Versículo destacado

Malaquías 3:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El Señor dice: Ustedes han dicho cosas muy duras contra mí. Y todavía preguntan: “¿Qué hemos dicho contra ti?” "

Malaquías 3:13

menu_book El versículo en contexto

11 No permitiré que las plagas destruyan sus cosechas ni sus viñedos.

12 Todas las naciones los llamarán dichosos, porque ustedes tendrán un país encantador. Yo, el Señor todopoderoso, lo he dicho.

13 El Señor dice: Ustedes han dicho cosas muy duras contra mí. Y todavía preguntan: “¿Qué hemos dicho contra ti?”

14 Esto es lo que han dicho: “Servir a Dios es inútil. ¿Qué provecho obtendremos de hacer lo que él manda y de andar vestidos de luto delante del Señor todopoderoso?

15 Hemos visto que los orgullosos son felices, que a los malvados les salen bien las cosas, que ponen a prueba a Dios y no reciben ningún castigo.”

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Entre los judíos de aquella época había personas de carácter muy diferente, aunque compartían los mismos privilegios externos. Así sucede siempre en el mundo y en la iglesia, como mostraban los higos de Jeremías: algunos eran muy buenos y otros muy malos. Unos demostraban claramente que eran hijos de Dios, mientras que otros mostraban con igual claridad que eran hijos del diablo. En un mismo campo hay trigo y cizaña, y en una misma era hay grano y paja. Aquí vemos ambas clases.

En primer lugar, vemos la indignación con que Dios toma nota de las palabras atrevidas y blasfemas de los pecadores en Sion, y su justa ira contra ellas. Es probable que entre ellos hubiera un grupo unido contra la verdadera religión; eran hombres que se creían muy inteligentes y usaban su ingenio para burlarse de la piedad y destruirla. Al hacerlo, se fortalecían unos a otros en el mal. El Señor los acusa de pronunciar palabras traicioneras contra el Rey de reyes: «Sus palabras han sido duras contra mí», dice el Señor. Hablaban contra Dios al criticarlo y contradecirlo, tal como lo habían hecho sus antepasados en el desierto (Salmo 78:19). Se oponían a lo que él decía y a lo que se proponía hacer, como si les hubieran pagado para discutir contra él y contra su causa.

Sus palabras contra Dios eran atrevidas porque procedían del orgullo, la arrogancia y el desprecio hacia él. Hablaban en voz alta, como si no les importara quién los escuchara. No se avergonzaban de sus palabras y querían difundir sus ideas impías e infectar a otros con ellas. Hablaban con seguridad, decididos a sostener lo que decían y sin temor a nadie. Hablaban con insolencia y desdén, comportándose como si no necesitaran vivir bajo el gobierno de Dios. Se mostraban fuertes y listos para luchar contra el Todopoderoso (Job 15:25).

Su respuesta a la acusación fue negarla. Dijeron: «¿Qué hemos hablado contra ti?». O negaban por completo esas palabras, o afirmaban que no las habían dicho contra Dios. Al menos, trataban de hacer que el asunto pareciera insignificante: «¿Qué hemos hablado tanto contra ti para que haya que darle tanta importancia?». No podían negar que habían hablado contra Dios, pero lo consideraban algo sin importancia y se sorprendían de que alguien lo hubiera notado. Parecían decir: «Las palabras son solo viento. Otros han dicho más y han hecho cosas peores. Si no somos tan buenos como deberíamos, tampoco somos tan malos como dicen».

Esto es común entre los pecadores que no han sido convencidos de pecado ni humillados. Niegan o minimizan los pecados de los que se les acusa justamente e insisten en defenderse de las reprensiones de las Escrituras y de su propia conciencia. Pero esa defensa no les servirá.

Entonces el Señor les repite las mismas palabras que habían dicho. Dios lleva cuenta de lo que las personas dicen, así como lleva cuenta de lo que hacen, y se lo hará evidente. Nosotros olvidamos rápidamente nuestras propias palabras y, si fueron incorrectas, estamos dispuestos a negarlas. Pero Dios puede decir: «Tú dijiste esto». Ellos habían hablado como quien ha llegado a una conclusión firme. Decían que no se obtenía nada por servir a Dios, aunque servirlo sí requiere esfuerzo y muchas veces trae sufrimiento. «Es inútil servir a Dios», decían, o: «El que sirve a Dios está desperdiciando su esfuerzo. Trabaja para nada. ¿Qué ganamos con guardar sus ordenanzas y hacer lo que nos ha mandado?». La paráfrasis caldea expresa la misma idea al preguntar qué riquezas habían obtenido, lo cual sugiere que servían a Dios únicamente por dinero y, por tanto, no servían realmente a Dios.

También se quejaban: «Hemos caminado con tristeza, vestidos de negro y con gran dolor delante del SEÑOR de los ejércitos. Nos hemos humillado en las ocasiones apropiadas y aun así no estamos mejor». Esto también pudo haber sido su excusa para negarse a confiar en que Dios los bendeciría cuando entregaran los diezmos (Malaquías 3:10). Era como si dijeran: «Lo hemos puesto a prueba en otros asuntos y salimos perdiendo». Este era un ataque muy injusto e irrazonable contra el servicio a Dios, y hay varias cosas que demuestran que era falso. Actuaban como si realmente hubieran servido a Dios y guardado sus ordenanzas, cuando en realidad solo habían cumplido con la forma externa. No conocían la esencia de la verdadera adoración, así que tenían razón al decir que era inútil. Dios mismo dice que la adoración está vacía cuando el corazón está lejos de él, aunque la boca se acerque (Mateo 15:9). Pero esa falta no es culpa de Dios. Él recompensa a quienes lo buscan con sinceridad y diligencia; la culpa está en quienes lo buscan de manera descuidada.

También daban mucha importancia a su tristeza delante de Dios, cuando en realidad Dios les había pedido que lo sirvieran con alegría y caminaran delante de él con gozo. Según sus propias reglas humanas, habían convertido el servicio a Dios en una carga y luego se quejaban de que era difícil. El yugo de Cristo es fácil. El yugo del anticristo es pesado.

Después se quejaban de que la religión no les producía ningún beneficio. Seguían siendo pobres y afligidos, y estaban rezagados en el mundo. Esta es una antigua forma de incredulidad. Job 21:14-15 presenta la misma queja: «¿Qué beneficio obtenemos si oramos a él?». Elías también acusó a Job de algo parecido en Job 34:9. Quienes se oponen a la religión solo repiten objeciones antiguas que ya han sido respondidas y rechazadas. Esto también puede señalar los errores de los saduceos, un grupo judío de los últimos días de la nación que negaba la vida futura. Entonces podían decir: «Es inútil servir a Dios», lo cual tendría algo de sentido si esta vida fuera todo lo que existe. Pero si nuestra esperanza en Cristo es solamente para esta vida, somos los más miserables de todos (1 Corintios 15:19). Quienes dicen que la religión es inútil o desagradable hacen gran daño al honor de Dios. Eso no es verdad. Los caminos de la sabiduría son agradables, y sus ganancias son mejores que el oro fino.

En segundo lugar, afirmaban que el pecado era el camino al éxito, porque habían visto prosperar a los malvados y escapar del castigo a quienes desafiaban a Dios (Malaquías 3:15). El éxito externo de los pecadores en su pecado muchas veces ha debilitado a los fieles en su obediencia (Salmo 73:13) y también ha animado a los malvados a persistir en su maldad. Quienes hacen el mal tientan a Dios al presumir de su paciencia. Es como si pusieran a prueba si él puede y quiere castigarlos, tal como lo declara su palabra. En efecto, lo desafían a hacer lo peor, provocándolo hasta donde pueden. Sin embargo, quienes tientan a Dios de esta manera muchas veces son rescatados del problema que merecían e incluso elevados a una prosperidad que no merecían.

No solo son levantados una vez. Aun cuando pensábamos que había llegado el momento de su caída y estaban en problemas, fueron librados y establecidos otra vez. La providencia parecía sonreírles de una manera extraña.

Sin embargo, esto no demuestra que las personas orgullosas sean verdaderamente felices. Pueden ser rescatadas y levantadas por un tiempo, pero quedará claro que Dios se opone a ellas. Su orgullo solo es una señal de que su caída está cerca. Por eso es necio llamarlas felices y bendecir a quienes el Señor aborrece. Espera un poco y verás que quienes hacen el mal serán puestos como blancos del juicio de Dios, y que quienes lo tientan serán entregados al tormento. Debemos juzgar las cosas según cómo pronto aparecerán, cuando la sentencia contra estos pecadores orgullosos, anunciada en Malaquías 4:1, se cumpla plenamente.

Aquí también vemos la atención bondadosa con que Dios observa las conversaciones piadosas de los santos en Sion. Él los recompensa con gracia. Aun en aquella época corrupta y sin temor de Dios, cuando la devoción sincera era tan débil e incluso despreciada, algunos conservaron su integridad y su celo por Dios. Veamos cómo se apartaban de los demás y cuál era su carácter. Era lo opuesto al carácter de quienes hablaban tan atrevidamente contra Dios.

Ellos temían al Señor. Ese es el principio de la sabiduría y la raíz de toda verdadera religión. Honraban la grandeza de Dios, se sometían a su autoridad y vivían con un temor sano de su ira en todo lo que pensaban y decían. Se humillaban delante de Dios y nunca pronunciaban palabras orgullosas contra él. En todas las épocas ha habido un remanente, aunque algunas veces fuera muy pequeño, que temía al Señor.

Pensaban en su nombre. Reflexionaban cuidadosamente y meditaban con frecuencia en lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo en su Palabra y por medio de su providencia, es decir, su cuidado sabio y su gobierno sobre todas las cosas. Esa reflexión les resultaba agradable y moldeaba su vida. Pensaban en su nombre y mantenían el honor de Dios delante de ellos como su meta suprema en todo lo que hacían. Quienes conocen el nombre de Dios deben pensar a menudo en él y meditar en él. Es un tema rico y maravilloso, y pensar frecuentemente en él nos ayuda a tener comunión con Dios y despierta en nosotros sentimientos de devoción hacia él.

Hablaban a menudo entre ellos acerca del Dios al que temían y del nombre en el que meditaban constantemente. De la abundancia del corazón habla la boca, y la persona buena saca cosas buenas de un buen tesoro. Quienes temían al SEÑOR se relacionaban unos con otros como amigos y compañeros. Se hablaban con bondad y afecto, para conservar y fortalecer el amor mutuo, de modo que no se enfriara mientras el pecado se extendía por todas partes. Hablaban con sabiduría y de maneras que se ayudaban mutuamente, para aumentar en la fe y en la santidad. Hablaban el lenguaje de quienes temen al SEÑOR y piensan en su nombre: el lenguaje de Canaán.

Cuando la impiedad se había vuelto tan atrevida que pisoteaba todo lo sagrado, quienes temían al SEÑOR hablaban a menudo unos con otros. Entonces, mientras el pecado se expresaba con descaro y sin vergüenza, el pueblo de Dios cobraba ánimo y se fortalecía para oponerse al hipócrita (Job 17:8). Mientras peor se comporten los demás, mejor debemos comportarnos nosotros. Cuando el vicio se muestra sin pudor, la virtud no debe esconderse.

Cuando la religión era objeto de burlas y se tergiversaba, sus defensores hacían todo lo posible por proteger su buen nombre y mantenerla en alta estima. Algunos habían dicho que los caminos de Dios eran sombríos, desagradables, solitarios y tristes. Por eso, quienes temían a Dios demostraban lo contrario mediante la alegría de su comunión y de sus conversaciones afectuosas, y así dejaban sin respuesta la ignorancia de la gente insensata.

Cuando los engañadores trabajaban activamente para confundir a las personas y llenar de prejuicios contra la religión a quienes no tenían cuidado, quienes temían a Dios se esforzaban por protegerse a sí mismos y unos a otros de ese veneno. Lo hacían mediante la enseñanza mutua, las exhortaciones y el ánimo, fortaleciendo las manos de los demás. Las malas compañías corrompen los buenos pensamientos y hábitos, pero las conversaciones sanas los fortalecen.

Dios también los honró y se proponía concederles aún más honor y favor. Quienes hablaban con atrevimiento contra Dios seguramente menospreciaban a quienes le temían. Se burlaban de ellos y trataban de avergonzarlos. Pero eso no debía preocuparles, porque Dios los aprobaba.

Dios observaba sus conversaciones piadosas y estaba complacido de acompañarlos en ellas. El SEÑOR escuchaba y oía, y se agradaba de lo que decían. En Jeremías 8:6, Dios dice que escuchó y oyó lo que decía la gente malvada, pero que sus palabras no eran correctas. Aquí escuchó y oyó lo que decían las personas buenas, porque hablaban correctamente. El Dios lleno de gracia se fija en cada palabra bondadosa que sale de sus hijos. Ellos no necesitan que la gente los escuche ni los elogie. No deben buscar los aplausos humanos ni tratar de llamar la atención sobre sí mismos. Debe bastarles saber que, aunque la conversación sea privada, Dios ve y escucha en secreto, y recompensará públicamente. Cuando los dos discípulos que iban camino a Emaús hablaban acerca de Cristo, él los escuchó, oyó lo que decían, se acercó a ellos y se convirtió en su tercer compañero (Lucas 24:15).

Dios también llevó un registro de todo ello. Delante de él se escribió un libro de memorias. Esto no significa que Dios, quien es eterno, necesite un libro para recordar. Es una manera humana de hablar que muestra que los pensamientos y las acciones piadosas de su pueblo son recordados con tanta atención y plenitud como si estuvieran escritos en un libro, como si se llevara un diario de todas sus conversaciones. Los grandes reyes mandaban escribir libros de memorias y leerlos delante de ellos, con una lista de los servicios que se les habían prestado, cuándo se habían realizado y quién los había hecho, como en Ester 2:23. De la misma manera, Dios recuerda el servicio de su pueblo para que, cuando lo revise, pueda decir: «Bien hecho», y recibirlo en el gozo de su Señor. Dios tiene un libro para las lágrimas y los suspiros de quienes sufren (Salmo 56:8), y mucho más para las oraciones y súplicas de su pueblo. Nunca se ha dicho una palabra buena acerca de Dios o a favor de Dios desde un corazón sincero sin que quede registrada, para que sea recompensada en la resurrección de los justos y nunca pierda su recompensa.

También les promete participar de su gloria futura (Malaquías 3:17): «Serán míos», dice el SEÑOR de los Ejércitos, «el día en que yo reúna mis tesoros». Cuando Dios apartara por completo a la comunidad y a la nación judía por su incredulidad, el remanente que creyera en su palabra, esperara el consuelo de Israel y recibiera a Cristo cuando llegara sería recibido en la iglesia cristiana y se convertiría en el pueblo especial de Dios. Dios cuidaría de ellos para que no perecieran junto con quienes no creían, sino que fueran protegidos en el día de la ira del SEÑOR contra aquella nación. Serían su *segullah*, su tesoro especial, la palabra usada en Éxodo 19:5, el día en que él hiciera lo que había dicho y planeado hacer, como algunos entienden este pasaje.

Estas personas fieles recibirán todos los privilegios gloriosos del Israel de Dios. Esos privilegios les pertenecerán y se manifestarán en ellos. Serán su tesoro especial cuando los demás sean rechazados; serán recipientes de misericordia y honra cuando los demás sean convertidos en recipientes de ira y deshonra, en quienes Dios no se complace. Esto puede aplicarse a todo el pueblo fiel de Dios y a la diferencia clara que él establecerá entre ellos y los demás en el gran día.

Los santos son los tesoros preciosos de Dios. Él los valora mucho y los considera queridos. Los hace hermosos con la belleza que les concede y se complace en gloriarse en ellos. Son como una corona real en su mano (Isaías 62:3). Los considera su propiedad, su tesoro escogido, guardado en su cámara, como el mobiliario de su habitación privada (Salmos 135:4). En comparación con ellos, el resto del mundo es solo escombro.

Se acerca el día en que Dios reunirá sus tesoros. Los recogerá del polvo donde ahora están esparcidos y los reunirá desde todos los lugares donde viven. Enviará a sus ángeles para reunir a sus escogidos, que son sus tesoros, desde los cuatro puntos cardinales del cielo (Mateo 24:31). Reunirá sus tesoros en su casa del tesoro, así como se recoge el grano de muchos campos y se lleva al granero. Entonces todos los santos serán llevados ante Cristo, y solo estarán allí los santos, completos y perfeccionados. Los tesoros de Dios quedarán plenamente colocados en su lugar, como piedras en una corona o estrellas en una constelación.

A quienes ahora reconocen a Dios como suyo, él los reconocerá entonces como suyos. Los declarará públicamente delante de los ángeles y de las personas: «Serán míos». En ese momento su santidad habrá sido completada, y pertenecerán a Dios plena y completamente, sin que quede ningún reclamo del mundo o de la carne sobre ellos. Su relación con Dios será reconocida abiertamente, así como la propiedad que él tiene sobre ellos. Los separará de quienes no le pertenecen y les dará su parte junto con su pueblo. A ellos se les dirá: «Vengan, ustedes, los bendecidos por mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes». A veces han dudado si realmente pertenecen a Dios, pero entonces esa duda quedará resuelta para siempre. Dios mismo les dirá: «Ustedes son míos». Aquello por lo que el mundo ahora se burla de ellos —que pertenecen a Dios— será entonces su gloria, y Dios mismo se gloriará en ello.

También les promete una participación presente en su gracia: «Tendré compasión de ellos, como un hombre tiene compasión de su propio hijo que le sirve». Dios había prometido reclamarlos como suyos y llevarlos a estar con él. Sin embargo, podrían desanimarse al pensar que lo habían ofendido y que él tenía todo el derecho de rechazarlos y desecharlos. A eso responde: «Tendré compasión de ellos. No los trataré conforme a lo que merecen». Algunos entienden estas palabras como: «Me alegraré por ellos», del mismo modo que un novio se alegra por su novia (Isaías 62:5; Sofonías 3:17). Pero la palabra normalmente significa perdonar con compasión y misericordia, como un padre se compadece de sus hijos (Salmos 103:13).

Es nuestro deber servir a Dios con un corazón de hijo. Debemos ser sus hijos por medio del nuevo nacimiento y compartir una vida nueva que procede de Dios. Debemos aceptar el pacto de adopción y recibir el Espíritu que nos lleva a clamar a él como Padre. También debemos ser sus siervos. Dios no quiere que sus hijos crezcan en la pereza. Deben servirle, y hacerlo por amor, con alegría y satisfacción, como quienes sirven para su verdadero bien. Ese es el servicio de un hijo junto a su padre (Filipenses 2:22).

Si servimos a Dios con el corazón de un niño, él nos tratará con la ternura y la compasión de un padre. Aun los hijos de Dios que lo sirven necesitan su misericordia que perdona: la misericordia que evita que seamos consumidos y que nos libra del infierno. Nehemías, después de haber hecho mucho bien, sabía que nadie en la tierra es perfectamente justo, que nadie hace siempre el bien sin pecar y que todo pecado merece la ira de Dios. Por eso oró: «Señor, perdóname conforme a la grandeza de tu misericordia» (Nehemías 13:22). Como Padre, Dios mostrará esa misericordia a sus hijos. No será severo al tomar en cuenta nuestras faltas; más bien, verá lo mejor de nosotros y de nuestros débiles esfuerzos. Disminuirá las aflicciones por las que pasan sus hijos y los salvará de la ruina que merecen. Un padre perdona constantemente a su hijo y lo hace con gusto, porque el muchacho es suyo. De la misma manera, Dios tendrá misericordia de los pecadores humildes que se arrepienten y piden misericordia, como un hombre perdona a su hijo que le sirve, aunque nosotros le sirvamos tan poco y con frecuencia le hagamos mucho mal.

Entonces quedará claramente demostrado que ellos son distintos de los hijos de este mundo (Malaquías 3:18). «Entonces volverán y verán la diferencia entre el justo y el malvado, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve, sino que desprecia su servicio». Ustedes, que ahora hablan contra Dios como si él no hiciera diferencia entre el bien y el mal y por eso dicen: «No sirve de nada servir a Dios» (Malaquías 3:14), entonces reconocerán su error. Y ustedes que intentan hablar en defensa de Dios, pero no saben explicar por qué parece que los justos y los malvados reciben el mismo trato, entonces entenderán claramente el asunto y quedarán satisfechos para siempre. Entonces volverán, es decir, cambiarán de opinión y llegarán a comprenderlo correctamente.

Esto se cumplió primero en la diferencia evidente que la providencia de Dios estableció entre los judíos creyentes y quienes permanecieron en incredulidad, cuando los romanos destruyeron Jerusalén, la iglesia judía y la nación. Pero tendrá su cumplimiento pleno en la segunda venida de Jesucristo, en ese gran día del juicio, cuando la diferencia entre los justos y los malvados será completamente evidente. Todas las personas son justas o malvadas; sirven a Dios o no le sirven. Esta es la línea divisoria que permanecerá para siempre y determinará su estado eterno. Todos irán al cielo o al infierno.

En este mundo, a menudo es difícil distinguir a los justos de los malvados. Están mezclados, como los peces buenos y los malos dentro de la misma red. Los justos suelen ser tan débiles, y los malvados están tan bien disfrazados, que con frecuencia nos equivocamos acerca de unos y otros. Muchos que creemos que sirven a Dios demostrarán no ser sus siervos si su corazón no está bien delante de él. Por otro lado, muchos que verdaderamente son sus siervos fieles quizá no nos hayan parecido servidores de Dios porque no siguieron con nosotros. Lo que hacía especialmente difícil distinguirlos era que la providencia parecía no hacer diferencia entre los justos y los malvados. No se podía identificar a los malvados por la ira de Dios contra ellos, porque a menudo prosperaban en este mundo. Tampoco se podía identificar a los justos por el favor de Dios, porque sufrían junto con los demás las mismas calamidades públicas. Nadie puede determinar el amor o el odio de Dios simplemente por lo que tiene delante (Eclesiastés 9:1).

En el tribunal de Cristo, en el juicio final, será fácil distinguir a los justos de los malvados. Para entonces, el verdadero carácter de cada persona habrá quedado completamente expuesto y todo disfraz habrá desaparecido. Los pecados de algunas personas son evidentes desde ahora, y por eso ya se puede ver que son malvadas. Los de otras no son tan claros, porque sus pecados se manifiestan después. Pero en aquel gran día quedará claro quién era justo y quién era malvado.

El estado de cada persona también quedará establecido para siempre. Los justos serán perfectamente felices, y los malvados serán perfectamente miserables, sin ninguna mezcla de bien ni alivio. Cuando los justos estén a la derecha de Cristo y sean invitados a recibir una bendición, y los malvados estén a su izquierda y se les ordene alejarse con una maldición, la diferencia entre ellos será evidente. Por eso debemos pensar seriamente a cuál de los dos grupos perteneceremos. En cuanto a los demás, no debemos juzgar nada antes de que llegue el momento apropiado.

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