Versículo destacado
Salmos 11:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor está en su santo templo. El Señor tiene su trono en el cielo y, con los ojos bien abiertos, vigila atentamente a los hombres. "
Salmos 11:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 Fíjate en los malvados: colocan la flecha en la cuerda, tensan el arco y, desde un lugar escondido, disparan contra los hombres honrados.
3 Y cuando las bases mismas se derrumban, ¿qué puede hacer el hombre honrado?
4 El Señor está en su santo templo. El Señor tiene su trono en el cielo y, con los ojos bien abiertos, vigila atentamente a los hombres.
5 El Señor vigila a los justos y a los malvados, y odia con toda su alma a los que aman la violencia.
6 El Señor hará llover sobre los malos brasas, fuego y azufre, y traerá un viento que lo quemará todo. ¡El Señor les dará su merecido!
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Se dice que sacudir un árbol hace que eche raíces más profundas y con mayor rapidez. De la misma manera, los enemigos de David intentaron sacudir su confianza en Dios, pero eso solo hizo que se aferrara con más firmeza a sus convicciones iniciales. Aquí repasa esas verdades, y hacerlo lo consuela y cierra la puerta a la incredulidad. Lo que perturbaba su fe, y ha perturbado la fe de muchos otros, era ver que la gente malvada prosperaba en sus malos caminos, mientras que las personas buenas a menudo eran acosadas por las dificultades.
Esa clase de situación puede llevar a alguien a pensar: «No sirve de nada servir a Dios. Los orgullosos son los que realmente viven felices». Para silenciar esos pensamientos, David nos señala estas verdades. Primero, hay un Dios en el cielo. El Señor está en su santo templo, y aunque no podemos verlo, nunca estamos fuera de su mirada. Por eso, los enemigos del pueblo de Dios no deben burlarse de ellos como si estuvieran indefensos. Tienen un Dios, y saben dónde encontrarlo en oración, como su Padre celestial.
Otra posibilidad es que el templo se refiera a su iglesia, donde Dios mantiene una relación de pacto y comunión con su pueblo por medio de un Mediador, alguien que se interpone entre Dios y la humanidad. El templo señalaba hacia ese Mediador. No necesitamos preguntar quién subirá al cielo para traernos un Dios en quien podamos confiar. La palabra está cerca de nosotros, y Dios está presente en la palabra. Su Espíritu vive en sus santos, que son templos vivientes, y el Señor es ese Espíritu.
Segundo, este Dios gobierna el mundo. El Señor no solo vive en el cielo; también tiene allí su trono, y ha establecido su gobierno sobre la tierra (Job 38:33). Él afirmó su trono en los cielos, y su reino gobierna sobre todo (Salmo 103:19). Por eso se dice que los cielos gobiernan (Daniel 4:26). Por la fe, debemos ver a Dios sentado en ese trono, en su trono de gloria, muy por encima del esplendor de los gobernantes terrenales. Debemos verlo en su trono de gobierno, dando ley, movimiento y propósito a todas las criaturas. Debemos verlo en su trono de juicio, dando a cada persona conforme a sus obras. También debemos verlo en su trono de gracia, al cual su pueblo puede acercarse con confianza para recibir misericordia y ayuda. Entonces no nos dejaremos sacudir por el orgullo y el poder de los opresores ni por las dificultades que sobrevienen a los justos.
Tercero, este Dios conoce perfectamente el verdadero carácter de cada persona. Sus ojos contemplan y sus párpados ponen a prueba a los hijos de los hombres. Él hace más que verlos: ve a través de ellos. Conoce no solo lo que dicen y hacen, sino también lo que piensan, planean y sienten en realidad, sin importar lo que afirmen. Nosotros podemos conocer lo que las personas aparentan ser, pero él sabe lo que son, como un refinador conoce el valor del oro después de ponerlo a prueba. La Escritura dice que Dios prueba con sus ojos y sus párpados porque no juzga por informes ni apariencias, como suelen hacerlo los gobernantes terrenales. Él ve mediante su propia inspección perfecta, y no puede equivocarse ni ser engañado. Esto debe consolarnos cuando las personas nos engañan, incluso aquellas que creíamos haber evaluado bien. El juicio de Dios siempre es verdadero.
Cuarto, si aflige a las personas buenas, lo hace para ponerlas a prueba y, por lo tanto, para su bien (Salmo 11:5). El Señor pone a prueba a todos los hijos de los hombres para hacerles bien al final (Deuteronomio 8:16). Por eso, no debemos permitir que esto sacuda nuestra fe ni debilite nuestra confianza en Dios.
Quinto, aunque los perseguidores y opresores prosperen por un tiempo, ya están bajo la ira de Dios y finalmente perecerán bajo ella. Él es un Dios santo; por eso aborrece el mal y no puede aprobarlo. «Al malvado y al que ama la violencia» los aborrece su alma, porque nada se opone más a su naturaleza buena y recta. Su éxito no es señal del favor de Dios. El abuso que hacen de ese éxito solo demuestra que se han convertido en objeto de su odio. Dios no aborrece nada de lo que ha creado, pero sí aborrece a quienes se han deformado tan gravemente a sí mismos.
El doctor Hammond propone otra manera de entender este versículo: el Señor pone a prueba tanto a los justos como a los malvados, y puede distinguirlos perfectamente, algo que nosotros no podemos hacer. Entonces, el que ama la violencia aborrece su propia alma; es decir, los perseguidores provocan su propia ruina inevitable (Proverbios 8:36), como lo muestra el versículo siguiente. Dios es un Juez justo, así que los castigará (Salmo 11:6).
Su castigo es inevitable. Sobre los malvados hará llover trampas. Esta expresión utiliza dos imágenes a la vez para mostrar que las personas malvadas no pueden escapar. El castigo descenderá sobre ellas desde el cielo, como la lluvia, y no habrá refugio contra él. Caerá de repente, como una tormenta que sorprende a un viajero en un día de verano. Será como una trampa que las sujetará y las mantendrá cautivas hasta que llegue el juicio.
Su castigo también será aterrador. Será fuego, azufre y una terrible tormenta, lo que claramente apunta a la destrucción de Sodoma y Gomorra. Esa destrucción tenía el propósito de representar el castigo del fuego eterno (Judas 1:7). El fuego de la ira de Dios, unido al azufre de su propia culpa, arderá con certeza y ferocidad. Consumirá hasta lo más profundo del infierno y continuará durante toda la eternidad. ¡Qué terrible tormenta arrastra a los malvados al momento de la muerte! ¡Qué lago de fuego y azufre debe ser su hogar interminable, entre los muertos y los condenados! Esto es lo que se quiere decir aquí. Esta es su porción, la copa que el Todopoderoso les ha asignado y les entrega como parte suya (Job 20:29).
Esta es la copa de temblor puesta en sus manos, y tendrán que beberla hasta la última gota (Salmo 75:8). A cada persona se le asigna una porción para su copa. Quienes eligen al Señor como su porción recibirán lo que escogieron y serán bendecidos para siempre por esa elección (Salmo 16:5). Pero quienes rechazan su gracia tendrán que beber la copa de su furor (Jeremías 25:15; Isaías 51:17; Habacuc 2:16).
Por último, aunque las personas honestas y buenas sean derribadas y pisoteadas, Dios todavía las reconoce como suyas, las favorece y las mira con amor. Esa es una de las razones por las que juzgará con tanta severidad a los perseguidores y opresores: aquellos a quienes maltratan son muy queridos para él. El que las toca, toca la niña de sus ojos (Salmo 11:7).
Él las ama, y ama la obra de su propia gracia en ellas. Él mismo es un Dios justo, por eso ama la justicia dondequiera que la encuentra. También defiende la causa de los justos que son heridos y oprimidos. Se deleita en hacerles justicia (Salmo 103:6). Nosotros debemos seguir el ejemplo de Dios en esto y amar la justicia como él la ama, para permanecer en su amor.
Él las mira con favor. Su rostro contempla a los rectos. No solo está en paz con ellos, sino que también llena de alegría su corazón al permitirles saberlo. Como un padre tierno, los mira con agrado; y ellos, como hijos obedientes, se alegran y quedan plenamente satisfechos con su sonrisa. Caminan a la luz del Señor.
Cuando cantamos este salmo, debemos fortalecer nuestra confianza en Dios en todo momento. Debemos depender de él para proteger nuestra inocencia y hacernos felices. Debemos temer su desaprobación como algo peor que la muerte y desear su favor como algo mejor que la vida.
De este capítulo
Salmos 11:1
"Yo busco refugio en el Señor. De nada sirve que me digan: Huye a los montes como las aves."
Salmos 11:2
"Fíjate en los malvados: colocan la flecha en la cuerda, tensan el arco y, desde un lugar escondido, disparan contra los hombres honrados."
Salmos 11:3
"Y cuando las bases mismas se derrumban, ¿qué puede hacer el hombre honrado?"
Salmos 11:5
"El Señor vigila a los justos y a los malvados, y odia con toda su alma a los que aman la violencia."
Salmos 11:6
"El Señor hará llover sobre los malos brasas, fuego y azufre, y traerá un viento que lo quemará todo. ¡El Señor les dará su merecido!"
Salmos 11:7
"El Señor es justo y ama lo que es justo; ¡por eso los sinceros lo verán cara a cara!"
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