Versículo destacado
Salmos 60:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Dios ha dicho en su santuario: ¡Con qué alegría dividiré Siquem y repartiré el valle de Sucot!
Salmos 60:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Diste a los que te honran la señal para que escaparan de las flechas.
5 ¡Respóndenos y sálvanos con tu poder! ¡Libera a los que amas!
6 Dios ha dicho en su santuario: ¡Con qué alegría dividiré Siquem y repartiré el valle de Sucot!
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David aquí se regocija con esperanza y ora con esperanza. Así es como el pueblo de Dios suele triunfar: no principalmente por lo que ya posee, sino por lo que espera que Dios haga. En el versículo 6, David dice: «Dios ha hablado en su santidad», es decir, Dios le ha dado su promesa y ha jurado por su carácter santo que no le mentirá (Salmo 89:35). Por eso David dice que se regocijará y descansará en la esperanza de esa promesa. La palabra de Dios es una base firme para la esperanza y una fuente plena de gozo para todos los creyentes.
David se regocija primero porque espera dos cosas. Una es que se establezca este cambio en su propio reino. Puesto que Dios había hablado en su santidad y había dicho que David sería rey, David considera el reino como suyo, tan seguro como si ya lo tuviera en sus manos. Dice que dividirá Siquem, una ciudad agradable en el monte de Efraín, y que medirá el valle de Sucot como parte de su territorio. También dice que Galaad y Manasés son suyos, es decir, que han quedado completamente bajo su gobierno (Salmo 60:7).
David también espera recibir el apoyo necesario de las tribus. Efraín proporcionaría soldados para su guardia personal y su ejército permanente, mientras que Judá proveería jueces capaces para sus tribunales. Así, Efraín sería la fuerza de su cabeza, y Judá, su legislador. De la misma manera, la persona que cree puede regocijarse en las promesas de Dios y disfrutar de todo el bien que contienen, porque en Cristo todas las promesas son «sí» y «amén». Si Dios ha hablado en su santidad, entonces el perdón es mío, la paz es mía, la gracia es mía, Cristo es mío, el cielo es mío y Dios mismo es mío. Todo es de ustedes, si ustedes pertenecen a Cristo (Colosenses 3:22, 23).
David también se regocija porque espera la victoria sobre las naciones vecinas que habían afligido a Israel, seguían siendo peligrosas y se oponían a su trono (Salmo 60:8). Moab sería sometido a esclavitud y obligado a realizar el trabajo más humillante. Más adelante, los moabitas se convirtieron en siervos de David (2 Samuel 8:2). Edom sería convertido en un lugar donde se arroja la basura, o al menos David tomaría posesión de él como suyo; esto estaba representado por quitarse una sandalia sobre ese territorio (Rut 4:7). En cuanto a los filisteos, que se jacten si se atreven, pero David pronto hará que cambien su tono.
Aun así, la guerra todavía no ha terminado. Hay una ciudad fortificada, quizá Rabat de los amonitas, que continúa resistiendo. Edom tampoco ha sido sometido por completo. Por eso David pide ayuda para terminar la tarea. Dice: «¿Quién me llevará a la ciudad fortificada?». Está preguntando con qué aliados o ayudantes puede contar para obtener el control total de la tierra y las fortalezas del enemigo. Quienes han comenzado una buena obra naturalmente desean completarla y llevarla a su perfección.
David también espera ayuda únicamente de Dios. «¿No serás tú, oh Dios?», pregunta, porque Dios ha hablado en su santidad, y David confía en que cumplirá su palabra. David recuerda los tiempos difíciles que ya han atravesado. Parecía que Dios los había rechazado y que no había salido con sus ejércitos. Cuando fueron derrotados, sabían que se debía a que no contaban con la presencia bondadosa de Dios, o a que la habían perdido por causa del pecado. Sin embargo, no se alejan de él. Al contrario, se aferran a él con mayor fuerza; y cuanto menos parecía hacer por ellos últimamente, más esperaban que hiciera.
Al mismo tiempo, reconocen que Dios tenía razón en lo que había sucedido y siguen esperando su misericordia para el futuro. Aunque parecía que los había rechazado, confían en que no seguirá contendiendo con ellos para siempre ni permanecerá enojado eternamente. Aunque parecía que los había desechado, ya había comenzado a mostrar misericordia, y ellos le preguntan si no terminará lo que ha empezado. El Hijo de David, Jesús, en sus sufrimientos también pareció ser abandonado por su Padre cuando clamó: «¿Por qué me has desamparado?». Sin embargo, aun entonces obtuvo una victoria gloriosa sobre los poderes de las tinieblas y sobre su ciudad fortificada, una victoria que ciertamente será completada al final, porque él ha seguido conquistando y conquistará.
El Israel espiritual de Dios también es más que vencedor por medio de él. Incluso cuando siente la tentación de pensar que Dios lo ha rechazado, y aun cuando pierde algunas batallas, Dios finalmente lo llevará a la ciudad fortificada. Podemos ser derrotados en una batalla, pero no en toda la guerra. La fe viva en la promesa nos asegura no solo que el Dios de paz pronto aplastará a Satanás bajo nuestros pies, sino también que a nuestro Padre le ha placido darnos el reino.
David también ora con esperanza. Su oración es: «Danos ayuda en la angustia» (Salmo 60:11). Incluso en el día del triunfo, todavía se ven en angustia, porque la guerra continúa, y la guerra es angustiosa aun para el bando que está ganando. Por eso, nadie ama realmente la guerra excepto quienes disfrutan provocar problemas a los demás. La ayuda que piden es protección frente a los enemigos contra los que luchan. Aunque ahora están ganando, la guerra es incierta, y sin la ayuda de Dios en la próxima batalla todavía podrían ser derrotados. Por eso oran: «Señor, envíanos ayuda desde el santuario». Están pidiendo descanso de la guerra, porque luchan por la justicia, no por una victoria egoísta. De esta manera, buscan la paz.
Su esperanza al orar tiene dos aspectos. Primero, desconfían de sí mismos y de toda ayuda humana. «Vano es el auxilio del hombre», dicen. Solo estamos preparados para recibir la ayuda de Dios cuando reconocemos que toda criatura es demasiado débil para hacer lo que necesitamos que Dios haga. Segundo, confían en Dios, en su poder y en su promesa (Salmo 60:12). «Con Dios haremos proezas», dicen; y por eso también vencerán, porque solo él aplastará a sus enemigos y recibirá la gloria por ello.
Nuestra confianza en Dios nunca debe hacernos descuidados ni pasivos. Debe fortalecernos y llevarnos a cumplir con nuestro deber. Aunque Dios lo hace todo por nosotros, todavía hay algo que nosotros debemos hacer. La esperanza en Dios es la mejor fuente del verdadero valor. Quienes cumplen con su deber bajo la dirección de Dios pueden actuar con valentía, porque ¿qué razón tienen para temer si Dios está de su lado? Solo por medio de Dios y por su gracia podemos actuar con valor. Él da fuerza a las personas débiles y temerosas, y las llena de valor y determinación.
Incluso cuando hacemos bien nuestra parte, el éxito le pertenece por completo a Dios, porque es él quien aplasta a nuestros enemigos, no nosotros. Todas nuestras victorias, al igual que todo nuestro valor, provienen de él. Por eso, toda nuestra alabanza debe ponerse a sus pies.
De este capítulo
Salmos 60:1
"En tu enojo, oh Dios, nos has abandonado y nos has deshecho; ¡devuélvenos ahora nuestra fuerza!"
Salmos 60:2
"Hiciste que la tierra temblara y se abriera; ¡cierra ahora sus grietas, pues se está desmoronando!"
Salmos 60:3
"Has hecho pasar a tu pueblo por duras pruebas; nos has dado un vino que enloquece."
Salmos 60:4
"Diste a los que te honran la señal para que escaparan de las flechas."
Salmos 60:5
"¡Respóndenos y sálvanos con tu poder! ¡Libera a los que amas!"
Salmos 60:7
"Galaad y Manasés me pertenecen; Efraín es el casco que cubre mi cabeza; Judá es mi bastón de mando;"
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