Versículo destacado
Salmos 50:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Escucha, Israel, pueblo mío; voy a poner las cosas en claro contigo. ¡Yo soy Dios! ¡Yo soy tu Dios!
Salmos 50:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Y el cielo declara que Dios es un juez justo.
7 Escucha, Israel, pueblo mío; voy a poner las cosas en claro contigo. ¡Yo soy Dios! ¡Yo soy tu Dios!
8 No te censuro por los sacrificios y holocaustos que siempre me ofreces.
9 No te pido becerros de tu ganado ni machos cabríos de tus corrales,
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Dios está tratando aquí con personas que pensaban que la religión consistía solamente en ceremonias externas. Cumplían la ley ceremonial y suponían que eso era suficiente. Pero Dios les recuerda el pacto original entre él e Israel, cuando ellos lo habían aceptado como su Dios y él los había aceptado como su pueblo. Por eso dice: «Escucha, pueblo mío, y hablaré» (Salmo 50:7).
Es correcto que, cuando Dios habla, su pueblo escuche. Si ellos no lo escuchan, nadie más lo hará por ellos. También podemos esperar que Dios nos hable con bondad cuando estamos dispuestos a escuchar. Aun cuando nos advierte o nos reprende por medio de su palabra o de los acontecimientos de nuestra vida, debemos estar deseosos de oír lo que dice. Incluso debemos escuchar la vara, es decir, la disciplina que él ha establecido.
Luego Dios muestra cuán poco valor tienen los sacrificios prescritos por la ley cuando las personas confían en ellos en lugar de obedecerle (Salmo 50:8). Podemos considerar esto de dos maneras. Primero, bajo la ley, Dios no estaba reprendiendo a los judíos porque hubieran dejado de traer sacrificios. De hecho, habían sido muy cuidadosos con ellos. Sus holocaustos estaban siempre delante de él, y hasta se enorgullecían de ellos. Esperaban que esas ofrendas excusaran su vida pecaminosa, como la mujer adúltera que usa un lenguaje religioso para encubrir su lujuria (Proverbios 7:14). Pensaban que sus sacrificios constantes cubrirían y justificarían su descuido de los asuntos más importantes de la ley de Dios.
Aunque hubieran fallado en cierta medida en esos actos externos, esa tampoco habría sido la razón principal del conflicto de Dios con ellos. Su pecado mayor era su conducta inmoral. Sin embargo, actuaban como si Dios les debiera algo por todos los animales que habían llevado a su altar, como si ellos lo hubieran convertido en su deudor. Pero Dios muestra lo contrario. Él no necesitaba sus sacrificios. Ya le pertenecen los animales de los bosques y el ganado de innumerables montes, así como el mundo entero y todo lo que hay en él (Salmo 50:9-12). Tiene pleno derecho sobre ellos, los ve a todos y puede usarlos como quiera. Su completa autosuficiencia demuestra cuán incapaces somos de añadirle algo.
Tampoco podía recibir ayuda ni mejorar por medio de sus ofrendas. La bondad de ellos en este asunto no podía alcanzar a Dios. Si eran justos en esto, Dios no se hacía mejor por causa de ello (Salmo 50:13). «¿Acaso como carne de toros?», pregunta. Es igual de absurdo pensar que los sacrificios, por algún valor propio, pueden darle placer a Dios que pensar que un Espíritu infinito necesita alimento y bebida como nuestros cuerpos. Las naciones paganas creían que sus falsos dioses se alimentaban de la grasa y del vino de los sacrificios (Deuteronomio 32:38), pero el gran Señor no se complace de esa manera. No. La obediencia es mejor que el sacrificio, y el amor a Dios y al prójimo es mejor que todos los holocaustos. De hecho, Dios les dijo muchas veces por medio de sus profetas que sus sacrificios no eran aceptables, sino detestables, mientras siguieran viviendo en pecado. En vez de agradarlo, esas ofrendas se convirtieron en una burla y un insulto contra él (Proverbios 15:8; Isaías 1:11; Isaías 66:3; Jeremías 6:20; Amós 5:21).
Por eso se les advierte que no descansen en esos actos externos. Deben vivir delante de Dios como su verdadero pueblo en cada aspecto de la vida. También podemos mirar hacia el futuro y ver, como explica el doctor Hammond, el fin de esos sacrificios en el evangelio de Cristo. Cuando Dios establezca el reino del Mesías, dejará de lado el antiguo culto de sacrificios y ofrendas. Ya no exigirá que le lleven continuamente toros y machos cabríos (Salmo 50:8-9). Nunca los pidió porque los necesitara o porque se deleitara en ellos. Todo eso ya le pertenece, y él tiene muchas más criaturas de las que conocemos, mucho más de lo que podemos tener en nuestros propios rebaños.
Dios estableció esos sacrificios para señalar de antemano el gran sacrificio que su propio Hijo ofrecería en la cruz, en el momento señalado, para hacer expiación por el pecado. También señalaban los sacrificios espirituales de alabanza y devoción que Dios aceptaría por medio de Cristo. Desde esa perspectiva, Dios nos dirige hacia los mejores sacrificios de oración y alabanza, que siempre fueron más valorados que los holocaustos y los sacrificios de animales, y que ahora reemplazan esos rituales externos bajo el evangelio (Salmo 50:14-15). Así muestra lo que es bueno y lo que requiere el Señor nuestro Dios cuando se dejan de lado los sacrificios.
Primero debemos confesar nuestros pecados con arrepentimiento. Algunos entienden el versículo como «ofrece a Dios confesión», lo que significa admitir nuestros pecados, darle la gloria a Dios y aceptar la vergüenza sobre nosotros mismos, para no volver a los mismos pecados. Un corazón quebrantado y arrepentido es el sacrificio que Dios no desprecia (Salmo 51:17). Si no se abandonaba el pecado, la ofrenda por el pecado no era verdaderamente aceptada.
Segundo, debemos darle gracias a Dios por sus misericordias. Debemos ofrecerle agradecimiento todos los días, incluso varias veces al día, y especialmente en ocasiones especiales. Si la alabanza nace de un corazón humilde y agradecido, lleno de amor y alegría en Dios, le agrada más que un buey o un toro con cuernos y pezuñas (Salmo 69:30-31).
Tercero, debemos tener cuidado de cumplir nuestras promesas a Dios. «Cumple tus votos al Altísimo» significa que debemos apartarnos de nuestros pecados y cumplir mejor con nuestro deber, conforme a las promesas solemnes que le hemos hecho. Cuando le damos gracias a Dios por una misericordia recibida, también debemos asegurarnos de cumplir los votos que hicimos mientras buscábamos esa misericordia. De lo contrario, nuestro agradecimiento no será aceptado. El doctor Hammond aplica esto a la Cena del Señor, la comida cristiana de conmemoración y acción de gracias, en la que agradecemos a Dios por su gran amor al enviar a su Hijo para salvarnos, y renovamos nuestros votos de amor, deber y generosidad. En lugar de las sombras del Antiguo Testamento que señalaban a un Cristo que todavía habría de venir, ahora tenemos el bendito memorial de Cristo, que ya vino.
Cuarto, en medio de la angustia debemos acudir a Dios en oración fiel y sincera (Salmo 50:15). Él dice: «Invócame en el día de la angustia», y no a ningún otro dios. Aun cuando nuestras dificultades vengan de la mano de Dios, deben impulsarnos hacia él, no alejarnos de él.
Debemos reconocerlo en todos nuestros caminos, depender de su sabiduría, poder y bondad, y entregarnos por completo a él. De esta manera le damos gloria. Este es un modo más sencillo, fácil y accesible de buscar su favor que llevarle una ofrenda de paz, y le agrada más.
Cuando él responda nuestras oraciones y nos libre, como ha prometido hacerlo según el modo y el tiempo que considere adecuados, debemos glorificarlo. No lo hacemos solamente hablando con gratitud de su bondad, sino viviendo de una manera que lo alabe. Así mantenemos una comunión cercana con Dios: acudimos a él con nuestras oraciones cuando nos aflige y con nuestra alabanza cuando nos libra.
De este capítulo
Salmos 50:1
"El Señor, el Dios de los dioses, ha hablado; ha llamado a los que habitan la tierra desde el oriente hasta el occidente."
Salmos 50:2
"Dios resplandece desde Sión, la ciudad de belleza perfecta."
Salmos 50:3
"Nuestro Dios viene, pero no en silencio: delante de él hay un fuego destructor, y a su alrededor, una fuerte tormenta."
Salmos 50:4
"Desde lo alto, Dios llama al cielo y a la tierra para que presencien el juicio de su pueblo:"
Salmos 50:5
"«Reúnan a los que me son fieles, a los que han hecho una alianza conmigo ofreciéndome un sacrificio»."
Salmos 50:6
"Y el cielo declara que Dios es un juez justo."
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