Versículo destacado

Salmos 12:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Sálvanos, Señor, porque ya no quedan creyentes fieles; ya no quedan hombres sinceros.

Salmos 12:1

menu_book El versículo en contexto

1 Sálvanos, Señor, porque ya no quedan creyentes fieles; ya no quedan hombres sinceros.

2 Se mienten unos a otros; hablan con hipocresía y con doble sentido.

3 Arranca de raíz, Señor, a los hipócritas y fanfarrones,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este salmo nos ofrece buenos pensamientos para los tiempos difíciles. Incluso cuando las personas sensatas guardan silencio porque una palabra puede hacer que alguien parezca culpable (Amós 5:13), todavía podemos consolarnos con oraciones apropiadas y reflexiones como estas.

Primero, veamos qué es lo que verdaderamente hace malos a los tiempos. A menudo, la gente dice que los tiempos difíciles se deben a la falta de dinero, la caída del comercio o la guerra. Pero la Escritura señala una causa diferente. Dice que vendrán tiempos peligrosos porque aumentará el pecado (2 Timoteo 3:1), y eso es precisamente de lo que David se queja aquí.

Los tiempos son malos cuando la piedad y la honestidad desaparecen entre la gente (Salmo 12:1). Observa cómo el salmo une estas dos ideas: los piadosos y los fieles. No existe una fe verdadera en Dios sin honestidad hacia los demás. Las personas piadosas son fieles; a veces se les llama dignas de confianza porque su palabra es tan firme como un juramento. Se toman en serio ser sinceras tanto con Dios como con los demás.

Se dice que dejan de existir y desaparecen, ya sea porque mueren, porque se rinden o por ambas razones. Los que antes eran piadosos y fieles son quitados, y los que quedan han cambiado para mal. Por eso, quedan muy pocos israelitas verdaderos. David quizá quiso decir que no había hombres piadosos y fieles entre los funcionarios de la corte de Saúl. Si quiso decir que quedaban pocos o ninguno en Israel, probablemente se equivocó de la misma manera que Elías, cuando pensó que era el único que quedaba, aunque Dios tenía siete mil que habían conservado su integridad (Romanos 11:3). O quizá quiso decir que eran pocos en comparación con la cantidad que debería haber habido. En cualquier caso, un deterioro general de la religión y la virtud hace que los tiempos sean muy malos, cuando no se encuentra a nadie que haga lo correcto (Jeremías 5:1).

Los tiempos también son muy malos cuando las mentiras, la adulación y las falsas apariencias corrompen toda conversación (Salmo 12:2). Entonces a la gente no le importa la verdad. Son tan maliciosos que planean hacerles daño a sus vecinos, pero tan viles que esconden sus intenciones bajo palabras amables y actos amistosos. Se hablan con falsedad, con labios aduladores y un corazón dividido. Besan y matan, como Joab con Abner y Amasa en los mismos días de David. Sonríen frente a ti y te apuñalan por la espalda. Esta es la imagen completa del diablo: una mezcla de odio y falsedad.

Los tiempos son realmente malos cuando no se puede encontrar sinceridad y una persona honesta no sabe en quién confiar. Ni siquiera se atreve a confiar en un amigo o guía (Miqueas 7:5-6; Jeremías 9:4-5). ¡Ay de quienes ayudan a hacer que los tiempos sean tan peligrosos!

Los tiempos también son muy malos cuando los enemigos de Dios, de la religión y de las personas piadosas se vuelven atrevidos y descarados, y amenazan con arrasar con todo lo santo y correcto. Los pecadores orgullosos llegan al punto de decir: «Con nuestra lengua venceremos. Nuestros labios son nuestros; podemos decir lo que queramos. ¿Quién es nuestro señor?» (Salmo 12:4). Esto muestra una confianza orgullosa en sí mismos, como si se hubieran vuelto dioses después de comer del fruto prohibido, capaces de decidir por sí mismos lo que es bueno y lo que es malo. También muestra un desprecio abierto por el gobierno de Dios, como si él no tuviera ningún derecho sobre ellos. Pero no les corresponde a ellos negar ese derecho. ¿Quién hizo la boca del ser humano y quién sostiene su aliento?

Es igual de absurdo decir: «¿Quién es nuestro señor?», que lo que dijo el faraón cuando se negó a escuchar el mandato de Dios (Éxodo 5:1). El Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos sin duda tiene que ser nuestro Señor.

Los tiempos son muy malos cuando se oprime y se ridiculiza a los pobres y necesitados. Eso se da a entender en (Salmo 12:5), donde Dios observa la opresión de los pobres y el gemido de los necesitados. Se les hace injusticia porque son pobres. La gente les hace daño simplemente porque no pueden defenderse. A menudo no se atreven a hablar por miedo a que sus propias palabras sean usadas en su contra, así que gimen y derraman su dolor delante de Dios. Si alguien habla en su favor, sus opresores se burlan de ellos, tratando su sufrimiento con ligereza y sin tomarlo en serio (Salmo 10:5).

Los tiempos también son muy malos cuando la maldad queda abiertamente sin castigo bajo el respaldo de quienes tienen autoridad (Salmo 12:8). Cuando a las peores personas se les da un lugar de confianza y poder, y en vez de castigar el mal lo protegen, entonces los malvados se multiplican por todas partes. Ya no tienen miedo ni vergüenza de mostrar quiénes son. Declaran abiertamente su pecado, como Sodoma, y nadie los detiene. Las personas malvadas son viles, sin importar cuán alto lleguen en este mundo. Antíoco el ilustre es llamado una persona despreciable en la Escritura (Daniel 11:21). Un reino se encuentra en un estado lamentable cuando se prefiere a personas así, y entonces no sorprende que la maldad se vuelva atrevida y desafiante. Cuando gobiernan los malvados, el pueblo gime.

Ahora veamos qué consuelo nos ofrece este salmo para esos tiempos difíciles. No sabemos por qué tiempos tendremos que pasar todavía, así que es bueno estar preparados. Cuando las cosas están tan mal, es reconfortante recordar que tenemos un Dios a quien acudir, uno de quien podemos pedir y esperar ayuda para todos nuestros problemas. David comienza con este clamor: «Ayuda, SEÑOR, porque el hombre piadoso deja de existir» (Salmo 12:1). Cuando toda otra ayuda falla, e incluso desaparecen las personas piadosas y fieles, ¿a quién podemos acudir sino a Dios?

Cuando las personas piadosas y fieles desaparecen, es hora de clamar: «¡Ayuda, SEÑOR!». Cuando el pecado sigue aumentando, amenaza con inundarlo todo. Entonces debemos orar: «Ayuda, SEÑOR; ayuda a los virtuosos. Son pocos los que intentan conservar su integridad y mantenerse firmes. Ayuda a preservar tu causa en el mundo para que no se hunda. Es hora de que actúes, SEÑOR».

También debemos recordar que Dios ciertamente tratará con las personas falsas y orgullosas, y que detendrá y castigará su insolencia. Puede que estén fuera del control humano y que desafíen abiertamente a todos, pero no están fuera del alcance de Dios.

Las personas no siempre pueden descubrir las intenciones de los aduladores ni derribar el orgullo de quienes hablan con arrogancia. Pero el Dios justo eliminará todos los labios aduladores, los labios que dan el beso del traidor y hablan con más suavidad que el aceite mientras llevan la guerra en el corazón. También silenciará la lengua que habla con orgullo contra Dios y la religión (Salmo 12:3). Algunos entienden esto como una oración: «Que Dios elimine esos labios falsos y maliciosos. Que sean silenciados los labios mentirosos».

Dios también librará, a su debido tiempo, a su pueblo oprimido y lo protegerá de los planes malvados de sus perseguidores (Salmo 12:5). «Ahora me levantaré», dice el SEÑOR. Esta promesa, que David expresa aquí por el Espíritu de profecía, responde a la oración que presentó a Dios por el espíritu de oración. David dice: «Ayuda, SEÑOR», y Dios responde: «Lo haré; aquí estoy, con una ayuda oportuna y eficaz».

Esa ayuda llega en el momento adecuado. Primero, llega cuando los opresores se encuentran en el punto más alto de su orgullo y arrogancia, cuando dicen: «¿Quién es nuestro señor?». Entonces es el momento de Dios para demostrarles, para su propio perjuicio, que él está por encima de ellos. Segundo, llega cuando los oprimidos se encuentran en lo más profundo de la angustia y la desesperación, gimiendo como Israel en Egipto bajo una esclavitud cruel. Entonces ha llegado el momento de Dios para presentarse en favor de ellos, como lo hizo con Israel cuando estaba más aplastado y el faraón era más poderoso. «Ahora me levantaré». Hay un momento establecido para rescatar a los inocentes oprimidos, y ese momento llegará. Podemos tener la seguridad de que será el mejor momento (Salmo 102:13).

Esta ayuda no solo llega a tiempo, sino que también es eficaz. «Lo pondré a salvo», o «le daré salvación». Dios no solo protegerá a su pueblo; también lo restaurará a su prosperidad anterior y lo sacará a un lugar amplio y próspero (Salmo 66:12). Al final, no perderán nada por causa de su sufrimiento.

Los seres humanos son falsos, pero Dios es fiel. No se puede confiar plenamente en la gente, pero sí se puede confiar en Dios. Las personas hablan palabras vacías y aduladoras, pero las palabras del SEÑOR son palabras puras (Salmo 12:6). No solo son verdaderas; también son puras, como la plata probada en un horno y refinada una y otra vez. Esto significa, en primer lugar, que la palabra de Dios es sincera. Todo es realmente tal como afirma ser, ni más ni menos. No se burla de nosotros, no nos engaña ni busca otra cosa que nuestro bien.

También significa que la palabra de Dios es preciosa. Tiene un gran valor en sí misma, como la plata refinada hasta alcanzar su mayor pureza. Nada en ella disminuye su valor. Además, significa que la palabra de Dios ha demostrado muchas veces ser verdadera. Los santos de todas las épocas han confiado en ella y la han puesto a prueba, y nunca los engañó ni defraudó su esperanza. Todos pudieron afirmar que la palabra de Dios es verdadera. Confía en quien la ha probado y ha comprobado que es así.

Esta promesa probablemente señala de manera especial la promesa de Dios de ayudar y aliviar a los pobres y oprimidos. Los amigos humanos pueden despertar esperanzas y luego fallar como una caña quebrada. Pero las palabras de Dios son aquello de lo que podemos depender. Puesto que debemos ser cautelosos con las promesas de la gente, debemos confiar aún más en la promesa de Dios.

Dios también conservará para sí a su remanente escogido, sin importar cuán difíciles sean los tiempos (Salmo 12:7): «Tú los preservarás de esta generación para siempre». Esto muestra que, mientras exista el mundo, siempre habrá personas orgullosas y malvadas que intentarán, mediante sus artimañas, arruinar la fe y desgastar a los santos del Altísimo (Daniel 7:25). Pero dejemos que Dios cuide su propia causa y preserve a su pueblo.

Él los preservará de esta generación de dos maneras. Los guardará de corromperse por su influencia y de apartarse de Dios, de seguir sus caminos y aprender sus obras. En tiempos de alejamiento generalizado de Dios, el Señor conoce a los que le pertenecen, y ellos podrán permanecer fieles. También los guardará de ser destruidos y eliminados por esa generación. La iglesia está edificada sobre una roca y tan bien protegida que las puertas del infierno no podrán vencerla.

Aun en los peores tiempos, Dios tiene un remanente. En cada época, conservará para sí una simiente santa y la preservará para su reino celestial. Al cantar este salmo y orarlo delante de Dios, debemos lamentar la corrupción general de la conducta, agradecerle que las cosas no estén peor y orar con esperanza de que mejoren en el tiempo señalado por Dios.

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