Versículo destacado

Mateo 5:38 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. "

Mateo 5:38

menu_book El versículo en contexto

36 Tampoco juren ustedes por su propia cabeza, porque no pueden hacer blanco o negro ni un solo cabello.

37 Basta con decir claramente “sí” o “no”. Pues lo que se aparta de esto es malo.

38 Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”.

39 Pero yo les digo: no resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra.

40 Si alguien te demanda y quiere quitarte la camisa, deja que se lleve también tu capa.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, Cristo explica la ley de la retribución y, en efecto, la deja sin efecto como norma para sus seguidores. Primero debemos entender qué permitía el Antiguo Testamento cuando alguien sufría una lesión. Aquí se dice: «Ustedes han oído que se ha dicho», y no la expresión más firme que Jesús usó antes al hablar de los mandamientos del Decálogo. Era una norma legal que permitía exigir una compensación justa por el daño causado: «Ojo por ojo y diente por diente».

Encontramos esta norma en Éxodo 21:24, Levítico 24:20 y Deuteronomio 19:21. En esos pasajes, se entrega al magistrado, al juez público, la responsabilidad de hacer justicia. El juez cumple la obra de Dios cuando castiga la maldad, porque es siervo de Dios, «un servidor de Dios para castigar al que hace lo malo» (Romanos 13:4). Esta norma tenía el propósito de guiar a los jueces de Israel al establecer castigos por las lesiones: en parte, para advertir a los malhechores y, en parte, para impedir que los heridos exigieran más de lo justo. El principio era la proporción, no el exceso: no una vida por un ojo ni un miembro por un diente. Números 35:31 sugiere que, en esos casos, a veces podía aceptarse dinero en lugar del castigo, ya que la ley solo prohibía el rescate de la vida de un asesino.

Algunos maestros judíos, que no eran muy compasivos, trataban esta norma como si las personas tuvieran que vengarse por sí mismas, sin dejar lugar para el perdón ni para una compensación en lugar del castigo. Incluso cuando estaban bajo el dominio romano y su propia ley civil había desaparecido, seguían aferrados a ideas severas. Para nosotros, esta norma todavía permanece en cierto sentido como guía para magistrados y legisladores. Ellos deben aplicar la justicia con sabiduría, castigar los delitos de manera justa, frenar la violencia y proteger a los inocentes. Un juez que no defendiera a la viuda pobre de su adversario actuaría como si no temiera a Dios ni respetara a las personas (Lucas 18:2-3).

En segundo lugar, Jesús da una nueva norma para la persona que ha sido ofendida. El agraviado debe perdonar la ofensa en lo que a él respecta y no exigir un castigo mayor del que requiera el bien público. Esto concuerda con la mansedumbre de Cristo y con la bondad de su camino. Jesús nos enseña aquí, ante todo, que no debemos ser vengativos (Mateo 5:39). «No resistan al malvado» significa no devolver el daño con más daño ni vengarse de quien nos lastima. Esto no elimina el deber de protegernos ni de cuidar a nuestras familias. Podemos evitar el daño y defendernos hasta donde sea necesario para estar a salvo. Pero no debemos devolver mal por mal, guardar rencor ni tratar de desquitarnos. Más bien, debemos perdonar y superar a quien nos ofende con nuestra bondad (Proverbios 20:22; 24:29; 25:21-22; Romanos 12:17).

La ley de la retribución debe estar de acuerdo con la ley del amor. Si alguien nos ha hecho daño, la venganza no nos corresponde. Le pertenece a Dios, a cuya ira debemos dejarle lugar, y a veces también a las autoridades humanas cuando la paz pública lo requiere. No es una excusa para herir a otra persona decir que ella comenzó, porque el segundo golpe es lo que convierte el incidente en una pelea. Cuando sufrimos una ofensa, tenemos la oportunidad de demostrar que somos verdaderos discípulos de Cristo al perdonar en vez de devolver el golpe.

Luego Jesús presenta tres ejemplos para mostrar que los cristianos deben ceder pacientemente en lugar de pelear por ofensas personales. El primero es un golpe en la mejilla, una ofensa contra el cuerpo y también contra la honra. Si alguien te golpea en la mejilla derecha por enojo o desprecio, «vuélvele también la otra mejilla». Esto significa que no debes buscar venganza, responder de la misma manera ni empeorar el asunto. Si es necesario, deja que las autoridades públicas pongan freno a esa conducta. En lo que a ti corresponde, por lo general el camino más sabio es pasar por alto la ofensa, perdonarla y olvidarla. Si las personas orgullosas se burlan de ti por actuar así, las personas sensatas te honrarán por seguir a Jesús, quien tampoco respondió con golpes cuando lo maltrataron (Miqueas 5:1).

Esta clase de paciencia puede exponernos a otro insulto más adelante, pero eso no debe hacernos vacilar. Debemos confiar en el cuidado de Dios mientras cumplimos con nuestro deber. A veces, perdonar una ofensa evita otra, mientras que la venganza solo provoca más problemas (Proverbios 25:22). En cualquier caso, Cristo recompensará la vergüenza soportada con paciencia con gloria eterna. Si la soportamos en silencio por causa de la conciencia y siguiendo el ejemplo de Cristo, cuenta como sufrimiento por Cristo.

El segundo ejemplo es la pérdida de una prenda, una ofensa contra nuestros bienes (Mateo 5:40). Si alguien te demanda y se queda con tu túnica, es una situación muy difícil. Los procesos legales a menudo se usan para causar un gran daño, aun cuando los jueces sean justos y cuidadosos. Los hombres malos todavía pueden usar la ley y, por medio de mentiras o juramentos falsos, despojar a una persona de lo que le pertenece. No te sorprendas de que ocurra (Eclesiastés 5:8). En un caso así, en vez de acudir a los tribunales por venganza o luchar hasta el final por algo que verdaderamente te pertenece, quizá sea mejor dejar que también se lleve tu manto. Si se trata de algo pequeño y perderlo no perjudicará mucho a tu familia, es bueno ceder por causa de la paz. Puede costar menos comprar otro manto que gastar el tiempo, las molestias y el dinero necesarios para recuperar legalmente el primero.

El punto es que, aun cuando nos causen dificultades contra nuestra voluntad, no debemos convertirlas en una pelea. Si alguien te obliga a acompañarlo una milla, ya sea para hacer un encargo o para asistirlo, no te resientas. Más bien, ve dos millas si eso ayuda a evitar el conflicto, porque es mejor servirle a esa persona que servir al orgullo y la venganza.

Algunos explican esto como una advertencia contra aferrarnos a nuestros privilegios. Los judíos enseñaban que los discípulos de los sabios y los estudiantes de la ley no debían ser obligados por los funcionarios del rey a prestar servicio público como los demás. Pero Cristo no quiere que sus seguidores insistan en esos derechos cuando ceder puede conservar la paz y evitar una ofensa contra el gobierno.

Toda la enseñanza es que los cristianos no deben apresurarse a pelear. Las ofensas pequeñas deben soportarse en silencio, sin darles importancia. Si la ofensa es lo bastante grave como para requerir que se haga justicia, debemos hacerlo con un buen propósito y sin pensar en la venganza. No debemos andar buscando que nos hagan daño, pero cuando el deber nos lleve a enfrentarlo, debemos hacerlo con calma y sacar el mejor resultado posible de la situación.

Si alguien dice: «No puedo soportar un insulto así en mi debilidad humana», debe recordar que la debilidad humana no heredará el reino de Dios. Debemos vivir por encima del dominio del orgullo y la ira.

También estamos llamados a ser generosos y serviciales (Mateo 5:42). No solo debemos evitar hacer daño a nuestro prójimo, sino esforzarnos por hacerle todo el bien que podamos. Debemos estar dispuestos a dar al que pide. Si tenemos los medios, debemos considerar la petición del pobre como una oportunidad que Dios nos da para practicar la misericordia. Cuando tenemos delante una necesidad verdadera, debemos dar de inmediato. Sin embargo, nuestra generosidad también debe estar guiada por la sabiduría, para no dar a los perezosos o a quienes no lo merecen lo que debería llegar a quienes realmente lo necesitan y han actuado correctamente.

También debemos estar dispuestos a prestar. A veces prestar es un acto de amor tanto como dar, porque alivia una necesidad presente y anima a quien recibe el préstamo a ser cuidadoso, trabajador y honrado. Por eso, no debemos apartarnos de quien quiere pedir prestado algo para vivir o para trabajar. No debemos evitar a las personas que sabemos que tienen una petición de ese tipo ni poner excusas para quitárnoslas de encima. Debemos ser accesibles.

Debemos estar tan dispuestos a hacer el bien porque Dios está aún más dispuesto a bendecirnos. Antes de que llamemos, él nos escucha, y va delante de nosotros con su bondad.

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