alabanza, como las primicias de la tierra se levantaban hacia el cielo en la ofrenda para mostrar que procedían de allí.
Incluso las bendiciones espirituales de Dios se describen diciendo que él «hace llover justicia» sobre nosotros. Observa cómo aquí se describe la bendición común de la lluvia y de las estaciones fructíferas. Dios, quien hizo la tierra, la visita y muestra su cuidado por ella (Salmo 65:9). Esta es una visita llena de misericordia, y los habitantes de la tierra deben responder con alabanza. Dios, quien la hizo tierra seca, la riega para que pueda producir fruto. Incluso antes de que hiciera llover, las plantas crecían porque una neblina regaba toda la superficie del suelo (Génesis 2:5-6). Nuestros corazones son secos y estériles a menos que Dios mismo sea como rocío para nosotros y nos riegue. Él riega las plantas que ha sembrado y hace que crezcan.
La lluvia es llamada el río de Dios, lleno de agua. Las nubes son los manantiales de este río, y no fluyen al azar, sino por el cauce que Dios les señala. Él dirige los aguaceros, como ríos de agua, adonde quiere. Este río de Dios enriquece la tierra, que pronto se empobrecería sin él. Las riquezas que brotan del suelo son mucho más útiles para las personas que las riquezas escondidas dentro de la tierra. Podríamos vivir sin plata ni oro, pero no sin grano ni pasto.
La lluvia también beneficia a la tierra misma. La lluvia a su tiempo le da al terreno una apariencia renovada, y nada es más refrescante que la lluvia sobre la hierba recién cortada (Salmo 72:6). Incluso las laderas de la tierra, de las que parece escurrirse la lluvia, reciben suficiente agua, porque absorben la lluvia que cae con frecuencia sobre ellas. Los surcos, removidos por el arado para sembrar, se ablandan y se asientan con la lluvia, quedando listos para recibir la semilla (Salmo 65:10). Se asientan al volverse blandos. De la misma manera, el corazón se afirma cuando la gracia lo hace tierno.
La bendición del año comienza con la primavera. Si la primera estación del año es bendecida, eso es una promesa de que todo el año también será bendecido. Por eso se dice que Dios corona el año con sus bondades (Salmo 65:11): lo rodea por completo, como una corona alrededor de la cabeza, y lo termina con bondad, del mismo modo que se dice que el final de algo lo corona.
Se dice que sus caminos destilan abundancia, porque cada porción de riqueza de la tierra que da vida a su crecimiento proviene del derramamiento de la bondad de Dios. Dondequiera que Dios pasa, deja detrás de sí señales de su misericordia (Joel 2:13-14). De esta manera, su camino resplandece después de que él pasa. Los dones de la bondad de Dios para este mundo terrenal se extienden por todas partes (Salmo 65:12). Caen sobre los pastizales del desierto, no solamente sobre los pastizales de las tierras habitadas.
Los desiertos, que las personas no cuidan y de los que no obtienen ningún beneficio, siguen estando bajo el cuidado de Dios. Su fertilidad contribuye a la gloria de Dios como el gran benefactor de toda la creación, aun cuando no ayude directamente a las personas. Debemos dar gracias no solo por lo que nos sirve, sino también por lo que sirve a cualquier parte de la creación, porque eso honra al Creador. Aunque el desierto no produzca tanto como la tierra cultivada, recibe tanta lluvia del cielo como el suelo más fértil. Dios hace el bien incluso a los malos y a los ingratos.
La abundancia de Dios es tan amplia que hasta las colinas, aun las colinas pequeñas, se alegran por todas partes, incluido el lado norte, que recibe menos sol. Las colinas no son demasiado altas para el cuidado de Dios, ni las colinas pequeñas son demasiado insignificantes para él. Así como puede hacerlas temblar cuando quiere (Salmo 114:6), también puede hacerlas alegrarse cuando quiere.
Dios también provee para las personas en la tierra. Al dar lluvia al suelo, prepara el grano para el ser humano (Salmo 65:9). El pan sale de la tierra (Job 28:5), porque de ella sale el grano; pero Dios es quien primero preparó cada semilla. Él da lluvia a la tierra para preparar el grano para las personas, sobre quienes puso a las demás criaturas y para cuyo uso las dispuso.
Cuando pensamos en la cosecha anual, debemos recordar que no solo es una obra del mismo poder que resucita a los muertos, sino que también se parece a ella, como Jesús mostró en su enseñanza acerca de una semilla que muere y luego produce fruto (Juan 12:24). Y cuando vemos cuán constante y duradero es este beneficio, debemos reconocer que solo Dios prepara el grano para nosotros. El grano y el ganado son las dos cosas principales que enriquecen al agricultor, y ambas provienen de la bondad de Dios al regar la tierra (Salmo 65:13).
Por eso, los pastizales se cubren de rebaños (Salmo 65:13). Los campos están tan llenos que parecen vestidos de ganado recostado en ellos, pero no están sobrecargados. El ganado está tan bien alimentado que se convierte en la belleza y la gloria de los pastizales donde pasta. Los valles son tan fértiles que, en el tiempo de la cosecha, parecen cubiertos de grano. Las tierras bajas suelen ser las más productivas, y un acre en un valle humilde muchas veces vale más que cinco en una montaña elevada.
Tanto las tierras de cultivo como los pastizales, al cumplir el propósito para el que fueron creados, son descritos como si gritaran de alegría y cantaran, porque sirven para honrar a Dios y para el bienestar del ser humano, y porque nos dan motivos para alegrarnos y alabar. No hay alegría terrenal mayor que la alegría de la cosecha, y entre las fiestas del Señor que celebraba el pueblo judío, ninguna se observaba con señales más claras de gratitud que la Fiesta de la Recolección al final del año (Éxodo 23:16). Que todos estos dones cotidianos de la bondad de Dios, que recibimos año tras año y día tras día, aumenten nuestro amor por Dios como el ser supremo y nos lleven a honrarlo con nuestros cuerpos, que él sustenta tan bien.
De este capítulo
Salmos 65:1
"Oh Dios de Sión, ¡tú eres digno de alabanza! Tú mereces que se cumpla lo prometido a ti,"
Salmos 65:2
"¡pues tú escuchas la oración! Todo el mundo viene a ti."
Salmos 65:3
"Nuestras maldades nos dominan, pero tú perdonas nuestros pecados."
Salmos 65:4
"Feliz el hombre a quien escoges y llevas a vivir cerca de ti, en las habitaciones de tu templo. ¡Que seamos colmados con lo mejor de tu casa, con la santidad de tu templo!"
Salmos 65:5
"Dios y Salvador nuestro, tú nos respondes con maravillosos actos de justicia; toda la tierra confía en ti, y también el mar lejano."
Salmos 65:7
"Tú calmas el estruendo de las olas y el alboroto de los pueblos."
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