Versículo destacado

Marcos 1:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Después de que metieron a Juan en la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. "

Marcos 1:14

menu_book El versículo en contexto

12 Después de esto, el Espíritu llevó a Jesús al desierto.

13 Allí estuvo cuarenta días, viviendo entre las fieras y siendo puesto a prueba por Satanás; y los ángeles le servían.

14 Después de que metieron a Juan en la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios.

15 Decía: «Ya se cumplió el plazo señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias».

16 Jesús pasaba por la orilla del Lago de Galilea cuando vio a Simón y a su hermano Andrés. Eran pescadores y estaban echando la red al agua.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este es un relato general de la predicación de Cristo en Galilea. Antes de esto, Juan presenta en los capítulos 2 y 3 un relato de la predicación de Jesús en Judea, algo que los otros evangelistas habían omitido. Ellos se enfocan principalmente en lo que ocurrió en Galilea, porque Jerusalén conocía menos esa región.

Observemos, en primer lugar, cuándo comenzó Jesús a predicar en Galilea: después de que Juan el Bautista fue encarcelado. Cuando Juan terminó su testimonio, Jesús comenzó el suyo. El encarcelamiento de los ministros de Cristo no detendrá el evangelio de Cristo. Si algunos son apartados, otros serán levantados, quizá incluso con más fuerza que antes, para continuar la misma obra.

Observemos, en segundo lugar, qué predicaba: el evangelio del reino de Dios. Cristo vino para establecer el gobierno de Dios entre las personas, de modo que se sometieran a él y fueran salvas por medio de él. Lo hizo predicando el evangelio, acompañado por el poder que obraba junto con su mensaje. Las verdades principales que predicaba eran estas: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado». Esto señala a las promesas del Antiguo Testamento acerca del reino del Mesías y al tiempo establecido para su llegada. Ellos no tenían suficiente conocimiento de esas profecías ni prestaban suficiente atención a las señales de los tiempos para reconocerlo por sí mismos, así que Cristo les advirtió. El tiempo señalado ya estaba cerca. Estaban a punto de manifestarse una gran luz, vida y amor de parte de Dios. Estaba por comenzar una nueva manera de relacionarse con las personas, mucho más espiritual y celestial que todo lo que habían conocido antes. Dios cumple sus tiempos. Cuando se cumple el tiempo señalado, el reino de Dios se acerca, porque la visión tiene un tiempo establecido y llegará exactamente cuando Dios lo haya determinado, aunque a nosotros nos parezca que se demora.

De esa verdad, Cristo dedujo los deberes principales. Les indicó en qué tiempo estaban para que supieran lo que Israel debía hacer. Ellos habían esperado neciamente que el Mesías viniera con gloria y poder externos, no solo para liberar a la nación judía del dominio romano, sino también para hacer que Israel gobernara sobre sus vecinos. Por eso, al oír que el reino de Dios estaba cerca, pensaron que debían prepararse para la guerra, la victoria y el ascenso terrenal. Pero Cristo les dijo que, en vista de ese reino, debían arrepentirse y creer en el evangelio. Habían quebrantado la ley moral de Dios y no podían ser salvos mediante un pacto de inocencia, porque tanto judíos como gentiles están bajo culpa. Por lo tanto, debían aferrarse al pacto de gracia, el acuerdo misericordioso por medio del cual Dios salva a los pecadores, y responder como este pacto exige: con arrepentimiento delante de Dios y fe en nuestro Señor Jesucristo.

Por medio del arrepentimiento debemos lamentar nuestros pecados y apartarnos de ellos. Por medio de la fe debemos recibir el perdón de nuestros pecados. Al arrepentirnos, damos gloria a nuestro Creador, a quien hemos ofendido. Al creer, damos gloria a nuestro Redentor, quien vino a salvarnos de nuestros pecados. Estas dos cosas deben ir juntas. No debemos pensar que cambiar nuestra conducta nos salvará sin confiar en la justicia y la gracia de Cristo. Tampoco debemos pensar que confiar en Cristo nos salvará sin un corazón y una vida transformados. Cristo unió el arrepentimiento y la fe, y nadie debe separarlos. Ambos se apoyan mutuamente. El arrepentimiento despierta la fe, y la fe hace que el arrepentimiento sea verdaderamente moldeado por el evangelio. La sinceridad de ambos debe manifestarse en una vida cuidadosa y obediente, conforme a todos los mandamientos de Dios. Así comenzó la predicación del evangelio, y así continúa todavía. El llamado sigue siendo: arrepiéntanse, crean y vivan una vida de arrepentimiento y fe.

Después aparece Cristo como maestro, y junto con esto viene su llamado a los discípulos en Marcos 1:16-20. Cristo tendrá seguidores. Si establece una escuela, tendrá estudiantes. Si levanta su estandarte, tendrá soldados. Si predica, tendrá oyentes. Él ha tomado medidas eficaces para asegurarlo, porque todos los que el Padre le ha dado ciertamente acudirán a él.

Las personas que Cristo escogió para establecer su reino fueron las cosas débiles y necias del mundo. No las escogió del gran concilio judío ni de las escuelas rabínicas, sino de entre pescadores comunes a la orilla del mar. De esta manera, quedaría claro que la grandeza del poder pertenecía solamente a Dios y no a ellos.

Aunque Cristo no necesita la ayuda humana, se complace en usarla para edificar su reino. Lo hace para relacionarse con nosotros de una manera cercana y familiar, no de una manera aterradora. En su reino, los líderes y gobernantes deben surgir de entre nosotros mismos (Jeremías 31:21).

Cristo honra a quienes son humildes ante los ojos del mundo, pero diligentes en su trabajo y afectuosos unos con otros. Así eran estos hombres cuando Cristo los llamó. Los encontró trabajando y trabajando juntos. La dedicación y la unidad son buenas y agradables, y allí el Señor Jesús concede una bendición, esta misma bendición: «Sígueme».

La obra de los ministros consiste en pescar almas y ganarlas para Cristo. En su estado natural, las personas están perdidas. Andan sin dirección en el ancho mar de este mundo y son arrastradas por sus corrientes. No producen fruto. Como el leviatán, una gran criatura marina, juegan en las aguas. A menudo, como los peces en el mar, se destruyen unos a otros. Cuando los ministros predican el evangelio, echan la red al agua (Mateo 13:47). Algunos son recogidos y llevados a la orilla, aunque la mayoría escapa. Los pescadores trabajan arduamente y enfrentan peligros; lo mismo sucede con los ministros. Necesitan sabiduría. Aunque muchas capturas no produzcan nada, deben perseverar.

Quienes son llamados por Cristo deben dejarlo todo para seguirlo, y por su gracia él los inclina a hacerlo. Esto no significa que debamos abandonar de inmediato el mundo, sino que debemos mantenerlo en una posición secundaria y renunciar a cualquier cosa que nos impida obedecer a Cristo o que perjudique nuestra alma si la conservamos. Marcos señala que Santiago y Juan dejaron no solo a su padre, como dice Mateo, sino también a los jornaleros, a quienes quizá amaban como hermanos, pues trabajaban juntos y compartían una grata compañía. Por lo tanto, no solo los familiares, sino también los compañeros y los viejos amigos deben quedar en segundo lugar por causa de Cristo. Esto también puede mostrar que se preocuparon por su padre, porque no lo dejaron sin ayuda, sino que dejaron a los jornaleros con él. Grocio considera que este detalle muestra que su trabajo era productivo, pues tenían trabajadores que los ayudaban y su labor se echaría de menos. Sin embargo, aun así lo dejaron todo.

Aquí encontramos un relato particular de la predicación de Cristo en Capernaúm, una de las ciudades de Galilea. Juan el Bautista escogió predicar en el desierto, y lo hizo bien y produjo fruto allí. Pero eso no significa que Jesús tuviera que hacer lo mismo. Las inclinaciones y las oportunidades de los ministros pueden ser muy diferentes, y aun así ambos pueden estar cumpliendo con su deber y sirviendo fielmente. Cuando Cristo llegó a Capernaúm, de inmediato se dedicó allí a su obra y aprovechó la primera oportunidad para predicar el evangelio.

Quienes consideran cuidadosamente cuánto trabajo tienen y qué poco tiempo tienen para realizarlo no querrán desperdiciar ningún momento.

Cristo guardaba con cuidado el día de reposo. No lo hacía aferrándose a las tradiciones de los ancianos ni perdiéndose en todos los detalles sobre el descanso sabático. Lo honraba de una manera mejor: dedicándose a la obra propia del día de reposo, pues el descanso sabático había sido apartado para ese propósito.

Los días de reposo deben guardarse como santos mediante el culto congregacional, siempre que tengamos la oportunidad de reunirnos. Es un día santo y debe distinguirse por una reunión santa del pueblo de Dios. Esta era la buena práctica de tiempos antiguos (Hechos 13:27; Hechos 15:21). En el día de reposo, es decir, cada sábado cuando llegaba, Jesús entraba en la sinagoga.

En esas reuniones del día de reposo se debe predicar el evangelio, y se debe enseñar la verdad que está en Jesús a quienes desean aprender. Cristo era diferente de cualquier otro predicador. No enseñaba como los escribas, quienes repetían de memoria la ley de Moisés como estudiantes que recitan una lección. En realidad, no la conocían íntimamente ni estaban conmovidos por ella, así que su enseñanza no nacía del corazón y carecía de verdadera autoridad. Cristo enseñaba como alguien que tenía autoridad, como alguien que conocía la mente de Dios y había sido enviado para darla a conocer.

Hay mucho en la enseñanza de Cristo que nos asombra. Cuanto más la escuchamos, más razones tenemos para admirarla.

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