Versículo destacado

Salmos 147:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

¡Aleluya! ¡Qué bueno es cantar himnos a nuestro Dios! ¡A él se le deben dulces alabanzas!

Salmos 147:1

menu_book El versículo en contexto

1 ¡Aleluya! ¡Qué bueno es cantar himnos a nuestro Dios! ¡A él se le deben dulces alabanzas!

2 El Señor reconstruye Jerusalén y reúne a los dispersos de Israel.

3 Él sana a los que tienen el corazón roto y les venda las heridas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se insiste con fuerza en el deber de alabar. Se nos llama a hacerlo una y otra vez, y con buena razón: «Alaben al SEÑOR» (Salmos 147:1), y también: «Canten al SEÑOR con acción de gracias; canten alabanzas a nuestro Dios» (Salmos 147:7). Toda nuestra alabanza debe dirigirse a él y centrarse en él. Es bueno alabarlo porque es nuestro deber; por eso es bueno en sí mismo, y también es bueno para nosotros.

Es bueno porque es agradable. El gozo santo forma parte de la verdadera alabanza, y eso es agradable para nosotros como seres humanos. Darle gloria a Dios es el propósito y la tarea de la alabanza, y eso es agradable para nosotros como personas apartadas para honrarlo. Alabar a Dios es una tarea que lleva su propia recompensa. Es como el cielo en la tierra y aquello que deberíamos hacer de manera natural.

También es bueno porque es apropiado. La alabanza corresponde a quienes somos como criaturas racionales y, mucho más aún, como personas que viven en pacto con Dios; es decir, unidas a él por su promesa y por nuestra fe. Cuando honramos a Dios, también nos honramos verdaderamente a nosotros mismos.

Dios es el objeto apropiado de nuestra alabanza más elevada y plena por varias razones. Primero, él cuida de su pueblo escogido (Salmos 147:2). Si Jerusalén está siendo levantada desde comienzos pequeños o restaurada de sus ruinas, es el SEÑOR quien la edifica. Así se construye la iglesia del evangelio, la Jerusalén de arriba. Él la planeó conforme a su propio consejo, la fundó mediante la predicación de su evangelio y cada día sigue agregando a quienes serán salvos. Él la edificará hasta llevarla a la perfección, hasta que alcance la altura del cielo.

Si alguno de su pueblo está desterrado, ya sea por su propia insensatez o por causa de la guerra, el hambre o la persecución, él lo reúne de nuevo. Le concede arrepentimiento y lo vuelve a traer a la comunión de los santos. Les abre un camino para regresar. A muchos que estaban ausentes y se consideraban perdidos los trae de vuelta, y a quienes fueron dispersados en un día oscuro y nublado los reúne nuevamente.

En segundo lugar, él ha reservado consuelo para los verdaderamente arrepentidos, aquellos que de verdad sienten pesar por su pecado (Salmos 147:3). Tienen el corazón quebrantado, herido, humillado y afligido por causa del pecado. Cuando lo recuerdan, sienten un dolor profundo, como el de alguien que tiene una herida grave. No solo sienten con intensidad la realidad del pecado, sino también un verdadero pesar por la deshonra que le han causado a Dios y por el daño que se han hecho a sí mismos.

A quienes Dios sana con el consuelo de su Espíritu les habla de paz. Les asegura que sus pecados han sido perdonados y que él se ha reconciliado con ellos. De ese modo los tranquiliza, derrama el bálsamo de Galaad sobre sus heridas sangrantes, luego las venda y hace que se regocijen. Quienes han experimentado esto no necesitan mucha insistencia para alabar al SEÑOR, porque cuando él los sacó del hoyo terrible y afirmó sus pies sobre una roca, puso en su boca un cántico nuevo (Salmos 40:2-3). Los demás también deberían alabarlo por esto.

En tercer lugar, consideremos su autoridad sobre las luces del cielo (Salmos 147:4-5). Las estrellas son innumerables, y muchas ni siquiera pueden verse con claridad a simple vista. Sin embargo, él las cuenta y conoce su número exacto, porque todas son obra de sus manos y sirven a su providencia, es decir, a su cuidado sabio del mundo. Su tamaño y poder son enormes, pero él llama a cada una por su nombre. Eso demuestra su autoridad sobre ellas y su dominio absoluto de todas, de modo que puede usarlas como quiera.

Son sus siervas, sus soldados. Él les da órdenes, las organiza y las envía adonde quiere. Se menciona esto como un ejemplo entre muchos, para mostrar que nuestro Señor es grande y poderoso, capaz de hacer todo lo que quiere, y que su entendimiento no puede medirse. El conocimiento humano se agota rápidamente; pronto llegamos a sus límites. Pero el conocimiento de Dios es una profundidad que nunca puede explorarse por completo.

En cuarto lugar, él se deleita en derribar a los orgullosos y levantar a los humildes (Salmos 147:6). El SEÑOR levanta a los humildes, a quienes se humillan delante de él y son pisoteados por otros. Pero a los malvados, que actúan con orgullo contra Dios y con desprecio hacia los demás, que se engrandecen en su arrogancia y necedad, los arroja al suelo. Algunas veces lo hace mediante situaciones muy humillantes en esta vida y, finalmente, en el día en que serán llenos de vergüenza eterna. Dios demuestra que es Dios al mirar al orgulloso y humillarlo (Job 40:12).

En quinto lugar, él provee incluso para las criaturas más pequeñas. Aunque es tan grande que gobierna las estrellas, también es tan bueno que no se olvida ni siquiera de las aves (Salmos 147:8-9). Observemos la manera en que alimenta tanto a las personas como a los animales. Él cubre el cielo con nubes que oscurecen el aire y bloquean el sol, pero dentro de esas nubes prepara la lluvia que la tierra necesita para dar fruto. Las nubes parecen sombrías, pero sin ellas no habría lluvia ni cosecha.

De la misma manera, las aflicciones a menudo parecen oscuras y desagradables por el momento, y nos entristecen cuando las atravesamos. Sin embargo, son necesarias, porque de esas nubes de dificultad vienen las lluvias que producen el fruto apacible de justicia (Hebreos 12:11). Esto debería ayudarnos a soportarlas mejor.

Esto también nos recuerda que la tierra depende de los cielos y que nosotros, en la tierra, debemos depender de Dios en el cielo. Toda la lluvia que riega la tierra es preparada por él. Por medio de esa lluvia hace crecer la hierba en los montes, incluso en las montañas altas que nadie cultiva ni cosecha. Los montes, que no tienen ríos ni manantiales como los valles, reciben agua de todos modos para no quedar estériles. Él les da esa hierba como alimento a los animales, incluidos los animales salvajes de las montañas, de los que nadie se ocupa.

Incluso los cuervos jóvenes, cuando sus padres los abandonan y ellos claman, son escuchados por él. Él encuentra la manera de alimentarlos para que no mueran en el nido.

En sexto lugar, él se complace en su pueblo (Salmos 147:10-11). En tiempos en que suceden grandes cosas y las personas tienen grandes esperanzas de éxito, es importante saber, puesto que el resultado viene del SEÑOR, a quién escogerá para honrar y coronar con la victoria. Dios no se complace en la fuerza de los ejércitos, sino en la fuerza de la gracia. Esa es la fuerza que reconoce y bendice.

No se deleita en la caballería, en la fuerza del caballo, aunque el caballo de guerra sea conocido por su valentía (Job 39:19). Tampoco se complace en las piernas del hombre, es decir, en la rapidez o firmeza propias de un ejército. El punto no es retirarse rápidamente, sino mantenerse firme en la batalla.

Si un rey acudiera a Dios en busca de ayuda para la guerra, no le serviría decir: «Señor, tengo un ejército fuerte, con buenos jinetes y soldados de infantería bien organizados. Sería una vergüenza que fueran derrotados». Ese tipo de súplica no significa nada delante de Dios (Salmos 20:7). Mucho mejor fue la oración de Josafat: «Señor, no tenemos fuerzas» (2 Crónicas 20:12).

Pero Dios se complace en honrar la fuerza que proviene de la gracia. Una reverencia seria y apropiada hacia Dios es, a sus ojos, muy valiosa en una situación así. El SEÑOR acepta y se complace en quienes lo temen y esperan en su misericordia.

Observemos que el temor santo de Dios y la esperanza en Dios no solo pueden existir juntos, sino que deben hacerlo. En un mismo corazón y al mismo tiempo deben estar presentes tanto el respeto por la grandeza de Dios como la confianza en su bondad; tanto un temor verdadero de su enojo como una expectativa verdadera de su favor. Esto no significa que debamos permanecer indecisos entre la esperanza y el temor, sino que debemos vivir bajo la influencia serena de ambos. Nuestro temor debe impedir que la esperanza se convierta en orgullo, y nuestra esperanza debe impedir que el temor se convierta en desesperación. Así cumplimos nuestro deber como corresponde.

También debemos esperar en la misericordia de Dios, en su misericordia general, aun cuando no encontremos una promesa específica en la cual apoyarnos. Una confianza humilde en la bondad de la naturaleza de Dios le agrada mucho, porque honra precisamente la cualidad en la que él se deleita de manera especial. A toda persona honorable le agrada que confíen en ella.

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