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Salmos 105:8 - Significado y aplicación

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Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Aunque pasen mil generaciones, no se olvidará de las promesas de su alianza,

Salmos 105:8

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos enseña que, al alabar a Dios, debemos mirar hacia el pasado y reconocer lo que hizo por su pueblo en tiempos anteriores. Esto es especialmente cierto en los años en que lo estaba formando y estableciendo, porque los creyentes de generaciones posteriores disfrutan los beneficios de aquellas primeras obras y deben darle gracias por ellas. Podemos encontrar motivos de alabanza en los relatos de los Evangelios y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se cuenta el nacimiento de la iglesia cristiana, así como el salmista encuentra motivos de alabanza en Génesis y Éxodo, que narran el nacimiento del pueblo judío. Y la historia de la iglesia cristiana es mucho más extensa.

Aquí se alaban dos cosas: la promesa de Dios a los patriarcas y su cuidado hacia ellos mientras esperaban que esa promesa se cumpliera. La gran promesa era que les daría a sus descendientes la tierra de Canaán como herencia. Esto apuntaba a la promesa aún mayor de la vida eterna en Cristo para todos los creyentes. En todas las maravillas que Dios hizo por Israel, se acordó de su pacto (Salmos 105:8), y se acordará de él para siempre. Es la palabra que ordenó para mil generaciones. Esto muestra el poder de la promesa, porque era la palabra que Dios mismo había ordenado y ciertamente se cumpliría. También muestra cuánto perdura, porque permanece por mil generaciones y la descendencia vinculada a esa promesa nunca llegará a su fin.

En el pasaje paralelo, esto también se presenta como un deber nuestro: «Recuerden para siempre su pacto» (1 Crónicas 16:15). Dios no lo olvidará, y nosotros tampoco debemos olvidarlo. Se llama pacto porque incluía tanto lo que Dios prometía como lo que se exigía del ser humano. El pacto se hizo con Abraham, Isaac y Jacob: abuelo, padre e hijo, todos ellos creyentes destacados (Hebreos 11:8-9). Se confirmó con todo lo sagrado. ¿Es segura una promesa cuando se hace bajo juramento? Sí, y esta fue confirmada por el juramento de Dios a Isaac y a Abraham (Hebreos 6:13-14). ¿Es segura cuando queda establecida como ley? Sí, y Dios la confirmó como una ley que nunca sería anulada. ¿Es segura cuando se convierte en un acuerdo mutuo? Sí, y aquí se confirma como un pacto eterno, uno que no puede romperse.

El pacto consistía en esto: «A ti te daré la tierra de Canaán» (Salmos 105:11). Los patriarcas tenían derecho a ella, no por la providencia común, sino por la promesa. Sus descendientes tomarían posesión de ella, no por la manera usual en que las naciones se establecen en una tierra, sino por medio de milagros. Dios mismo se la daría, casi como si la entregara con su propia mano. Sería su porción asignada, la herencia que Dios había señalado para ellos. La recibirían por derecho de nacimiento, no por compra; por el favor de Dios, no por sus propios méritos. Nosotros hemos recibido el cielo como herencia (Efesios 1:11). Y esta es la promesa que Dios nos ha dado, así como Canaán fue la promesa que les dio a ellos: la vida eterna (1 Juan 2:25; Tito 1:2).

El segundo tema es la providencia de Dios: su cuidado sabio y amoroso hacia los patriarcas mientras esperaban que la promesa se cumpliera. Estas cosas también nos muestran cómo Dios cuida de su pueblo en este mundo, mientras todavía estamos de este lado del Canaán celestial. Aquellos acontecimientos sucedieron como ejemplos y estímulo para todos los que heredan la promesa, para que vivan por fe como ellos lo hicieron.

Fueron protegidos y resguardados de manera extraordinaria, como lo expresan los escritores judíos: reunidos bajo las alas de la Majestad divina. Esto se explica en Salmos 105:12-15. Primero podemos ver cuán expuestos estaban al daño de otras personas. Abraham, Isaac y Jacob recibieron grandes promesas de Dios, y Dios les aseguró una y otra vez que sería su Dios. Sin embargo, la manera en que trató con ellos externamente en este mundo no parecía corresponder a esas promesas. Si Dios no les hubiera preparado una ciudad en el mundo venidero, habría parecido avergonzarse de ser llamado su Dios (Hebreos 11:16). Pero Dios siempre es generoso. Aun así, no dejó de sostenerlos aquí; y, como tenía la intención de mostrarles un cuidado extraordinario, permitió que atravesaran pruebas extraordinarias.

Eran pocos, muy pocos. Abraham fue llamado estando solo (Isaías 51:2). Solo tuvo dos hijos, y envió lejos a uno de ellos. Isaac tuvo únicamente dos hijos, y uno de ellos tuvo que abandonar su tierra durante muchos años. Jacob tuvo más hijos, pero algunos de ellos, en vez de defenderlo, lo pusieron en peligro. Cuando dijo: «Soy pocos en número, y si se unen contra mí, me destruirán a mí y a mi casa» (Génesis 34:30), estaba diciendo la verdad. El pueblo escogido de Dios es como un rebaño pequeño, pocos, muy pocos; y aun así, Dios lo sostiene.

Eran extranjeros, y a los extranjeros muchas veces se les trata mal y les resulta difícil defenderse. Su fe hacía que otros los vieran como personas ajenas (1 Pedro 4:4) y se burlaran de ellos como de un ave moteada (Jeremías 12:9). Aunque toda la tierra les había sido prometida, no la reclamaron como propiedad. Más bien, reconocieron que eran extranjeros en ella (Hebreos 11:13).

También vivían sin estabilidad. Iban de una nación a otra y de una parte de la tierra a otra, porque en ese tiempo varios pueblos ocupaban Canaán (Génesis 12:8; Génesis 13:3, Génesis 13:18). Incluso pasaron de un reino a otro pueblo: de Canaán a Egipto, y de Egipto a la tierra de los filisteos. Eso solo podía hacerlos más débiles y vulnerables, pero el hambre los obligó a trasladarse. Mudarse con frecuencia no siempre es deseable ni prudente, pero a veces hay una razón justa y necesaria para hacerlo, y aun las personas buenas pueden verse en esa situación.

En segundo lugar, vemos cómo Dios los protegía con su cuidado especial. La sabiduría y el poder de ese cuidado resplandecen aún más porque estaban expuestos de tantas maneras (Salmos 105:14-15). Ellos no podían protegerse a sí mismos, pero a nadie se le permitió hacerles daño. Incluso quienes los odiaban y con gusto les habrían hecho mal tenían las manos atadas y no podían hacer lo que querían. Esto puede referirse a Génesis 35:5, donde el terror de Dios cayó sobre las ciudades cercanas, de modo que, aunque tenían motivos para estar enojadas, no persiguieron a los hijos de Jacob.

Incluso a los reyes que intentaron hacerles daño Dios no solo los advirtió y reprendió, sino que también los detuvo y frustró sus planes. Dios reprendió a los reyes por causa de ellos mediante sueños y visiones, diciendo: «No toquen a mis ungidos; no les hagan daño a mis profetas». El faraón, rey de Egipto, fue castigado con plagas (Génesis 12:17), y Abimelec, rey de Gerar, fue reprendido severamente (Génesis 20:6) por hacerle mal a Abraham. Primero, aun los reyes tienen que responder ante Dios cuando hacen lo malo. Segundo, los profetas de Dios son sus ungidos, porque tienen la unción del Espíritu, el aceite de la alegría (1 Juan 2:27). Tercero, quienes intentan tocar a los profetas de Dios con la intención de hacerles daño tendrán que responder por ello, de una manera u otra. Dios defiende celosamente a sus profetas, y quien los toca toca la niña de sus ojos. Cuarto, aun quienes tocan a los profetas, incluso quienes los matan, como muchos lo hicieron, no pueden hacerles un daño verdadero.

Los profetas ungidos de Dios son más queridos para él que los reyes ungidos. Cuando Jeroboam, rey de Israel, extendió la mano contra un profeta, su mano se secó de inmediato. Dios protege a quienes hablan en su nombre.

Dios también cuidó y proveyó de manera extraordinaria para su pueblo. Sin embargo, primero lo llevó a una profunda necesidad. Aun en Canaán, la tierra prometida, hizo venir una hambruna (Salmos 105:16). Esto muestra que todos los juicios responden a la orden de Dios, y que ninguna tierra está libre de ellos cuando él los envía. Para probar la fe de los patriarcas, los padres de Israel, hizo que faltara por completo el sustento de pan, incluso en aquella buena tierra, para que pudieran ver claramente que los estaba guiando hacia un país mejor.

Al mismo tiempo, Dios proveyó amablemente el alivio que necesitaban. Ellos vivían en Canaán porque obedecían su mandato y confiaban en su promesa; por eso, Dios no podía permitir que sufrieran un daño definitivo ni dejarlos sin lo necesario. Impidió que un faraón, el rey de Egipto, los tratara mal, y levantó a otro para que les mostrara bondad al darle a José una posición de autoridad. En la historia de José encontramos un breve resumen de cómo Dios salvó a su pueblo.

José sería el pastor y la piedra de Israel; es decir, el que los guiaría y los sostendría, y quien mantendría con vida a aquella familia santa (Génesis 49:24; Génesis 50:20). Para hacerlo, primero tuvo que ser llevado a una condición muy humillante (Salmos 105:17-18). Dios envió delante de ellos a un hombre: José. Muchos años antes de que comenzara la hambruna, lo envió por delante para alimentarlos durante ella. Los planes sabios de Dios se extienden mucho más allá y obran a lo largo de largos períodos.

Pero ¿cómo llegó José a Egipto, donde más tarde cuidaría del pueblo de Dios? No llegó como enviado, agente comercial ni funcionario distinguido. Lo vendieron allí como sirviente, como esclavo de por vida, sin ninguna esperanza de libertad. Ya había sido humillado bastante, y parecía que no tenía ninguna posibilidad de alcanzar grandeza. Sin embargo, fue rebajado aún más: lo encarcelaron (Salmos 105:18).

Le lastimaron los pies con cadenas. Lo habían acusado falsamente de un delito grave: intentar agredir a la esposa de su amo, y el hierro penetró en su alma. Esa acusación falsa, que provocó su encarcelamiento, lo afligió profundamente y le partió el corazón. Aun así, ese era precisamente el camino hacia su exaltación.

Después, José fue elevado a una posición muy alta. Permaneció preso, sin ser juzgado ni puesto en libertad bajo fianza, hasta que llegó el tiempo señalado por Dios para liberarlo (Salmos 105:19). Entonces se cumplió su palabra; es decir, se demostró que sus interpretaciones de los sueños eran correctas, y el copero principal hizo que el faraón se enterara de ellas. De esa manera, la palabra del Señor vindicó a José. Dios le había dado la capacidad de anunciar lo que sucedería, y eso dejó claro que las acusaciones contra él eran falsas.

La palabra de Dios puso a prueba a José, examinando su fe y su paciencia; después llegó con poder para abrir la puerta de la prisión. Dios ha establecido un tiempo en el que su palabra traerá consuelo a todos los que confían en ella (Habacuc 2:3). Al final, hablará y no mentirá.

Dios dio la palabra, y entonces el rey mandó llamar a José y lo puso en libertad, porque el corazón del rey está en las manos del Señor. El faraón reconoció que José contaba con el favor de Dios. Primero, lo sacó de la prisión (Salmos 105:20). Con frecuencia, Dios defiende al inocente oprimido haciendo que su providencia obre de maneras inesperadas.

Después, el faraón elevó a José a los puestos más altos de honor (Salmos 105:21-22). Lo hizo señor de su casa, administrador de todos sus bienes, principal ministro del Estado, encargado de instruir y mandar a los príncipes, y gobernante de toda su riqueza (Génesis 41:40, 41:43-44). También lo nombró juez principal, con autoridad incluso sobre los funcionarios que se reunían en consejo.

En todo esto, José estaba destinado a ser como un padre para la iglesia de aquel tiempo, al salvar de la hambruna a la familia de Israel. Fue engrandecido para hacer el bien, especialmente para cuidar a la familia de Dios. También señalaba de antemano a Cristo, quien se humilló y tomó forma de siervo, y luego fue exaltado hasta lo más alto, pues recibió toda autoridad para juzgar.

Después de que José fue enviado delante de su familia y recibió los medios para sustentar la casa de su padre, Israel también llegó a Egipto (Salmos 105:23). Allí José y toda su familia fueron bien cuidados y vivieron cómodamente durante muchos años. De la misma manera, la iglesia del Nuevo Testamento tiene un lugar preparado para ella aun en el desierto, donde es alimentada por un tiempo, tiempos y medio tiempo (Apocalipsis 12:14). En verdad, Dios la sustentará.

Dios también multiplicó grandemente a su pueblo, cumpliendo su promesa a Abraham de que sus descendientes serían tan numerosos como la arena del mar (Salmos 105:24). En Egipto los hizo crecer en gran manera. Se multiplicaron como los peces, con tanta rapidez que en poco tiempo llegaron a ser más fuertes que sus enemigos y provocaron temor. El faraón lo notó y dijo: «Los israelitas son más numerosos y fuertes que nosotros» (Éxodo 1:9). Cuando Dios decide hacerlo, un pueblo pequeño puede convertirse en uno grande. Sus promesas quizá se cumplan lentamente, pero siempre se cumplen con toda certeza.

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