Versículo destacado
Mateo 1:18 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El origen de Jesucristo fue este: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo. "
Mateo 1:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Jacob fue padre de José, el marido de María, y ella fue madre de Jesús, a quien llamamos el Mesías.
17 De modo que hubo catorce generaciones desde Abraham hasta David, catorce desde David hasta la cautividad de los israelitas en Babilonia, y otras catorce desde la cautividad hasta el Mesías.
18 El origen de Jesucristo fue este: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo.
19 José, su marido, era un hombre justo y no quería denunciar públicamente a María, así que decidió separarse de ella en secreto.
20 Ya había pensado hacerlo así cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque su hijo lo ha concebido por el poder del Espíritu Santo.
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El misterio de la encarnación de Cristo debe ser adorado, no examinado más allá de lo que Dios ha revelado. Si no sabemos cómo obra el Espíritu en la formación de las personas comunes, ni cómo se forman los huesos en el vientre de una mujer embarazada (Eclesiastés 11:5), sabemos mucho menos acerca de cómo fue formado el bendito Jesús en el vientre de la virgen bendita. Cuando David se maravilla de que Dios lo haya formado en lo secreto y lo haya tejido con habilidad (Salmo 139:13-16), quizá esté hablando teniendo en mente la encarnación de Cristo.
Mateo presenta algunos detalles del nacimiento de Cristo que Lucas no menciona, aunque Lucas cuenta la historia con mayor amplitud en otros aspectos. Aquí vemos por primera vez que María estaba comprometida con José. María, la madre de nuestro Señor, estaba desposada con José: todavía no estaban plenamente casados, pero había un compromiso formal de matrimonio. Era una promesa solemne para el futuro, hecha bajo la condición de que Dios permitiera que se llevara a cabo. La Escritura habla del hombre que se ha desposado con una mujer, pero todavía no la ha tomado por esposa (Deuteronomio 20:7).
Cristo nació de una virgen, pero de una virgen desposada. Esto honraba el matrimonio y mostraba que el matrimonio es honorable entre todos, en contra de cualquier enseñanza que lo prohíba y diga que la santidad solo se encuentra en permanecer soltero. ¿Quién recibió jamás un honor mayor que el de María durante su compromiso? Esta situación también protegía la buena reputación de la virgen bendita. Su concepción necesitaba estar amparada por una relación matrimonial, para que fuera juzgada correctamente a los ojos del mundo. Un escritor antiguo dijo que era mejor que la gente preguntara: «¿Acaso no es este el hijo de un carpintero?», en vez de: «¿Acaso no es este el hijo de una mujer que ha pecado?».
Este arreglo también le daba a la virgen bendita alguien que la guiara durante su juventud, compartiera su soledad y sus viajes, la ayudara a llevar sus preocupaciones y fuera un compañero adecuado para ella. Algunos piensan que José era viudo, y que los que son llamados hermanos de Cristo (Mateo 13:55) eran hijos de José de un matrimonio anterior. Esa fue la opinión de muchos escritores de la iglesia primitiva. José era un hombre justo, y María era una mujer virtuosa. Los creyentes no deben unirse en matrimonio en yugo desigual con los incrédulos, y quienes viven piadosamente deben escoger también cónyuges piadosos si desean hallar consuelo en esa relación y recibir la bendición de Dios.
También aprendemos de este ejemplo que es sabio entrar en el matrimonio después de pensarlo cuidadosamente, y no con prisa. Es mejor tomarse el tiempo para considerar las cosas antes del matrimonio que encontrar después tiempo para lamentarlo.
Luego vemos el embarazo de María con el hijo prometido, antes de que ella y José se unieran como esposo y esposa. Se descubrió que estaba embarazada, y que el niño verdaderamente procedía del Espíritu Santo. Como el matrimonio se retrasó tanto después del compromiso, parecía estar embarazada antes de que el matrimonio se formalizara públicamente, aunque ya había sido prometida a José antes de concebir. Probablemente fue después de que regresó de visitar a su parienta Elisabet, con quien permaneció tres meses (Lucas 1:56), que José notó que estaba embarazada, y ella no lo negó.
Aquellos en quienes Cristo es formado lo mostrarán. Será evidente que se trata de una obra de Dios, y Dios reconocerá como suya su propia obra. Podemos imaginar la angustia que esto debió causarle a la virgen bendita. Ella sabía que esa concepción procedía de Dios, pero ¿cómo podía demostrarlo? La tratarían como si fuera culpable de un pecado vergonzoso.
Después de recibir un gran honor, debemos esperar algo que nos humille, para no volvernos orgullosos. A veces eso significa deshonra, como una espina en la carne o incluso como una espada en los huesos. Ninguna hija de Eva había recibido jamás un honor tan grande como la virgen María, y sin embargo ella estuvo en peligro de ser acusada de uno de los peores crímenes. Aun así, no la vemos atormentada por ello. Como conocía su propia inocencia, permaneció tranquila y dejó su caso en manos de aquel que juzga con justicia. Quienes conservan una buena conciencia pueden confiar en que Dios también protegerá su buen nombre. Tenemos razones para esperar que él haga evidente no solo su integridad, sino también su honor, como la luz del sol al mediodía.
Luego llegamos a la angustia de José y a la cuidadosa consideración de lo que debía hacer. Podemos imaginar cuán profundamente turbado y decepcionado se sintió al descubrir que la mujer a quien tanto respetaba estaba bajo sospecha de un pecado tan terrible. Quizá pensó: «¿Esta es María? ¡Qué fácil es que nos engañen las personas que consideramos mejores, y qué decepción podemos llevarnos de aquellos en quienes más confiamos!». No estaba dispuesto a creer algo tan malo de alguien a quien tenía en tan alta estima, pero el asunto era demasiado serio para excusarlo y demasiado evidente para negarlo. Esto debió provocar un duro conflicto en su corazón, entre los celos, que pueden ser feroces y crueles, y el afecto que todavía sentía por María.
José intentó evitar el camino más severo. No estaba dispuesto a convertirla en un ejemplo público. Según la ley, una virgen desposada que fuera hallada culpable de inmoralidad sexual debía morir apedreada (Deuteronomio 22:23-24), y él podía haber aplicado esa ley. Pero no quiso usarla contra ella si podía evitarlo. Si era culpable, no quería que el asunto se diera a conocer por medio de él. Su actitud era muy diferente de la de Judá en un caso parecido, cuando Judá dijo rápidamente: «Sáquenla y quémenla» (Génesis 38:24). Es bueno pensar cuidadosamente las cosas, como lo hizo José. Si hubiera más reflexión cuidadosa al emitir nuestros juicios, habría más misericordia y dominio propio en ellos.
Convertir a alguien en un ejemplo público significaba castigarlo de una manera que sirviera de advertencia a los demás. El castigo tenía el propósito de infundir temor y enseñar, para que los ingenuos recibieran la advertencia y se apartaran del mal. Algunas personas severas podrían culpar a José por haber sido tan compasivo, pero la Escritura lo elogia por ello. Como era un hombre justo, no estaba dispuesto a exponerla. Era un hombre bueno y piadoso, y por eso estaba inclinado a mostrar misericordia, como Dios muestra misericordia, y a perdonar como quien ha sido perdonado.
En el caso de una joven desposada, si era atacada en el campo, la ley suponía bondadosamente que había pedido ayuda a gritos (Deuteronomio 22:26). Del mismo modo, José quiso interpretar este asunto de la manera más favorable posible. En esto demostró ser un hombre justo, cuidadoso de la buena reputación de alguien que nunca antes había hecho nada para mancharla. En muchos casos, debemos tratar con gentileza a quienes parecen haber cometido una ofensa. Debemos pensar lo mejor de ellos e interpretar de la mejor manera aquello que al principio parece malo, con la esperanza de que las cosas resulten mejor.
La justicia más estricta a veces es la mayor injusticia. Por eso existen tribunales de equidad, para suavizar la severidad de la ley cuando se necesita misericordia. Quienes son hallados culpables quizá hayan sido sorprendidos en una falta, y por eso deben ser restaurados con espíritu de mansedumbre. Incluso cuando es correcto advertir, la advertencia debe darse con moderación.
José decidió dejarla en secreto; es decir, darle un certificado de divorcio delante de dos testigos y mantener el asunto en privado. Como hombre justo, en el sentido de alguien que guardaba estrictamente la ley, no continuaría con el matrimonio. Sin embargo, por bondad hacia ella, quería hacerlo de la manera más discreta posible.
Observemos que, cuando sea necesario corregir a las personas por sus malas acciones, debe hacerse sin provocar un escándalo público. Las palabras de los sabios se escuchan en la calma. Cristo mismo no contenderá ni gritará. El amor y la sabiduría cristianos cubrirán una multitud de pecados, incluso pecados graves, en la medida en que esto pueda hacerse sin participar en ellos.
El alivio de José en medio de este problema llegó por medio de un mensaje claro del cielo, en Mateo 1:20-21. Mientras pensaba en estas cosas y no sabía qué decidir, Dios le mostró bondadosamente lo que debía hacer y tranquilizó su mente. Observemos que quienes desean recibir dirección de Dios primero deben pensar cuidadosamente por sí mismos. Dios guía a las personas reflexivas, no a las descuidadas. Cuando José había llegado tan lejos como podía con su propio razonamiento, Dios intervino con su consejo.
Con frecuencia, la instrucción de Dios llega a su pueblo precisamente en esos momentos: cuando no sabe qué hacer y ya no puede avanzar por sí mismo. Los consuelos de Dios satisfacen más profundamente al alma cuando sus pensamientos están llenos de preocupaciones. El mensaje llegó a José por medio de un ángel del Señor, probablemente el mismo ángel, Gabriel, que le había anunciado a María la concepción. Ahora comienza a renovarse la comunión con el cielo por medio de los ángeles, que había honrado a los patriarcas tiempo atrás, pero que no se había manifestado durante mucho tiempo. Cuando el Hijo primogénito iba a venir al mundo, se les encargó a los ángeles que atendieran su llegada. No podemos decir hasta dónde puede Dios seguir usando ángeles, invisibles para nosotros, para ayudar a su pueblo en sus dificultades. Pero sí sabemos que todos ellos son espíritus servidores enviados para el bien del pueblo de Dios.
Este ángel se le apareció a José en un sueño mientras dormía, como Dios había hablado algunas veces a los patriarcas de la antigüedad. Cuando estamos en quietud y tranquilos, estamos en mejores condiciones para recibir indicaciones de la voluntad de Dios. El Espíritu se mueve sobre las aguas calmadas. Sin duda, ese sueño llevaba en sí mismo evidencias claras de que provenía de Dios y no de una imaginación insensata.
En primer lugar, a José se le dice que siga adelante con su matrimonio planeado. El ángel lo llama «José, hijo de David», recordándole su vínculo con David para que estuviera preparado para la sorprendente noticia de que estaba relacionado con el Mesías, de quien se sabía que vendría de la descendencia de David. A veces, quienes heredan un gran honor pero tienen pocas riquezas no lo valoran lo suficiente, y necesitan que se les recuerde su noble posición. De la misma manera, a este pobre carpintero se le recuerda su linaje real: «José, valora quién eres. Tú eres hijo de David, por medio de quien continuará la descendencia del Mesías». Algo parecido podemos decirle a todo verdadero creyente: «No temas, hijo de Abraham, hijo de Dios. No olvides el honor de tu nacimiento, de tu nuevo nacimiento».
No temas recibir a María como tu esposa. José, pensando que ella había quedado embarazada por causa del pecado, tenía miedo de casarse con ella, no fuera a traer culpa o vergüenza sobre sí mismo. Pero Dios le dice: «No temas; el asunto no es como piensas». Tal vez María ya le había dicho que estaba encinta por obra del Espíritu Santo, y quizá él había escuchado lo que Elisabet le dijo, llamándola «la madre de mi Señor» (Lucas 1:43). Si fue así, es posible que temiera estar actuando con presunción al casarse con alguien que estaba tan por encima de él. Cualquiera que haya sido la causa de su temor, quedó silenciado por estas palabras: «No temas recibir a María como tu esposa». Observa que es una gran misericordia cuando nuestros temores son quitados y nuestras dudas se resuelven, para que podamos continuar con nuestro trabajo en paz.
En segundo lugar, se le dice la verdad acerca del santo niño que ya crecía en su prometida. Lo que había sido concebido en ella tenía un origen divino. Lejos de correr el peligro de participar en alguna impureza al casarse con ella, José recibiría el honor más grande que podía recibir. Se le dicen dos cosas.
La primera es que ella había concebido por el poder del Espíritu Santo, no por el poder de la naturaleza. El Espíritu Santo, que hizo el mundo, ahora produce al Salvador del mundo y prepara un cuerpo para él, como se había prometido cuando Cristo dijo: «Aquí estoy» (Hebreos 10:5). Por eso se dice que nació de una mujer (Gálatas 4:4), y aun así también es el segundo Adán, el Señor que viene del cielo (1 Corintios 15:47). Él es el Hijo de Dios y, sin embargo, participa lo suficiente de la naturaleza humana de su madre como para ser llamado el fruto de su vientre (Lucas 1:42). Su concepción tenía que ser diferente de un nacimiento humano común, para que, aunque verdaderamente asumiera la naturaleza humana, escapara de su corrupción y mancha, y no fuera concebido ni formado en pecado. Algunas historias hablan de personas que afirmaron falsamente haber sido concebidas por un poder divino, como la madre de Alejandro. Pero nadie lo fue realmente, excepto la madre de nuestro Señor. En esto, como en todo, su nombre es Admirable.
No leemos que la virgen María anduviera contándoles a otros el honor que había recibido, sino que lo guardó en su corazón. Por eso Dios envió un ángel para confirmarlo. Quienes no buscan su propia gloria recibirán honor de parte de Dios. Ese honor está reservado para los humildes.
La segunda es que ella daría a luz al Salvador del mundo (Mateo 1:21). Ella tendrá un hijo. Lo que él será se muestra en el nombre que se le dará: «Llamarás su nombre Jesús», es decir, Salvador. Jesús es el mismo nombre que Josué; solo cambia la terminación para adaptarse al idioma griego. A Josué se le llama Jesús en Hechos 7:45 y Hebreos 4:8, siguiendo la traducción griega usada por los Setenta. Hubo dos hombres con ese nombre en el Antiguo Testamento, y ambos fueron claras figuras de Cristo: Josué, quien guio a Israel cuando se estableció por primera vez en Canaán, y Josué, el sumo sacerdote, cuando el pueblo regresó después del cautiverio (Zacarías 6:11-12).
Cristo es nuestro Josué, tanto el Capitán que guía nuestra salvación como el Sumo Sacerdote que nos representa ante Dios, y en ambos sentidos es nuestro Salvador. Es un Josué que viene en lugar de Moisés y hace por nosotros lo que la ley no pudo hacer, porque era débil. Josué primero se llamaba Oseas, pero Moisés añadió al nombre la primera parte del nombre Jehová y lo convirtió en Jehosúa (Números 13:16), para mostrar que el Mesías que llevaría ese nombre sería Jehová mismo. Por eso él puede salvar por completo, y no hay salvación en nadie más.
La razón de ese nombre es esta: él salvará a su pueblo de sus pecados. No se refiere solamente a la nación judía, pues vino a los suyos y ellos no lo recibieron, sino a todos los que el Padre escogió y le entregó, y a todos los que se han entregado a él por la fe. Él es un rey que protege a sus súbditos y, como los jueces de Israel en la antigüedad, les trae salvación. Observa que a quienes Cristo salva, los salva de sus pecados: de la culpa, por el valor de su muerte, y del poder del pecado, por medio de su Espíritu de gracia.
Al salvar a su pueblo del pecado, Cristo lo salva de la ira, de la maldición y de toda miseria en esta vida y en la venidera. Él vino a salvar a su pueblo no en sus pecados, sino de sus pecados. No compró para ellos una libertad que les permitiera seguir pecando, sino libertad del poder del pecado. Él se entregó para redimirlos de toda iniquidad (Tito 2:14) y para redimirlos de entre la humanidad como un pueblo para sí mismo, separado de los pecadores (Apocalipsis 14:4). Por tanto, quienes se apartan de sus pecados y se entregan a Cristo como su pueblo están incluidos en el Salvador y en la gran salvación que él ha realizado (Romanos 11:26).
El siguiente punto es el cumplimiento de las Escrituras en todo esto. Mateo, que escribía especialmente para lectores judíos, destaca este aspecto con más frecuencia que los demás escritores de los Evangelios. Las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron en el Señor Jesús, lo cual demuestra que él es el que habría de venir y que no debemos esperar a ningún otro. Él es aquel de quien todos los profetas dieron testimonio.
La profecía cumplida en el nacimiento de Cristo fue la promesa que Dios le dio al rey Acaz (Isaías 7:14): «Una virgen concebirá». En ese contexto, el profeta estaba animando al pueblo de Dios a esperar liberación del ataque de Senaquerib, y lo dirigía hacia el Mesías, que vendría del pueblo judío y de la casa de David. Esto dejaba claro que, por muy afligidos que llegaran a estar ese pueblo y esa casa, no podían quedar completamente arruinados mientras Dios aún tuviera preparada para ellos una bendición tan grande.
Las liberaciones que Dios concedió a la iglesia del Antiguo Testamento eran imágenes de la gran salvación que viene por medio de Cristo. Si Dios hará lo mayor, no dejará de hacer lo menor. La profecía comienza correctamente con la palabra «Miren», que llama la atención y despierta asombro. Aquí tenemos el misterio de la piedad, verdaderamente grande: Dios se dio a conocer en carne humana.
La señal dada es que el Mesías nacería de una virgen. «Una virgen concebirá», y por medio de ella él sería manifestado en la carne. La palabra utilizada se refiere a una virgen verdadera, como María afirmó que era: «No conozco varón» (Lucas 1:34). Si significara otra cosa, no habría sido la gran señal que debía ser. Desde el principio se insinuó que el Mesías nacería de una virgen cuando fue llamado la descendencia de la mujer, es decir, la descendencia de la mujer y no solamente de un hombre.
Cristo nació de una virgen no solo porque su nacimiento sería sobrenatural y extraordinario, sino también porque sería santo, puro y sin ninguna mancha de pecado. No nació de una emperatriz ni de una reina, porque no vino con pompa ni gloria externas. Nació de una virgen para enseñarnos la pureza espiritual, a morir a los placeres de los sentidos y a mantenernos sin mancha del mundo y de la carne, para que podamos ser presentados ante Cristo como vírgenes puras.
La verdad demostrada por esta señal es que él es el Hijo de Dios y el Mediador, aquel que se encuentra entre Dios y los seres humanos. Lo llamarán Emanuel, que significa «Dios con nosotros». Es un nombre misterioso, pero precioso. Significa que Dios está entre nosotros en la carne y, por lo tanto, está dispuesto a reconciliarse con nosotros, recibirnos en su pacto y llevarnos a tener comunión con él.
Los judíos tenían a Dios con ellos por medio de sombras y símbolos, pues él habitaba entre los querubines; pero nunca de una manera tan plena como cuando el Verbo se hizo carne. Esa fue la bendita presencia de Dios entre su pueblo. ¡Qué gran paso hacia la paz entre Dios y los seres humanos representa que las dos naturalezas estén unidas en la persona del Mediador! Por esto se convirtió en el intermediario perfecto, capaz de poner su mano sobre ambas partes, ya que participa de la naturaleza de las dos.
En esto vemos el misterio más profundo y la misericordia más abundante que jamás se hayan conocido. A la luz de la naturaleza, vemos a Dios por encima de nosotros. Por medio de la ley, lo vemos contra nosotros. Pero por medio del evangelio, lo vemos como Emanuel: Dios con nosotros, en nuestra propia naturaleza y, aún más, de nuestro lado. En esto, el Redentor mostró su amor.
Podemos comparar el nombre Emanuel con el nombre dado a la iglesia del evangelio: «El Señor está allí» (Ezequiel 48:35). «Jehová-sama» significa «el Señor está allí»; el Señor de los ejércitos está con nosotros. También es válido decir que la profecía de que sería llamado Emanuel se cumplió en su propósito cuando fue llamado Jesús, porque si no hubiera sido Emanuel, Dios con nosotros, no podría haber sido Jesús, el Salvador. Este es el centro de la salvación que él llevó a cabo: reunir a Dios y a los seres humanos. Él se propuso hacer que Dios estuviera con nosotros, lo cual es nuestra gran felicidad, y llevarnos a estar con Dios, lo cual es nuestro gran deber.
José obedeció el mandato divino (Mateo 1:24). Cuando despertó, impulsado por el sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, aunque iba en contra de sus pensamientos y planes anteriores. Recibió a María como su esposa. Lo hizo de inmediato, sin demora, y con alegría, sin discutir. No fue desobediente a la visión celestial.
No debemos esperar recibir ahora una guía tan directa. Aun así, Dios tiene maneras de dar a conocer su voluntad en asuntos inciertos: por medio de indicios en su providencia, del juicio de la conciencia y del consejo de amigos fieles. Por todos estos medios, mientras aplicamos las reglas generales de la Escritura, debemos buscar la dirección de Dios en cada paso de la vida, especialmente en momentos decisivos como el que enfrentó José. Haremos bien, y encontraremos seguridad y consuelo, al hacer lo que él nos dice.
La promesa divina se cumplió (Mateo 1:25): ella dio a luz a su hijo primogénito. Los detalles se relatan con mayor amplitud en Lucas 2:1 y los versículos siguientes. Lo que es concebido por el Espíritu Santo no fracasa, sino que ciertamente nace en el momento señalado. Lo que surge de la voluntad humana muchas veces no llega a nada; pero si Cristo es formado en el alma, Dios mismo ha comenzado la buena obra y la llevará a término. Lo que es concebido por la gracia ciertamente dará fruto en gloria.
También se señala aquí que José, aunque hizo de María, su prometida, su esposa, se mantuvo apartado de ella mientras llevaba en su vientre a este santo niño. No tuvo relaciones con ella hasta que dio a luz a su hijo. Se ha hablado mucho acerca de la virginidad perpetua de nuestro Señor. Jerónimo se opuso firmemente a Helvidio por negarla, pero la Escritura no la demuestra. El doctor Whitby consideraba que, cuando se dice que José no la conoció hasta que dio a luz a su primogénito, esto sugiere que después, una vez que la razón de esa abstinencia había desaparecido, vivió con ella conforme a la ley (Éxodo 21:10).
También se señala que Cristo era el primogénito, y podía ser llamado así aunque su madre no hubiera tenido otros hijos después, de acuerdo con el uso que la Escritura hace de este término.
No es accidental que Cristo sea llamado su primogénito. Él es el primogénito de toda la creación, lo que significa que es el heredero de todas las cosas, y el primogénito entre muchos hermanos, para que tenga el primer lugar en todo.
Entonces José le puso por nombre Jesús, tal como se le había indicado. Puesto que Dios lo había designado para ser el Salvador, y esto estaba expresado en el nombre Jesús, debemos recibirlo como nuestro Salvador. De acuerdo con el nombramiento de Dios, debemos llamarlo Jesús, nuestro Salvador.
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Jesús
-
Simón Pedro Simón Pedro es discípulo de Jesús.
Fuente: Mateo 10:1; Mateo 10:2
Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Lee Mateo 10:1Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado también Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo;
Lee Mateo 10:2 -
Andrés Andrés es discípulo de Jesús.
Fuente: Mateo 10:1; Mateo 10:2
Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Lee Mateo 10:1Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado también Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo;
Lee Mateo 10:2 -
Santiago, hijo de Zebedeo Santiago es discípulo de Jesús.
Fuente: Mateo 10:1; Mateo 10:2
Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Lee Mateo 10:1Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado también Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo;
Lee Mateo 10:2 -
Juan, hijo de Zebedeo Juan es discípulo de Jesús.
Fuente: Mateo 10:1; Mateo 10:2
Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Lee Mateo 10:1Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado también Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo;
Lee Mateo 10:2 -
María, madre de Jesús María es madre de Jesús.
Fuente: Mateo 1:18
El origen de Jesucristo fue este: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo.
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María, madre de Jesús
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José, esposo de María José es esposo de María.
Fuente: Mateo 1:16
Jacob fue padre de José, el marido de María, y ella fue madre de Jesús, a quien llamamos el Mesías.
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Jesús María es madre de Jesús.
Fuente: Mateo 1:18
El origen de Jesucristo fue este: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de que vivieran juntos, se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo.
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José, esposo de María
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María, madre de Jesús José es esposo de María.
Fuente: Mateo 1:16
Jacob fue padre de José, el marido de María, y ella fue madre de Jesús, a quien llamamos el Mesías.
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Explora más relacionesAlgunos datos de relaciones fueron adaptados de BibleData, Brady Stephenson (CC BY 4.0). Datos revisados, traducidos y complementados con referencias bíblicas.
De este capítulo
Mateo 1:1
"Esta es la lista de los antepasados de Jesucristo, quien fue descendiente de David y de Abraham:"
Mateo 1:2
"Abraham fue padre de Isaac; este fue padre de Jacob, y este, de Judá y sus hermanos."
Mateo 1:3
"Judá fue padre de Fares y de Zérah, y la madre de ellos fue Tamar. Fares fue padre de Hesrón, y este, de Aram."
Mateo 1:4
"Aram fue padre de Aminadab; este fue padre de Nahasón, y este, de Salmón."
Mateo 1:5
"Salmón fue padre de Booz, cuya madre fue Rahab. Booz fue padre de Obed, cuya madre fue Rut. Obed fue padre de Jesé,"
Mateo 1:6
"y Jesé fue padre del rey David. El rey David fue padre de Salomón, cuya madre había sido esposa de Urías."
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