Versículo destacado

Salmos 60:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

En tu enojo, oh Dios, nos has abandonado y nos has deshecho; ¡devuélvenos ahora nuestra fuerza!

Salmos 60:1

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El título nos indica el propósito general de este salmo. Es un Mictam, una canción preciosa de David, y fue escrito para enseñar. Los levitas debían enseñárselo al pueblo, para que por medio de él aprendieran a confiar en Dios y a alegrarse en él. Nosotros también debemos usarlo para enseñarnos unos a otros y a nosotros mismos.

Aun en los días de alegría pública necesitamos instrucción. Debemos aprender a dirigir nuestro gozo hacia Dios y permitir que termine en él. No debemos atribuirles a las herramientas de nuestra salvación la alabanza que le pertenece solamente a Dios. Al mismo tiempo, nuestras alegrías deben fortalecer nuestra esperanza en lo que todavía está por venir.

El salmo también señala un momento específico de la vida de David. Fue durante la guerra contra los sirios, incluidos los de Mesopotamia y Zoba, y después de una gran victoria sobre los edomitas bajo el mando de Joab, comandante de David, quien dejó a 12,000 enemigos muertos en el campo de batalla. Aquí David contempla ambas dificultades. Por los sirios ora, y por los edomitas se regocija con la santa confianza de que Dios completará la victoria.

Con frecuencia tenemos preocupaciones y alegrías al mismo tiempo, y unas ayudan a equilibrar las otras. Ninguna debe desplazar por completo a la otra. Ambas nos dan motivos para orar y alabar, y las dos deben presentarse ante Dios con un corazón correcto. Si un enemigo ha sido derrotado, quizá todavía quede otro, así que nadie debe jactarse como si todas las batallas ya hubieran terminado.

Estos versículos iniciales comienzan con el triste recuerdo de las muchas dificultades y pérdidas que Dios había permitido que su pueblo sufriera en años anteriores. Durante el reinado de Saúl, especialmente hacia el final, y durante la lucha de David contra la casa de Saúl, cuando David gobernaba solamente sobre Judá, el reino estaba profundamente afligido. Las naciones vecinas aprovechaban cada oportunidad para atacarlos.

David dice que habían visto tiempos difíciles, es decir, que habían sufrido mucho, mientras los filisteos y otros vecinos hostiles los atacaban (Salmos 60:3). A veces Dios permite que incluso su propio pueblo atraviese tiempos difíciles en este mundo para que no se acomode aquí, sino que aprenda a descansar solamente en él. David también reconoce que el desagrado de Dios era la causa de sus dificultades: Dios se había enojado con ellos, los había rechazado y los había dispersado (Salmos 60:1). Si Dios no hubiera retirado su protección, sus enemigos jamás habrían podido prevalecer.

Cualquiera que sea nuestra dificultad y cualesquiera que sean los agentes humanos involucrados, debemos reconocer la mano justa de Dios en ella. David también lamenta los resultados de aquellos años difíciles. Toda la tierra había temblado, como si hubiera ocurrido un terremoto (Salmos 60:2). El pueblo estaba lleno de temor por lo que pudiera suceder al final.

Incluso los fieles habían quedado aturdidos. David dice que Dios les había dado a beber el vino del desconcierto (Salmos 60:3); es decir, estaban tan aturdidos como quienes han perdido los sentidos y no saben cómo explicar la manera en que Dios trata con su pueblo. Estaban asombrados y no sabían qué hacer. Este recordatorio se da para enseñar al pueblo. Cuando Dios comienza a favorecernos otra vez, es bueno recordar las dificultades del pasado.

Debemos recordarlas por tres razones. Primero, para que las lecciones de la aflicción permanezcan frescas y nos mantengan humildes en nuestro interior (Lamentaciones 3:19, Lamentaciones 3:20). Segundo, para que la bondad de Dios al levantarnos nos parezca aún mayor, porque el alivio después de la miseria se siente como volver de la muerte a la vida. Tercero, para que no nos volvamos descuidados, sino que nos alegremos con prudencia, sabiendo que quizá pronto tendremos que ser probados otra vez.

Luego David expresa con gratitud la esperanza que Dios había puesto delante de ellos, aunque las cosas habían estado mal durante mucho tiempo. Dios les había dado una bandera a los que le temen, una señal de esperanza y unidad para el remanente fiel (Salmos 60:4). Esa bandera era el gobierno de David, que ahora estaba establecido y se extendía sobre todo Israel. Los israelitas piadosos, que honraban la elección de David por parte de Dios para ocupar el trono, consideraban su ascenso una buena señal de Dios.

Como una bandera levantada en la batalla, el reino de David cumplía varias funciones. Reunía al pueblo disperso. Les daba valor y nuevas fuerzas. Y llenaba de temor a sus enemigos, porque ahora se había levantado contra ellos una bandera de desafío. En un sentido superior, Cristo, el Hijo de David, es la bandera para quienes temen a Dios (Isaías 11:10). En él son reunidos en uno; a él miran, en él se glorían y de él reciben valor. Su amor es la bandera que los cubre, y bajo su mando la iglesia llega a ser tan amenazante para el mal como un ejército con sus banderas.

Después, David presenta una humilde súplica por misericordia oportuna. Primero, le pide a Dios que se reconcilie con ellos, aunque Dios había estado disgustado con ellos. Como sus dificultades habían comenzado con la ira de Dios, su paz debía comenzar con el favor de Dios: «Vuélvete de nuevo a nosotros» (Salmos 60:1). Si Dios les muestra su favor y se pone de su lado, entonces tendrán verdadera paz. Cuando Dios está en paz con nosotros, extiende su paz a todo lo demás.

Segundo, David pide que el pueblo se reconcilie entre sí, porque estaba separado y profundamente dividido. «Sana las heridas de nuestra tierra» (Salmos 60:2), dice, refiriéndose tanto a las heridas causadas por los enemigos como a las divisiones que ellos mismos habían provocado. La necedad y el pecado humanos crean esas grietas, y solamente la sabiduría y la gracia de Dios pueden repararlas al derramar amor y paz. Solo entonces un reino sacudido y hecho pedazos puede ser restaurado y librado de la ruina.

La oración pide que el pueblo de Dios sea protegido de sus enemigos (Salmos 60:5): «Libra a quienes amas y no permitas que sean tomados como presa. Sálvalos con tu mano derecha, con tu propio poder y por los medios que tú elijas. Escúchame». Quienes temen a Dios son sus amados. Son tan valiosos para él como la niña de sus ojos. A menudo enfrentan angustias, pero serán librados.

La propia mano derecha de Dios los salvará, porque quienes tienen su corazón también tienen su mano. «Sálvalos y escúchame». Esto nos recuerda que el pueblo de Dios que ora puede considerar las liberaciones públicas de la iglesia como respuestas a sus propias oraciones. Si usamos la posición que tengamos delante de Dios para pedir bendiciones para todo su pueblo, y esas bendiciones llegan, entonces, además de participar en el bien que producen, cada uno puede decir con un gozo especial: «Dios me ha escuchado y me ha respondido».

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