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Salmos 50:16 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Pero Dios le dice al malvado: ¿Qué derecho tienes de citar mis leyes o de mencionar mi alianza,

Salmos 50:16

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Dios, por medio del salmista, ya les ha enseñado a sus propios hijos la manera correcta de adorarlo y de mantenerse en comunión con él. Ahora se dirige a los malvados, a los hipócritas, tanto a los que profesaban la fe judía como a los que profesaban la cristiana. La hipocresía es una forma de maldad que Dios juzgará.

Primero vemos la acusación contra ellos. Se les acusa de apropiarse del honor y de los privilegios de la religión: «¿Qué derecho tienes tú, malvado, para declarar mis estatutos?». Es un desafío para quienes en realidad viven apartados de Dios, pero aparentan ser piadosos. Que demuestren qué derecho tienen a llevar el nombre de personas religiosas cuando solo lo usan para ocultar la maldad de su corazón y de su conducta. Si pueden, que prueben su pretensión.

Algunos entienden esto como una profecía acerca de los escribas y fariseos, los maestros y líderes de la comunidad judía en la época en que se establecerían el reino de Cristo y la manera de adorar conforme al evangelio. Ellos se opusieron firmemente a ese gran cambio y usaron la autoridad que tenían desde la silla de Moisés para tratar de impedirlo. Pero las palabras de nuestro Señor acerca de ellos (Mateo 23), y las palabras de Pablo en Romanos 2:21-22, encajan muy bien con esta reprensión. Afirmaban explicar la ley de Dios, pero odiaban la enseñanza de Cristo. Entonces, ¿qué derecho tenían para enseñar la ley si rechazaban el evangelio?

Sin embargo, esto se aplica a todos los que practican el pecado mientras profesan piedad, especialmente si además lo predican. Es absurdo y constituye un gran insulto contra el Dios del cielo que personas malvadas declaren sus estatutos y hablen de su pacto. Es muy posible, y tristemente común, que quienes enseñan los estatutos de Dios a otros desobedezcan esos mismos estatutos, y que quienes hablan del pacto de Dios mantengan en secreto un pacto con el pecado y la muerte. Pero son usurpadores: toman un honor que no merecen y un día serán expulsados como intrusos. «Amigo, ¿cómo entraste aquí?».

También se les acusa de quebrantar las leyes y los mandamientos de la religión. Primero, muestran un desprecio abierto por la palabra de Dios: «Odias la disciplina». Les gustaba dar instrucciones y decirles a otros lo que debían hacer, porque eso alimentaba su orgullo y los hacía parecer importantes. También les ayudaba a ganarse la vida. Pero odiaban recibir instrucción del propio Dios, porque ella los corregiría y los humillaría. Odiaban la disciplina, las reprensiones de la palabra de Dios y las advertencias de su providencia. No es de extrañar que quienes odian ser reformados también odien los medios que Dios usa para reformarlos. «Echas mis palabras a tus espaldas». Parecía que colocaban las palabras de Dios delante de ellos cuando se sentaban en la silla de Moisés y enseñaban la ley a otros (Romanos 2:19). Pero en su vida diaria arrojaban la palabra de Dios detrás de sus espaldas e ignoraban la norma que estaban decididos a no seguir. Eso equivale a despreciar el mandamiento del Señor.

Segundo, mantenían una relación cercana con los peores pecadores. «Cuando veías a un ladrón», en vez de reprenderlo y testificar contra él, como deberían hacerlo quienes declaran los estatutos de Dios, «te complacías con él». Aprobabas lo que hacía, querías participar de sus ganancias y te asociabas con él en su negocio maldito. «Has sido compañero de los adúlteros». Hacías las mismas cosas que ellos y los animabas a continuar en su pecado, deleitándote en quienes practican el mal (Romanos 1:32).

Tercero, permanecían entregados a los peores pecados de la lengua. «Das rienda suelta a tu boca para el mal», es decir, te entregas por completo a toda clase de palabras malvadas. Mentían: «Tu lengua trama engaños». Esto sugiere una planificación cuidadosa y una mentira deliberada. Una mentira conduce a otra, y muchas veces un fraude necesita de otro para ocultarlo.

También calumniaban: «Te sientas y hablas contra tu hermano». Lo tratabas mal, tergiversabas sus acciones y lo juzgabas como si fueras su amo y él tuviera que responderte. Pero él es tu hermano, tan digno como tú, porque es hijo de tu propia madre. Es un pariente cercano a quien debiste amar, defender y honrar con tus palabras cuando otros lo atacaran. Incluso si realmente hubiera hecho algo malo, lo acusabas de manera falsa e injusta. Te sentabas como un juez en su tribunal, con aire de autoridad. Ocupabas el lugar de los burladores, ridiculizando y difamando a quienes debías honrar y tratar con bondad. Quienes hacen el mal a menudo encuentran placer en hablar mal de los demás.

Después viene la prueba de la acusación: «Has hecho estas cosas». Los hechos son demasiado claros para negarlos y el pecado es demasiado grave para excusarlo. Dios los conoce, y tu propio corazón también. En el día del gran juicio, los pecados de los pecadores quedarán demostrados contra ellos sin posibilidad de cuestionarlos. «Te reprenderé», es decir, te mostraré claramente en qué eres culpable, de modo que no tendrás nada que decir en tu defensa. Se acerca el día en que los pecadores que no se arrepientan quedarán completamente silenciados, sin palabras. ¡Qué vergüenza los cubrirá cuando Dios ponga sus pecados delante de sus ojos!

No quisieron mirar sus pecados con humilde tristeza. Los echaron detrás de sus espaldas, los encubrieron y trataron de olvidarlos. No permitieron que su conciencia se los recordara. Pero llegará el día en que Dios los obligará a ver sus pecados, para su vergüenza y terror eternos. Los ordenará uno tras otro, como testigos que son llamados a declarar contra un criminal. Incluirá el pecado original, los pecados cometidos, los pecados contra la ley, los pecados contra el evangelio, los pecados contra la primera tabla de la ley y los pecados contra la segunda. Presentará los pecados de la infancia, de la juventud, de la edad adulta y de la vejez.

Por último, vemos la paciencia del Juez y el abuso que el pecador hace de ella. «Guardé silencio», dice Dios. No los perturbó en su camino pecaminoso, sino que les permitió seguir adelante. La sentencia por sus malas obras se demoró y no se ejecutó de inmediato. La paciencia de Dios es muy grande con los pecadores que continúan provocándolo. Él ve sus pecados y los aborrece. No le costaría nada castigarlos; sin embargo, espera para mostrar misericordia y les da tiempo para arrepentirse. De esta manera, si no se arrepienten, los deja sin excusa.

La paciencia de Dios es aún más asombrosa porque los pecadores la usan de manera tan perversa. Piensan: «Tú eres igual que yo: débil y olvidadizo, falso a tu palabra e incluso amigo del pecado». Las personas toman el silencio de Dios como aprobación y su paciencia como permiso. Así, cuanto más demora él el juicio, más se endurece su corazón. Pero si no vuelven a Dios, un día se darán cuenta de su error, cuando ya sea demasiado tarde, y aprenderán que el Dios al que ofenden es justo, santo y terrible, y que no se parece en nada a ellos.

Esta es la clara advertencia que se da a los hipócritas en Salmos 50:22: «Ahora entiendan esto, ustedes que se olvidan de Dios». Consideren el hecho de que Dios conoce todos sus pecados y lleva cuenta de ellos. Él les pedirá cuentas. La paciencia que se abusa se convertirá en una ira mayor. Aunque ustedes se olviden de Dios y de su deber para con él, él no se olvidará de ustedes ni de sus rebeliones. Piensen en esto a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. Si no consideran estas cosas ni las toman en serio, él los despedazará y nadie los rescatará.

Este es el destino de los hipócritas: ser despedazados (Mateo 24:51). El olvido de Dios está en la raíz de toda maldad. Quien conoce a Dios y aun así no lo obedece ciertamente se ha olvidado de él. Los que se olvidan de Dios también se olvidan de sí mismos, y las cosas nunca estarán bien con ellos hasta que reflexionen seriamente y recuperen el juicio. Pensar profundamente es el primer paso para volver a Dios. Quienes no escuchan las advertencias de la palabra de Dios ciertamente serán despedazados por los juicios de su ira. Cuando Dios venga a despedazar a los pecadores, nadie podrá librarlos. No pueden salvarse a sí mismos, y ningún amigo en el mundo podrá salvarlos.

Aquí, entonces, encontramos una instrucción completa para todos nosotros, que muestra cómo escapar de ese terrible final. «Escuchemos la conclusión de todo este asunto». Se nos dice qué hacer para alcanzar el propósito principal de la vida. Nuestro propósito principal es glorificar a Dios, y aquí se nos enseña que quien ofrece alabanza lo glorifica. Esto es verdad tanto para el judío como para el gentil, porque estos sacrificios espirituales serán aceptados. Debemos alabar a Dios y ofrecerle nuestra alabanza como un sacrificio, llevándola ante él como se llevaba cada sacrificio. Debemos ponerla en las manos del sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, quien también es el altar. Debemos asegurarnos de ofrecerla con fuego: el fuego sagrado de un afecto santo y sincero. Al alabar al Señor, debemos hacerlo con un espíritu fervoroso. En su gran misericordia, Dios considera esto como una manera de glorificarlo. Así le damos el honor que su nombre merece y hacemos lo que podemos para extender su reino entre las personas.

Nuestro propósito principal, unido a esto, es disfrutar de Dios. Aquí se nos dice que quienes ordenan bien su conducta verán la salvación de Dios. No basta con ofrecer alabanza; también debemos vivir de manera recta. Dar gracias es bueno, pero vivir agradecidos es mejor.

Si queremos que nuestra conducta sea correcta, debemos poner cuidado y esfuerzo en ordenarla conforme a la voluntad de Dios, comprender nuestro camino y dirigirlo bien. Quienes se preocupan por su conducta se aseguran de su salvación. Dios les permitirá ver su salvación, porque es una salvación preparada para ser revelada; les permitirá verla y disfrutarla, verla y saber que serán felices para siempre en ella. Ordenar correctamente la vida es el único camino y el camino seguro para alcanzar esa gran salvación.

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