Versículo destacado
Salmos 105:25 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
Pero hizo que los egipcios se pusieran en contra de su pueblo y engañaran a los siervos de Dios.
Salmos 105:25
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
23 Después vino Israel, que es Jacob, y vivió como extranjero en Egipto, en la tierra de Cam.
24 Dios hizo que su pueblo creciera en número y fuera más fuerte que los egipcios.
25 Pero hizo que los egipcios se pusieran en contra de su pueblo y engañaran a los siervos de Dios.
26 Entonces Dios envió a su siervo Moisés y a Aarón, a quien había escogido,
27 y ellos realizaron señales de Dios en el desierto: ¡grandes maravillas en la tierra de Cam!
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Después de la historia de los patriarcas viene la historia de Israel, cuando comenzó a crecer hasta convertirse en una nación. Aquí se describe su sufrimiento en Egipto: Dios hizo que los egipcios, que antes los habían protegido, los odiaran y actuaran con engaño contra ellos (Salmos 105:25). La bondad de Dios hacia su pueblo provocó la hostilidad de los egipcios. Un antiguo rechazo hacia los hebreos, mencionado antes en Génesis, volvió a aparecer con mayor fuerza.
Al principio, los egipcios los odiaban porque los despreciaban. Después, los odiaron porque les tenían miedo. Por eso recurrieron al engaño y planearon cuidadosamente cómo debilitarlos y detener su crecimiento. Hicieron más pesadas sus cargas, les amargaron la vida y hasta mataron a sus hijos varones al nacer. El mal es astuto cuando quiere destruir. Satanás tiene la astucia de la serpiente junto con su veneno.
Fue Dios quien hizo que los corazones de los egipcios se volvieran contra su pueblo. Cada criatura llega a ser para nosotros lo que Dios permite que sea, ya sea amiga o enemiga. Dios no es el autor del pecado humano, pero aun así usa las acciones pecaminosas para llevar a cabo sus propios propósitos.
La liberación de Egipto fue una maravilla tan grande que se menciona en la introducción a los Diez Mandamientos. Dios envió a Moisés, su siervo, y puso a Aarón junto a él en esa tarea (Salmos 105:26). Moisés llegaría a ser el legislador y principal gobernante del pueblo, y Aarón, su sumo sacerdote. Por eso Dios los usó primero como sus libertadores, para que el pueblo los respetara y se sometiera a ellos con mayor disposición.
Los medios de su liberación fueron las plagas de Egipto. Moisés y Aarón siguieron las instrucciones de Dios y trajeron cada plaga exactamente como él lo había ordenado. No se rebelaron contra su palabra (Salmos 105:28), como lo hizo Jonás cuando huyó después de ser enviado a advertir a Nínive. No se dejaron detener por el temor al faraón ni por la compasión hacia el sufrimiento de Egipto, sino que llevaron a cabo cada plaga tal como Dios lo indicó.
Quienes son enviados a ejecutar juicio deben recordar que retrasar la obediencia o cumplirla a medias puede considerarse una rebelión contra la palabra de Dios. Las plagas son llamadas señales y maravillas de Dios (Salmos 105:27). No solo mostraban su poder, sino también su enojo, y debían recibirse con reverencia y temor santo. El lenguaje hebreo sugiere que esas señales traían un mensaje, porque cada plaga revelaba algo acerca del gobierno y el juicio de Dios.
Aquí se menciona primero la plaga de oscuridad, aunque ocurrió casi al final (Salmos 105:28). Dios envió la oscuridad, y esta llegó con poder porque él la había ordenado. Algunos piensan que Israel aprovechó ese tiempo para hacer lo que Dios le había mandado, quizá circuncidando a quienes aún no lo habían sido, pues los tres días de oscuridad los habrían protegido. Sin embargo, el sentido del hebreo no respalda realmente la idea de que los israelitas hubieran desobedecido la palabra de Dios.
Después, Dios convirtió en sangre el río Nilo, al que los egipcios adoraban, junto con todas sus demás aguas. Los peces murieron, de modo que perdieron no solo el agua para beber, sino también uno de sus principales alimentos (Salmos 105:29). Luego vinieron ranas en cantidades enormes, tantas y tan molestas que entraron incluso en las habitaciones de los reyes y los nobles, cuyos corazones orgullosos habían estado llenos de maldad y hostilidad contra Dios y contra Israel.
Después llegaron enormes enjambres de moscas y piojos que se metieron en sus ropas (Salmos 105:31; Éxodo 8:17, Éxodo 8:24). Dios puede usar a las criaturas más pequeñas, débiles y despreciadas para castigar a opresores orgullosos. La debilidad del instrumento formaba parte de la humillación y también demostraba sin duda el poder de Dios.
El granizo quebró sus árboles, incluso los más fuertes del país, y destruyó sus viñas y otros árboles frutales (Salmos 105:32, Salmos 105:33). En vez de lluvia para alimentarlos, Dios les dio granizo para aplastarlos. También añadió truenos y relámpagos, de modo que el fuego parecía correr por el suelo como azufre encendido (Éxodo 9:23).
Las langostas y los saltamontes destruyeron toda planta destinada al consumo humano y se comieron el alimento que tenían en sus campos (Salmos 105:34, Salmos 105:35). Cuántos juicios distintos tiene Dios preparados para los opresores orgullosos que no quieren dejar libre a su pueblo. No repitió dos veces la misma plaga. Cuando fue necesario otro juicio, trajo uno nuevo, porque tiene muchas flechas en su aljaba. Las langostas y los saltamontes son ejércitos de Dios; aunque cada uno es débil, él puede enviar tal cantidad que llegan a ser aterradores (Joel 1:4, Joel 1:6).
Después de omitir las plagas de la enfermedad del ganado y de las llagas, el salmo termina con el golpe final: la muerte de los primogénitos (Salmos 105:36). En medio de la noche, el ángel destructor derribó la alegría y la esperanza de las familias egipcias: sus hijos más fuertes y distinguidos. Ellos no querían dejar ir al primogénito de Dios, así que Dios tomó a sus propios primogénitos como respuesta. Eso los obligó a liberar al pueblo de Dios, aunque ya era demasiado tarde para recuperar a sus hijos. Cuando Dios juzga, prevalece, y quienes luchan contra él finalmente pierden.
Junto con esta liberación vino la misericordia. Israel había sido pobre mientras vivía en esclavitud, pero salió rico y bien abastecido. Dios no solo lo sacó de Egipto, sino que lo hizo salir con plata y oro (Salmos 105:37). Permitió que los israelitas les pidieran regalos a sus vecinos, y los egipcios estuvieron dispuestos a darles lo que solicitaran. En realidad, esas riquezas pertenecían a Dios, así que él tenía derecho a entregárselas a Israel. Los corazones de los egipcios estaban en sus manos, y también podía moverlos a suplir las necesidades de su pueblo.
Sus vidas habían sido amargadas, y sus cuerpos y espíritus habían quedado agotados por la esclavitud. Sin embargo, cuando Dios los sacó, ninguno estaba débil. Nadie estaba enfermo ni siquiera frágil entre sus tribus. Salieron la misma noche en que la plaga mató a los primogénitos de Egipto, y aun así partieron con plena salud. No llevaron consigo ninguna de las enfermedades de Egipto.
Sin duda, nunca había ocurrido algo semejante: entre tantos miles de personas, ni una sola estaba enferma. En épocas posteriores, los enemigos de los judíos dieron una versión falsa de este hecho. Afirmaban que todos los israelitas tenían lepra u otra enfermedad repugnante, y que esa era la razón por la que los egipcios los expulsaron del país.
Habían sido pisoteados e insultados, pero Dios los sacó con honor (Salmos 105:38). Egipto se alegró cuando ellos se fueron, porque Dios había defendido claramente a su pueblo y había tomado su causa. El temor de Israel cayó sobre los egipcios, y ellos reconocieron que habían sido derrotados. Dios puede hacer que su iglesia, es decir, su pueblo, sea como una piedra pesada para todos los que intentan moverla o hacerle daño, de modo que esos enemigos se consideren afortunados con tan solo apartarse de su camino (Zacarías 12:3). Cuando Dios juzga, él vence.
Habían pasado sus días entre la tristeza y los suspiros a causa de la esclavitud, pero ahora Dios los sacó con alegría y gozo (Salmos 105:43). Mientras Egipto lloraba porque todos sus primogénitos habían muerto, Israel gritaba de alegría. Miraban hacia atrás, a la tierra de esclavitud de la que habían sido rescatados, y hacia adelante, a la tierra agradable a la que se dirigían. Dios les dio un cántico nuevo para entonar.
Después se describe el cuidado especial que Dios tuvo de ellos en el desierto. Además del cielo abierto sobre sus cabezas, les dio otra clase de cobertura semejante a un cielo. Extendió una nube sobre ellos para cubrirlos (Salmos 105:39). Era más que sombra y protección; era como un dosel real. Muchas veces una nube era el lugar donde Dios manifestaba su presencia (Salmos 18:11), y ahora también era el refugio de Israel, porque ellos eran su pueblo protegido.
Para guiarlos y consolarlos durante la oscuridad, puso una columna de fuego que les diera luz por la noche, para que nunca se perdieran. Dios provee bondadosamente para cada dificultad que enfrenta su pueblo y le da ayuda en cada etapa de la vida, de día y de noche, hasta llevarlo al cielo, donde siempre será de día.
Los alimentó con comida sencilla y también con comida abundante. En ocasiones puso codornices en sus mesas (Salmos 105:40). Cuando no recibían ese banquete, aun así quedaban completamente satisfechos con el pan del cielo. Quien sea demasiado exigente o demasiado codicioso para contentarse con ese alimento demuestra ser muy difícil de complacer. Comieron alimento de ángeles, y lo recibieron continuamente y sin costo.
Cada bocado que comieron llevaba consigo un milagro, y también cada gota que bebieron. Dios abrió la roca, y de ella brotó agua (Salmos 105:41). Por medio de su providencia ordinaria, Dios hace que el agua caiga del cielo y que el pan brote de la tierra; pero, en el caso de Israel, su poder hizo que el pan viniera de las nubes y que el agua brotara de las rocas. Esto muestra que el Dios de la naturaleza nunca está limitado por las leyes habituales de la naturaleza. El agua no brotó una sola vez. Fluyó como un río, de manera abundante y constante, y siguió al campamento dondequiera que se movieran. Por eso la Escritura dice que la roca los seguía (1 Corintios 10:4). Más sorprendente aún, este río de Dios corrió por lugares secos sin ser absorbido ni perderse en las arenas del desierto de Arabia. A eso apunta la promesa: «Haré brotar ríos en el desierto, para dar de beber a mi pueblo escogido» (Isaías 43:19-20).
Finalmente, Dios los llevó a Canaán (Salmos 105:44). Les entregó las tierras de otras naciones y les dio posesión de aquello que se les había prometido desde hacía mucho tiempo. El pueblo de Dios disfrutó de lo que los cananeos habían trabajado para producir. «Heredaron el trabajo de los pueblos», y la riqueza del pecador queda reservada para el justo. Durante mucho tiempo, los egipcios habían disfrutado del fruto del trabajo de Israel; ahora Israel disfrutó del fruto del trabajo de los cananeos. De esta manera, a veces un enemigo del pueblo de Dios termina pagando las deudas de otro enemigo.
Dios hizo todo esto por dos razones. Primero, quiso cumplir las promesas de su palabra (Salmos 105:42). Aunque Israel no lo merecía y con frecuencia dejó de dar gracias, Dios hizo grandes cosas por ellos porque se acordó de la palabra de su santidad, es decir, de su pacto con Abraham, su siervo. No permitiría que fallara ni la parte más pequeña de esa promesa. Véase Deuteronomio 7:8.
Segundo, quiso llevarlos a obedecer los mandamientos de su palabra. Atarlos a sí mismo de esa manera fue la mayor bondad que podía mostrarles. No puso a Israel en Canaán para que viviera en riqueza, comodidad y honor, ni para que se hiciera famoso entre las naciones. Les dio la tierra para que guardaran sus estatutos y leyes, y para que su nación viviera directamente bajo el gobierno de Dios. Les dio una tierra buena para que usaran sus frutos y llevaran sacrificios a su altar. Después de que Dios había hecho tanto por ellos, tenían toda razón para recibir su ley con alegría, sabiendo que también era para su bien, y para sentirse comprometidos por gratitud a obedecerle.
Fuimos creados, sostenidos y redimidos para vivir en obediencia a la voluntad de Dios. Por eso, el «¡Aleluya!» al final del salmo es tanto una respuesta agradecida a la bondad de Dios como una aceptación dispuesta del gran propósito de todos sus dones. Dios ha hecho tanto por nosotros y, a cambio, pide tan poco. ¡Alabado sea el Señor!
De este capítulo
Salmos 105:1
"¡Den gracias al Señor! ¡Proclamen su nombre! Cuenten a los pueblos sus acciones."
Salmos 105:2
"Canten himnos en su honor. ¡Hablen de sus grandes hechos!"
Salmos 105:3
"Siéntanse orgullosos de su santo nombre. ¡Alégrese el corazón de los que buscan al Señor!"
Salmos 105:4
"Recurran al Señor y a su poder; recurran al Señor en todo tiempo."
Salmos 105:5
"Recuerden sus obras grandes y maravillosas, y los decretos que ha pronunciado;"
Salmos 105:6
"ustedes, descendientes de su siervo Abraham; ustedes, hijos de Jacob, sus escogidos."
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