Versículo destacado

Números 20:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" En el primer mes del año, los israelitas llegaron al desierto de Sin y permanecieron un tiempo en Cadés. Allí murió María y fue enterrada. "

Números 20:1

menu_book El versículo en contexto

1 En el primer mes del año, los israelitas llegaron al desierto de Sin y permanecieron un tiempo en Cadés. Allí murió María y fue enterrada.

2 Como la gente no tenía agua, todos se reunieron para protestar contra Moisés y Aarón,

3 y le dijeron a Moisés: —¡Ojalá hubiéramos muerto junto con los demás israelitas a quienes hizo morir el Señor!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de treinta y ocho años agotadores de marcha —o, más bien, de andar errantes por el desierto y regresar hacia el mar Rojo— Israel finalmente volvió a dirigirse hacia Canaán. Ahora no estaba lejos del lugar donde se encontraba cuando Dios, en su justo juicio, lo envió por primera vez al desierto. Durante mucho tiempo parecía que avanzaba en un laberinto, mientras Dios cumplía la sentencia contra los rebeldes condenados. Ahora el pueblo había sido llevado de nuevo al camino correcto y se quedó en Cades (Números 20:1).

Este no era Cades-barnea, que estaba cerca de la frontera de Canaán, sino otro Cades situado en el límite de Edom. Estaba más lejos de la tierra prometida, pero seguía encontrándose en la ruta de regreso desde el mar Rojo. Allí murió Miriam, la hermana de Moisés y Aarón, y probablemente la mayor de los dos. Debió de ser la misma hermana que vigiló a Moisés cuando lo pusieron en una canasta entre los juncos y que después murió en Egipto (Éxodo 2:4, Éxodo 2:1). Era profetisa, y Dios la usó para hacer mucho bien entre los israelitas (Miqueas 6:4).

Miriam había ido delante del pueblo con una pandereta, alabando a Dios por sus obras poderosas, así como Moisés y Aarón habían ido delante de ellos con la vara para realizar maravillas (Éxodo 15:20). De esa manera, ella verdaderamente sirvió al pueblo. Sin embargo, en una ocasión se había quejado junto con otros contra Dios, y por eso no se le permitió entrar en Canaán (Números 12:1). Ahora, al final de su viaje, aparece otro lugar llamado Meriba. Ya había habido un lugar con ese nombre al comienzo de la marcha por el desierto, llamado así porque allí el pueblo discutió y se rebeló (Éxodo 17:7). Ahora aparece una segunda Meriba, llamada nuevamente por la contienda del pueblo, y vuelve a surgir el mismo tipo de problema (Números 20:13).

No había agua para la congregación (Números 20:2). Es probable que el agua que había brotado de la roca en Refidim los hubiera acompañado mientras la necesitaban, y que durante algún tiempo hubieran recibido provisión de la manera ordinaria. Cuando la providencia común provee, el milagro no tiene que continuar. Pero aquí no había agua, o no había suficiente para el pueblo. Vivimos en un mundo lleno de necesidades, y dondequiera que vayamos debemos esperar algunas dificultades. Tener agua en abundancia es una gran misericordia, y muchas veces solo aprendemos a valorarla cuando escasea.

Por causa de esto, el pueblo se levantó con enojo y se amotinó (Números 20:2). Se reunieron y se volvieron contra Moisés y Aarón, hablándoles con la misma necedad y obstinación que habían mostrado sus padres. Dijeron que hubieran preferido morir con sus hermanos bajo el juicio de Dios, en vez de quedar vivos por un tiempo como si Dios se hubiera olvidado de ellos. En lugar de agradecerle a Dios por haberlos preservado, despreciaron su misericordia y se quejaron de que todavía conservaran la vida.

También murmuraron porque habían sido sacados de Egipto y llevados por el desierto (Números 20:4, Números 20:5). Culparon a Moisés por algo que sabían que el Señor había hecho, tratando la mayor bondad de Dios hacia ellos como si hubiera sido una injusticia. Preferían la esclavitud a la libertad, y Egipto a la tierra prometida. Aunque su necesidad inmediata era solamente agua, una vez que comenzaron a buscar motivos para quejarse hablaron como si también se les hubiera negado cruelmente tener viñas e higueras.

Su pecado se agravó por varias razones. Primero, ya habían sufrido durante casi cuarenta años por la incredulidad y el descontento de sus padres (Números 14:33). Aun así, siguieron el mismo camino y no se humillaron, aunque conocían bien esa historia (Daniel 5:22). Segundo, habían experimentado durante mucho tiempo la bondad de Dios, así como la paciencia y fidelidad de Moisés y Aarón. Tercero, Miriam acababa de morir, por lo que debieron haber mostrado mayor respeto hacia los líderes que permanecían. En cambio, actuaron como si quisieran que Dios los dejara como ovejas sin pastor. En vez de consolar a Moisés y Aarón en su dolor, aumentaron su aflicción.

Moisés y Aarón no les respondieron. Fueron a la entrada del tabernáculo para buscar la voluntad de Dios en ese asunto (Números 20:6). Allí se postraron rostro en tierra, como lo habían hecho antes en una situación parecida, pidiéndole a Dios que apartara su ira y les diera dirección. El texto no registra ninguna palabra de ellos. Sabían que Dios había escuchado las quejas del pueblo, así que se postraron humildemente delante de él, orando con gemidos demasiado profundos para expresarlos con palabras. Allí esperaron el mandato de Dios: «Habla, Señor, que tus siervos escuchan».

Entonces Dios se manifestó para resolver el asunto. No apareció en su trono de juicio para castigar a los rebeldes como merecían. Él no siempre acusa ni se complace en destruir a su pueblo (Oseas 11:9; Génesis 8:21). En cambio, se manifestó de dos maneras. Primero, mostró su gloria para acallar el ruido pecaminoso del pueblo (Números 20:6). Contemplar la gloria del Señor pondría un freno poderoso a nuestras pasiones y deseos pecaminosos, y nos haría callar. Segundo, actuó con gracia para suplir la verdadera necesidad del pueblo. Necesitaban agua y, aunque la manera de pedirla había sido incorrecta, Dios no usó eso como razón para negársela. Les dio instrucciones inmediatas para aliviarlos (Números 20:8).

Moisés debía ordenar que saliera agua de una roca nuevamente, esta vez en el nombre de Dios, para mostrar que Dios seguía teniendo el mismo poder para cuidar de su pueblo, aun en su peor necesidad y cuando toda ayuda ordinaria hubiera fallado. El poder todopoderoso puede sacar agua de una roca, y puede hacerlo otra vez. Su brazo no se ha acortado. Para que nadie pensara que la primera roca tenía algún manantial oculto especial, Dios le dijo a Moisés que golpeara otra. Ni siquiera identificó exactamente cuál roca era, como lo había hecho antes, sino que dejó que Moisés usara la que tenía delante. Para el poder de Dios, todas eran iguales.

Dios también le dijo a Moisés que tomara la vara, la misma vara famosa con la que había enviado las plagas sobre Egipto y dividido el mar. Al tenerla en la mano, tanto Moisés como el pueblo recordarían las grandes cosas que Dios ya había hecho por ellos y recibirían ánimo para volver a confiar en él.

Parece que esta vara se guardaba en el tabernáculo (Números 20:9), pues era la vara de Dios, la vara de su poder, como se llama al evangelio (Salmos 110:2), quizá en alusión a esa vara. Dios le dijo a Moisés que reuniera a toda la asamblea, no solamente a los ancianos, sino a todo el pueblo, para que todos vieran lo que sucedería. Así quedarían convencidos por sus propios ojos y avergonzados de su incredulidad. Las obras maravillosas de Dios no contienen engaño alguno; por eso no temen la luz ni la atención minuciosa de muchos testigos.

Dios también le dijo a Moisés que hablara a la roca, y la roca obedecería. Esto avergonzaría al pueblo, al que se le había hablado tantas veces y que aun así no quería escuchar ni obedecer. Sus corazones eran más duros que aquella roca: menos sensibles, menos dispuestos y menos obedientes. Dios prometió que la roca daría agua (Números 20:8), y así sucedió (Números 20:11). El agua brotó en gran abundancia.

Esto muestra tanto el poder como la misericordia de Dios. Él podía sacar miel de una roca y aceite de una piedra dura, pero también decidió hacerlo por un pueblo tan quejumbroso. Esta era una nueva generación, pues la mayoría de los mayores ya había muerto; sin embargo, eran tan malos como los que los habían precedido. Parecía que las quejas corrían de generación en generación, pero Dios no retiró su favor. En este acontecimiento, su paciencia resplandece tanto como su poder. Al perdonar y mostrar compasión, Dios demuestra que es Dios y no un ser humano. No solo les dio agua para ellos, sino también para sus animales (Números 20:8, 20:11). En esa agua también les dio una imagen de la bebida espiritual, es decir, de las bendiciones de la salvación, porque aquella roca era Cristo.

Moisés y Aarón actuaron mal en este asunto, y Dios se disgustó tanto que les dijo de inmediato que no tendrían el honor de llevar a Israel a Canaán (Números 20:10-12). Esta es una historia desconcertante, pero nos enseña mucho. Es seguro que Dios se ofendió gravemente, y con justa razón, porque él nunca se enoja sin causa. Aunque Moisés y Aarón eran sus siervos y habían recibido gracia para ser fieles, aunque eran siervos favorecidos por él, aun así los castigó por algo que pensaron, dijeron o hicieron en esa ocasión. Hizo que murieran antes de llegar a Canaán, como los demás israelitas incrédulos. Sin duda, la ofensa merecía el castigo.

Aun así, no queda completamente claro qué parte de su comportamiento fue tan provocadora. Parece que la falta tuvo varios aspectos. Primero, no siguieron exactamente las instrucciones recibidas. Dios les dijo que hablaran a la roca, pero ellos hablaron al pueblo y golpearon la roca, algo que en ese momento no se les había ordenado hacer. Parece que pensaron que hablar no sería suficiente. Cuando dudamos del poder de la palabra de Dios y recurrimos a la fuerza humana en asuntos de conciencia, actuamos como Moisés en esta ocasión: golpeamos la roca cuando solo deberíamos hablarle.

En segundo lugar, se atribuyeron demasiado del mérito de este milagro. «¿Acaso tenemos que sacar agua?», preguntaron, como si el poder o la dignidad para hacerlo fueran de ellos. Por eso Dios dijo que no lo honraron como santo delante del pueblo; es decir, no le dieron la gloria que le correspondía a su nombre.

En tercer lugar, el pecado principal fue la incredulidad (Números 20:12). Dios dijo: «No creyeron en mí». Incluso se le llama rebelión contra el mandamiento de Dios (Números 27:14). El mandato era sacar agua de la roca, pero ellos se rebelaron contra ese mandato al dudar y preguntarse si realmente sucedería. Sus palabras expresaban incertidumbre: «¿Acaso tenemos que sacar agua?». También es posible que, por otras acciones, hayan mostrado que no estaban seguros de que brotara agua para un pueblo tan rebelde.

Tal vez dudaron porque la gloria del Señor no se manifestó en aquella roca como lo había hecho en Refidim (Éxodo 17:6). No quisieron aceptar la palabra de Dios sin una señal. El doctor Lightfoot pensaba que su incredulidad pudo haber consistido en dudar de que, ahora que terminaban los cuarenta años, realmente entrarían en Canaán y de que les esperara otra etapa de dificultades. Quizá interpretaron la apertura de una nueva roca como una señal de que su permanencia en el desierto sería más larga. Si fue así, fue justo que el pueblo entrara en la tierra en el momento señalado, mientras Moisés y Aarón quedaban fuera.

En cuarto lugar, hablaron y actuaron con enojo. El Salmo 106:33 dice: «Provocaron su espíritu, y él habló precipitadamente con sus labios». Moisés los llamó rebeldes en un arrebato de pasión. Es cierto que eran rebeldes; Dios mismo los había llamado así, y más adelante Moisés usó la misma palabra en una reprensión apropiada (Deuteronomio 9:24). Pero aquí la palabra brotó de un espíritu turbado y fue pronunciada demasiado rápido. Se pareció demasiado a llamar necio a alguien en un momento de enojo. El hecho de que golpeara la roca dos veces, aparentemente sin esperar a que brotara agua después del primer golpe, muestra lo alterado que estaba. Las mismas palabras y acciones pueden ser correctas cuando se realizan con mansedumbre, pero muy equivocadas cuando se hacen con ira (Santiago 1:20).

En quinto lugar, lo peor fue que esto ocurrió públicamente, delante de los hijos de Israel. Ellos debían ver en Moisés y Aarón un ejemplo de fe, esperanza y mansedumbre. En otra ocasión, Moisés había mostrado una desconfianza pecaminosa en privado (Números 11:22-23), entre Dios y él, y allí solo fue corregido. Pero este pecado fue público. Deshonró a Dios delante de Israel, como si él no quisiera mostrarles su bondad, y debilitó la confianza del pueblo en él. Eso hizo que el castigo fuera más severo, especialmente por la posición y la responsabilidad de quienes pecaron.

De todo esto aprendemos varias cosas. Las mejores personas todavía tienen defectos, incluso en aquellas virtudes en las que más se destacan. Moisés era muy manso, y aun así aquí pecó con ira. Por eso, quien piense que está firme debe tener cuidado de no caer. También aprendemos que Dios no juzga el pecado como lo hacen las personas. Nosotros podríamos pensar que hubo poco de malo en lo que Moisés dijo e hizo, pero Dios vio razones para castigarlo con severidad. Él conoce el estado del corazón, el temperamento y los pensamientos y motivos que están detrás de nuestras palabras y acciones. Por eso, su juicio siempre es verdadero, aunque no coincida con el nuestro.

También aprendemos que Dios ve los pecados de su pueblo y se disgusta por ellos, y que cuanto más cerca está una persona de él, más serios son sus pecados (Amós 3:2). Parece que el salmista se refiere a este pecado de Moisés y Aarón cuando dice: «Tú fuiste un Dios que los perdonó, aunque castigaste sus malas acciones» (Salmo 99:8). A muchos se les perdona en esta vida, pero son castigados en la venidera; y muchos son castigados en esta vida, pero son salvos en la venidera. Finalmente, cuando sintamos que el corazón se nos enciende por dentro, debemos tener cuidado de no pecar con la lengua.

Esto también demuestra claramente la sinceridad y la imparcialidad de Moisés al escribir este relato. Él registra su propia falta y no oculta su debilidad. Eso demuestra que, tanto en lo que escribió como en lo que hizo, le importaba más la gloria de Dios que su propio honor.

Por esa razón, el lugar fue llamado Meriba en Números 20:13. También se le llama Meriba-Cades (Deuteronomio 32:51), para distinguirlo del otro lugar llamado Meriba. El nombre significa «agua de la contienda» y mantiene viva la memoria del pecado del pueblo, del pecado de Moisés y de la misericordia de Dios. Dios todavía les dio agua y siguió sosteniendo y honrando a Moisés, aun después de su fracaso.

De esta manera, Dios se mostró santo, el Santo de Israel, quien es honrado aun cuando muestra misericordia y detiene el castigo (Oseas 11:9). Moisés y Aarón no honraron a Dios como debían delante de Israel (Números 20:12), pero Dios todavía se honró a sí mismo por medio de ellos. No permitirá que ninguna persona le quite su gloria. Si no lo glorificamos, él se glorificará por medio de nosotros.

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