Versículo destacado

Filipenses 3:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" y encontrarme unido a él; no con una justicia propia, adquirida por medio de la ley, sino con la justicia que se adquiere por la fe en Cristo, la que Dios da con base en la fe. "

Filipenses 3:9

menu_book El versículo en contexto

7 Pero todo esto, que antes valía mucho para mí, ahora, a causa de Cristo, lo considero algo sin valor.

8 Aún más, no le concedo valor a nada si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a él

9 y encontrarme unido a él; no con una justicia propia, adquirida por medio de la ley, sino con la justicia que se adquiere por la fe en Cristo, la que Dios da con base en la fe.

10 Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección y la solidaridad en sus sufrimientos, haciéndome semejante a él en su muerte,

11 con la esperanza de llegar a la resurrección de los muertos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Ya hemos visto lo que el apóstol abandonó. Ahora veamos a qué se aferró y qué decidió conservar: a Cristo y al cielo. Estas eran las dos grandes bendiciones que estaban en el centro de la fe cristiana.

El apóstol puso su corazón en Cristo como su justicia. Quería ganar a Cristo, y se consideraría grandemente bendecido si participaba de Cristo y de su justicia, teniendo a Cristo como su Señor y Salvador. Sus palabras sugieren esfuerzo, como el de un corredor que gana el premio o el de un marinero que llega al puerto hacia el cual ha navegado. Muestran que debemos buscar a Cristo con determinación y que todo nuestro esfuerzo es poco para alcanzarlo.

También quería ser hallado en Cristo (Filipenses 3:9), como un homicida que era hallado a salvo en la ciudad de refugio, lejos de quien buscaba vengar la sangre derramada (Números 35:25). O quizá la frase se refiere a comparecer ante un juez, para que seamos hallados en paz cuando Cristo nos juzgue (2 Pedro 3:14). Sin una justicia con la cual podamos presentarnos ante Dios, estamos perdidos, porque somos culpables. Dios ha provisto esa justicia en Jesucristo, y es completa y perfecta.

Nadie participa de esa justicia si no deja de confiar en sí mismo y cree verdaderamente en Cristo. Pablo dice que no quería tener «mi propia justicia», es decir, no pensaba que sus acciones externas y sus buenas obras pudieran pagar sus pecados o saldar su cuenta con Dios. La justicia en la que confiaba era la que viene por medio de la fe en Cristo; no una justicia basada en la ley, sino una justicia evangélica, es decir, una justicia dada mediante el evangelio y recibida por la fe. Es «la justicia que procede de Dios por la fe», establecida por Dios mismo.

El Señor Jesucristo es el Señor, nuestra justicia (Isaías 45:24; Jeremías 23:6). Si no fuera Dios, no podría ser nuestra justicia. La grandeza de su naturaleza divina da valor y poder a sus sufrimientos, de modo que son suficientes para cubrir los pecados del mundo y producir una justicia que verdaderamente salva a todos los que creen. La fe es el medio establecido para recibir los beneficios de su sangre (Romanos 3:25).

Pablo también quería conocer a Cristo (Filipenses 3:10), conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos. En las Escrituras, la fe es llamada conocimiento (Isaías 53:11). Conocer a Cristo aquí significa creer en él, pero también conocerlo por experiencia, sintiendo el poder transformador de su resurrección y de sus sufrimientos. Pablo deseaba con la misma intensidad ser hecho santo que ser declarado justo delante de Dios.

Anhelaba conocer en su propia vida el poder de la muerte y la resurrección de Cristo: hacer morir el pecado en él y levantarlo a una vida nueva. También quería ser hecho semejante a Cristo, y eso pertenece igualmente a la santificación, que consiste en ser hecho santo. Somos semejantes a Cristo en su muerte cuando morimos al pecado, así como Cristo murió por el pecado. Somos crucificados con Cristo cuando la carne, es decir, nuestros deseos pecaminosos, es puesta a muerte y cuando el mundo deja de tener dominio sobre nosotros. Esa es nuestra semejanza con su muerte.

Pablo también puso su corazón en el cielo como su felicidad: quería alcanzar, de algún modo, la resurrección de los muertos (Filipenses 3:11). La felicidad celestial es llamada la resurrección de los muertos porque, aunque las almas de los creyentes van inmediatamente a estar con Cristo, su gozo no será completo hasta la resurrección general del último día, cuando el alma y el cuerpo sean glorificados juntos. La palabra resurrección también puede referirse al estado futuro. Ese era el objetivo que Pablo mantenía siempre delante de sí.

También habrá una resurrección de los injustos, quienes se levantarán para vergüenza y desprecio eterno. Debemos asegurarnos de escapar de ese destino. Pero la bendita resurrección de los santos es llamada la resurrección en un sentido especial, porque procede de la resurrección de Cristo, ya que él es su cabeza y sus primicias. Los malvados también resucitarán, pero solo por el poder de Cristo como su juez. Para los santos será verdaderamente una resurrección: volverán al gozo, la vida y la gloria. Para los malvados será solamente levantarse de la tumba antes de una segunda muerte. Se le llama la resurrección de los justos y la resurrección de vida (Juan 5:29), y se dice que ellos son considerados dignos de alcanzar aquella edad y la resurrección de entre los muertos (Lucas 20:35).

Pablo avanzaba hacia esa resurrección gozosa. Estaba dispuesto a hacer o sufrir lo que fuera necesario para alcanzarla. La esperanza de aquel día le daba valor y firmeza en medio de todas las dificultades de su servicio. Habla como si existiera el peligro de no alcanzarla y quedarse corto. Un temor santo de no llegar a la meta es una buena ayuda para seguir avanzando.

Su deseo de ser hallado en Cristo tenía como propósito alcanzar la resurrección de los muertos. Pablo no esperaba llegar a ella por sus propios méritos o por su propia justicia, sino por el mérito y la justicia de Jesucristo. Quería ser hallado en Cristo, ser hallado como creyente en él y participar de él por la fe.

Luego Pablo dice que todavía se encontraba en un estado de imperfección y prueba: «No que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto» (Filipenses 3:12). Las mejores personas reconocen libremente que todavía no están completas en esta vida. Aún no hemos alcanzado la madurez plena, y todavía falta mucho en todos nuestros deberes, virtudes y consuelos. Si Pablo no había alcanzado la perfección, aunque había avanzado tanto en santidad, nosotros tenemos aún menos motivos para pensar que ya la hemos alcanzado.

Añade: «No considero haberlo alcanzado» (Filipenses 3:13), lo que significa: «Este es mi juicio acerca de mí mismo; así es como lo entiendo». Quienes piensan que ya tienen suficiente gracia demuestran que tienen poca, o quizá ninguna. Donde está presente la gracia verdadera, siempre existe el deseo de recibir más gracia y de avanzar hacia una santidad más plena.

La respuesta de Pablo ante esta realidad era seguir adelante. «Sigo adelante» significa que perseguía la meta con energía, como un corredor que corre tras ella. Se esforzaba por obtener más gracia y hacer más bien, y nunca pensaba que ya había hecho suficiente. Se esforzaba «para ver si logro asir aquello para lo cual también fui asido por Cristo Jesús». La fuente de nuestra gracia es que Cristo nos tome. No es primero que nosotros tomemos a Cristo, sino que él nos toma a nosotros, lo que produce nuestra salvación. Nosotros lo amamos porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Nuestra seguridad no está en que nosotros nos aferremos a Cristo, sino en que él se aferra a nosotros. Somos guardados por su poder mediante la fe para alcanzar la salvación (1 Pedro 1:5).

Observemos en qué consiste la felicidad del cielo: en alcanzar aquello para lo cual Cristo nos tomó. Cuando Cristo se apoderó de nosotros, lo hizo para llevarnos al cielo; alcanzar aquello para lo cual nos tomó es llegar a la plenitud de nuestra bienaventuranza. Luego Pablo añade, en Filipenses 3:13: «Una cosa hago», dando a entender que esa era su principal preocupación: «Olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante».

Hay una manera pecaminosa de olvidar, cuando las personas olvidan sus pecados pasados y las misericordias que han recibido. Esas cosas deben recordarse para mantenernos en un arrepentimiento constante y en gratitud a Dios. Pero Pablo olvidaba lo que quedaba atrás de una manera diferente: no quería conformarse con la medida de gracia que ya tenía. Quería más y más. Por eso se extendía hacia adelante, como alguien que estira todo el cuerpo para alcanzar una meta, con una preocupación intensa y sincera.

El objetivo del apóstol en todo esto era claro: «Prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:14). Avanzaba hacia la meta. Así como un corredor nunca se detiene antes de la línea final, sino que sigue adelante tan rápido como puede, quienes mantienen el cielo delante de sus ojos deben avanzar hacia él con deseos santos, esperanza, esfuerzo constante y preparación. Cuanto más aptos llegamos a ser para el cielo, con mayor entusiasmo debemos avanzar hacia él.

El cielo es llamado la meta porque todo buen cristiano lo tiene delante, como un arquero mantiene la mirada fija en el blanco que quiere alcanzar. Es el premio del supremo llamamiento, es decir, la recompensa del llamado de Dios desde lo alto. El llamamiento del cristiano es un llamamiento elevado: viene del cielo y conduce al cielo. El cielo es el premio de ese llamamiento, la recompensa por la cual corremos, luchamos y nos esforzamos, y la meta que da sentido a todo lo que hacemos.

En la vida cristiana es de gran ayuda mantener los ojos puestos en el cielo. Eso nos ayuda a evaluar correctamente nuestro servicio y nos da nuevas fuerzas a cada paso. Además, este premio viene de Dios, y es a él a quien debemos acudir para recibirlo. La vida eterna es un regalo de Dios (Romanos 6:23), pero está en Cristo Jesús. Tiene que llegar a nosotros por medio de él, porque él la obtuvo para nosotros. No hay manera de llegar al cielo como nuestro hogar si no es por medio de Cristo como nuestro camino.

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