Versículo destacado

Salmos 115:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Israelitas, ¡confíen en el Señor! Él nos ayuda y nos protege.

Salmos 115:9

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos se nos exhorta con firmeza a confiar en Dios y a no permitir que las burlas de los paganos por nuestras dificultades hagan tambalear esa confianza. Es insensato depender de ídolos muertos, pero es sabio confiar en el Dios vivo. Él es ayuda y escudo para quienes confían en él: los ayuda con lo bueno y los protege de lo malo.

Así que Israel debe confiar en el Señor; esto se refiere tanto a todo el pueblo como a cada persona en particular. Deben dejar todo en las manos de Dios y creer que él ordenará todas las cosas para su bien, y que será su ayuda y su escudo. También deben confiar en el Señor los sacerdotes, los ministros del Señor y toda la familia de Aarón (Salmo 115:10). A menudo son quienes más sufren el odio y los ataques de los enemigos, por lo que Dios cuida de ellos de manera especial. En los peores momentos, ellos deben dar a los demás un ejemplo de confianza gozosa en Dios y de lealtad fiel hacia él.

También deben confiar en el Señor los prosélitos, es decir, quienes no nacieron israelitas, pero reverencian al Señor (Salmo 115:11). Donde hay una reverencia verdadera hacia Dios, también puede haber una fe confiada en él. Quienes respetan su palabra pueden apoyarse en ella.

También se nos dan razones firmes para confiar en Dios y descansar plenamente en él. Pensemos primero en lo que ya hemos experimentado: «El Señor se ha acordado de nosotros» (Salmo 115:12). No se ha acordado de nosotros solo en algunas ocasiones, sino siempre, y de manera especial en momentos decisivos. Ha tenido presentes nuestras necesidades, nuestras cargas, nuestras oraciones, sus promesas y la relación de pacto entre él y nosotros. Todo nuestro consuelo proviene de que Dios piensa en nosotros con bondad. Se ha acordado de nosotros aun cuando muchas veces nosotros lo hemos olvidado a él. Esto debería impulsarnos a confiar en él, porque hemos comprobado que es fiel.

Pensemos también en lo que podemos esperar. Por lo que ha hecho por nosotros, podemos concluir con razón que nos bendecirá. El que ha sido nuestra ayuda y nuestro escudo seguirá siéndolo. El que se acordó de nosotros cuando estábamos abatidos no nos olvidará. Él sigue siendo el mismo, con el mismo poder, la misma bondad y la misma promesa inquebrantable. Por eso tenemos buenas razones para esperar que aquel que nos ha librado y sigue librándonos vuelva a hacerlo. Más aún, nos bendecirá, porque ha prometido hacerlo y ha pronunciado una bendición sobre todo su pueblo.

La bendición de Dios es más que palabras amables. Consiste en hacer el bien por nosotros de maneras reales. Aquellos a quienes él bendice son verdaderamente bendecidos. Ha prometido bendecir a la casa de Israel, es decir, a la nación en su vida civil. Bendecirá a la casa de Aarón, es decir, a la iglesia y al ministerio en su vida religiosa. Los sacerdotes debían bendecir al pueblo; esa era su labor (Números 6:23). Pero Dios mismo bendecía a los sacerdotes y daba poder a su bendición. También bendecirá a quienes reverencian al Señor, aunque no pertenezcan a Israel ni a la familia de Aarón, porque es verdad que en toda nación acepta y bendice a quien le teme (Hechos 10:34-35). Bendice tanto a los pequeños como a los grandes, tanto a los jóvenes como a los ancianos. Los más grandes necesitan su bendición, y esta no les será negada a los más humildes que lo reverencian. Dios bendecirá tanto a quienes tienen una gracia débil como a quienes tienen una fe firme, como a los corderos y a las ovejas de su rebaño.

También se promete que el Señor los hará crecer (Salmo 115:14). A quienes Dios bendice, también los hace crecer. Esta fue una de las primeras bendiciones: «Sean fructíferos y multiplíquense». La bendición de Dios trae crecimiento en número, en la fortaleza de la familia, en las riquezas y en la honra. Sobre todo, trae crecimiento en las cosas espirituales, lo que el apóstol llama el crecimiento que viene de Dios. Él da crecimiento en conocimiento, sabiduría, gracia, santidad y gozo. Verdaderamente bendecidos son aquellos a quienes Dios sigue haciendo más sabios, mejores y más preparados para él y para el cielo.

Este crecimiento se promete como un avance constante y continuo: «El Señor los hará crecer cada vez más», de modo que durante toda la vida sigan creciendo hasta alcanzar la perfección, como la luz resplandeciente (Proverbios 4:18). También es un crecimiento que se transmite a los hijos: «Ustedes y sus hijos». Para los padres es un consuelo ver a sus hijos crecer en sabiduría y fortaleza. Hay una bendición sobre los hijos de quienes temen a Dios, incluso desde sus primeros días. «El Señor los bendecirá a ustedes y a sus hijos» (Salmo 115:15). Todo el que los vea tendrá que reconocer que son descendencia bendecida por el Señor (Isaías 59:9).

Quienes son bendecidos por el Señor tienen suficientes razones para confiar en él como su ayuda y su escudo, porque él es quien hizo el cielo y la tierra. Sus bendiciones son gratuitas, ya que él no necesita nada para sí mismo. También son abundantes, porque tiene todo preparado para dárselo a quienes lo reverencian y confían en él. El que hizo el cielo y la tierra ciertamente puede hacer felices a quienes confían en él, y lo hará.

Luego el salmista se vuelve hacia la alabanza de Dios y termina resolviendo seguir alabándolo. Dios merece una gran alabanza (Salmo 115:16). Su gloria es sublime, porque el cielo es su morada y su trono. «Los cielos, aun los cielos más altos, pertenecen al Señor». Él es el legítimo dueño de todos los tesoros de luz y gozo del mundo superior y mejor, y los posee plenamente, porque él mismo es infinitamente luminoso y feliz. Su bondad también es amplia, porque ha dado la tierra a los seres humanos; al crearla, la destinó para su uso, para que les proveyera alimento, bebida y refugio.

Sin embargo, él sigue siendo el dueño supremo. «La tierra es del Señor, y todo lo que hay en ella», pero la ha entregado al cuidado de los seres humanos, como una viña alquilada a unos trabajadores. De ellos espera recibir lo que le corresponde y su servicio. Aunque les ha dado la tierra, sus ojos siguen puestos en ellos, y les pedirá cuentas por la manera en que la usan. Calvino se quejaba de que, en sus días, la gente malvada distorsionaba este versículo y lo convertía en una burla. Algunos hacen lo mismo ahora, como si Dios, por haber dado la tierra a los seres humanos, ya no se preocupara por lo que sucede en ella ni por quienes viven allí. Pero eso es un uso vergonzoso de un hermoso ejemplo de la generosidad de Dios y del deber que tenemos hacia él.

Desde los cielos más altos, Dios ciertamente ve a todas las personas. Ha dado la tierra a la humanidad, pero el cielo pertenece a los hijos de Dios. Los muertos ya no pueden alabarlo, ni tampoco quienes han descendido al silencio, es decir, a la tumba (Salmo 115:17). El alma sí continúa viviendo aparte del cuerpo y puede alabar a Dios; las almas de los fieles lo alaban después de ser liberadas de las cargas de la carne. Van a un lugar de luz perfecta y servicio constante.

Pero el cuerpo muerto no puede alabar a Dios. La muerte pone fin a nuestra honra pública de Dios en este mundo de dificultades y conflictos, y también pone fin a nuestra labor aquí. La tumba es un lugar de oscuridad y silencio, donde no hay trabajo ni planes. El salmista usa esta verdad como parte de una súplica para ser librado de los enemigos. Está diciendo: «Señor, si ellos nos derrotan y nos eliminan, parecerá que los ídolos han vencido, y ya no quedará nadie que te alabe, lleve tu nombre y dé testimonio contra la adoración de ídolos». Los muertos no alaban al Señor de la manera en que nosotros lo hacemos, mediante las actividades y los consuelos de esta vida (Salmo 30:9; Salmo 88:10).

Por eso es correcto y urgente alabarlo (Salmo 115:18). «Pero nosotros —dice el salmista—, nosotros que estamos vivos, bendeciremos al Señor. Nosotros y quienes vengan después de nosotros lo haremos desde ahora y para siempre». Los muertos no pueden alabar al Señor, así que nosotros debemos hacerlo con mayor fidelidad. Otros ya se fueron y su servicio terminó; por eso debemos entregarnos más plenamente a Dios y ocupar el lugar que ellos dejaron. «Moisés, mi siervo, ha muerto; por tanto, levántate ahora, Josué». Nosotros también iremos pronto a la tierra del silencio, pero mientras vivamos bendeciremos al Señor. Debemos aprovechar bien nuestro tiempo y hacer la obra de aquel que nos envió al mundo, alabándolo antes de que llegue la noche, porque viene la noche cuando nadie puede trabajar.

El Señor nos bendecirá (Salmo 115:12), es decir, nos hará bien; por eso nosotros debemos bendecirlo, es decir, hablar bien de él. Es una pequeña respuesta ante regalos tan grandes. Y no solo debemos alabarlo nosotros, sino también llamar a otros a hacer lo mismo: «Alaben al Señor». Alábenlo con nosotros, alábenlo donde están, como nosotros lo hacemos donde estamos, y alábenlo después de que nos hayamos ido, para que él sea alabado por siempre. ¡Aleluya!

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