Versículo destacado

Salmos 57:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Ten compasión de mí, Dios mío, ten compasión de mí, pues en ti busco protección. Quiero refugiarme debajo de tus alas hasta que haya pasado el peligro.

Salmos 57:1

menu_book El versículo en contexto

1 Ten compasión de mí, Dios mío, ten compasión de mí, pues en ti busco protección. Quiero refugiarme debajo de tus alas hasta que haya pasado el peligro.

2 Clamaré al Dios altísimo, al Dios que en todo me ayuda.

3 Él enviará desde el cielo su amor y su verdad, y me salvará de quienes me persiguen con rabia.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El título de este salmo incluye una palabra nueva: «Al-taschith», que significa «No destruyas». Algunos piensan que era el nombre de una melodía con la que se cantaba el salmo. Otros creen que señala el contexto y el tema del salmo. «No destruyas» podría significar que David no permitió que destruyeran a Saúl cuando tuvo una oportunidad clara de matarlo en la cueva y sus hombres querían que lo hiciera. David dijo: «No permita el Señor que yo haga tal cosa contra mi señor» (1 Samuel 24:4, 6). O podría significar que Dios no permitiría que Saúl destruyera a David. Dios permitió que Saúl persiguiera a David, pero solo hasta cierto límite: «No lo destruyas», así como permitió que Satanás afligiera a Job, diciéndole: «Solo cuida su vida». David no debía ser destruido, porque había una bendición en él (Isaías 65:8), y esa bendición era Cristo, la mayor bendición de todas.

Cuando David estaba en la cueva, en grave peligro, aquí nos muestra lo que ocurría en su corazón delante de Dios. Dichosos los que, cuando están en peligro, tienen pensamientos tan buenos acerca de Dios. David se fortalece con fe, esperanza y oración. Rodeado de enemigos, se vuelve a Dios con una oración apropiada: «Ten misericordia de mí, oh Dios», y lo repite. No es una repetición vacía. Es la oración del cobrador de impuestos: «Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador» (Lucas 18:13). Es triste cuando alguien usa esas palabras sin pensar o dice «Señor, ten misericordia» solo como una exclamación de sorpresa o frustración, mientras Dios y su misericordia están lejos de sus pensamientos. David ora con profunda emoción: «Ten misericordia de mí, oh Dios; mírame con compasión y, por tu amor y piedad, rescátame».

Para ponerse bajo el alcance de la misericordia de Dios, David dice que toda su confianza está en él: «Mi alma confía en ti» (Salmos 57:1). No se limita a decir que confía en Dios; verdaderamente descansa en él con toda su alma, con devoción sincera y plena confianza. Se acerca a Dios con humildad, al pie de su gracia, y dice: «Me refugiaré a la sombra de tus alas», como los polluelos que se esconden bajo las alas de una gallina cuando hay aves de rapiña cerca. Lo hace hasta que pase el problema. Está seguro de que sus dificultades terminarán a su debido tiempo: «Estas calamidades pasarán». La tormenta se disipará. Nuestro Señor Jesús se consoló con esta certeza en su sufrimiento: «Lo que se refiere a mí tiene su cumplimiento» (Lucas 22:37).

Al mismo tiempo, David permanece tranquilo bajo la protección de Dios. Descansa en la bondad de la naturaleza de Dios, que lo impulsa a ayudar y proteger a su pueblo, así como una gallina naturalmente protege a sus crías. Dios viene pronto a ayudar a su pueblo, lo que muestra un rescate rápido (Salmos 18:10), y reúne a los suyos bajo sus alas, lo que muestra calidez y consuelo aun mientras continúa la dificultad (Mateo 23:37). David también descansa en la promesa de Dios y en su pacto de gracia. Esta imagen puede señalar a las alas extendidas de los querubines, donde se decía que Dios habitaba (Salmos 80:1) y desde donde daba sus palabras. Así que David dice, en efecto: «Huiré hacia Dios, el Dios de gracia, y su promesa será mi refugio y un paso seguro en medio de todo peligro». Dios se ofrece para que confiemos en él por medio de su promesa, y por la fe debemos recibirlo y confiar en él.

David también dice que todo su deseo se dirige hacia Dios (Salmos 57:2). «Clamaré a Dios Altísimo por ayuda y alivio. Al Altísimo levantaré mi alma y oraré fervientemente al Dios que hace todas las cosas por mí». Debemos ver y reconocer la mano de Dios en todo lo que nos sucede. Sea lo que sea que ocurra, él lo ha hecho. Su propósito se cumple y las Escrituras se realizan en ello. Todo lo que Dios hace por su pueblo demostrará, al final, que lo hizo para ellos y para su bien. Aunque Dios es grande, el Altísimo, se inclina lo suficiente para ver que todo coopera para el bien de su pueblo. Esa es una razón poderosa para clamar a él en toda dificultad: no solo para orar, sino para orar con fervor.

David también dice que toda su esperanza proviene de Dios (Salmos 57:3). «Él enviará ayuda desde el cielo y me salvará». Quienes hacen de Dios su único refugio y corren hacia él con fe y oración pueden estar seguros de que recibirán salvación a su manera y en su tiempo. David espera la salvación del cielo. Al mirar a su alrededor en la tierra, no ve un refugio seguro ni ayuda, así que levanta la mirada. Quienes elevan su corazón hacia las cosas de arriba pueden esperar recibir de allí el bien. También espera ser librado de la vergüenza que le causan quienes intentan devorarlo y destruirlo, y quienes no dejan de alterarlo. Algunos leen el versículo de esta manera: «Él enviará ayuda desde el cielo y me salvará, porque ha avergonzado al que intentaba devorarme». Dios ya ha frustrado sus planes, y por eso completará el rescate de David. David atribuye su liberación a la misericordia y la verdad de Dios. Dios es bueno en sí mismo y fiel a cada promesa que ha hecho, y eso se hace evidente cuando salva a su pueblo. No necesitamos nada más para ser verdaderamente bendecidos que recibir los beneficios de la misericordia y la verdad de Dios (Salmos 25:10).

Luego David muestra el poder y la crueldad de sus enemigos (Salmos 57:4). «Mi alma está entre leones». Saúl y los que estaban con él eran tan feroces contra David que él habría estado igual de seguro en una cueva de leones que entre aquellos hombres. No dejaban de rugir contra él y estaban listos para despedazarlo. Ardían de ira y transmitían esa ira unos a otros. También estaban encendidos por el fuego del infierno (Santiago 3:6). Eran hijos de los hombres, por lo que uno habría esperado de ellos razón y compasión humanas. Sin embargo, eran como bestias salvajes con forma humana. Sus dientes, que rechinaban contra David, eran como lanzas y flechas hechas para herir y matar. Su lengua, con la que lo maldecían y dañaban su reputación, era como una espada afilada que hiere y mata (Salmos 42:10). Una lengua dañina es un arma peligrosa, y Satanás suele usarla contra el pueblo de Dios.

David describe los planes malvados que tramaban contra él (Salmos 57:6) y luego muestra cómo terminan esos planes. «Han tendido una red para mis pasos», para atraparlo e impedir que escapara. «Han cavado una fosa delante de mí», para que cayera en ella antes de darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Esto muestra con cuánto cuidado los enemigos de la iglesia traman el daño y cuánto esfuerzo dedican a hacer el mal. También debemos observar el resultado. Su plan preocupaba a David y lo hacía sentirse abatido y triste al pensar que alguien pudiera odiarlo tanto. Pero, aun así, no lo derrotó.

La ruina cayó sobre los enemigos de David. Cavaron una fosa para él, pero ellos mismos cayeron en ella. El mal que habían planeado contra David volvió sobre sus propias cabezas, y sus planes quedaron confundidos. Mientras Saúl perseguía a David, los filisteos atacaron a Saúl. Incluso en la cueva, cuando Saúl pensaba que David caería en sus manos, en realidad Saúl estaba en manos de David y dependía de su misericordia.

Entonces David ora para que Dios sea glorificado y para que su gran nombre sea honrado (Salmos 57:5). En efecto, dice: «No importa lo que me suceda a mí ni lo que suceda con mi causa: ¡Exáltate, oh Dios! Que los santos ángeles y los gloriosos habitantes del mundo celestial te alaben por encima de los cielos, y que tu gloria cubra toda la tierra para que todos te conozcan y te alaben». La gloria de Dios debe estar más cerca de nuestro corazón que cualquier preocupación personal.

Cuando David se encontraba en gran angustia y vergüenza, no oró: «Señor, exáltame». Oró: «Señor, exalta tu propio nombre». De la misma manera, el Hijo de David, Jesús, cuando su alma estaba angustiada, primero dijo: «Padre, sálvame de esta hora», pero luego retiró esa petición y dijo: «Para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre» (Juan 12:27-28). O estas palabras pueden entenderse como una razón para pedir la liberación: «Señor, envía ayuda desde el cielo y sálvame; al hacerlo, demostrarás que eres el Dios del cielo y de la tierra».

El estímulo más firme que tenemos al orar proviene de la gloria de Dios. Por eso, cuando pidamos cualquier misericordia, debemos mirar primero a su honra, más que a nuestra propia comodidad. Por esa razón la oración del Señor comienza diciendo: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre», porque esa petición guía a todas las demás.

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