Versículo destacado
Salmos 6:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
¡Apártense de mí, malhechores, porque el Señor ha escuchado mis sollozos!
Salmos 6:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Estoy cansado de llorar. Noche tras noche lloro tanto que inundo de lágrimas mi almohada.
7 El dolor me nubla la vista; ¡se me nubla por culpa de mis enemigos!
8 ¡Apártense de mí, malhechores, porque el Señor ha escuchado mis sollozos!
9 El Señor ha escuchado mis ruegos; ¡el Señor ha aceptado mi oración!
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¡Qué cambio tan repentino y favorable! El hombre que gemía, lloraba y sentía que todo estaba perdido ahora mira hacia el futuro y habla con esperanza. Después de presentar sus peticiones a Dios y poner su situación en sus manos, está seguro de que el resultado será bueno, y su tristeza se transforma en alegría.
I. Ahora se aparta de los malvados y se fortalece frente a sus burlas: «Apártense de mí todos ustedes, los que obran iniquidad» (Salmo 6:8). Cuando estaba en lo más profundo de su angustia, temía que la ira de Dios contra él lo dejara entre los malvados. Pero ahora que la nube oscura ha pasado, está seguro de que su alma no será reunida con los pecadores, porque ellos no son su pueblo. Había comenzado a sospechar que quizá pertenecía a ese grupo, debido a que la mano de Dios pesaba sobre él; pero ahora que sus temores se han calmado, los despide, sabiendo que su lugar está con el pueblo escogido de Dios.
Los que practicaban el mal se habían burlado de él y le habían preguntado: «¿Dónde está tu Dios?». Habían tratado de avergonzarlo mientras estaba desanimado y desesperado. Pero ahora tiene una respuesta para quienes lo insultaban, porque Dios, que estaba a punto de mostrarle misericordia, ya había consolado su espíritu y pronto completaría su rescate. También pudieron haberlo tentado a actuar como ellos, a abandonar su fe y entregarse a los placeres pecaminosos para encontrar alivio. Pero ahora dice: «Apártense de mí. No escucharé sus consejos. Querían que maldijera a Dios y muriera, pero yo lo bendeciré y viviré».
Debemos responder a las misericordias de Dios de la misma manera. Su bondad hacia nosotros debe fortalecer nuestra determinación de no tener nada más que ver con el pecado ni con quienes lo practican. David era rey, y aprovechó esta ocasión para renovar su propósito de usar su autoridad para frenar el pecado y reformar la vida pública (Salmo 75:4; Salmo 101:3). Cuando Dios ha hecho grandes cosas por nosotros, debemos preguntarnos qué podemos hacer por él. Nuestro Señor Jesucristo parece tomar estas palabras de su padre David. Cuando haya recibido toda autoridad para juzgar, dirá: «Apártense de mí todos ustedes, los que obran iniquidad» (Lucas 13:27); de ese modo, nos enseña a decirlo ahora (Salmo 119:115).
II. También se asegura de que Dios le ha mostrado y le seguirá mostrando su favor, aunque haya sentido señales de su enojo. En primer lugar, está convencido de que Dios responderá la oración que está presentando. Mientras todavía está hablando, sabe que Dios lo escucha, como vemos en Isaías 65:24 y Daniel 9:20. Por eso habla de la respuesta como algo ya realizado y lo repite con triunfo: «El SEÑOR ha oído» (Salmo 6:8), y nuevamente: «El SEÑOR ha oído» (Salmo 6:9). Por la obra de la gracia de Dios en su corazón, sabe que su oración ha sido aceptada y, por tanto, no duda de que será respondida a su debido tiempo.
Sus lágrimas tenían una voz, una voz fuerte, en los oídos del Dios de misericordia. Las lágrimas silenciosas no carecen de palabras. Sus oraciones eran clamores dirigidos a Dios: «El SEÑOR ha oído la voz de mi llanto. El SEÑOR ha oído la voz de mi súplica». Es como si Dios hubiera dado a sus oraciones su palabra, su «que así sea», y pronto eso se hará evidente. A partir de esto, concluye que Dios también escuchará sus otras oraciones, porque ha escuchado esta y no reprende a quienes vuelven a pedir después de haber recibido regalos anteriores.
III. Puede estar orando por el arrepentimiento de sus enemigos o anunciando su ruina (Salmo 6:10). Bien puede entenderse como una oración por su conversión: «Que todos ellos se avergüencen de la oposición que han mostrado contra mí y de los duros juicios que han pronunciado. Que, como sucede con todo verdadero arrepentido, se aflijan por su propia insensatez. Que vuelvan a pensar correctamente y se avergüencen de lo que me han hecho, y que reconozcan su vergüenza».
Si no se vuelven atrás, entonces estas palabras son una predicción de su confusión y destrucción. Serán avergonzados y profundamente afligidos, y eso será justo. Se alegraron cuando David estaba angustiado (Salmo 6:2-3); por eso, como suele suceder, el mal volverá sobre sus propias cabezas. Ellos también serán profundamente afligidos. Quienes no quieran dar gloria a Dios terminarán con el rostro cubierto de una vergüenza permanente.
Al cantar estas palabras y orar con ellas, debemos glorificar a Dios como aquel que está dispuesto a escuchar la oración. Debemos reconocer su bondad al oír nuestras oraciones y animarnos a esperar en él y confiar en él en medio de nuestras angustias más difíciles y nuestras mayores aflicciones.
De este capítulo
Salmos 6:1
"Señor, no me reprendas en tu enojo ni me castigues en tu furor."
Salmos 6:2
"Señor, ten compasión de mí, pues me siento sin fuerzas. Señor, devuélveme la salud, pues todo el cuerpo me tiembla."
Salmos 6:3
"¡Estoy temblando de miedo! Y tú, Señor, ¿cuándo vendrás?"
Salmos 6:4
"Ven, Señor, ¡salva mi vida! ¡Sálvame por tu amor!"
Salmos 6:5
"Nadie que esté muerto puede acordarse de ti; ¿quién podrá alabarte en el sepulcro?"
Salmos 6:6
"Estoy cansado de llorar. Noche tras noche lloro tanto que inundo de lágrimas mi almohada."
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