Versículo destacado

Lucas 9:51 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando se acercaba el tiempo en que Jesús había de subir al cielo, emprendió con valor su viaje a Jerusalén. "

Lucas 9:51

menu_book El versículo en contexto

49 Juan le dijo: —Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros.

50 Jesús le respondió: —No se lo prohíban, porque el que no está contra nosotros está a nuestro favor.

51 Cuando se acercaba el tiempo en que Jesús había de subir al cielo, emprendió con valor su viaje a Jerusalén.

52 Envió mensajeros por delante, quienes fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento;

53 pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque se daban cuenta de que se dirigía a Jerusalén.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta historia se encuentra únicamente en este Evangelio. Lucas parece colocarla aquí porque encaja con el relato inmediatamente anterior, en el que Cristo corrigió a sus discípulos por los celos que sentían por causa de su nombre. Allí querían silenciar a quienes no formaban parte de su grupo, aunque afirmaban estar defendiendo a Cristo. Aquí, con la misma excusa, querían destruir a quienes no creían. Cristo reprendió ambas actitudes, porque un espíritu duro, estrecho y perseguidor es lo opuesto a Cristo y al verdadero cristianismo.

Observemos, en primer lugar, la disposición y el firme propósito de nuestro Señor Jesús al llevar a cabo su gran obra de redimirnos y salvarnos. Lucas 9:51 nos da un claro ejemplo: «Sucedió que, cuando llegó el tiempo de que fuera recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén». Había un tiempo determinado para el sufrimiento y la muerte de Jesús. Él lo conocía bien y veía claramente que se acercaba, pero no se escondió de ello. Al contrario, estuvo más dispuesto a actuar y se mostró más decidido cuando su tiempo era corto.

Cuando vio que se acercaban su muerte y sus sufrimientos, miró a través de ellos y más allá de ellos, hacia la gloria que vendría después. Vio ese momento como el tiempo en que sería recibido arriba en gloria (1 Timoteo 3:16), llevado al cielo más alto y sentado allí con honor. Moisés y Elías hablaron de su muerte como su partida de este mundo, lo cual la hacía menos aterradora. Pero Jesús fue más allá y la vio como su traslado a un mundo mejor, lo cual la hacía deseable.

Todos los verdaderos cristianos pueden pensar en la muerte de la misma manera. Pueden verla como ser «recibidos arriba», como ir a estar con Cristo donde él está. Cuando ese momento se acerque, deben levantar la cabeza, porque su redención está cerca.

Al contemplar el gozo que tenía delante, «afirmó su rostro» para ir a Jerusalén, el lugar donde sufriría y moriría. Estaba completamente decidido a ir y no permitiría que nada lo desviara. Se dirigió directamente a Jerusalén, porque allí estaba ahora su obra, y no tomó un desvío por otras ciudades. Si hubiera seguido su ruta habitual, podría haber evitado Samaria. Fue allí voluntaria y valerosamente, aunque sabía lo que le esperaba.

No fracasó ni se desanimó, sino que afirmó su rostro como una roca, sabiendo que no solo sería vindicado, es decir, que se demostraría que tenía la razón, sino también glorificado (Isaías 50:7). Sabía que no sería humillado, sino recibido arriba. Esto debería avergonzarnos por nuestra lentitud para hacer y sufrir por Cristo. A menudo retrocedemos y nos apartamos de su servicio, mientras que él enfrentó con firmeza toda oposición para llevar a cabo nuestra salvación.

En segundo lugar, observemos el trato descortés que Jesús recibió de una aldea samaritana, cuyo nombre no se menciona y que no merece ser mencionado, pues se negó a recibirlo o siquiera a dejarlo descansar allí. Primero, veamos cuán cortés fue él con ellos. Envió mensajeros delante, algunos de sus discípulos, para conseguir alojamiento y preguntar si él y su grupo podían quedarse entre ellos. No iba con la intención de ofenderlos, y quería evitarles dificultades debido al tamaño de su grupo. Envió personas por delante para hacer los preparativos, no para lucirse, sino por consideración práctica y para que su llegada no los tomara por sorpresa.

Luego, veamos cuán descorteses fueron ellos con él. No quisieron recibirlo ni permitirle entrar en su aldea. Por así decirlo, pusieron guardias para mantenerlo fuera. Él habría pagado por todo lo que necesitara y habría sido un huésped generoso. Les habría hecho bien y les habría predicado el evangelio, como ya lo había hecho en otra ciudad de Samaria (Juan 4:41). Si se lo hubieran permitido, habría sido la mayor bendición que su aldea hubiera visto jamás. Sin embargo, lo rechazaron.

Este tipo de trato se le ha dado muchas veces al evangelio de Cristo y a sus ministros. En este caso, la razón fue que su rostro estaba dirigido hacia Jerusalén. Por su dirección, podían darse cuenta de que se dirigía allí. La gran disputa entre judíos y samaritanos tenía que ver con el lugar de adoración: si debía ser Jerusalén o el monte Gerizim, cerca de Sicar (Juan 4:20). El conflicto entre ellos era tan intenso que los judíos no se relacionaban con los samaritanos, y los samaritanos tampoco con los judíos (Juan 4:9).

Podemos suponer que normalmente no se negaban a dar alojamiento a otros judíos, ni siquiera a quienes viajaban a Jerusalén para la fiesta. Si esa hubiera sido su práctica habitual, Jesús no lo habría intentado, y muchos galileos habrían tenido que tomar un largo desvío para llegar a Jerusalén. Pero estaban especialmente molestos con Cristo, un maestro conocido, porque él honraba el templo de Jerusalén y permanecía fiel a él, aunque los sacerdotes de allí fueran sus enemigos. Esperaban que esto lo llevara a dirigirse a su propio templo y le diera honra. Cuando vieron que todavía tenía la intención de seguir hacia Jerusalén, le negaron incluso la cortesía común que probablemente le habían mostrado en viajes anteriores.

En tercer lugar, observemos la indignación que sintieron Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, ante este insulto. Cuando escucharon el informe, se enfurecieron de inmediato y quisieron que aquella aldea recibiera un juicio como el de Sodoma. «Señor», dijeron, «¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?». Había algo bueno en su reacción. Demostraron una fuerte confianza en el poder que Jesús les había dado. Aunque ese poder no había sido mencionado en la comisión que habían recibido, creían que podían hacer descender fuego con una sola palabra. También mostraron celo por el honor de su Maestro. Les ofendía profundamente que aquel que había hecho el bien dondequiera que iba y que había sido recibido con cariño fuera rechazado por un pequeño grupo de samaritanos.

También mostraron sumisión a la voluntad de su Maestro. No harían algo así a menos que Cristo les diera permiso: «¿Quieres que lo hagamos?». Además, estaban pensando en el ejemplo de Elías. Recordaban cómo Elías había hecho descender fuego sobre los soldados enviados para arrestarlo, en dos ocasiones, en 2 Reyes 1:10 y 2 Reyes 1:12. Pensaban que ese ejemplo les daba autoridad, lo cual demuestra con cuánta facilidad podemos hacer un mal uso de los ejemplos de personas buenas. Podemos tratar de justificar nuestras propias acciones equivocadas señalándolas, aunque las circunstancias no sean las mismas.

Había algo de verdad en lo que dijeron Jacobo y Juan, pero había mucho más que estaba mal. Esta no era la primera vez que Jesús recibía un insulto. En una ocasión, la gente de Nazaret lo había expulsado de su ciudad, y los gadarenos le habían rogado que se fuera de su región; sin embargo, él no hizo descender juicio sobre ellos. Simplemente soportó el agravio con paciencia.

Estos eran samaritanos, y en realidad no se esperaba de ellos un comportamiento mejor. También es posible que hubieran oído que Cristo les había dicho a sus discípulos que no fueran a las ciudades samaritanas (Mateo 10:5). Si así fuera, su culpa no era tan grave como la de quienes conocían más acerca de Cristo y habían recibido tantas bendiciones de él.

También puede ser que solo unas pocas personas de la ciudad supieran algo acerca de la situación, o que solo unas cuantas hubieran enviado aquel mensaje descortés. Hasta donde Jacobo y Juan sabían, muchos otros allí habrían recibido a Jesús con gusto si hubieran sabido que estaba cerca. ¿Debería quedar destruida toda la ciudad por la maldad de unos pocos? ¿Deberían ser destruidos los justos junto con los malvados?

Su Maestro nunca había pedido que descendiera fuego del cielo. De hecho, cuando los fariseos le exigieron una señal del cielo, él se negó a dársela (Mateo 16:1-2). Entonces, ¿por qué Jacobo y Juan esperaban provocar ese tipo de juicio? Jesús los había llamado Boanerges, que significa «hijos del trueno» (Marcos 3:17). ¿No era suficiente eso, sin que intentaran ser también hijos del relámpago?

El ejemplo de Elías no correspondía a este caso. Elías había sido enviado para mostrar los terrores de la ley y enfrentarse con valentía a la idolatría y la maldad de la corte de Acab; por eso era apropiado que su llamado fuera confirmado de esa manera. Pero ahora Cristo estaba inaugurando una era de gracia, y una manifestación tan terrible de juicio no correspondía a ese mensaje. El arzobispo Tillotson sugiere que estar cerca de Samaria, precisamente el lugar donde Elías había pedido que descendiera fuego del cielo, pudo haberles traído esa idea a la mente. Pero aunque el lugar fuera el mismo, los tiempos habían cambiado.

Entonces Jesús reprendió a Jacobo y a Juan por su celo ardiente y furioso (Lucas 9:55). Se volvió hacia ellos con justa indignación y los corrigió, porque él reprende y disciplina a quienes ama, especialmente cuando actúan de una manera que no está en armonía con él mientras afirman que lo están sirviendo.

Primero les mostró su error: «Ustedes no saben de qué espíritu son». Esto significa, en primer lugar, que no se daban cuenta de los malos motivos que se escondían debajo de su celo. Probablemente había orgullo, enojo y deseos de venganza personal en su corazón, aunque ellos pensaban que estaban honrando a su Maestro. En el corazón de las personas buenas puede esconderse mucha corrupción, y quizá ni siquiera se den cuenta de ello.

En segundo lugar, no entendían qué clase de espíritu debían tener. Todavía les faltaba mucho por aprender acerca del espíritu de Cristo y del cristianismo. ¿Acaso no les habían enseñado a amar a sus enemigos, bendecir a quienes los maldicen y pedirle a Dios gracia, no fuego, para quienes se oponían a ellos? Su actitud era completamente contraria al espíritu que el evangelio debía producir en ellos. Ya no estaban bajo un sistema marcado por la esclavitud, el terror y la muerte, sino bajo uno marcado por el amor, la libertad y la gracia. Esa nueva era llegó con el mensaje de paz en la tierra y buena voluntad para con los seres humanos, y ellos debían dejar que ese mensaje moldeara su vida.

Entonces mostró el propósito general de su religión: «El Hijo del Hombre no vino para destruir la vida de las personas, sino para salvarlas» (Lucas 9:56). Vino a extender su santa religión por medio del amor, la mansedumbre y todo lo que atrae a las personas, no por medio del fuego, la espada, la sangre y la matanza. Hizo milagros de sanidad, no de plagas y destrucción. Cristo vino a poner fin al odio, no a alimentarlo.

Están muy lejos del espíritu del evangelio quienes quieren destruir por la fuerza y la persecución a todo el que no piensa o actúa como ellos. Cristo vino no solo a salvar almas, sino también a preservar la vida. Sus muchos milagros de sanidad lo demuestran, al igual que muchos otros actos de bondad. Él quiere que sus discípulos hagan el bien a todas las personas en la medida de sus posibilidades y que no hagan daño a nadie. Quiere atraer a las personas a su iglesia mediante la bondad y el amor, no obligarlas a entrar por medio de la violencia o de palabras ásperas.

Entonces Jesús se retiró de aquel pueblo. No los castigó por su rudeza ni insistió en su derecho a transitar por aquel camino, que estaba tan abierto para él como para cualquier otra persona. No trató de abrirse paso por la fuerza, sino que se dirigió tranquilamente a otro pueblo donde la gente era menos estrecha de mente y menos hostil. Allí descansó y continuó su camino. Cuando la oposición es fuerte, muchas veces la sabiduría aconseja apartarse de ella en vez de enfrentarla. Si algunas personas son groseras, no debemos responder con venganza, sino ver si otras estarán dispuestas a tratarnos con más respeto.

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