Versículo destacado

Mateo 7:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Así pues, hagan con los demás lo que quieran que los demás hagan con ustedes, porque en esto se resumen la ley y los profetas. "

Mateo 7:12

menu_book El versículo en contexto

10 ¿O de darle una culebra cuando le pide un pescado?

11 Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!

12 Así pues, hagan con los demás lo que quieran que los demás hagan con ustedes, porque en esto se resumen la ley y los profetas.

13 Entren por la puerta angosta. Porque la puerta y el camino que llevan a la perdición son anchos y espaciosos, y muchos entran por ellos;

14 pero la puerta y el camino que llevan a la vida son angostos y difíciles, y pocos los encuentran.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Nuestro Señor Jesucristo nos llama aquí a practicar la justicia que debemos a los demás, una parte esencial de la verdadera religión, y también la devoción que le debemos a Dios, que pertenece a una vida íntegramente justa. Debemos hacer de la justicia nuestra norma y vivir conforme a ella, como enseña Mateo 7:12. Por eso, debemos adoptar este principio como guía: tratar a los demás como queremos que ellos nos traten. Esto ayuda a explicar los mandatos anteriores acerca de no juzgar ni criticar a los demás, y también nos ayuda a recibir las promesas que aparecen antes de este versículo. Es apropiado que la ley de la justicia aparezca inmediatamente después del llamado a orar, porque si no somos honestos en nuestra conducta, Dios no escuchará nuestras oraciones (Isaías 1:15-17; Isaías 58:6, 9; Zacarías 7:9, 13). No podemos esperar recibir cosas buenas de Dios si no hacemos lo justo, lo honesto, lo amable y lo digno de respeto en nuestras relaciones con los demás. No basta con ser devotos; también debemos ser honestos. De lo contrario, nuestra devoción no es más que hipocresía.

Aquí se presenta claramente la regla de la justicia: «Todo lo que quieran que los hombres hagan con ustedes, háganlo también ustedes con ellos». Cristo vino a enseñarnos no solo qué creer, sino también cómo vivir. No solo nos enseña nuestro deber hacia Dios, sino también nuestro deber hacia los demás. Y no limita esta enseñanza a los creyentes, a las personas de nuestro propio grupo o a quienes piensan como nosotros, sino que la extiende a todas las personas con quienes tratamos. La regla de oro de la justicia consiste en tratar a los demás como quisiéramos que ellos nos trataran. Alejandro Severo, un emperador romano pagano, admiraba mucho esta regla, la hizo escribir en las paredes de su estudio y la usaba con frecuencia al resolver casos. Ya se exprese de manera negativa o positiva, el significado es el mismo: no hagamos a los demás el mal que no quisiéramos que nos hicieran, y hagámosles el bien que quisiéramos recibir de ellos. No debemos responder con mal a quienes nos han hecho mal, ni hacerles el mal que nos harían si tuvieran la oportunidad. No debemos hacer nada que nos molestaría recibir, sino únicamente aquello que agradeceríamos si estuviéramos en su lugar. Esto se fundamenta en el gran mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

El significado de esta regla puede resumirse en tres aspectos. Primero, debemos hacerle al prójimo lo que nosotros mismos reconocemos como correcto y razonable. La apelación se dirige a nuestro propio juicio, voluntad y expectativa cuando somos nosotros quienes estamos en esa situación. Segundo, debemos considerar a los demás al mismo nivel que nosotros y reconocer que les debemos tanto como ellos nos deben a nosotros. Estamos igualmente obligados a actuar con justicia, y ellos tienen el mismo derecho a recibirla que nosotros. Tercero, en nuestro trato con los demás, debemos imaginarnos exactamente en su situación y actuar en consecuencia. Si yo estuviera haciendo ese trato, enfrentando esa debilidad o soportando ese sufrimiento, querría que me trataran de cierta manera; por eso debo tratarlos así. Esta es una manera justa de pensar, porque no sabemos cuán pronto su situación podría convertirse en la nuestra. Como mínimo, debemos temer que Dios nos trate como hemos tratado a los demás si no hacemos con ellos lo que quisiéramos que hicieran con nosotros.

Cristo da una razón para confirmar esta regla: «Porque esto es la ley y los profetas». Es el resumen del segundo gran mandamiento, uno de los dos mandamientos de los que dependen toda la ley y los profetas (Mateo 22:40). No encontramos estas palabras exactas a lo largo de la Ley y los Profetas, pero todo su mensaje concuerda con ellas. Todo lo que allí se enseña acerca de nuestro deber hacia el prójimo —y es mucho— puede resumirse en esta regla. Cristo la incorporó a su ley, de modo que tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento nos enseñan a tratar a los demás como queremos que nos traten. Este estándar demuestra la excelencia de la ley de Cristo, pero también juzga la vida de los cristianos, que con frecuencia queda muy por debajo de ella. Si esta enseñanza no es el evangelio, entonces quienes viven de esa manera no son verdaderamente cristianos.

También debemos tomar en serio nuestra vida de fe y vigilar cuidadosamente nuestra conducta. Se nos llama a entrar por la puerta estrecha y caminar por el camino angosto, como dice Mateo 7:13-14. Solo hay dos caminos: el correcto y el equivocado, el camino al cielo y el camino al infierno. Todos caminamos por uno de ellos. Después de la muerte no existe un lugar intermedio, y ahora tampoco existe un camino intermedio. Al final, todas las personas quedarán divididas entre santos y pecadores, entre quienes viven para Dios y quienes no.

Se nos habla del camino malo del pecado y de los pecadores, tanto de lo que resulta más atractivo en él como de lo peor que lo caracteriza. Muchos son atraídos porque la puerta es ancha, el camino es amplio y son muchos los que lo recorren. En ese camino hay una gran libertad. La puerta permanece completamente abierta y parece recibir a quienes avanzan de frente. Una persona puede entrar llevando consigo todos sus deseos y pasiones, porque allí no se refrena ningún apetito ni impulso. Puede caminar como quiere y seguir lo que le parezca bien. El camino es amplio porque nada limita a quienes lo recorren, así que continúan desviándose. También es amplio porque tiene muchas sendas: muchas decisiones pecaminosas distintas, incluso cuando esas decisiones se contradicen entre sí.

En ese camino también hay mucha compañía, porque son muchos los que entran por aquella puerta y lo recorren. Si seguimos a la multitud, probablemente será para hacer el mal. Si nos dejamos llevar por la mayoría, lo más probable es que terminemos en el camino equivocado. Por naturaleza tendemos a seguir la corriente y a hacer lo que hacen los demás, pero es demasiado arriesgado perderse solo por tener compañía, o ir al infierno con otros porque ellos no quieren ir al cielo con nosotros. Si muchos están pereciendo, eso debería hacernos más cuidadosos, no menos.

Lo que debe alejarnos de ese camino es lo siguiente: conduce a la destrucción. Al final de él está la muerte, la muerte eterna, porque el camino del pecado avanza hacia la ruina perdurable, lejos de la presencia del Señor. Ya sea el camino abierto de la maldad descarada o el camino oculto de la hipocresía secreta, todo sendero pecaminoso terminará en ruina si no hay arrepentimiento.

También se nos habla del camino de la santidad. Debemos conocer su parte más difícil para poder calcular el costo. Cristo trata con honestidad a quienes lo siguen. Primero, nos dice que la puerta es estrecha. La conversión y el nuevo nacimiento son la puerta por la que entramos a este camino, donde comenzamos una vida de fe y de piedad sincera. Debemos pasar de un estado de pecado a un estado de gracia al nacer de nuevo (Juan 3:3, 5). Es una puerta estrecha, difícil de encontrar y difícil de atravesar, como un sendero entre dos peñascos (1 Samuel 14:4).

Tiene que haber un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y las cosas antiguas deben quedar atrás. La dirección de nuestra alma debe cambiar, y es necesario abandonar los hábitos y costumbres corruptos. Lo que hemos hecho durante toda nuestra vida debe deshacerse y reemplazarse. Tenemos que nadar contra la corriente. Habrá una fuerte resistencia tanto desde afuera como desde adentro, y debemos abrirnos paso a través de ella.

Es más fácil poner a una persona en contra de todo el mundo que ponerla en contra de sí misma, pero eso es precisamente lo que exige la conversión. Esta puerta es estrecha porque debemos inclinarnos para entrar. Tenemos que volvernos como niños pequeños, dejar de lado nuestros pensamientos orgullosos, despojarnos del egoísmo, negarnos a nosotros mismos y quitarnos el viejo ser. Debemos estar dispuestos a renunciar a todo por nuestra relación con Cristo. La puerta es estrecha para todos, aunque para algunos resulta más difícil atravesarla que para otros, como para los ricos y para quienes durante mucho tiempo han estado predispuestos contra la religión. Sin embargo, bendito sea Dios, todavía no está cerrada para nosotros, ni asegurada con llave, ni protegida por una espada encendida, como pronto lo estará (Mateo 25:10).

Segundo, el camino es angosto. No estamos en el cielo en cuanto atravesamos la puerta estrecha, así como los israelitas no llegaron a Canaán, la tierra que Dios les había prometido, en cuanto cruzaron el mar Rojo. No; tenemos que atravesar un desierto y recorrer un camino angosto. La ley de Dios, que es muy amplia, marca los límites de ese camino, y eso hace que sea angosto. Debemos negarnos a nosotros mismos, mantener el cuerpo bajo control y dar muerte a los deseos corruptos, que son como un ojo derecho o una mano derecha. Hay que resistir las tentaciones diarias y cumplir con nuestros deberes aun cuando vayan en contra de nuestras inclinaciones naturales.

Debemos soportar las dificultades, luchar en oración y obediencia, mantenernos alerta en todo y caminar con cuidado y sabiduría. Tendremos que atravesar mucho sufrimiento. El camino es, como expresa la frase original, un camino afligido, rodeado de espinos; pero, bendito sea Dios, no está bloqueado. Nuestro cuerpo y el pecado que todavía permanece en nosotros hacen difícil cumplir con nuestro deber. Sin embargo, a medida que nuestro entendimiento y nuestra voluntad se fortalecen, el camino se abrirá cada vez más y se volverá más agradable.

En tercer lugar, puesto que la puerta es tan estrecha y el camino tan angosto, no es de extrañar que solo unos pocos la encuentren y elijan. Muchos pasan de largo porque son descuidados. No se toman la molestia de buscarla, porque están conformes con su manera de vivir y no ven ninguna necesidad de cambiar. Otros la ven y la evitan porque no quieren vivir con tantas limitaciones y restricciones. Los que van al cielo son pocos en comparación con los que van al infierno: un remanente, un pequeño rebaño, como las pocas uvas que quedan después de la cosecha, como los ocho que fueron salvados en el arca (1 Pedro 3:20).

Las personas que viven en el vicio se animan unas a otras a seguir adelante, y eso hace más difícil encontrar el camino de la salvación. Cuando la multitud empuja a una persona hacia adelante y nadie la hace retroceder, resulta muy difícil que vuelva atrás. Esto desanima a muchos, porque no quieren mantenerse firmes a solas. Pero, en vez de tropezar con eso, deberíamos decir: si son tan pocos los que van al cielo, entonces habrá uno más allí: yo.

Ahora veamos qué hay en este camino que todavía debería atraernos a todos. Lleva a la vida, al consuelo presente del favor de Dios, que es la vida del alma, y al gozo eterno. La esperanza de lo que nos espera al final debería hacernos dispuestos a soportar todas las dificultades e incomodidades del camino. La vida y la piedad van juntas (2 Pedro 1:3). La puerta es estrecha y el camino es difícil y cuesta arriba, pero una hora en el cielo compensará todo.

Esta es la gran preocupación y el deber de cada uno de nosotros: entrar por la puerta estrecha. Se nos presentan claramente la vida y la muerte, el bien y el mal, junto con ambos caminos y ambos destinos. Debemos considerar todo esto con honestidad y entonces elegir hoy por cuál camino andaremos. En realidad, el asunto se resuelve por sí solo y no deja lugar para el debate. Ninguna persona sensata elegiría la horca porque el camino hacia ella sea suave y agradable, ni rechazaría un palacio y un trono porque el camino hacia ellos sea áspero y sucio. Sin embargo, las personas hacen ese tipo de insensateces cuando se trata del cuidado de su alma.

No lo retrases, entonces. No sigas debatiéndolo; entra por la puerta estrecha. Llama a ella con oración sincera y perseverante, y se te abrirá. Más aún, se abrirá una puerta amplia y verdaderamente eficaz. Es cierto que no podemos entrar ni seguir adelante sin la gracia de Dios, su ayuda gratuita que hace posible la salvación. Pero también es cierto que la gracia se ofrece gratuitamente y no les faltará a quienes la buscan y se rinden a ella. La conversión requiere un gran esfuerzo, pero es necesaria y, gracias a Dios, no es imposible si nos esforzamos (Lucas 13:24).

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