Versículo destacado

Salmos 22:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

No te alejes de mí, pues estoy al borde de la angustia y no tengo quien me ayude.

Salmos 22:11

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos a Cristo sufriendo y a Cristo orando. Esto nos enseña a esperar cruces en esta vida y a levantar la mirada hacia Dios cuando lleguen.

Aquí vemos a Cristo sufriendo. David estuvo muchas veces en problemas y rodeado de enemigos, pero varios detalles de este pasaje encajan poco con David y perfectamente con Cristo. Cristo fue abandonado por sus amigos: la angustia estaba cerca y nadie acudió a ayudarlo ni a sostenerlo (Salmos 22:11). Pisó solo el lagar, porque todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron. Es honra de Dios ayudar cuando toda otra ayuda falla.

También fue insultado y rodeado de enemigos. Algunos eran poderosos, como toros, toros fuertes de Basán (Salmos 22:12), orgullosos y feroces. Estos representan a los principales sacerdotes y ancianos que persiguieron a Cristo. Otros eran más bajos y despreciables, como perros (Salmos 22:16): sucios, codiciosos e incansables al perseguirlo. Había una asamblea de malvados conspirando contra él (Salmos 22:16), tal como los principales sacerdotes se reunieron para planear cómo apoderarse de Cristo.

Sus enemigos eran muchos y estaban unidos, aunque sus propios intereses fueran diferentes, como en el caso de Herodes y Pilato. Habían llevado su conspiración muy lejos y parecían haber triunfado, pues lo habían rodeado (Salmos 22:12) y cercado (Salmos 22:16). Lo amenazaban con ferocidad y abrían la boca contra él, listos para devorarlo como un león rugiente sobre su presa.

Fue crucificado. El salmo incluso describe la manera de su muerte, aunque la crucifixión no era una costumbre judía: «Traspasaron mis manos y mis pies» (Salmos 22:16). Sus manos y sus pies fueron clavados en la cruz, dejando todo su cuerpo suspendido en medio de un dolor intenso. Ningún otro texto del Antiguo Testamento fue alterado con tanta insistencia por los judíos, porque este pasaje predice con tanta claridad la muerte de Cristo y su cumplimiento exacto.

También estaba muriendo en dolor y angustia, porque estaba pagando por el pecado, que trajo el dolor al mundo y, de no haber sido expiado, nos habría dejado sufriendo eternamente. «Soy derramado como agua» muestra el colapso de todo su cuerpo, débil y rendido ante la muerte. «Todos mis huesos se descoyuntan» puede señalar la tensión de la cruz, donde su cuerpo fue estirado como sobre un potro. También puede reflejar el terror de su agonía en el huerto, cuando comenzó a angustiarse profundamente. Sus huesos fueron descoyuntados para que él pudiera volver a poner en orden la creación quebrantada.

«Mi corazón es como cera» muestra cómo su espíritu se ablandó y se derritió bajo el peso de la ira de Dios contra el pecado. Cristo tomó esa ira sobre sí, y al soportarla también responde a la dureza de nuestro corazón. «Mi vigor se seca» significa que sus fuerzas naturales se agotaron, como si la vida dentro de él se hubiera secado bajo el juicio divino. Si esto ocurrió con el árbol verde, ¿qué sucederá con el seco?

«Mi lengua se pega a mi paladar» muestra la sequedad que suele preceder a la muerte. Esto se cumplió en su sed en la cruz (Juan 19:28) y en su silencio mientras sufría. Como oveja delante de sus esquiladores, no abrió la boca ni protestó por lo que le hicieron. «Me pones en el polvo de la muerte» significa que fue llevado hasta el mismo borde de la tumba, pues nada menos podía satisfacer la justicia divina. La vida del pecador estaba perdida, así que la vida del sacrificio tenía que convertirse en el rescate. Adán recibió la sentencia: «Volverás al polvo», y Cristo, obedeciendo hasta la muerte, habla de manera semejante.

Fue despojado de su ropa. La desnudez entró al mundo por causa del pecado; por eso nuestro Señor Jesucristo fue despojado de sus vestiduras cuando fue crucificado, para vestirnos con el manto de su justicia y cubrir nuestra vergüenza. «Puedo contar todos mis huesos» muestra lo delgado y desgastado que se había vuelto su cuerpo por el trabajo, el dolor y el ayuno durante su ministerio. No parecía un glotón ni un borracho, como lo acusaban sus enemigos. También puede significar que su cuerpo fue estirado en la cruz, de modo que sus costillas podían contarse. «Ellos me miran» puede significar tanto que sus huesos parecían sobresalir como que la gente lo observaba con asombro frío, en vez de sentir compasión.

«Reparten entre sí mis vestidos y sobre mi ropa echan suertes» (Salmos 22:18). Los soldados hicieron exactamente esto, incluso con la túnica sin costura (Juan 19:23-24). Puede parecer un detalle pequeño comparado con el resto de su sufrimiento, pero es una prueba clara de que la Escritura se estaba cumpliendo en él. Puesto que había sido escrito, Cristo tenía que sufrir de esa manera. Que esto fortalezca nuestra fe en él como el verdadero Mesías y despierte nuestro amor por él como el mejor de los amigos, quien nos amó y sufrió todo esto por nosotros.

Aquí también vemos a Cristo orando, y mediante la oración se sostuvo bajo el peso de sus sufrimientos. En su agonía, oró fervientemente para que la copa pasara de él. Cuando el príncipe de este mundo, con sus terrores, vino contra él y abrió la boca como un león rugiente, cayó al suelo y oró. La oración de David en este pasaje era una imagen de aquella oración. David llama a Dios su fuerza (Salmos 22:19).

Cuando no podamos alegrarnos en Dios como nuestro canto, sigamos descansando en él como nuestra fuerza. Si no podemos experimentar gozo espiritual, todavía podemos hallar consuelo en el sustento espiritual que él nos da. El salmista pide primero que Dios permanezca cerca y no se mantenga distante: «No te alejes de mí» (Salmos 22:11), y vuelve a pedirlo en Salmos 22:19. Quien se mantiene lejos de mi dolor, Señor, no seas tú. Cuando la angustia se acerca, debe impulsarnos a acercarnos a Dios; entonces podemos esperar que él se acerque a nosotros.

También le pide a Dios que lo ayude y que se apresure a ayudarlo. Quiere recibir fuerzas para soportar sus problemas, para no fallar ni desanimarse, ni retroceder ante su obra ni derrumbarse bajo su peso. El Padre lo escuchó por causa de su reverente temor (Hebreos 5:7) y le dio fuerzas para cumplir su misión.

Luego le pide a Dios que lo libre y lo salve, en Salmos 22:20 y Salmos 22:21. Su primera preocupación es la seguridad de su alma, su «única» o su «vida preciosa» (Salmos 49:15). En efecto, está diciendo: «Padre, encomiendo mi alma en tus manos para que sea llevada a salvo al paraíso». Llama a su alma su única vida porque solo tiene una alma que cuidar, y por eso debe guardarla con atención. Si la descuida, la pérdida será mayor que la de cualquier otra cosa. Puesto que es su única vida, debe ser su preocupación más preciada. Una persona no trata realmente su alma como algo valioso a menos que la proteja del daño, le provea lo que necesita y la cuide con ternura.

El peligro que enfrenta es la espada, la espada ardiente de la ira de Dios que gira en todas direcciones. Él temía eso más que cualquier otra cosa (Génesis 3:24). La ira de Dios era la parte amarga de la copa que había sido puesta en sus manos. Por eso ora: «Libra mi alma de ella. Señor, aunque pierda mi vida, no permitas que pierda tu amor. Sálvame del poder del perro y de la boca del león».

Esto parece señalar a Satanás, aquel antiguo enemigo que hirió el talón de la descendencia de la mujer y el príncipe de este mundo, a quien Cristo tuvo que enfrentar en un combate cercano y que venía contra él (Juan 14:30). La oración es: «Señor, sálvame de ser abrumado por su terror». También dice: «Me has respondido desde los cuernos del búfalo salvaje», es decir: «Ya me has rescatado de él cuando oré». Esto puede señalar la victoria de Cristo sobre Satanás y sus tentaciones en Mateo 4, cuando el diablo se apartó de él por un tiempo (Lucas 4:13). Ahora Satanás regresaba de otra manera, atacándolo con terrores. «Señor, me diste la victoria entonces; dámela ahora, para que despoje a los principados y poderes y expulse al príncipe de este mundo».

¿Te ha librado Dios de los cuernos del búfalo salvaje, para que no seas arrojado de un lado a otro? Eso debe animarte a confiar en que también serás librado de la boca del león, para que no seas despedazado. El que nos ha librado, nos libra y nos seguirá librando. La oración de Cristo ciertamente fue respondida, porque el Padre siempre lo escuchó. Aunque Dios no lo salvó de morir, sí lo guardó de ver corrupción. Al tercer día lo levantó del polvo de la muerte, y eso fue una señal de favor aún mayor que ayudarlo a bajar de la cruz. Aquello habría detenido su obra, pero su resurrección la completó y la coronó. Al cantar estas palabras, debemos meditar en los sufrimientos y la resurrección de Cristo hasta sentir en nuestra propia alma el poder de su resurrección y la comunión de sus sufrimientos.

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