Versículo destacado
Salmos 17:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuídame como a la niña de tus ojos; protégeme bajo la sombra de tus alas "
Salmos 17:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Oh Dios, a ti elevo mi voz porque tú me respondes; préstame atención y escucha mis palabras.
7 Dame una muestra clara de tu amor, tú que salvas de sus enemigos a quienes buscan protección en tu poder.
8 Cuídame como a la niña de tus ojos; protégeme bajo la sombra de tus alas
9 de los malvados que me atacan, ¡de los enemigos mortales que me rodean!
10 Son engreídos y hablan con altanería;
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En estos versículos vemos lo que David le pide a Dios. Está rodeado de enemigos que quieren quitarle la vida, así que le pide que lo proteja de todos sus ataques y lo conduzca hasta la corona para la que había sido ungido. Esta oración también apunta a Cristo y muestra cómo sería preservado en medio de los sufrimientos de su humillación, es decir, de su padecimiento en condición humilde antes de su exaltación. Además, les da un modelo a los creyentes: confiar en que Dios guardará sus almas y los llevará a salvo hasta su reino celestial.
David pide primero protección. En el Salmo 17:8 dice: «Guárdame como a la niña del ojo; escóndeme bajo la sombra de tus alas». Al pedir que Dios guarde su alma, no se refiere solamente a que proteja su vida física de la muerte, sino también a que preserve su vida espiritual del pecado. Quienes se ponen bajo el cuidado de Dios pueden pedir con confianza que él los guarde. David le pide que lo cuide con la misma atención con que una persona protege la pupila de sus ojos, una parte que la naturaleza ha resguardado con mucho cuidado. Si guardamos la ley de Dios con el mismo cuidado con que protegemos nuestros propios ojos (Proverbios 7:2), podemos esperar que Dios también nos guarde, pues él dice acerca de su pueblo que quien lo toca toca la niña de su ojo (Zacarías 2:8).
David también pide que Dios lo guarde con la ternura de una gallina que reúne a sus polluelos bajo sus alas, como Jesús lo expresó más adelante (Mateo 23:37). «Escóndeme bajo la sombra de tus alas», dice, «donde pueda estar seguro y abrigado». Esto también puede señalar a las alas de los querubines sobre el propiciatorio, y sugerir la protección especial de la presencia misericordiosa de Dios para su pueblo. Lo que David pide aquí también se manifestó en el Hijo de David, el Señor Jesús, de quien se dice que Dios lo escondió a la sombra de su mano y lo guardó como una flecha pulida en su aljaba (Isaías 49:2).
David sigue orando: «Señor, guárdame de los malvados, de los hombres de este mundo». Primero quiere decir: «Guárdame de ser como ellos o de actuar como ellos. No permitas que camine según sus consejos, que permanezca en su camino ni que participe en sus placeres». También quiere decir: «Guárdame de que ellos me destruyan. No permitas que hagan conmigo lo que quieran ni que triunfen sobre mí».
Pide además que fracasen todos los planes de sus enemigos para arrastrarlo al pecado o al sufrimiento (Salmo 17:13). «Levántate, Señor», dice; «muéstrate a mi favor, frústralo y derríbalo haciendo que su propio plan fracase». Mientras Saúl perseguía a David, muchas veces no logró capturarlo, aun cuando pensaba que lo tenía atrapado. De la misma manera, los enemigos de Cristo quedaron decepcionados por su resurrección, aunque creyeron haber vencido cuando lo llevaron a la muerte.
Luego David presenta razones que fortalecen su fe y respaldan su petición. Señala la malicia y la perversidad de sus enemigos. No son personas que deban recibir favor, porque si Dios no lo rescata mediante su cuidado especial, ellos lo destruirán. David le pide al Señor que vea qué clase de hombres malvados lo oprimen y lo desgastan.
Dice que están llenos de odio amargo y violencia. Son sus enemigos mortales, tienen sed de su sangre y buscan quitarle la vida. La expresión se refiere a enemigos del alma. Los enemigos de David intentaban conducirlo al pecado y apartarlo de Dios. Incluso le dijeron que se fuera a servir a otros dioses (1 Samuel 26:19), así que tenía razones para orar contra ellos. Los que son enemigos de nuestra alma son nuestros peores enemigos, y debemos tratarlos como tales.
También dice que son orgullosos, confiados en sí mismos y entregados al placer. Están «encerrados en su propia gordura», envueltos en sus riquezas, honor y poder; por eso se burlan de Dios y desafían sus juicios (Salmo 73:7; Job 15:27). Viven para el placer y suponen que mañana será igual que hoy. Por eso hablan con arrogancia, se jactan de sí mismos, blasfeman contra Dios, pisotean a su pueblo y lo insultan. Personas así necesitan ser humilladas y llevadas a reconocer quiénes son; que Dios las derribe honraría su nombre.
David añade que son implacables. Lo rodean (Salmo 17:9). En efecto, casi han conseguido lo que quieren. Lo siguen a todas partes, van detrás de él como un perro de caza tras su presa y aprovechan cada oportunidad contra él, porque son demasiados y demasiado rápidos para que pueda hacerles frente. Sin embargo, actúan como si estuvieran mirando hacia otro lado, con los ojos inclinados hacia la tierra, como si estuvieran profundamente concentrados en sus pensamientos. O, según algunos, esto significa que permanecen atentos y esperan cada oportunidad para hacer daño.
Después señala a su líder, Saúl, que era especialmente sanguinario, astuto y lleno de planes (Salmo 17:12). Saúl era como un león que vive de su presa y siempre tiene hambre de ella. Para un hombre malvado, hacer daño es tan natural como hacer el bien lo es para una persona justa. Saúl era como un león joven que se esconde en lugares secretos y disfraza sus crueles intenciones. Esta imagen encaja bien con Saúl, pues cazaba a David entre las peñas de las cabras monteses (1 Samuel 24:2) y en el desierto de Zif (Salmo 26:2), precisamente en lugares donde los leones esperarían a su presa.
David también apela al poder de Dios sobre estos hombres para controlarlos y detenerlos. Dice: «Señor, ellos son tu espada; ¿permitiría acaso un padre que su propia espada se volviera contra sus hijos?». Esto nos ayuda a soportar con paciencia el daño causado por otras personas, porque ese daño llega por medio de instrumentos que están bajo el gobierno de Dios. También es un consuelo, porque si la ira de ellos sirve al propósito de Dios, él puede detenerla cuando su obra haya terminado. Ellos son la espada de Dios, que él puede usar como quiera y guardar en su vaina cuando así lo decida.
David dice además que ellos son la mano de Dios, el medio por el cual Dios disciplina a su pueblo y le hace sentir su desagrado. Como el problema llegó por medio de la mano de Dios, David espera recibir la liberación de esa misma mano. La misma mano que hiere también sana. No hay escapatoria de la mano de Dios excepto correr hacia ella. Cuando tememos el poder humano, es un gran consuelo recordar que ese poder está bajo el poder de Dios y sujeto a él (Isaías 10:6, 7, 15).
Luego David menciona la prosperidad exterior de sus enemigos (Salmo 17:14). Le pide a Dios que se enfrente a ellos porque están completamente dedicados a este mundo y no se preocupan por Dios ni por su favor. Son hombres de este mundo, impulsados por su espíritu, viven conforme a sus caminos, aman sus riquezas y placeres, y los persiguen con entusiasmo como si fueran su trabajo y su alegría.
Ellos tienen su parte en esta vida. Consideran que las cosas buenas de este mundo son lo mejor y que bastan para hacerlos felices. Por eso las eligen, descansan en ellas y las buscan como su bien supremo. Se sienten satisfechos con esas cosas, encuentran tranquilidad en ellas y no miran más allá de esta vida ni se preocupan por la venidera.
Estas cosas son su consuelo (Lucas 6:24), sus bienes (Lucas 16:25), su recompensa (Mateo 6:5) y el pago que aceptaron (Mateo 20:13). Por eso el salmista le pide al Señor que no permita que personas así sean sostenidas y honradas en contra de quienes lo honran, porque prefieren su favor por encima de todas las riquezas de este mundo y lo toman a él como su herencia (Salmo 16:5).
También tienen abundancia de las cosas del mundo. Tienen grandes deseos y suficiente para satisfacerlos, porque Dios llena su vientre con sus tesoros escondidos. Las cosas de este mundo se llaman tesoros porque la gente las considera así, aunque para el alma, y en comparación con las bendiciones eternas, no son más que basura. Están escondidas en distintas partes de la creación y en la sabia providencia de Dios, es decir, en su gobierno cuidadoso de todas las cosas. Son tesoros escondidos de Dios, porque la tierra es suya y todo lo que hay en ella, aunque las personas mundanas actúen como si todo les perteneciera y olviden el derecho de Dios sobre ello.
Quienes viven en abundancia cada día tienen el vientre lleno de estos tesoros escondidos. Pero esos tesoros solo llenan el vientre (1 Corintios 6:13), no el alma. No son alimento para el alma ni pueden satisfacerla (Isaías 55:2). Son como paja, cenizas y viento. Sin embargo, la mayoría de las personas, sin preocuparse por su alma y preocupándose únicamente por su vientre, se conforman con ellos.
También tienen familias numerosas y mucho que dejarles. Tienen muchos hijos y aun así no se les acaba el sustento. Poseen suficiente para todos y dejan el resto de sus riquezas a sus hijos y nietos. Esto es su cielo, su deleite y su todo. David le pide al Señor que lo libre de personas así y que no permita que comparta su destino. Le pide que lo libre de sus planes, porque, teniendo tanta riqueza y poder, no puede enfrentarlos a menos que el Señor esté de su lado.
Por último, David apela a su dependencia de Dios, quien es su herencia y su felicidad. Ellos tienen su parte en esta vida, pero en cuanto a mí (Salmo 17:15), yo no soy como ellos. Tengo poco de este mundo. No lo poseo, no lo necesito ni lo considero mi tesoro. Mi felicidad está en ver y disfrutar de Dios. Eso es lo que espero, lo que me consuela y lo que me distingue de quienes tienen su parte en esta vida.
Contemplar el rostro de Dios con alegría puede ser nuestro deber y nuestro consuelo en este mundo. Por medio de la fe, debemos contemplar el rostro de Dios con justicia, es decir, revestidos de la justicia de Cristo y con un corazón y una vida rectos, manteniéndolo siempre delante de nosotros. Debemos pasar nuestros días meditando en la belleza del Señor. Al despertar cada mañana, debemos estar satisfechos con su imagen, tal como se nos muestra en su Palabra y queda grabada en nosotros por su gracia renovadora, es decir, por la vida nueva que él nos da. Saber que Dios nos favorece y ver que nuestra vida va siendo formada a su semejanza debería darnos más alegría que la que tienen quienes llenan su vientre con los placeres de los sentidos.
También es nuestra recompensa y felicidad en el mundo venidero. Con esa esperanza terminó el salmo anterior, y aquí hace lo mismo. Esa felicidad está preparada y destinada únicamente para los justos: quienes han sido justificados y santificados, hechos justos delante de Dios y santos. La recibirán cuando despierten: cuando el alma despierte de su sueño en el cuerpo al morir, y cuando el cuerpo despierte de su sueño en la tumba en la resurrección.
Ese estado bendito tendrá tres aspectos. Primero, veremos a Dios y su gloria cara a cara, no como en este mundo, de manera tenue e indirecta. Entonces nuestro conocimiento de Dios será completo, y nuestra mente, ensanchada, quedará llena de ese conocimiento. Segundo, participaremos de su semejanza; nuestra santidad será perfecta. Esto se desprende de lo primero, como dice 1 Juan 3:2: cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Tercero, todo esto producirá una satisfacción plena y completa: estaré satisfecho, completamente satisfecho, con ello. El alma no encuentra verdadera satisfacción sino en Dios: en su rostro y su semejanza, en su buena voluntad hacia nosotros y en su obra llena de gracia en nosotros. Aun así, esa satisfacción no será completa hasta que lleguemos al cielo.
De este capítulo
Salmos 17:1
"Señor, escucha mi causa justa; atiende mi clamor, presta oído a mi oración, pues no sale de labios mentirosos."
Salmos 17:2
"¡Que mi sentencia venga de ti, pues tú sabes lo que es justo!"
Salmos 17:3
"Tú has penetrado mis pensamientos; de noche has venido a vigilarme; me has sometido a pruebas de fuego y no has encontrado maldad en mí. No he dicho cosas indebidas,"
Salmos 17:4
"como hacen los demás; me he mantenido alejado de caminos de violencia, de acuerdo con tus mandatos."
Salmos 17:5
"Me he mantenido firme en tus caminos; jamás me he apartado de ellos."
Salmos 17:6
"Oh Dios, a ti elevo mi voz porque tú me respondes; préstame atención y escucha mis palabras."
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