Versículo destacado

Salmos 115:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Señor, glorifícate a ti mismo, no a nosotros; ¡glorifícate por tu amor y tu verdad!

Salmos 115:1

menu_book El versículo en contexto

1 Señor, glorifícate a ti mismo, no a nosotros; ¡glorifícate por tu amor y tu verdad!

2 ¿Por qué han de preguntar los paganos dónde está nuestro Dios?

3 Nuestro Dios está en el cielo; él ha hecho todo lo que quiso.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El salmista se ocupa aquí de responder tanto al orgullo humano como a los insultos de los idólatras.

Aquí toda jactancia queda excluida para siempre, y el Salmo 115:1 lo afirma con claridad. No debemos dar lugar a ninguna idea de mérito propio, ni en la oración ni en la alabanza. Todo debe señalar a la gloria de Dios. Si hemos recibido misericordia, cumplido un servicio o visto buenos resultados, no debemos atribuirnos el honor. No debemos pensar que hemos hecho algo por Dios con nuestras propias fuerzas ni que hemos ganado algo de él por nuestra propia justicia. Todo lo bueno que hacemos viene por su gracia, y todo lo bueno que tenemos es un regalo de su misericordia. Por eso, él debe recibir toda la alabanza. No debemos decir: «Mi propio poder me ha conseguido esta riqueza» (Deuteronomio 8:17). Tampoco debemos decir: «El SEÑOR ha hecho esto por causa de mi justicia» (Deuteronomio 9:4). Más bien, nuestro canto debe ser: «No a nosotros, oh SEÑOR, sino a tu nombre sea la gloria». Todo bien que se produce en nosotros o que se hace por nosotros proviene de su misericordia y de su verdad, porque él mostrará misericordia y cumplirá su promesa. Todas nuestras coronas deben depositarse a los pies del que está sentado en el trono, porque ahí es donde pertenecen.

Este mismo versículo también nos enseña cómo orar cuando buscamos misericordia. Debemos acudir solamente a Dios en busca de ayuda y preocuparnos más por su gloria que por nuestro propio beneficio. Nuestra oración debe ser: «Señor, haz esto por nosotros, no para que recibamos reconocimiento o comodidad, sino para que tu misericordia y tu verdad sean honradas». Ese debe ser nuestro objetivo más elevado en la oración. Es la misma regla que da forma al Padrenuestro, donde la primera petición es: «Santificado sea tu nombre», y de ahí se desprenden las demás, incluida: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Esto también debe darnos satisfacción cuando Dios no responde nuestras oraciones exactamente como se lo pedimos. Pase lo que pase con nosotros, debemos decir: «Da gloria a tu nombre» (Juan 12:27-28).

Aquí también se responde, y muy bien, al reproche de las naciones. Primero, el salmista se queja del insulto de los paganos, de las naciones que no conocen a Dios: «¿Dónde está ahora su Dios?» (Salmo 115:2). En realidad, está preguntando por qué hablan de esa manera. ¿Acaso no saben que nuestro Dios está presente en todo lugar por medio de su providencia, y siempre cerca por medio de su promesa y su gracia? También está preguntando por qué Dios permite que hablen así y por qué Israel ha caído tan bajo, al punto de que sus palabras parecen tener alguna fuerza. La oración pide que Dios intervenga para rescatarlos, defienda su propio honor y glorifique su nombre.

Luego, en el Salmo 115:3, el salmista responde directamente a su desafío. Si preguntan dónde está nuestro Dios, podemos responderles. Él está en los cielos, en el lugar donde se revela su gloria. Los dioses de las naciones nunca estuvieron allí. Está fuera de nuestra vista, pero su grandeza no se vuelve dudosa por estar más allá de nuestro alcance. También se manifiesta en el mundo inferior, en todo lo que hace. Él ha hecho todo lo que quiso, conforme al propósito de su voluntad. Su gobierno es soberano, y nada puede detener su poder. Él está al principio y al final de todas las cosas, y no está lejos de ninguno de nosotros.

Entonces la pregunta se vuelve contra los idólatras. Ellos preguntan: «¿Dónde está el Dios de Israel?», porque no pueden verlo. En efecto, el salmista pregunta: «¿Qué son los dioses de las naciones?», porque sí pueden verse. Sus dioses, aunque tienen forma, están sin vida y carecen de entendimiento. La idolatría comenzó de manera bastante equivocada con la adoración del sol y de la luna (Job 31:26), pero después empeoró. La gente pasó a adorar imágenes (Salmo 115:4), y quienes practican el mal tienden a empeorar con el tiempo. Los ídolos están hechos de plata y oro, extraídos de la tierra. Quizá sirvan para fabricar dinero, pero no para fabricar dioses. Su forma proviene del artesano. Son obra de manos humanas, y por eso no pueden tener verdadera divinidad.

Si el ser humano es obra de las manos de Dios y recibe el honor de haber sido hecho a imagen de Dios, es absurdo pensar que algo hecho por manos humanas podría ser Dios. Más insultante todavía para Dios es hacerlo a imagen del ser humano. El argumento es claro: el artesano lo hizo; por lo tanto, no es Dios (Oseas 8:6). El salmo presenta estos ídolos como objetos ridículos, cosas que parecen ser algo, pero en realidad no son nada. Son más apropiados para una juguetería que para un templo, y más adecuados para que los niños jueguen con ellos que para que los adultos les oren. El fabricante puede cumplir bastante bien con su tarea al darles boca, ojos, oídos, nariz, manos y pies, pero no puede darles vida; por eso tampoco puede darles entendimiento.

No pueden hablar en respuesta a quienes los consultan, así que el sacerdote tiene que hablar por ellos. En la imagen de Baal no había voz ni nadie que respondiera. No pueden ver a la gente que se inclina ante ellos, mucho menos sus cargas y necesidades. No pueden oír las oraciones, aunque se pronuncien en voz alta. No pueden oler el incienso, por fuerte o agradable que sea. No pueden recibir ofrendas, mucho menos dar regalos a sus adoradores. No pueden extender la mano para ayudar al necesitado. No pueden caminar ni dar siquiera un paso para ayudar a quienes acuden a ellos. Ni siquiera respiran. No hay en ellos ninguna señal de vida, ni siquiera después de que el sacerdote pretende consagrarlos y colocar en ellos una divinidad. Después de esa ceremonia siguen tan muertos como antes.

A partir de esto, el salmista muestra la insensatez de quienes los adoran. Quienes fabrican las imágenes demuestran habilidad y quizá sean personas sensatas. Pero quienes las convierten en dioses demuestran estupidez y necedad, y llegan a parecerse a aquello que adoran: sin entendimiento y torpes. No perciben en la creación las realidades invisibles del Dios verdadero y viviente. Tampoco oyen la voz del día y de la noche, que en todo idioma y lugar declaran su gloria (Salmo 19:2-3). Al inclinarse ante estos títeres absurdos, se vuelven tan necios como ellos. Se alejan cada vez más de todo lo espiritual y se hunden más profundamente en el mundo de los sentidos. Al mismo tiempo, provocan a Dios para que los entregue a una mente incapaz de juzgar correctamente, una mente sin entendimiento (Romanos 1:28).

Quienes confían en los ídolos actúan de una manera completamente irracional. Son insensatos, impotentes e inútiles, como las cosas en las que confían. Al final, lo descubrirán para su propia vergüenza. Nosotros sabremos dónde está nuestro Dios, y ellos también lo sabrán, pero a costa propia, cuando sus dioses hayan desaparecido (Jeremías 10:3-11; Isaías 44:9 y siguientes).

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