Versículo destacado

Salmos 41:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Mis enemigos me desean lo peor: «¿Cuándo morirá y se perderá su recuerdo?» "

Salmos 41:5

menu_book El versículo en contexto

3 El Señor le dará fuerzas en el lecho del dolor; ¡convertirá su enfermedad en salud!

4 Yo he dicho: «Señor, ten compasión de mí; cúrame, aunque he pecado contra ti».

5 Mis enemigos me desean lo peor: «¿Cuándo morirá y se perderá su recuerdo?»

6 Vienen a verme, pero no son sinceros; guardan en su memoria todo lo malo y, al salir a la calle, lo dan a conocer.

7 Los que me odian se reúnen y hablan de mí; piensan que estoy sufriendo por mi culpa,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

David se queja con frecuencia de la insolencia con que sus enemigos lo trataban cuando estaba enfermo. Su conducta era cruel y bárbara, y seguramente le causaba un profundo dolor. No llegaron al extremo de envenenar su comida o bebida, pero sí se burlaban de él en su debilidad (Salmos 41:5). Hablaban mal de él con la esperanza de herir su espíritu, arruinar su reputación y debilitar su influencia.

El salmo muestra primero lo que sus enemigos le hacían. Deseaban su muerte. Parecían decir: «¿Cuándo morirá y desaparecerá su nombre?». David ya tenía una vida difícil, pero aun así ellos envidiaban que siguiera con vida. Su vida era útil y, de muchas maneras, una bendición para su nación; sin embargo, algunas personas estaban cansadas de él, así como más adelante los judíos se cansaron de Pablo y gritaban: «¡Quítenlo de la tierra!». No debemos desear la muerte de nadie, y desear la muerte de personas útiles precisamente porque son útiles es profundamente perverso. Envidiaban el nombre de David y el honor que había alcanzado, y pensaban que su reputación moriría con él. Pero estaban equivocados. Después de servir a su propia generación, David murió (Hechos 13:36), pero su nombre no desapareció. Sigue vivo en las Escrituras y continuará hasta el fin de los tiempos, porque la memoria de los justos es una bendición.

También aprovechaban cualquier detalle que pudieran usar para avergonzarlo (Salmos 41:6). Si iban a visitarlo, como normalmente exigiría la bondad, hablaban palabras vacías. Fingían amistad y compasión, pero todo era adulación y falsedad. Muchas personas se quejan de que la sinceridad es poco común en nuestros días, y esto demuestra que lo mismo ocurría entonces. Los amigos de David solo mostraban afecto exteriormente; en su corazón no había cariño verdadero.

Pero su visita era peor que una simple cortesía vacía. Iban con una intención dañina. Querían hacer comentarios mordaces sobre todo lo que él decía o hacía, y luego repetirlos a otros con su propio giro cruel. Así intentaban hacerlo parecer ridículo o detestable. Si se quejaba mucho de su enfermedad, se burlaban de su debilidad. Si decía poco, se burlaban de su falta de lucidez. Si oraba o daba buenos consejos, lo llamaban hipócrita. Si permanecía en silencio ante gente malvada, decían que, ahora que estaba enfermo, había olvidado su fe. Hay poca protección contra personas cuya malicia convierte todo en algo malo.

También daban por hecho que David nunca se recuperaría ni lograría quitar la vergüenza que habían puesto sobre él. Susurraban contra él (Salmos 41:7), hablando en secreto porque les daba vergüenza decir esas cosas abiertamente y sabían que él podría responderles. Los que susurran y calumnian aparecen entre los peores pecadores (Romanos 1:29-30). Susurraban para que su complot no quedara al descubierto. Planeaban hacerle mal a David y creían que tendrían éxito. Como pensaban que pronto moriría, también planeaban cómo detener la buena obra que había comenzado para el bien del pueblo.

En efecto, decían que alguna enfermedad maligna se había apoderado de él y que la desgracia que habían unido a su nombre permanecería con él hasta su muerte. Seguían la antigua regla de la calumnia: lanzar suficientes mentiras, porque algunas terminarán pareciendo verdaderas. También decían que su enfermedad debía ser el castigo por algún pecado terrible, lo cual demostraría que después de todo era un hombre malvado. O quizá querían decir que Satanás, el maligno, lo había derribado y que ahora la enfermedad lo mantendría atrapado. Como estaba acostado en cama, pensaban que nunca volvería a levantarse y que ellos quedarían libres para apoderarse de lo que le pertenecía. No debería sorprendernos que algunas personas teman la enfermedad de los hombres buenos, porque el mundo no es digno de ellos (Apocalipsis 11:10).

También hubo una traición especialmente dolorosa. Un hombre en quien David había confiado profundamente se puso del lado de sus enemigos y habló contra él con tanta dureza como ellos (Salmos 41:9). Probablemente se trataba de Ahitofel, el amigo cercano de David y su principal consejero, el hombre cuyo consejo David confiaba para enfrentar a sus enemigos. Ahitofel había comido del pan de David; es decir, había compartido su mesa y dependido de la bondad y el apoyo de David. Un hombre así debía sentirse obligado por la gratitud y el honor a estar de su lado, no a avergonzarlo. Sin embargo, olvidó el pan que había comido y levantó el talón contra quien le había levantado la cabeza. No se limitó a abandonar a David: lo atacó e intentó destruirlo.

Las personas son verdaderamente malvadas cuando ninguna bondad ni confianza logra vincularlas. No debería parecernos extraño que personas así nos maltraten. David pasó por esa experiencia, y también el Hijo de David, Jesús. David habló por el Espíritu acerca de Judas, el traidor, y Jesús aplicó este pasaje a Judas cuando dijo que el que comía el pan con él había levantado el talón contra él (Juan 13:18, 16). ¿Acaso nosotros no actuamos muchas veces de la misma manera desleal con Dios? Comemos su pan todos los días y, aun así, nos volvemos contra él, como Jesurún, que engordó y dio coces (Deuteronomio 32:15).

¿Cómo respondió David a este trato cruel? Le pidió a Dios que sus enemigos quedaran decepcionados. No les respondió a ellos; en cambio, acudió al Señor: «Señor, ten compasión de mí, porque ellos no tienen compasión» (Salmos 41:10).

David había orado en respuesta a los insultos de sus enemigos: «Señor, ten compasión de mí», y esa es una oración apropiada para toda situación. La misericordia de Dios tiene una respuesta para cada problema. «Intentan derribarme, pero, Señor, levántame de esta cama de debilidad, de la que ellos creen que nunca me levantaré». Levántame para que pueda responderles y hacerles bien a quienes me hicieron daño, como algunos entienden que era la intención de David, pues esa era su manera de actuar (Salmos 7:4; 35:13). Una persona piadosa incluso puede desear la oportunidad de demostrar que no guarda odio contra quienes la hirieron y que está dispuesta a hacerles algún bien.

O quizá el significado sea: «Levántame como rey, para que pueda ponerlos bajo la señal de mi justa desaprobación, expulsarlos de la corte y mantenerlos fuera de mi mesa en el futuro». Eso sería un acto de justicia necesaria y serviría de advertencia para otros. Tal vez esta oración también apunta hacia Cristo, a quien Dios levantó para que fuera el vengador justo de todos los males cometidos contra él y contra su pueblo, especialmente por los judíos, cuya destrucción completa ocurrió poco después.

David también afirmó que sus enemigos quedarían decepcionados (Salmos 41:11): «Por esto sé que me favoreces a mí y a mi causa: porque mi enemigo no triunfa sobre mí». Ellos esperaban su muerte, pero por la misericordia de Dios David comenzó a recuperarse, y eso añadiría consuelo a su sanidad. Primero, avergonzaría a sus enemigos. Serían humillados y quedarían profundamente avergonzados. No habría necesidad de burlarse de ellos por su fracaso, porque ellos mismos lo sentirían. No debemos alegrarnos de la caída de nuestros enemigos, pero sí podemos regocijarnos cuando fracasan sus planes contra nosotros.

Segundo, su recuperación sería una señal del favor de Dios y una prueba clara de que Dios lo amaba y seguiría amándolo. Cuando podemos ver el favor de Dios en cualquier muestra de misericordia, ya sea personal o pública, esa misericordia se vuelve más abundante y dulce.

David dependía de Dios, quien ya lo había librado de muchas acciones malvadas, para que lo guardara hasta su reino celestial, como dice el bendito apóstol Pablo (2 Timoteo 4:18). «Como me favoreces y ese favor es la causa de todo, y como quieres prepararme para seguir recibiéndolo, me sostienes en mi integridad y, con ese propósito, me mantienes delante de tu rostro»; es decir, Dios mantiene sus ojos sobre él para bien. O también: «Porque por tu gracia me sostienes en mi integridad, sé que en tu gloria me pondrás para siempre delante de tu rostro».

Cuando nuestra reputación sufre daño, nuestra principal preocupación debe ser conservar la integridad; entonces podemos dejar tranquilamente nuestro nombre en las manos de Dios. David sabe que, si mantiene su integridad, no tiene que temer el triunfo de sus enemigos. La mejor persona del mundo solo puede conservar su integridad si Dios la sostiene. Por la gracia de Dios somos lo que somos. Si nos deja depender de nosotros mismos, no solo caeremos, sino que nos apartaremos por completo.

Es un gran consuelo saber que, aun cuando somos débiles, Dios puede sostenernos en nuestra integridad, y que lo hará si confiamos en él para cuidarla. Si Dios no velara constantemente por nosotros, no podríamos permanecer firmes. Su mirada está siempre sobre nosotros; de lo contrario, pronto nos apartaríamos de él. A quienes Dios sostiene ahora en su integridad, los pondrá para siempre delante de su rostro y los hará felices en su presencia y al disfrutar de él. El que persevere hasta el fin será salvo.

El salmo termina con una doxología solemne, es decir, una expresión de alabanza a Dios como el Señor Dios de Israel (Sal 41:13). No es seguro que este versículo pertenezca solamente a este salmo. Si es así, nos enseña que la esperanza confiada de ser preservados por la gracia hasta alcanzar la gloria basta para llenar de gozo nuestro corazón y de alabanza perdurable nuestros labios, aun en medio de las pruebas más difíciles. También es posible que se haya añadido como cierre del primer libro de los Salmos, que se considera que termina aquí, tal como aparecen conclusiones semejantes en los Salmos 72, 89 y 106. En ese caso, nos enseña a hacer de Dios la Omega, el fin, quien también es la Alfa, el principio de toda buena obra.

Se nos enseña a darle gloria a Dios como el Señor Dios de Israel, el Dios que está en pacto con su pueblo, que ha hecho grandes cosas y ha mostrado bondad hacia ellos, y que todavía tiene preparadas cosas mayores y mejores. También se nos enseña a glorificarlo como el Dios eterno, cuyo ser y cuya bienaventuranza permanecen desde la eternidad y para siempre. Debemos hacerlo con profundo sentimiento y fervor, como lo demuestra el doble sello que se le añade: «Amén y amén». Que así sea ahora y que así sea para siempre. Nosotros decimos amén; que todos los demás también digan amén.

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