Versículo destacado
Salmos 150:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
¡Aleluya! ¡Alaben a Dios en su santuario! ¡Alábenlo en su majestuosa bóveda celeste!
Salmos 150:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 ¡Aleluya! ¡Alaben a Dios en su santuario! ¡Alábenlo en su majestuosa bóveda celeste!
2 ¡Alábenlo por sus hechos poderosos! ¡Alábenlo por su grandeza infinita!
3 ¡Alábenlo con toques de trompeta! ¡Alábenlo con arpa y salterio!
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Aquí se nos llama, con la mayor urgencia, a alabar a Dios. Aunque este salmo haya sido dirigido principalmente a los levitas, los servidores del templo que cantaban y tocaban instrumentos en la casa del Señor, también nos habla a nosotros. Nosotros también hemos sido hechos sacerdotes espirituales para nuestro Dios. Este llamado repetido muestra que la alabanza es un deber grande y necesario, que debemos practicar con frecuencia y libertad, aunque por naturaleza somos lentos y fríos para hacerlo. Por eso necesitamos que se nos exhorte una y otra vez, línea tras línea y mandato tras mandato.
Observemos de dónde procede esta ofrenda de alabanza y de dónde se eleva especialmente. Procede de su santuario; por eso, alábenlo allí. Que sus sacerdotes y su pueblo, quienes se reúnen allí, lo honren con alabanzas. ¿Dónde debería ser alabado Dios más que en el lugar donde manifiesta especialmente su gloria y concede su gracia? Alabemos a Dios por su santuario y por las bendiciones que disfrutamos porque él está en medio de nosotros (Ezequiel 37:26). Algunos entienden esta frase como: «Alaben a Dios en sus santos». En ese caso, debemos reconocer la imagen de Dios en quienes han sido santificados, amarlos por causa de esa imagen y alabar a Dios en ellos cuando los alabamos.
La alabanza también se eleva desde el firmamento de su poder, el vasto cielo que está bajo su dominio. Alabémoslo por su poder y su gloria, visibles en los cielos, en su inmensidad, su brillo y su esplendor, y en la poderosa influencia que ejercen sobre la tierra. Que quienes habitan en el firmamento de su poder, los santos ángeles, vayan delante en esta obra. Algunos consideran que tanto el santuario como el firmamento de su poder se refieren a los cielos más altos, donde habita la gloria de Dios. Ese es verdaderamente su santuario y su templo santo, y allí recibe continuamente una alabanza mucho más perfecta que la que nosotros podemos ofrecer. Es un consuelo para nosotros, cuando nuestra alabanza parece débil, saber que allí se ofrece de manera tan plena.
Esta alabanza se debe a Dios por muchas razones. Una de ellas son las obras de su poder: alabémoslo por sus hechos poderosos, por todas las manifestaciones de su fuerza en la providencia, la gracia, la creación, el gobierno y la redención; por lo que hace en favor de todas las personas y, de manera particular, en favor de su iglesia y de sus hijos (Salmo 150:2). Otra razón es la gloria y majestad de su ser: alabémoslo conforme a su incomparable grandeza, conforme a la grandeza de su esplendor. Nuestra alabanza jamás puede igualar la grandeza de Dios, porque esta es infinita; pero precisamente porque él es más grande de lo que podemos pensar o expresar plenamente, debemos elevar nuestros pensamientos y palabras tanto como podamos.
No tengamos miedo de decir demasiado al alabar a Dios, como suele suceder cuando alabamos incluso a personas buenas y grandes. No podemos exagerar la grandeza de Dios. El peligro está en decir demasiado poco. Por eso, aun después de haber hecho todo lo posible, debemos reconocer que lo hemos alabado solo teniendo en cuenta su incomparable grandeza, y no en proporción a ella.
El salmo también muestra cómo debe ofrecerse esta alabanza: con toda clase de instrumentos musicales usados en el servicio del templo (Salmo 150:3-5). No es necesario que intentemos determinar exactamente cuáles eran esos instrumentos, porque en aquel tiempo eran bien conocidos. Lo importante es esto: el corazón del salmista estaba lleno de alabanzas a Dios, y él deseaba que esta buena obra continuara. También nos enseña que, al servir a Dios, no debemos escatimar esfuerzos ni recursos. Sobre todo, muestra que la mejor música para los oídos de Dios es un sentimiento santo y consagrado; no se trata solo del sonido, sino de un corazón sincero.
Alabemos a Dios con una fe firme, con amor santo y gozo, con plena confianza en Cristo, con la seguridad de la victoria sobre los poderes de las tinieblas, con anhelo por él y satisfacción en él. Alabémoslo obedeciendo todos sus mandamientos, aceptando con alegría todo lo que él dispone para nosotros, regocijándonos en su amor y descansando en su bondad. Alabémoslo trabajando por los intereses de su reino de gracia y viviendo con la esperanza de su reino glorioso.
Los diferentes instrumentos también enseñan que la alabanza debe unirse en perfecta armonía. No deben estorbarse unos a otros, sino ayudarse mutuamente. En el Nuevo Testamento, esa armonía se manifiesta cuando glorificamos a Dios con una misma mente y una misma voz (Romanos 15:6).
Por último, ¿quién debe ofrecer esta alabanza? «Todo lo que respira alabe al Señor» (Salmo 150:6). El salmo comenzó con un llamado a quienes servían en el santuario, pero termina convocando a todas las personas. Mira hacia el tiempo en que los gentiles serían incorporados a la iglesia y en que este incienso se ofrecería en todas partes, con la misma aceptación que en Jerusalén (Malaquías 1:11).
Algunos piensan que «todo lo que respira» incluye incluso a las criaturas inferiores, como en los días del diluvio, cuando se habla de todo ser que tenía aliento de vida en sus narices (Génesis 7:22). Ellas alaban a Dios a su manera, conforme a su capacidad. El canto de las aves es una forma de alabanza a Dios. Incluso los animales, por así decirlo, le dicen al ser humano: «Nosotros alabaríamos a Dios si pudiéramos; hazlo tú por nosotros». Juan, en una visión, escuchó alabanzas de toda criatura en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra (Apocalipsis 5:13).
Otros piensan que aquí solo se habla de los seres humanos, puesto que Dios sopló en ellos el aliento de vida de una manera especial, y llegaron a ser seres vivientes (Génesis 2:7). Ahora que el evangelio debe predicarse a toda criatura, es decir, a todo ser humano, es apropiado que toda persona alabe al Señor. ¿Para qué tenemos aliento y vida, si no es para dedicarlos a alabar a Dios? ¿Y cómo podríamos usarlos mejor? Nuestras oraciones son llamadas nuestros alientos (Lamentaciones 3:56). Por eso, todo el que dirige su aliento hacia Dios en oración y encuentra bendición en ello, debe también exhalar alabanzas. Ya que tenemos aliento, dejemos que la alabanza de Dios llene nuestra respiración. Vivamos dedicados a esta obra como en nuestro elemento natural, como en el aire que respiramos y sin el cual no podríamos vivir.
Nuestro aliento pasa continuamente y pronto desaparecerá. Puesto que dentro de poco tendremos que dar nuestro último aliento, alabemos al Señor mientras todavía respiramos. Así podremos dar nuestro último aliento con consuelo y, cuando la muerte nos quite el aliento, pasaremos a un lugar mejor, donde respiraremos la alabanza de Dios en un ambiente más libre y perfecto.
Los primeros tres libros de los Salmos, según la división hebrea, terminaban con «Amén y amén». El cuarto terminaba con «Amén, aleluya». Pero el último libro, y con él todo el Salterio, termina solamente con «Aleluya», porque los últimos seis salmos están dedicados por completo a alabar a Dios, sin palabras de queja ni de petición.
Mientras más se acercan los buenos creyentes al final de su vida, más llenos deberían estar de alabanzas a Dios. Algunos piensan que este último salmo tiene el propósito de mostrarnos la obra de los santos glorificados en el cielo, quienes allí alaban continuamente a Dios. Desde esa perspectiva, los instrumentos musicales mencionados aquí no deben entenderse literalmente, del mismo modo que el oro, las perlas y las piedras preciosas que adornan la Nueva Jerusalén son símbolos de la gloria celestial (Apocalipsis 21:18-19).
Así como esas piedras preciosas señalan la grandeza del cielo, esos instrumentos señalan la grandeza de la alabanza que los santos ofrecen allí. La oración se transformará en alabanza eterna. No habrá pausas en la alabanza a Dios, y tampoco habrá cansancio: solo aleluyas repetidos para siempre y, aun así, cantos siempre nuevos.
A menudo debemos pensar con gozo en lo que los santos glorificados hacen en el cielo, especialmente aquellos que conocimos en la tierra y que se han adelantado allí. Ese pensamiento no solo debe hacernos desear estar con ellos, sino también impulsarnos a hacer aquí en la tierra la voluntad de Dios, tal como ellos la hacen en el cielo. Debemos dedicar todo el tiempo que podamos a esta obra bendita, porque esperamos pasar una eternidad gozosa ocupados en ella.
«Aleluya» es la palabra que se escucha allí (Apocalipsis 19:1, 3). Respondamos desde ahora, como quienes esperan unirse pronto a esa alabanza: aleluya, alaben al Señor.
De este capítulo
Salmos 150:2
"¡Alábenlo por sus hechos poderosos! ¡Alábenlo por su grandeza infinita!"
Salmos 150:3
"¡Alábenlo con toques de trompeta! ¡Alábenlo con arpa y salterio!"
Salmos 150:4
"¡Alábenlo danzando al son de panderos! ¡Alábenlo con flautas e instrumentos de cuerda!"
Salmos 150:5
"¡Alábenlo con platillos sonoros! ¡Alábenlo con platillos vibrantes!"
Salmos 150:6
"¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!"
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