Versículo destacado

Lucas 6:27 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos y hagan bien a quienes los odian, "

Lucas 6:27

menu_book El versículo en contexto

25 ¡Ay de ustedes los que ahora están satisfechos, pues tendrán hambre! ¡Ay de ustedes los que ahora ríen, pues van a llorar de tristeza!

26 ¡Ay de ustedes cuando todo el mundo los alabe, pues así trataban los antepasados de esa gente a los falsos profetas!

27 Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos y hagan bien a quienes los odian,

28 bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los insultan.

29 Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y si alguien te quita la capa, deja que se lleve también tu camisa.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos concuerdan con Mateo 5:38 y con el resto de ese capítulo. Jesús dice: «A ustedes que oyen les digo» (Lucas 6:27), es decir, a todos los que estén dispuestos a escuchar, no solamente a los discípulos. Estas verdades son para todos, y cualquiera que tenga oídos debe prestarles atención. Quienes verdaderamente escuchan a Cristo descubrirán que sus palabras merecen ser oídas.

Cristo enseña aquí varias lecciones. Primero, debemos dar a cada persona lo que le corresponde y ser honestos y justos en todo lo que hacemos (Lucas 6:31). «Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes» significa amar al prójimo como a uno mismo. Todo lo que razonablemente esperaríamos que otros hicieran por nosotros si estuviéramos en su lugar, debemos hacerlo por ellos cuando ellos estén en el suyo. Debemos ponernos en su situación y mostrarles compasión y ayuda, tal como querríamos recibir compasión y ayuda.

Segundo, debemos ser generosos al dar a quienes tienen necesidad (Lucas 6:30). «Den a todo el que les pida» significa dar a cualquier persona que verdaderamente sea objeto de caridad: alguien que necesita lo básico y no tiene a nadie más que pueda ayudarle. Cristo quiere que sus discípulos estén dispuestos a compartir y a dar de sus recursos en situaciones ordinarias, e incluso más allá de eso en casos excepcionales. Esto incluye ayudar a quienes no pueden valerse por sí mismos y no tienen familiares que puedan sostenerlos.

Tercero, debemos ser generosos al perdonar a quienes nos han hecho mal. No debemos insistir demasiado cuando se nos niegan nuestros derechos. Si alguien toma tu manto, ya sea por la fuerza o mediante engaño, no te resistas usando la violencia ni pelees también por tu túnica (Lucas 6:29). Déjasela antes que discutir y contender por ella. Si alguien toma tus bienes, o los pide prestados y no puede devolvértelos, no le exijas el pago con dureza. Si la providencia de Dios ha hecho que esa persona no pueda pagar, no te aproveches de la ley en su contra; es mejor perder aquello que tienes que volverte cruel. Si alguien huye debiéndote dinero y llevándose tus bienes, no permitas que eso te llene de angustia o enojo.

Tampoco debemos ser duros al buscar venganza cuando alguien nos hace daño. «Si alguien te golpea en una mejilla, ofrécele también la otra» significa no apresurarte a ir a los tribunales, no presentar una acusación ni buscar venganza. En cambio, déjalo pasar, aunque eso implique exponerte a otro insulto. Si alguien te golpea, debes estar dispuesto a sufrir más en vez de devolver el golpe. Deja tu causa en manos de Dios y soporta tranquilamente el insulto. Cuando actuamos así, Dios tratará con nuestros enemigos, en la medida en que ellos sean enemigos suyos. Él ha dicho: «La venganza es mía», y la manifestará cuando dejemos la venganza en sus manos. Como dice Salmos 3:7, él puede golpear a los malvados y quebrarles los dientes.

Pero, además de eso, debemos hacer el bien a quienes nos hacen mal. Esta es una de las principales enseñanzas de Cristo aquí y una señal distintiva de su religión. Debemos ser bondadosos con quienes nos han herido. No basta con amar a nuestros enemigos en el corazón o desearles el bien. También debemos hacerles el bien y estar tan dispuestos a ayudarlos como ayudaríamos a cualquier otra persona, si su necesidad lo requiere y tenemos los medios para hacerlo. Debemos aprovechar toda oportunidad apropiada para demostrar que no guardamos rencor ni buscamos venganza.

Si nos maldicen, hablan mal de nosotros o desean nuestro mal, debemos bendecirlos y orar por ellos. Debemos hablar bien de ellos en la medida de lo posible, desearles lo mejor, especialmente para sus almas, y pedirle a Dios por ellos. Jesús repite esto en Lucas 6:35: «Amen a sus enemigos y hagan bien». Para animarnos a cumplir con este deber difícil, muestra cuán noble es y cuán pocas personas llegan verdaderamente a vivir de esa manera. Amar a quienes nos aman es algo común. Los pecadores también lo hacen. Eso no tiene nada de especial ni implica negarse a uno mismo, porque sigue los sentimientos naturales incluso en un estado de pecado. No es un gran mérito amar solamente a quienes dicen y hacen lo que nos agrada.

Si haces el bien a quienes te hacen el bien y simplemente correspondes a la bondad con bondad, eso proviene de las costumbres comunes, el honor y la gratitud. No hay una recompensa especial en ello ni honra el nombre de Cristo. Los pecadores, que no conocen la enseñanza de Cristo, hacen lo mismo. Pero tú debes aspirar a algo más elevado. Debes distinguirte de los demás y hacer lo que los pecadores no harán. Debes responder al mal con el bien. La alabanza no es para nosotros, sino para Dios, quien nos da un buen nombre y nos recompensará.

También debemos ser bondadosos con quienes no esperamos que nos den nada a cambio (Lucas 6:35). «Presten sin esperar recibir nada a cambio» se refiere a los ricos que prestan a los pobres para necesidades básicas, como conseguir el alimento diario de una familia o ayudarles a evitar la prisión. En esos casos, debemos prestar sin esperar intereses, como justamente podríamos hacerlo en un préstamo comercial. Pero, además, debemos prestar aun cuando haya razones para pensar que quizá nunca recuperaremos lo prestado. Debemos prestar a personas tan pobres que no parezca probable que puedan devolverlo. Esta orden queda bien explicada por la ley de Moisés en Deuteronomio 15:7-10, que exigía prestar al hermano pobre incluso cuando se acercaba el año de la liberación.

Dos motivos respaldan esta generosidad. Primero, nos traerá beneficio. Nuestra recompensa será grande (Lucas 6:35). Lo que damos, gastamos o prestamos y perdemos en este mundo por verdadera caridad nos será devuelto en el mundo venidero, mucho más allá de lo que podemos imaginar. No solo recibiremos de vuelta lo que dimos, sino una recompensa abundante. Segundo, nos dará honra, porque al actuar así llegamos a parecernos a Dios en su bondad, y esa es la mayor honra. «Serán hijos del Altísimo» significa que Dios nos reconocerá como sus hijos cuando reflejemos su carácter. Dios es bondadoso con los ingratos y los malvados. Da bendiciones comunes incluso a las peores personas, quienes siguen provocándolo, rebelándose contra él y usando sus dones para deshonrarlo. Por eso Jesús concluye: «Sean misericordiosos, así como su Padre es misericordioso» (Lucas 6:36). Esto explica Mateo 5:48: «Sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto».

Imita a tu Padre en aquello que muestra con mayor claridad su belleza y bondad. Quienes son misericordiosos, como Dios es misericordioso incluso con los malvados y los ingratos, son perfectos como Dios es perfecto. Dios se complace en aceptar esta semejanza bondadosa, aunque esté muy lejos de alcanzar su propia perfección.

El amor es llamado el vínculo de la perfección (Colosenses 3:14). Esto debe impulsarnos profundamente a ser misericordiosos con nuestros hermanos y hermanas, incluso cuando nos hayan hecho daño. Debemos hacerlo no solo porque Dios muestra misericordia a los demás, sino porque él nos muestra misericordia a nosotros, aunque hemos sido y seguimos siendo malos e ingratos. Es gracias a sus misericordias que no hemos sido destruidos.

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