Versículo destacado

Mateo 7:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No todos los que me dicen: “Señor, Señor”, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente quienes hacen la voluntad de mi Padre celestial. "

Mateo 7:21

menu_book El versículo en contexto

19 Todo árbol que no produce buen fruto es cortado y echado al fuego.

20 De modo que ustedes los reconocerán por sus acciones.

21 No todos los que me dicen: “Señor, Señor”, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente quienes hacen la voluntad de mi Padre celestial.

22 Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, expulsamos demonios en tu nombre e hicimos muchos milagros en tu nombre.”

23 Pero entonces les responderé: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!”

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos el cierre de este largo y excelente sermón. Su propósito es mostrar la necesidad absoluta de obedecer los mandamientos de Cristo. Esta advertencia final busca dejar el asunto completamente claro, como un clavo bien clavado que permanezca firme. Jesús les dice esto a sus discípulos: a quienes se sentaban a sus pies cuando predicaba y lo seguían adondequiera que iba.

Si solo hubiera querido recibir la aprobación de la gente, podría haberse conformado con que ellos lo aceptaran. Pero la religión que vino a establecer tiene poder, no consiste solamente en palabras (1 Corintios 4:20). Por eso se necesita algo más que una religiosidad exterior.

Primero muestra, mediante una advertencia clara, que una profesión externa de fe, por impresionante que parezca, no nos llevará al cielo si nuestra conducta no corresponde a ella (Mateo 7:21-23). Todo juicio le ha sido entregado a nuestro Señor Jesucristo. Las llaves están en sus manos, y él tiene autoridad para establecer las condiciones de la vida y de la muerte, y para juzgar a las personas conforme a ellas. Esta es una declaración solemne, hecha de acuerdo con esa autoridad.

La ley de Cristo es esta: no todo el que dice «Señor, Señor» entrará en el reino del cielo, el reino de la gracia y de la gloria (Mateo 7:21). Esto responde a la pregunta: «¿Quién puede vivir en tu tienda?», es decir, en la iglesia en la tierra, y «¿Quién puede habitar en tu santo monte?», es decir, en la iglesia en gloria (Salmo 15:1).

Jesús muestra que no basta con decir: «Señor, Señor». No basta con llamar a Cristo nuestro Maestro con los labios, dirigirnos a él en oración y hablar de él con respeto. Cuando oramos a Dios o hablamos con otras personas, debemos llamar Señor a Cristo, porque él es verdaderamente el Señor (Juan 13:13). Pero ¿podemos pensar que eso, por sí solo, nos llevará al cielo? ¿Puede una simple forma externa considerarse un servicio verdadero? Aquel que conoce el corazón y exige el corazón no se conformará con una apariencia exterior en lugar de una realidad interior.

Entre las personas, las palabras amables suelen recibir como respuesta otras palabras amables, pero no se consideran un servicio verdadero. ¿Puede ser diferente con Cristo? Una persona puede parecer muy sincera al orar y repetir «Señor, Señor» una y otra vez. Pero si el corazón interior no corresponde a las palabras exteriores, estas son solo un ruido vacío, como un bronce que resuena o un címbalo que retiñe. Esto no significa que debamos dejar de decir «Señor, Señor», dejar de orar con fervor o dejar de confesar con valentía el nombre de Cristo. Significa que no debemos descansar en esas cosas ni en una apariencia de piedad que carece de poder.

También es necesario para nuestra verdadera felicidad que hagamos la voluntad de Cristo, que en realidad es la voluntad de su Padre celestial. La voluntad de Dios, como Padre de Cristo, se da a conocer en el evangelio. Allí se revela como el Padre de nuestro Señor Jesucristo y, en él, como nuestro Padre. Su voluntad es que creamos en Cristo, nos arrepintamos del pecado, vivamos en santidad y nos amemos unos a otros. Esta es su voluntad: nuestra santificación, es decir, que seamos hechos santos.

Si no obedecemos la voluntad de Dios, nos burlamos de Cristo cuando lo llamamos Señor. Es como quienes lo vistieron con un manto espléndido y dijeron: «¡Salve, rey de los judíos!», mientras se burlaban de él. En el lenguaje humano, decir y hacer suelen estar separados, como cuando un hombre dice: «Sí, señor, iré», pero nunca da un solo paso (Mateo 21:30). Sin embargo, Dios ha unido esas dos cosas en su mandamiento, y nadie debe pensar que puede entrar en el reino del cielo separándolas.

Entonces el hipócrita presenta otra excusa contra este mandamiento tan estricto, tratando de poner otras cosas en lugar de la obediencia (Mateo 7:22). Esta súplica se imagina para aquel día, el gran día, cuando cada persona aparecerá tal como es, cuando quedarán expuestos los secretos de cada corazón, junto con las esperanzas secretas con las que ahora se sostienen los pecadores. Cristo ya sabe cuán sólido parece su argumento, pero en realidad es muy débil. Lo que ahora esconden en su corazón, entonces lo presentarán para intentar detener la sentencia, pero no les servirá de nada.

Suplicarán con gran urgencia: «Señor, Señor», y apelarán con gran confianza al propio Cristo: «Señor, ¿acaso no sabes que profetizamos en tu nombre?». Sí, puede ser verdad. Balaam y Caifás fueron usados para profetizar, y Saúl estuvo entre los profetas aun contra su voluntad; sin embargo, nada de eso los salvó. Estas personas profetizaron en el nombre de Cristo, pero él no las había enviado. Solo usaron su nombre para sus propios fines. Una persona puede ser predicadora, tener dones para el ministerio, incluso recibir un llamado externo y cierto éxito en él, y aun así ser malvada. Alguien así puede ayudar a otros a avanzar hacia el cielo y, sin embargo, no llegar allí.

También dirán: «En tu nombre expulsamos demonios». Eso también puede ser verdad. Judas expulsó demonios y, aun así, era hijo de perdición, un hombre destinado a la destrucción. Orígenes dice que en sus días el nombre de Cristo tenía tanto poder para expulsar demonios que incluso algunos cristianos malvados lo usaban con éxito. Una persona puede expulsar demonios de otros y todavía tener un demonio dentro de sí, o incluso ser como un demonio.

También dirán: «En tu nombre hicimos muchos milagros». Puede existir una fe que obra milagros aun donde no existe una fe salvadora, una fe que confía en Cristo y se demuestra mediante el amor y la obediencia. Dones como hablar en lenguas o sanar pueden impresionar al mundo, pero lo que Dios acepta es la verdadera santidad, es decir, la santificación. La gracia y el amor son un camino mejor que mover montañas o hablar en lenguas humanas y angelicales (1 Corintios 13:1-2). La gracia puede llevar a una persona al cielo sin milagros, pero los milagros nunca llevarán al cielo a una persona que carece de gracia.

Observa en qué estaba puesto su corazón al hacer estas obras y en qué confiaban: en lo extraordinario de las obras mismas. Simón el mago quedó maravillado por los milagros (Hechos 8:13), y por eso habría pagado cualquier precio para obtener el poder de hacerlos. Observa también que no tienen muchas buenas obras que ofrecer. No podían afirmar que hubieran realizado muchas obras santas de adoración o de ayuda al prójimo. Incluso una sola obra de ese tipo habría contado más a su favor que muchos milagros, que no significaban nada mientras permanecieran desobedientes.

Los milagros han terminado, y con ellos también terminó esa excusa. Pero ¿acaso los corazones dominados por deseos terrenales no siguen alentándose con esperanzas vacías parecidas? Piensan que irán al cielo porque gozaron de buena reputación entre personas religiosas, ayunaron, dieron limosnas y ocuparon cargos en la iglesia, como si eso pudiera compensar el orgullo, el amor al mundo, la búsqueda de placeres y la falta de amor a Dios y al prójimo. Betel es aquello en lo que confían (Jeremías 48:13); se enorgullecen de su santo monte (Sofonías 3:11), y presumen de ser el templo del Señor (Jeremías 7:4). Debemos tener cuidado de no descansar en privilegios y prácticas externas, no sea que nos engañemos a nosotros mismos y perezcamos para siempre, como muchos otros, llevando una mentira en la mano derecha.

El mismo que aquí da la ley (Mateo 7:21) es también el Juez que aplica esa ley (Mateo 7:23), y rechazará esta súplica. La rechazará públicamente. Con toda la solemnidad de un juez que pronuncia una sentencia, dirá: «Nunca los conocí; apártense de mí, ustedes que practican la maldad». Los rechaza porque eran hacedores de maldad, personas cuyas vidas estaban marcadas por el mal.

Observa que las personas pueden tener una reputación firme de piedad y, aun así, ser hacedoras del mal. Quienes viven de esa manera enfrentarán un juicio más severo. Los pecados ocultos, cubiertos por una profesión externa de fe, arruinarán a los hipócritas. Vivir en pecado conocido destruye todas las pretensiones de una persona, por impresionantes que parezcan sus palabras.

Cristo dice: «Nunca los conocí». Quiere decir: «Nunca los acepté como mis siervos, ni siquiera cuando profetizaron en mi nombre, cuando su profesión de fe estaba en su punto más alto y la gente más los elogiaba». Esto muestra que, si Cristo alguna vez los hubiera conocido verdaderamente, en el sentido de reconocerlos y amarlos como suyos, los habría guardado hasta el fin. Pero nunca los conoció de esa manera, porque siempre los vio como hipócritas, corruptos de corazón, como a Judas. Por eso dice: «Apártense de mí».

¿Acaso Cristo necesita huéspedes como ellos? Cuando vino en carne, llamó a los pecadores a sí mismo (Mateo 9:13). Pero cuando vuelva en gloria, alejará de sí a los pecadores. Quienes no quisieron acudir a él para ser salvos tendrán que apartarse de él para ser condenados. Ser enviados lejos de Cristo es el corazón mismo del infierno. Es la raíz de toda la miseria de los perdidos: quedar separados de toda esperanza de recibir algún beneficio de Cristo y de su mediación, es decir, de su obra como aquel que reúne a Dios y a los pecadores. Quienes no van más allá de una profesión externa de fe en su servicio a Cristo no serán aceptados ni reconocidos como suyos por él en el gran día.

Mira hasta dónde puede caer una persona: de una gran esperanza a una profunda miseria. Puede pasar por las puertas del cielo y terminar en el infierno. Esto debería despertar a todo cristiano. Si Cristo puede rechazar a un predicador —incluso a uno que expulsó demonios e hizo milagros— por practicar el mal, ¿qué nos sucederá a nosotros si se nos encuentra en la misma condición? Y si somos así, ciertamente se demostrará que lo somos. Ante el tribunal de Dios, una profesión religiosa no excusará a nadie que practique el pecado y lo justifique. Por eso, todo el que invoca el nombre de Cristo debe apartarse de toda maldad.

Ahora Cristo muestra, por medio de una parábola, que oír sus palabras no nos hará bienaventurados a menos que asumamos el deber de ponerlas en práctica. Pero si las oímos y las hacemos, seremos bendecidos en lo que hagamos (Mateo 7:24-27).

Los que oyen la palabra de Cristo se dividen en dos grupos: unos oyen y hacen lo que oyen, y otros oyen, pero no lo hacen. Cristo hablaba ante una multitud diversa, y aquí la divide, así como separará a todas las personas en el día final, cuando todas las naciones estén delante de él. Él todavía habla desde el cielo por medio de su palabra y de su Espíritu, y también habla mediante sus ministros, sus providencias y muchos otros medios. Entre quienes lo oyen, todavía existen estas dos clases.

Algunos oyen sus palabras y las ponen en práctica. Demos gracias a Dios porque existen personas así, aunque sean pocas en comparación con las demás. Oír a Cristo no significa solamente escucharlo, sino obedecerlo. Es de gran importancia que hagamos lo que oímos de Cristo. Ya es una misericordia que podamos oír sus palabras; bienaventurados son esos oídos (Mateo 13:16, 17). Pero si no ponemos en práctica lo que oímos, recibimos esa gracia en vano.

Hacer lo que Cristo dice significa evitar los pecados que prohíbe y cumplir los deberes que ordena. Nuestros pensamientos y deseos, nuestras palabras y acciones, y todo el curso de nuestra vida deben corresponder al evangelio de Cristo. Esa es la obediencia que él pide. Todas las palabras de Cristo —no solo los mandamientos que dio, sino también las verdades que reveló— deben hacerse realidad en nuestra vida. Son una luz no solo para nuestra mente, sino también para nuestros pasos. No tienen el único propósito de informarnos, sino de transformar nuestro corazón y nuestra vida. En realidad, no creemos verdaderamente esas palabras si no vivimos conforme a ellas.

No basta con oír las palabras de Cristo, entenderlas, recordarlas, hablar de ellas, repetirlas o defenderlas en una discusión. Debemos oírlas y ponerlas en práctica. «Haz esto, y vivirás». Solo quienes oyen y hacen son bienaventurados (Lucas 11:28; Juan 13:17), y ellos son verdaderamente la familia de Cristo (Mateo 12:50).

Otros oyen las palabras de Cristo, pero no las ponen en práctica. Su religión se queda en el nivel de escuchar y no va más allá. Son como los niños que padecen raquitismo: se les hincha la cabeza con ideas vacías, pero tienen débiles las articulaciones. Son perezosos e incapaces de avanzar en ningún deber bueno. Escuchan la palabra de Dios como si quisieran conocer sus caminos, como personas que hacen lo correcto, pero en realidad no están dispuestos a hacerlo (Ezequiel 33:30, 31; Isaías 58:2). De esta manera se engañan a sí mismos, como Micaía, quien pensaba que era bendecido porque tenía a un levita como sacerdote, aunque no tenía al Señor como su Dios.

La semilla se siembra, pero nunca crece. Ven sus defectos en el espejo de la palabra, pero no se los quitan (Santiago 1:22, 24). Así engañan a su propia alma. Si el oír no conduce a la obediencia, entonces solo hará que la desobediencia sea peor. Quienes únicamente oyen las palabras de Cristo y no las obedecen se detienen a mitad del camino al cielo, y eso nunca los llevará al final del viaje. Son parientes de Cristo solo a medias, y la ley no permite que personas así reciban la herencia.

Estas dos clases de oyentes aparecen en su verdadera condición bajo la imagen de dos constructores. Uno era prudente y construyó sobre una roca; su casa permaneció firme durante la tormenta. El otro era insensato y construyó sobre la arena; su casa se derrumbó. La enseñanza principal es clara: la única manera segura de cuidar nuestra alma y nuestro destino eterno es oír y poner en práctica las palabras del Señor Jesús. Estas palabras del Sermón del Monte son completamente prácticas. Algunas parecen difíciles para la naturaleza humana, pero deben obedecerse. Al hacerlo, acumulamos un buen fundamento para el futuro (1 Timoteo 6:19), o, como algunos entienden el pasaje, una buena garantía: una promesa segura hecha por Dios mismo, que ofrece la salvación conforme a los términos del evangelio. Esa sí es una buena garantía. Es mucho mejor que cualquier plan nuestro, que solo se ajusta a nuestras propias ideas. Quienes se aseguran de recibir la mejor parte son como María, que se sentó a los pies de Jesús y escuchó con actitud sumisa: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

Los detalles de la parábola también nos enseñan varias lecciones útiles. Cada uno de nosotros tiene una casa que construir, y esa casa representa nuestra esperanza del cielo. Nuestro cuidado principal y constante debe ser confirmar nuestro llamado y elección, y así asegurar nuestra salvación. Debemos asegurarnos de tener derecho a disfrutar del gozo del cielo y luego obtener el consuelo de saberlo. Debemos tener la certeza —y tenerla nosotros mismos— de que, cuando termine esta vida, seremos recibidos en moradas eternas. Muchos nunca piensan en esto. Es lo que más lejos está de su mente. Construyen para este mundo como si fueran a quedarse aquí para siempre, pero no hacen planes para el mundo venidero. Sin embargo, todos los que profesan tener fe dicen que quieren saber qué deben hacer para ser salvos, cómo pueden llegar finalmente al cielo y cómo pueden tener desde ahora una esperanza bien fundada de alcanzar ese destino.

Se nos ha provisto una roca sobre la cual construir esta casa, y esa roca es Cristo.

Él fue puesto como el fundamento, y nadie puede poner otro fundamento (Isaías 28:16; 1 Corintios 3:11). Él es nuestra esperanza (1 Timoteo 1:1). Cuando Cristo vive en nosotros, él es esa esperanza. Debemos apoyar nuestra esperanza del cielo en el valor pleno del mérito de Cristo para el perdón de los pecados, en el poder de su Espíritu para santificar nuestra naturaleza y en la fuerza de su intercesión —su ruego a nuestro favor— para concedernos todo bien que él compró para nosotros.

En Cristo, tal como se nos da a conocer y se nos ofrece en el evangelio, hay suficiente para reparar todo daño y suplir cada necesidad que tenemos. Por eso él es un Salvador hasta el final. La iglesia está edificada sobre esta Roca, y también cada creyente. Él es fuerte e inconmovible como una roca. Podemos confiarle todo y no seremos avergonzados por nuestra esperanza.

Sin embargo, todavía hay algunos que oyen y hacen las palabras de Cristo, y edifican su esperanza sobre esta Roca. Eso es sabiduría. Cristo es el único camino al Padre, y la obediencia que nace de la fe es nuestro único camino hacia Cristo. Para quienes lo obedecen, y para nadie más, él se convierte en la fuente de la salvación eterna. Edifican sobre Cristo quienes lo aceptan sinceramente como su Príncipe y Salvador, se proponen firmemente vivir conforme a todas las normas de su santa religión y dependen por completo de él para recibir ayuda de Dios y ser aceptados por Dios. Consideran todo lo demás como pérdida y basura, a fin de ganar a Cristo y ser hallados en él.

Construir sobre una roca requiere cuidado y esfuerzo. Quienes quieren confirmar su llamado y elección, es decir, dejar claro y seguro que pertenecen a la familia de Dios, deben esforzarse mucho. Los constructores prudentes comienzan de una manera que les permite terminar la obra (Lucas 14:30), y por eso ponen un fundamento firme.

Hay muchos que dicen esperar ir al cielo, pero desprecian esta Roca y construyen sobre la arena. Es más fácil hacerlo, pero es una insensatez. Todo lo que está fuera de Cristo es arena. Algunos basan su esperanza en el éxito mundano, como si fuera una prueba segura del favor de Dios (Oseas 12:8). Otros confían en la religión externa, en los privilegios que tienen, en los deberes que cumplen y en la buena reputación que han ganado por ello. Fueron llamados cristianos, fueron bautizados, asistieron a la iglesia, oyeron la palabra de Cristo, dijeron sus oraciones y no le hicieron daño a nadie. Si se pierden, la gente dice: «Que Dios ayude a muchos más como ellos». Esta es la luz de su propio fuego, el camino que siguen y aquello en lo que confían. Pero todo eso también es arena, demasiado débil para sostener una construcción como nuestra esperanza del cielo.

Se acerca una tormenta que pondrá a prueba aquello sobre lo que está edificada nuestra esperanza. Probará la obra de cada persona (1 Corintios 3:13) y dejará al descubierto el verdadero fundamento (Habacuc 3:13). La lluvia, los torrentes y los vientos azotarán la casa. A veces esta prueba ocurre durante nuestra vida. Cuando surgen dificultades y persecución a causa de la palabra, queda claro quién solo oyó la palabra y quién la oyó y la puso en práctica. Entonces, cuando necesitemos nuestra esperanza, se demostrará si era correcta y estaba bien fundamentada.

Aun así, cuando lleguen la muerte y el juicio, será entonces cuando la tormenta se desate por completo; y ciertamente llegará, por tranquila que parezca la vida ahora. Entonces todo lo demás nos fallará, excepto estas esperanzas; y, si alguna vez han de hacerlo, será entonces cuando se conviertan en gozo pleno y en una posesión duradera. Las esperanzas edificadas sobre Cristo, la Roca, permanecerán y ayudarán al que edificó cuando llegue la tormenta. Lo mantendrán a salvo de quedar solo y de la profunda angustia interior. Su confesión de fe no se marchitará ni sus consuelos le fallarán. Serán su fuerza y su canto, como un ancla para el alma, firme y segura.

Cuando llegue a la última batalla, esas esperanzas le quitarán el temor a la muerte y al sepulcro. Lo llevarán con ánimo por aquel valle oscuro. Serán aprobadas por el Juez, resistirán la prueba en el gran día y serán coronadas con gloria eterna (2 Corintios 1:12; 2 Timoteo 4:7, 2 Timoteo 4:8). Dichoso el siervo a quien su Señor encuentre haciendo esto y esperando así cuando venga.

Pero las esperanzas edificadas sobre cualquier otra cosa que no sea Cristo ciertamente fallarán en el día de la tormenta. No darán verdadero consuelo en la aflicción, en la muerte ni en el día del juicio. Tampoco protegerán a nadie de ceder ante la tentación y apartarse en tiempos de persecución. Cuando Dios le quite la vida, ¿qué esperanza le quedará al hipócrita? (Job 27:8). Es como una telaraña, como el aliento de alguien que está a punto de morir. Se apoya en su casa, pero esta no permanecerá (Job 8:14, Job 8:15). La casa cae en medio de la tormenta, precisamente cuando el que la edificó más necesita refugio y piensa que lo protegerá. Cae cuando ya es demasiado tarde para construir otra. Cuando muere el malvado, muere también su esperanza. Lo que pensaba que llegaría a disfrutar plenamente se derrumba, y grande es su caída. La decepción es enorme, y también lo son la vergüenza y la pérdida. Cuanto más alto elevan las personas sus esperanzas, más bajo caen. Esta es la peor ruina que les sobreviene a quienes solo aparentan ser religiosos, como demuestra el destino de Capernaúm.

En los dos últimos versículos se nos dice qué efecto tuvieron las palabras de Cristo en la multitud. Fue un sermón excelente, y probablemente dijo mucho más de lo que aquí se registra. Sin duda, la manera en que lo pronunció, con gracia derramada sobre sus labios, lo hizo aún más poderoso. La gente quedó asombrada de su enseñanza. Es probable que pocos de ellos llegaran a seguirlo, pero en ese momento quedaron llenos de admiración. Las personas pueden admirar una buena predicación y aun así permanecer en la ignorancia y la incredulidad. Pueden maravillarse y, sin embargo, no ser santificadas.

La razón de su asombro era que enseñaba como alguien que tenía autoridad, y no como los escribas. Los escribas reclamaban tanta autoridad como cualquier otro maestro y tenían todas las ventajas externas, pero su predicación era plana, débil y sin vida. Hablaban como personas que en realidad no asumían como propio lo que enseñaban. Su mensaje no tenía poder ni fuerza viva. Lo presentaban como un estudiante que recita una lección. Cristo, en cambio, hablaba como un juez que pronuncia su sentencia. Él verdaderamente enseñaba con autoridad, y sus enseñanzas eran ley. Su palabra era una palabra de mandato.

En el monte, Cristo mostró más autoridad verdadera que los escribas sentados en la cátedra de Moisés. Por eso, cuando Cristo enseña por medio de su Espíritu en el alma, enseña con autoridad. Él dice: «Que haya luz», y hay luz.

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