Versículo destacado

Proverbios 31:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Dichos del rey Lemuel de Masá, con los que su madre lo instruyó: "

Proverbios 31:1

menu_book El versículo en contexto

1 Dichos del rey Lemuel de Masá, con los que su madre lo instruyó:

2 Hijo mío, fruto de mis entrañas, respuesta de Dios a mis ruegos, ¿qué más puedo decirte?

3 Que no gastes tu energía con mujeres, pues por ellas se pierden los reyes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La mayoría de los intérpretes piensa que Lemuel era Salomón. El nombre significa «dedicado a Dios», y eso concuerda bien con el nombre que Dios le dio a Salomón, Jedidías, que significa «amado del Señor» (2 Samuel 12:25). Algunos creen que Lemuel era un rey de una nación cercana, cuya madre israelita, quizá de la familia de David, le enseñó estas sabias lecciones. En cualquier caso, la enseñanza permanece: tanto las madres como los padres deben enseñarles a sus hijos lo correcto y lo incorrecto mientras todavía son pequeños.

Incluso los reyes necesitan instrucción. Nadie es demasiado importante para aprender los caminos de Dios. Al crecer, las personas deberían recordar con frecuencia la buena instrucción que recibieron de niñas, tanto para advertirse a sí mismas como para honrar a quienes las guiaron. La enseñanza de esta madre muestra una preocupación afectuosa y un cuidado firme.

Primero se dirige al joven príncipe de una manera que capta su atención y demuestra su amor: «¿Qué, hijo mío? ¿Qué te diré?». Ella está pensando cuidadosamente cómo aconsejarlo. Sus palabras también parecen una reprensión, porque había notado en él una peligrosa inclinación hacia las mujeres y el vino. En efecto, le pregunta: «¿Es esta la vida que piensas llevar? ¿Acaso no te he enseñado algo mejor?».

Le recuerda que es su propio hijo, nacido de su vientre y formado bajo su cuidado. Por eso, sus palabras nacen del amor y no de una crítica fría. También le recuerda que está dedicado al Dios de ella. Es el hijo que había consagrado a Dios y por quien había orado con frecuencia, pidiendo gracia (Salmo 72:1). A los hijos dedicados a Dios, especialmente mediante el bautismo y las promesas hechas sobre ellos, se les puede llamar correctamente hijos de nuestros votos. Esos votos deben influir en la manera en que los enseñamos y en la manera en que ellos deben vivir.

Después le advierte acerca de dos pecados que pueden destruir a un hombre: el pecado sexual y la embriaguez. No debe entregarles su fuerza a las mujeres, especialmente a mujeres ajenas. No debe desperdiciar su tiempo, su energía ni su mente en coqueteos vacíos y palabras seductoras cuando debería estar aprendiendo sabiduría y gobernando bien. Sobre todo, debe evitar el adulterio, la inmoralidad sexual y la lujuria. Estos pecados debilitan el cuerpo, dañan la salud y destruyen el honor de una persona. Son todavía más peligrosos para los reyes, porque un gobernante esclavizado por sus propios deseos no está capacitado para gobernar a los demás.

También le advierte acerca de la embriaguez. No debe entregarse al vino ni a las bebidas fuertes, ni quedarse mucho tiempo bebiendo, como hacían algunos gobernantes en sus banquetes, cuando el vino los volvía débiles y necios (Oseas 7:7). Por agradable que parezcan el vino o la compañía, debe practicar el dominio propio y mantenerse sobrio. La embriaguez es vergonzosa en un rey porque rebaja su dignidad y lo incapacita para gobernar con sabiduría. Le quita la claridad mental que un gobernante necesita.

El daño de la bebida es peor que la vergüenza. Un gobernante borracho puede olvidar la ley y abusar de su poder. En vez de ayudar a quienes sufren, puede juzgarlos injustamente y aumentar su dolor. La Escritura dice que este mismo problema también puede arruinar a los sacerdotes y profetas cuando se extravían por causa del vino y las bebidas fuertes (Isaías 28:7). Los jueces, especialmente, necesitan tener la mente clara, y quienes con frecuencia se marean con la bebida no pueden juzgar bien. El siguiente consejo es que debe hacer el bien con sus riquezas.

Las personas importantes no deben pensar que sus riquezas existen únicamente para satisfacer sus propios deseos y placeres. Deben usar lo que tienen para ayudar a quienes están necesitados, como dicen Proverbios 31:6 y Proverbios 31:7. Si tienes vino o bebidas fuertes a tu disposición, no las uses para perjudicarte con el exceso. Úsalas para ayudar a otros y dáselas a quienes necesitan ese alivio.

Las personas que tienen recursos no solo deben darles pan a los hambrientos y agua a los sedientos. También deben dar bebidas fuertes a quienes están a punto de morir por causa de una enfermedad o del dolor, y vino a quienes están tristes y abrumados. El vino tenía el propósito de animar y fortalecer el espíritu de las personas, y de alegrar el corazón cuando realmente se necesita. Pero se vuelve dañino cuando no hay necesidad, porque entonces carga el cuerpo y el alma.

Por eso debemos negarnos algunos placeres, para poder reservar algo que alivie la miseria de los demás. Es mejor ver que nuestros excedentes y manjares se usan para hacerles un bien real a otros que utilizarlos de maneras que solo nos perjudican. Que quienes están cerca de la muerte beban con cuidado y moderación; eso quizá ayude a levantarles el ánimo cuando desfallecen. Así, por un tiempo, podrían olvidar su pobreza y pensar menos en su sufrimiento, lo cual puede ayudarles a soportarlo mejor.

Los judíos dicen que esta era la base para darles una bebida que los aturdiera a los prisioneros condenados antes de su ejecución, como se hizo con nuestro Salvador. Pero el punto principal aquí es que el vino es un consuelo; por eso debe usarse cuando hay necesidad, no para el placer egoísta, y solo por quienes realmente necesitan ese consuelo, como Timoteo, a quien se le aconsejó beber un poco de vino por causa de su estómago y sus frecuentes enfermedades (1 Timoteo 5:23).

También debe usar su poder, conocimiento e influencia para hacer el bien, y debe administrar la justicia con cuidado, valor y bondad, como enseñan Proverbios 31:8 y Proverbios 31:9. Debe prestar personalmente atención a los casos que llegan ante él y observar lo que hacen sus jueces y funcionarios, para apoyar a quienes cumplen con su deber y destituir a quienes son perezosos o injustos.

En todo asunto que llegue ante él, debe juzgar con imparcialidad y sin temor a la opinión de la gente. Debe hablar abiertamente al dictar sentencia; por eso el versículo dice: «Abre tu boca». Esto significa que los príncipes y los jueces deben tener la libertad de hablar con claridad y decidir correctamente. Algunos han observado que los sabios abren la boca solo cuando es necesario, mientras que los necios la mantienen abierta todo el tiempo y no dejan de hablar.

Sobre todo, debe verse a sí mismo como el protector de los inocentes oprimidos. Es posible que los funcionarios de menor rango no tengan suficiente celo o compasión para defender a los pobres y necesitados, así que el rey mismo debe intervenir y hablar por ellos. Debe hacerlo por quienes son acusados injustamente de delitos que merecen la pena de muerte, como Nabot, a quien señalaron para destruirlo con el fin de satisfacer el odio de una persona o de un grupo. En un caso así, es apropiado que el rey actúe para impedir que se derrame sangre inocente.

También debe hablar por quienes enfrentan demandas injustas para despojarlos de sus derechos, porque son pobres y no pueden defenderse, o porque no tienen dinero para contratar a un abogado. Los reyes también deben actuar como defensores de los pobres en esos casos. Y, especialmente, deben defender a quienes no pueden hablar por sí mismos, ya sea porque son débiles, tienen miedo, el acusador no les permite expresarse o la corte los intimida. Es noble hablar por las personas que no pueden hablar por sí mismas, ya sea porque están ausentes, permanecen en silencio o son demasiado tímidas para presentar su propio caso. Nuestra ley asigna al juez la responsabilidad de ser el defensor del prisionero.

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