Versículo destacado
Lucas 9:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Un día, mientras Jesús estaba orando solo y sus discípulos estaban con él, les preguntó: —¿Quién dice la gente que soy yo? "
Lucas 9:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Luego Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, pronunció la bendición sobre ellos. Después los partió y se los dio a sus discípulos para que los distribuyeran entre la gente.
17 La gente comió hasta quedar satisfecha, y recogieron en doce canastos los pedazos sobrantes.
18 Un día, mientras Jesús estaba orando solo y sus discípulos estaban con él, les preguntó: —¿Quién dice la gente que soy yo?
19 Ellos respondieron: —Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que eres Elías; y otros, que eres uno de los antiguos profetas que ha resucitado.
20 —Y ustedes, ¿quién dicen que soy? —les preguntó. Pedro le respondió: —Eres el Mesías de Dios.
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En estos versículos, Cristo habla con sus discípulos acerca de las grandes realidades del reino de Dios. Lucas incluye un detalle que los otros escritores de los Evangelios no mencionan: Cristo estaba orando a solas, con sus discípulos cerca, cuando comenzó esta conversación (Lucas 9:18).
Observemos, en primer lugar, que, aunque Cristo tenía mucho trabajo público que hacer, todavía apartaba tiempo para estar a solas. Usaba ese tiempo para estar consigo mismo, con su Padre y con sus discípulos. Cuando Cristo estaba a solas, oraba. Es bueno que usemos nuestros momentos de soledad para orar, de modo que, cuando estemos solos, en realidad no lo estemos, porque el Padre está con nosotros.
Observemos también que, mientras Cristo estaba a solas y oraba, sus discípulos estaban con él para unirse a la oración. Era una especie de oración familiar. Quienes dirigen un hogar deben orar con las personas que están bajo su cuidado: los padres con sus hijos, quienes tienen autoridad con quienes están a su cargo, y los maestros con sus estudiantes. Cristo oró con ellos antes de hacerles preguntas, para que sus oraciones por ellos los ayudaran y animaran a responder. Por aquellos a quienes enseñamos, también debemos orar y orar junto con ellos.
Después habló con ellos acerca de sí mismo y les preguntó qué decía la gente sobre él: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Cristo ya conocía la respuesta, pero quería que sus discípulos vieran, por medio de los errores de los demás, qué bendecidos eran al conocer la verdad acerca de él. Debemos observar la ignorancia y los errores de otros para agradecer más a aquel que se nos ha dado a conocer y no al mundo. También debemos compadecernos de ellos y hacer lo que podamos para ayudarlos y enseñarles mejor.
Los discípulos informaron las opiniones que habían escuchado de la gente común. Los ministros comprenderían mejor cómo orientar su enseñanza, corrección y consejo si pasaran más tiempo hablando con la gente común. Así sabrían corregir mejor las ideas equivocadas, enderezar la mala conducta y quitar los prejuicios. Cuanto más tiempo pasa un médico con un paciente, mejor sabe cómo ayudarlo. Algunos decían que Cristo era Juan el Bautista, quien había sido decapitado poco tiempo antes. Otros decían que era Elías o uno de los profetas antiguos. La gente estaba dispuesta a decir cualquier cosa, excepto la verdad.
Luego Cristo preguntó qué creían ellos mismos. En otras palabras, les estaba diciendo: «Ustedes saben más». Pedro respondió por todos: «Tú eres el Cristo de Dios», es decir, el Ungido de Dios, el Mesías prometido. Es un consuelo profundo para nosotros saber que Jesús es el Ungido de Dios, porque eso significa que tiene autoridad y poder indiscutibles para realizar la obra para la que vino. Ser ungido significa que fue designado para esa tarea y que está plenamente capacitado para cumplirla.
Uno podría esperar que Cristo les ordenara a sus discípulos anunciar esto de inmediato a todos, pero no lo hizo. Les ordenó estrictamente que todavía no se lo dijeran a nadie, porque todo tiene su debido momento. Después de su resurrección, que demostraría plenamente la verdad, Pedro declararía abiertamente que Dios había hecho Señor y Cristo a ese mismo Jesús (Hechos 2:36). Pero esa prueba todavía no estaba completa, así que el asunto debía permanecer oculto por un tiempo. Mientras siguiera oculto, podemos concluir que creerlo todavía no era necesario para la salvación de la misma manera en que lo sería después de que se diera toda la prueba.
Entonces Cristo habló de su propio sufrimiento y muerte, algo que todavía no había explicado mucho. Ahora que sus discípulos estaban firmemente convencidos de que él era el Cristo y podían soportar más, habló con claridad y confianza (Lucas 9:22). Esto también explica por qué todavía no debían anunciar que él era el Cristo, pues los acontecimientos extraordinarios relacionados con su muerte y resurrección darían la prueba más clara de que verdaderamente era el Cristo de Dios. Fue al ser exaltado a la diestra del Padre y mediante el don del Espíritu que vino después (Hechos 2:33) como se manifestó plenamente que era el Cristo. Por eso debían esperar hasta que todo esto ocurriera.
También habló de los sufrimientos que ellos enfrentarían por causa de él. No solo debían dejar de intentar impedir sus sufrimientos, sino también prepararse para los suyos. Debían ejercitarse en negarse a sí mismos y tener paciencia (Lucas 9:23). Esa es la mejor preparación para el martirio. Debemos vivir negándonos a nosotros mismos, apartándonos de los deseos egoístas y de la atracción del mundo. No debemos alimentar demasiado nuestro deseo de comodidad ni nuestros apetitos, porque entonces será difícil soportar por Cristo el trabajo arduo, el cansancio y la escasez.
Con frecuencia enfrentamos dificultades en el camino del deber. No debemos provocarnos sufrimientos innecesariamente, pero cuando se nos ponga una cruz delante, debemos tomarla, seguir a Cristo y llevarla lo mejor que podamos. Debemos poner la salvación y la felicidad de nuestra alma por encima de toda preocupación mundana.
Debemos tener esto por seguro: quien niega a Cristo y su verdad para proteger su libertad, sus bienes, su poder, su progreso o incluso su propia vida, peca contra Dios y actúa en contra de su propia conciencia. Al final, no será quien se salva, sino quien pierde de manera indescriptible. Tal vez logre conservar su vida exteriormente por un momento, pero perderá algo mucho más valioso: su preciosa alma.
También debemos creer firmemente que, si perdemos la vida por permanecer fieles a Cristo y a nuestra fe, la salvaremos para nuestra gran ganancia. Recibiremos una abundante recompensa en la resurrección de los justos, cuando recibamos de nuevo una vida nueva y eterna. Y aun si una persona pudiera obtener toda la riqueza, el honor y el placer del mundo al apartarse de Cristo, todo eso seguiría siendo insignificante en comparación con la pérdida y la ruina eternas del alma (Lucas 9:25). Si alguien gana el mundo entero y luego se pierde para siempre, ¿de qué le sirve esa ganancia?
En Mateo y Marcos, el terrible resultado se describe como perder la propia alma. Aquí se describe como perderse a uno mismo, lo cual muestra claramente que el alma es el verdadero ser de la persona. El alma es la persona. Una persona está bien o mal según la condición de su alma. Si el alma perece para siempre bajo el peso de la culpa y la corrupción, toda la persona queda arruinada. El cuerpo no puede ser feliz si el alma está sufriendo en la vida venidera. Pero el alma puede estar feliz incluso cuando el cuerpo sufre enormemente en este mundo.
Si una persona se pierde a sí misma, si queda arruinada o es castigada, si la justa sentencia de Cristo impone una pena sobre su alma porque se ha vuelto traidora a la causa y los intereses de Cristo, entonces ¿dónde está su ganancia? Si toda su felicidad se pierde, ¿qué esperanza le queda? El punto es claro: si obtener el mundo le cuesta a una persona su alma, ese negocio termina en ruina.
Por eso nunca debemos avergonzarnos de Cristo ni de su evangelio, ni de la deshonra o el desprecio que resulten de serle fieles a él y a su verdad (Lucas 9:26). Quien se avergüenza de Cristo y de sus palabras, también será objeto de vergüenza para el Hijo del Hombre, y con toda razón. Cuando Cristo necesitaba que esa persona defendiera su honor y su obra, se negó a hacerlo porque la causa de Cristo era despreciada y rechazada por todas partes. Entonces, en el gran día, cuando esa persona necesite que Cristo la defienda, Cristo no reconocerá un espíritu cobarde, mundano y escondido. Dirá: «No es mío; no me pertenece».
Así como Cristo tuvo un tiempo de humillación y tendrá un tiempo de exaltación, su causa también tiene ambas cosas. Solo quienes están dispuestos a sufrir con él cuando sufre reinarán con él cuando reine. Pero quienes no pueden soportar compartir su vergüenza ni decir: «Si esto significa que me traten como alguien sin valor, aun así estaré dispuesto a soportarlo», no tendrán parte en su triunfo.
Cristo se fortalece a sí mismo y fortalece a sus seguidores en medio de la vergüenza presente al hablarles de la gloria de su segunda venida. Con la mirada puesta en ese día, soportó la cruz y despreció la vergüenza. Él vendrá en su propia gloria. Lucas no menciona este detalle como lo hacen Mateo y Marcos. Vendrá en la gloria del Mediador, aquel que se interpone entre Dios y la humanidad. Esto incluye toda la gloria que el Padre le devolvió: la gloria que tenía con Dios antes de que el mundo existiera, la gloria que, por así decirlo, dejó a un lado para llevar a cabo su obra y que volvió a recibir después de terminarla (Juan 17:4-5). También vendrá con toda la gloria que el Padre le dio cuando lo sentó a su diestra y lo hizo cabeza de todas las cosas para la iglesia. Es la gloria que recibió por defender el honor de Dios y por llevar gloria a todos los santos.
También vendrá en la gloria de su Padre. El Padre le ha dado la tarea de juzgar al mundo, y en aquel día lo reconocerá públicamente como el resplandor de su gloria y la imagen exacta de su ser. Vendrá también en la gloria de los santos ángeles. Todos ellos lo acompañarán, le servirán y contribuirán con todo lo que puedan al esplendor de su venida. ¡Qué visión tan gloriosa será ver al bendito Jesús en aquel día! Si realmente creyéramos esto, nunca nos avergonzaríamos ahora de él ni de sus palabras.
Para animarlos a sufrir por causa de él, también les asegura que el reino de Dios pronto sería establecido, aunque se levantaba una fuerte oposición contra él (Lucas 9:27). Se refiere a que, aunque la segunda venida del Hijo del Hombre todavía estaba lejana, el reino de Dios vendría con poder en esa misma época, mientras algunos de los que estaban allí aún seguirían con vida. Verían ese reino cuando el Espíritu fuera derramado, cuando el evangelio fuera predicado en todo el mundo y cuando, por medio de él, las naciones fueran llevadas a Cristo. Verían al reino de Dios triunfar sobre las naciones gentiles mediante su conversión y sobre la nación judía mediante su destrucción.
De este capítulo
Lucas 9:1
"Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y curar enfermedades."
Lucas 9:2
"Los envió a anunciar el reino de Dios y a sanar a los enfermos."
Lucas 9:3
"Les dijo: —No lleven nada para el camino: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero ni ropa de repuesto."
Lucas 9:4
"En cualquier casa a la que lleguen, quédense allí hasta que se vayan de ese lugar."
Lucas 9:5
"Y si en algún pueblo no quieren recibirlos, salgan de allí y sacúdanse el polvo de los pies, para que esto les sirva a ellos de advertencia."
Lucas 9:6
"Ellos salieron y recorrieron todas las aldeas, anunciando la buena noticia y sanando enfermos."
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