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Salmos 105:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

¡Den gracias al Señor! ¡Proclamen su nombre! Cuenten a los pueblos sus acciones.

Salmos 105:1

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí nuestros corazones se encienden con fervor, y se nos llama a avivar en nosotros mismos la alabanza a Dios. Debemos fijarnos en los deberes a los que este versículo nos conduce, pues todos tienen como propósito darle a Dios la gloria que corresponde a su nombre.

En primer lugar, debemos darle gracias, porque siempre ha sido nuestro generoso proveedor. Él solo pide una cosa a cambio: que le agradezcamos sus dones, aunque nuestra gratitud sea un pago insignificante por bendiciones tan abundantes. También debemos invocar su nombre, porque dependemos de él para recibir más misericordia. Pedirle más a Dios es, en sí mismo, una manera de honrar lo que ya nos ha dado. Como dice el salmista, porque Dios lo ha escuchado, seguirá invocándolo.

También debemos dar a conocer sus obras, para que otros se unan a nosotros en alabarlo. Debemos hablar de todas sus maravillas como se habla de aquello que llena el corazón y ocupa los pensamientos. Las obras de Dios deben aparecer con frecuencia en nuestras conversaciones diarias con la familia y los amigos. Debemos hablar de ellas en casa y por el camino (Deuteronomio 6:7), no simplemente para pasar el tiempo, sino para despertar la adoración y fortalecer la fe y la esperanza en Dios. Los asuntos sagrados pueden formar parte de las conversaciones cotidianas, siempre que hablemos de ellos con la debida reverencia.

Debemos cantar salmos para honrar a Dios, como quienes se alegran en él. Esto también ayuda a los demás y puede transmitir esa alegría a las generaciones futuras. En tiempos antiguos, antes de que la escritura fuera común, las cosas importantes solían conservarse mediante canciones. También debemos gloriarnos en su santo nombre. Quienes desean jactarse no deben hacerlo de sus propios logros, sino de conocer a Dios y pertenecerle (Jeremías 9:23-24). Alabar su santo nombre es, en última instancia, lo mismo, porque cuando lo honramos le damos gloria.

Debemos buscarlo, hacer de él nuestra felicidad y perseguir esa felicidad por los medios que él ha establecido. Debemos buscar al Señor y su fuerza; es decir, el arca que mostraba su poder, y buscarlo en el santuario, donde él había dispuesto encontrarse con su pueblo. También debemos buscar su fuerza, es decir, su gracia: el poder de su Espíritu obrando en nosotros para nuestro bien, ya que no podemos hacerlo por nosotros mismos. Dios concede esta fuerza como respuesta a la oración. Debemos buscar al Señor y recibir fuerzas de él. Quienes desean fortaleza en su vida interior deben obtenerla de Dios por medio de la fe y la oración. Luego debemos buscar su rostro, porque mediante su fuerza esperamos obtener su favor, como Jacob (Oseas 12:3). Debemos buscar su rostro siempre, procurando su favor durante toda esta vida y también en la venidera. Allí seguiremos buscándolo y, al mismo tiempo, estaremos siempre satisfechos en él.

Que se alegren los corazones de quienes buscan al Señor (Salmo 105:3). Han elegido bien, están firmemente establecidos y se ocupan en algo provechoso. Pueden tener la seguridad de que sus esfuerzos no serán en vano, porque Dios no solo se dejará encontrar, sino que recompensará a quienes lo buscan con sinceridad. Si quienes buscan al Señor tienen motivos para alegrarse, quienes ya lo han encontrado tienen aún más razones para hacerlo.

También se nos dan razones que deben impulsarnos a cumplir estos deberes. Debemos considerar tanto lo que Dios ha dicho como lo que ha hecho para unirnos a él para siempre. Tenemos toda razón para darle gracias e invocar su nombre cuando recordamos sus maravillas, esas cosas que deben dejar en nosotros una huella profunda y duradera. Entre ellas están las maravillas de su providencia: las obras admirables que ha hecho por nosotros y por quienes nos precedieron, obras que las personas reflexivas y agradecidas recordarán para siempre. También están las maravillas de su ley, que nos ha dado y confiado, sus juicios pronunciados por su boca y los juicios que ha ejecutado con su mano (Salmo 105:5).

También debemos considerar nuestra relación con él. Somos descendientes de Abraham, su siervo, y pertenecemos a su casa (Salmo 105:6). Eso nos concede los privilegios de los siervos: protección y provisión; pero también nos impone sus deberes: atender a nuestro Amo, preocuparnos por su honor, obedecer sus mandamientos y trabajar por sus intereses. Somos descendientes de Jacob, su escogido, y por eso somos amados por causa de nuestros antepasados. Debemos caminar siguiendo los pasos de aquellos cuyo honor hemos heredado. Si somos hijos de padres piadosos, no debemos llegar a ser peores que ellos. Somos la iglesia de Dios en la tierra, y si no lo alabamos nosotros, nadie debería hacerlo en nuestro lugar.

También debemos considerar quiénes somos nosotros en relación con él. Él es el Señor nuestro Dios (Salmo 105:7). Dependemos de él, le pertenecemos y acudimos a él para todo lo que necesitamos. Un pueblo debe buscar a su Dios (Isaías 8:19) y alabar a su Dios (Daniel 5:4). Él es el Señor, nuestro Dios, el que existe por sí mismo y es plenamente suficiente, con poder irresistible y autoridad incuestionable. Sus juicios están en toda la tierra; es decir, gobierna sabiamente el mundo entero y da leyes a todas las naciones, incluso a las que no lo conocen. La tierra está llena de evidencias de su poder.

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