Versículo destacado

Marcos 5:35 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús todavía estaba hablando cuando llegaron unos de la casa del jefe de la sinagoga para decirle al padre de la niña: —Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro? "

Marcos 5:35

menu_book El versículo en contexto

33 Entonces la mujer, temblando de miedo y sabiendo lo que le había pasado, fue, se arrodilló delante de él y le contó toda la verdad.

34 Jesús le dijo: —Hija, por tu fe has sido sanada. Vete tranquila y curada ya de tu enfermedad.

35 Jesús todavía estaba hablando cuando llegaron unos de la casa del jefe de la sinagoga para decirle al padre de la niña: —Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?

36 Pero Jesús, sin hacerles caso, le dijo al jefe de la sinagoga: —No tengas miedo; cree solamente.

37 Y no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El pecado y la desobediencia introdujeron la enfermedad y la muerte en el mundo por medio del primer Adán. Pero por la gracia del segundo Adán, Cristo, ambas son vencidas. Cristo ya había sanado una enfermedad incurable, y ahora continúa su triunfo sobre la muerte. Al principio del capítulo, también había triunfado sobre un demonio feroz.

Ahora la triste noticia llega a Jairo: su hija ha muerto. Si Cristo fuera como los demás médicos, habría llegado demasiado tarde. Mientras hay vida, hay esperanza y todavía hay oportunidad de emplear medios; pero cuando la vida se ha ido, parece imposible recuperarla. Por eso el mensajero dice: «¿Para qué molestas más al Maestro?» (Marcos 5:35). En las circunstancias comunes, lo correcto sería decir: «El asunto está decidido, se ha cumplido la voluntad de Dios y me someto. El Señor dio y el Señor quitó. Mientras la niña estaba viva, ayuné y lloré porque pensé: “Quién sabe si Dios todavía tendrá misericordia de mí y la niña vivirá”. Pero ahora que ha muerto, ¿para qué voy a llorar? Yo iré a ella, pero ella no volverá a mí». En un momento así, palabras como esas deberían calmar nuestro corazón, para que nuestra alma descanse como un niño destetado junto a su madre. Pero este caso era diferente. La muerte de la niña no pone fin a la historia, como normalmente sucedería.

Entonces Cristo anima al padre afligido a seguir esperando, para que su petición por la vida de su hija no fuera en vano. Cristo se había detenido en el camino para sanar a otra persona, pero esa demora no perjudicaría a Jairo, ni ayudar a otra persona impediría que Cristo actuara. «No tengas miedo; solo cree». Podemos imaginar a Jairo vacilando, preguntándose si todavía debía pedirle a Cristo que fuera a su casa. Sin embargo, cuando la muerte entra en un hogar, necesitamos la gracia y el consuelo de Dios, así como las oraciones de los ministros y de nuestros hermanos en la fe, tanto como cuando hay enfermedad. Cristo resuelve rápidamente el asunto: no temas que su venida sea inútil; confía solamente en que él hará que todo resulte para bien.

No debemos desesperarnos por nuestros seres queridos que han muerto ni afligirnos como quienes no tienen esperanza. En otro tiempo, Raquel se negó a recibir consuelo por sus hijos, pensando que se habían ido para siempre; pero Dios le dijo: «Detén tu voz del llanto y tus ojos de las lágrimas, porque hay esperanza para tu futuro» (Jeremías 31:16-17). Por tanto, no tengas miedo ni desfallezcas. En un momento así, la fe es el único remedio para el dolor y el temor que perturban el corazón. Que la fe los haga callar: solo cree. Sigue confiando en Cristo y dependiendo de él, y hará lo que sea mejor. Cree en la resurrección y, entonces, no tengas miedo.

Cristo fue con un pequeño grupo a la casa donde yacía la niña muerta. La multitud había acompañado a la mujer necesitada a quien acababa de sanar, pero ahora Cristo la hizo salir. No permitió que nadie lo siguiera, excepto sus tres discípulos más cercanos: Pedro, Santiago y Juan. Eran suficientes testigos para el milagro, pero no tantos como para que pareciera una demostración ostentosa.

Entonces levantó a la niña de entre los muertos. Los detalles son muy parecidos a los que aparecen en Mateo, pero hay varios aspectos que se destacan. Primero, la niña era profundamente amada, porque su familia y sus vecinos lloraban y se lamentaban con gran dolor. Es muy doloroso ver que algo que apenas comenzaba a florecer, como una flor, sea cortado tan pronto, antes de desarrollarse por completo. Segundo, no había duda de que la niña realmente estaba muerta. Cuando se burlaron de Cristo por decir: «No está muerta, sino dormida», su desprecio, aunque pecaminoso, también confirmó que la niña había muerto. Tercero, Cristo hizo salir a quienes expresaban su dolor de manera ruidosa y no tenían suficiente entendimiento de Dios para comprender sus palabras, o se burlaban de ellas en vez de respetarlas. Cuarto, dejó a los padres con él como testigos, porque tenía presente su fe y quería que el milagro sirviera para consolarlos. Ellos eran los verdaderos dolientes, porque permanecían en silencio delante de él.

Quinto, Cristo levantó a la niña mediante una palabra de poder, registrada aquí en el siríaco original, el idioma que Cristo hablaba, para hacer el hecho aún más claro: «Talita, cumi», que significa: «Niña, yo te digo: levántate». El doctor Lightfoot señala que a veces los judíos le decían a una persona enferma: «Levántate de tu enfermedad», con el sentido de: «Esperamos que te recuperes». Pero Cristo le dijo a una persona muerta: «Levántate de entre los muertos», es decir: «Te ordeno que te levantes». Además, los muertos no tienen poder en sí mismos para levantarse; por eso, el poder debe acompañar la orden para hacerla efectiva. «Da lo que ordenas y ordena lo que quieras». Cristo obra mientras ordena y obra por medio de su mandato; por eso puede ordenar lo que quiera, incluso que los muertos se levanten. Esto se parece al llamado del evangelio a las personas que están espiritualmente muertas en sus pecados. No pueden levantarse por sus propias fuerzas, así como la niña tampoco podía hacerlo. Sin embargo, el mandato «Despiértate y levántate de entre los muertos» no es una palabra vacía cuando viene acompañado de «y Cristo te dará luz» (Efesios 5:14). La vida espiritual se recibe por medio de la palabra de Cristo: «Yo te dije: “¡Vive!”» (Ezequiel 16:6).

Sexto, tan pronto como volvió a tener vida, la niña se levantó y caminó (Marcos 5:42). La vida espiritual se manifiesta cuando nos levantamos de la pereza y el descuido y caminamos en una vida piadosa, actuando en el nombre y con la fuerza de Cristo. Incluso quienes tienen doce años deberían comenzar a caminar como personas a quienes Cristo ha levantado a la vida, en vez de vivir en la vanidad vacía de la mente natural.

Séptimo, todos los que lo vieron y todos los que oyeron hablar de ello quedaron asombrados por el milagro y por Aquel que lo había realizado. Se llenaron de un profundo asombro. No podían negar que había sucedido algo extraordinario y grandioso, pero no sabían cómo interpretarlo ni qué conclusión sacar. Su asombro debió haber crecido hasta convertirse en una fe viva, pero se quedó en un silencio atónito.

Octavo, Cristo procuró mantenerlo en secreto. Les ordenó estrictamente que nadie se enterara. Ya había suficientes testigos que conocían el hecho, pero no quería que se difundiera más por el momento. Su propia resurrección sería la gran prueba de su poder sobre la muerte, así que estas señales menores debían esperar hasta que se diera esa prueba mayor. Una parte de la evidencia debía permanecer en privado hasta que la otra parte, sobre la cual recaía el peso principal, estuviera lista.

Noveno, Cristo se aseguró de que le dieran algo de comer a la niña. Esto demostró que no solo había vuelto a la vida, sino que había recuperado completamente la salud, pues tenía apetito. De la misma manera, incluso los creyentes recién nacidos en la casa de Cristo desean la leche pura de la palabra (1 Pedro 2:1-2).

Vale la pena notar que aquí Cristo actuó como lo hizo al principio de la creación. Cuando creó al ser humano, también le proporcionó alimento de inmediato: alimento de la tierra de la cual había sido formado (Génesis 1:29). Del mismo modo, ahora que había dado nueva vida, se aseguró de que se le diera algo de comer.

Si él da vida, también se puede confiar en que dará lo que esa vida necesita. La vida es más que el alimento, como Jesús dijo después (Mateo 6:25). Cuando Cristo da vida espiritual, también proporciona el alimento que la sostiene y la hace crecer hasta alcanzar la vida eterna. Nunca dejará incompleta la obra que sus propias manos han realizado.

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