Versículo destacado

Lucas 22:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero ahora la mano del que va a traicionarme está aquí, con la mía, sobre la mesa. "

Lucas 22:21

menu_book El versículo en contexto

19 Después tomó el pan en sus manos y, después de dar gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: —Esto es mi cuerpo, entregado a muerte en favor de ustedes. Hagan esto en memoria de mí.

20 Hizo lo mismo con la copa después de la cena, diciendo: —Esta copa es la nueva alianza confirmada con mi sangre, la cual es derramada en favor de ustedes.

21 Pero ahora la mano del que va a traicionarme está aquí, con la mía, sobre la mesa.

22 Pues el Hijo del hombre ha de recorrer el camino que se le ha señalado, pero ¡ay de aquel que lo traiciona!

23 Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién sería el traidor.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Cristo habló con sus discípulos después de la cena, y gran parte de lo que dijo solo quedó registrado aquí. El Evangelio de Juan añade otros aspectos de esa conversación. Debemos aprender de esto a hacer que nuestras conversaciones en la mesa sean útiles y edificantes, para que fortalezcan a quienes las escuchan. Especialmente después de participar de la mesa del Señor, los cristianos deben hablar de maneras que ayuden a conservar una actitud espiritual adecuada.

Jesús habló de asuntos de gran importancia, y eran muy apropiados para ese momento. Primero habló del que lo traicionaría, quien ya estaba entre ellos. Al colocar esto después de la Cena del Señor, Lucas deja claro que Judas, uno de los doce, sí recibió el pan y el vino. Incluso después de que aquella comida santa había terminado, Jesús dijo: «Miren, la mano del que me entrega está conmigo sobre la mesa». Ha habido personas que comieron el pan con Cristo y aun así lo traicionaron.

Jesús también anunció de antemano que la traición sucedería. Dijo: «El Hijo del Hombre se va, según lo que está determinado» (Lucas 22:22). Iba hacia el lugar donde sería entregado, porque fue entregado conforme al plan y al conocimiento previo de Dios. Judas no habría podido entregarlo si Dios no lo hubiera permitido. Aun así, Cristo no fue obligado a sufrir. Él se dirigió voluntariamente hacia el sufrimiento y dijo: «Aquí estoy; vengo».

Al mismo tiempo, Jesús advirtió al traidor. Dijo: «¡Ay de aquel hombre por quien es entregado!». La paciencia de Cristo y el propósito de Dios no excusan a nadie que participe en su sufrimiento. El pecado de Judas no fue menos pecaminoso porque Dios ya había determinado que Cristo sería traicionado. Tampoco su castigo era menos merecido.

Jesús también llevó a los demás discípulos a examinarse a sí mismos. Dijo que sería uno de ellos, pero no indicó cuál. Entonces comenzaron a preguntarse entre ellos quién podría hacer algo tan vil y malvado contra un Maestro tan bueno. No preguntaron: «¿Eres tú?» ni «¿Es él?». Preguntaron: «¿Seré yo?». Así responde un corazón humilde cuando se menciona el pecado.

Después surgió entre ellos una disputa sobre quién sería el más importante. Esto era una señal triste de las futuras luchas por el poder en la iglesia. También estaba completamente fuera de lugar junto a su preocupación reciente por la traición. Unos momentos antes preguntaban quién sería un traidor, y ahora preguntaban quién sería un príncipe. El mismo corazón puede albergar humildad y orgullo; así de engañosa es la naturaleza humana.

Jesús les respondió con bondad, no con dureza, aunque ya había corregido muchas veces ese mismo defecto. Les dijo que su conducta se parecía a la de los reyes de las naciones, quienes aman la ostentación y el poder mundano. Esos gobernantes hacen valer su autoridad, y hasta quienes los adulan los llaman «bienhechores», es decir, personas que hacen el bien. Algunos gobernantes quieren que se piense que sirven al público, aunque en realidad se sirven a sí mismos. Sin embargo, Jesús señaló que hacer el bien es más honorable que parecer importante. También es el camino más verdadero hacia la grandeza. Sus discípulos serían realmente bienhechores para el mundo al llevarle el evangelio, y eso sería mucho más grande que ejercer un gobierno terrenal.

Jesús también mostró que esa ambición no se parecía a su propio camino ni a la manera en que sus seguidores debían vivir. «Ustedes no deben ser así», les dijo (Lucas 22:26-27). Su reino nunca tuvo la intención de apoyarse en la ostentación externa ni en el poder secular. Él los llamó a servir. Si los líderes de la iglesia persiguen el honor externo y dependen de la influencia del mundo, rebajan su llamado. Sería un triste retroceso, como cuando Israel quiso tener un rey igual a los de las naciones vecinas, en vez de tener al Señor como su Rey.

Luego les dio una regla clara: la persona más importante debe ser como la más joven, tanto en humildad como en disposición para trabajar. El de mayor edad no debe pensar que sus años le dan derecho a vivir con comodidad. Más bien, la edad debería producir una mayor disposición a trabajar por los demás. El que dirige debe ser como el que sirve, dispuesto a realizar las tareas más humildes y difíciles si el bien común lo requiere. Su punto era claro: en su reino, el rango más elevado se encuentra en la forma más humilde de servicio.

Jesús respaldó esta regla con su propio ejemplo. Señaló que, en una mesa, el más importante es el que está sentado a ella, no el que sirve. La respuesta es evidente. Sin embargo, entre sus discípulos, Cristo era como quien sirve a la mesa.

Él estaba muy lejos de vivir cómodamente o de ocupar un lugar de honor haciendo que otros lo atendieran. Al contrario, estaba dispuesto a servirlos de cualquier manera amorosa, como mostró cuando les lavó los pies. ¿Acaso quienes se llaman seguidores de aquel que tomó forma de siervo deben adoptar la apariencia y el estilo de los príncipes?

Tampoco debían perseguir el honor y la grandeza mundanos, porque él tenía para ellos honores mejores, aunque de otra clase: un reino, un banquete y un trono para cada uno. En ese reino todos compartirían por igual, de modo que no habría razón para competir por el primer lugar (Lucas 22:28-30). Notemos el reconocimiento de Cristo a la fidelidad de sus discípulos. Ese reconocimiento era honor suficiente; no necesitaban buscar algo mayor.

Lo dice con afecto y aprobación, como si les dijera: «Ustedes son los que han permanecido conmigo en mis pruebas. Estuvieron a mi lado cuando otros me abandonaron y se apartaron». Cristo tuvo sus propias pruebas. Fue despreciado y rechazado, insultado y objeto de burlas, y soportó a pecadores que hablaban en su contra. Sin embargo, sus discípulos permanecieron con él y compartieron sus sufrimientos.

Ellos solo podían ofrecerle una ayuda o un servicio limitados, pero él aceptó bondadosamente que permanecieran a su lado. Aquí reconoce su lealtad, aunque esa misma lealtad fue posible gracias a su gracia. Sus discípulos habían fallado muchas veces en su deber. Estaban confundidos, olvidaban las cosas y con frecuencia cometían errores; aun así, su Maestro pasó por alto todo eso. No los culpó por sus debilidades, sino que les dio este testimonio duradero: «Ustedes son los que han continuado conmigo». Los elogia en el momento de la despedida para mostrar cuán dispuesto está a mirar con bondad a quienes tienen un corazón sincero hacia él.

También les dice cuál es la recompensa que ha preparado para su fidelidad: «Les asigno —o les dejo como herencia— un reino». Otra manera de decirlo es: «Les asigno un reino, así como mi Padre me asignó uno a mí, para que coman y beban en mi mesa». Esto puede entenderse, en primer lugar, como algo que se haría por ellos en este mundo. Dios le dio a su Hijo un reino entre los seres humanos: la iglesia del evangelio, con Cristo como su cabeza viva, dadora de vida y gobernante.

Este reino fue asignado a los apóstoles y a quienes los seguirían en el ministerio del evangelio. Ellos disfrutarían del consuelo y los privilegios del evangelio, ayudarían a transmitir esas bendiciones mediante las ordenanzas del evangelio, ocuparían posiciones de autoridad en la iglesia y, de manera pública y exhortadora, juzgarían a las tribus de Israel que permanecieran en incredulidad. También declararían la ira de Dios contra ellas y guiarían al Israel espiritual mediante la disciplina ordenada de la iglesia, ejercida con ternura y amor. Este era el honor reservado para ellos.

O, en segundo lugar, estas palabras pueden referirse a lo que se haría por ellos en la vida venidera, y ese parece ser el significado principal. Que sigan sirviendo en este mundo, y su exaltación llegará en el próximo. Dios les dará el reino, donde ciertamente tendrán el alimento y la bebida más abundantes, pues comerán y beberán en la mesa de Cristo, en su reino, como él ya había dicho (Lucas 22:16, 18). Disfrutarán de los gozos y las delicias que son la recompensa de su servicio y sufrimiento. Tendrán plena satisfacción en el alma al ver y disfrutar de Dios, y compartirán la mejor compañía, como invitados a un banquete, en perfecto amor.

También recibirán el honor más elevado. No solo serán atendidos en la mesa real, como Mefiboset en la mesa de David, sino que serán elevados a la dignidad real misma. Se sentarán con Cristo en su trono (Apocalipsis 3:21). En el gran día, se sentarán en tronos como quienes participan en el juicio de Cristo, aprobando y alabando su juicio sobre las doce tribus de Israel. Si los santos juzgarán al mundo (1 Corintios 6:2), con mayor razón juzgarán a la iglesia.

Ahora Jesús pasa a hablar de la negación de Pedro. En esta parte de la conversación observamos, primero, la advertencia que Cristo le da a Pedro sobre el propósito del diablo contra él y contra los demás apóstoles (Lucas 22:31). El Señor dijo: «Simón, Simón, presta atención a lo que te digo. Satanás ha pedido tenerlos a todos ustedes para sacudirlos como se sacude el trigo». Pedro, que normalmente hablaba en nombre de los demás cuando se dirigía a Cristo, aquí es presentado como el que debe escuchar por todos ellos. La advertencia estaba dirigida a todos, porque todos tropezarían a causa de él, pero se dirigió especialmente a Pedro porque estaba más expuesto al ataque del tentador.

Es probable que Satanás hubiera acusado a los discípulos delante de Dios, diciendo que eran hombres egoístas y que seguían a Cristo solo para obtener riquezas y una posición de importancia en este mundo, tal como acusó a Job. Dios respondió: «No; ellos son hombres sinceros y rectos». Entonces Satanás pidió permiso para ponerlos a prueba, especialmente a Pedro. Quería tenerlos para zarandearlos y demostrar que eran paja, no trigo. Las dificultades que estaban por venir los probarían y revelarían lo que realmente había en ellos, pero eso no era todo. Satanás también quería usar esas dificultades para llevarlos al pecado y arrojarlos a la confusión, como cuando se zarandea el grano y la paja sube mientras el trigo es sacudido.

Debemos notar que Satanás no podía zarandearlos a menos que Dios lo permitiera. Pidió tenerlos, tal como en otro tiempo pidió permiso para probar a Job. Los había desafiado, afirmando que podía demostrar que eran hipócritas, y se había fijado especialmente en Pedro porque parecía ser el más atrevido de todos. Algunos piensan que Satanás pidió permiso para zarandearlos como castigo por la discusión que habían tenido acerca de quién era el mayor, una disputa en la que Pedro quizá había sido el más acalorado.

En segundo lugar, Cristo le dio a Pedro un ánimo especial para esta prueba: «He orado por ti, para que tu fe no falle». A Satanás se le permitió lanzar su ataque más fuerte contra Pedro en particular, de modo que él sería atacado con mayor violencia. Sin embargo, Cristo oró para que su fe no fallara, es decir, para que no fracasara por completo y definitivamente. Si la fe permanece viva en un tiempo de tentación, entonces, aunque caigamos, no seremos derribados para siempre. La fe puede apagar los dardos encendidos de Satanás.

Los verdaderos creyentes pueden tener muchas debilidades en su fe, pero su fe no fallará por completo ni para siempre. Permanece en ellos como una semilla, como una raíz. La fe de los discípulos de Cristo es preservada de hundirse por la mediación y la intercesión de Jesucristo. Si fueran abandonados a sí mismos, fracasarían. Pero Dios los guarda con su poder y mediante la oración de Cristo. La intercesión de Cristo no es solo por los creyentes en general, sino por cada uno en particular, como cuando dice: «He orado por ti». Esto debe animarnos a orar por nosotros mismos y también impulsarnos a orar por los demás.

Jesús también le dio a Pedro una responsabilidad relacionada con su fracaso y su restauración. «Cuando hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos» significa que, después de que Pedro fuera restaurado por la gracia de Dios y llevado al arrepentimiento, debía ayudar a restaurar también a otros. Cuando alguien ha sido preservado de caer, debe trabajar para afirmar a los demás. Cuando una persona ha recibido misericordia del mismo Dios, debe animar a otros a esperar esa misma misericordia.

A quienes caen en pecado hay que ayudarlos a volver. Quienes se han desviado deben regresar. Quienes han abandonado su primer amor deben volver a hacer sus primeras obras. Y quienes han sido restaurados por la gracia deben hacer todo lo posible por fortalecer a sus hermanos que todavía permanecen firmes, para que no caigan. Véanse Salmo 51:11-13 y Tito 1:13.

Pedro también afirmó con valentía que permanecería con Cristo sin importar el costo. Dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y hasta la muerte» (Lucas 22:33). Era una declaración seria, y creo que en ese momento Pedro la expresó con sinceridad. Judas nunca protestó de esa manera contra la posibilidad de negar a Cristo, aunque había sido advertido muchas veces, porque su corazón ya estaba completamente inclinado al mal, mientras que el corazón de Pedro se oponía a él.

Todos los verdaderos discípulos desean sinceramente seguir a Cristo adondequiera que él los guíe, incluso a la cárcel y aun fuera de este mundo. Entonces Cristo predijo claramente la triple negación de Pedro: «Te digo, Pedro, que antes de que cante el gallo hoy, negarás tres veces que me conoces» (Lucas 22:34). Pedro no conocía su propio corazón y necesitaba quedar entregado a sí mismo por un breve tiempo, para poder verlo y no volver a confiar jamás en él.

Cristo nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos. Él ve el mal que hay dentro de nosotros y ve lo que haremos antes de que nosotros lo sospechemos. Es una misericordia que conozca nuestra debilidad mejor que nosotros, porque así sabe dónde concedernos la gracia suficiente. También sabe hasta dónde llegará una tentación, y dice: «Hasta aquí, y no más».

Después, Jesús habló de la situación de todos los discípulos. Les recordó el pasado y les preguntó si alguna vez había dejado de cuidar de ellos. Ya les había dicho que eran siervos fieles (Lucas 22:28), y ahora, cuando estaba a punto de dejarlos, esperaba que reconocieran que había sido un Maestro bondadoso y cuidadoso desde que ellos lo habían dejado todo para seguirlo: «Cuando los envié sin bolsa, ¿les faltó algo?».

Él admitió que los había enviado en una condición muy sencilla, sin dinero y con pocas provisiones. Lo hizo porque no irían muy lejos ni permanecerían fuera por mucho tiempo, y porque quería enseñarles a depender de la providencia de Dios y, bajo ella, de la bondad de sus amigos. Si Dios nos envía al mundo de esa manera, debemos recordar que es mejor comenzar desde abajo que desde una posición elevada.

Aun así, los discípulos tuvieron que admitir que no les había faltado nada. Habían vivido con tanta comodidad como siempre, y respondieron de inmediato: «Nada, Señor». Es bueno que con frecuencia recordemos el cuidado de Dios a lo largo de nuestra vida y observemos cómo nos ha sostenido en los momentos difíciles. Cristo es un buen Maestro, y servirle es bueno. Sus siervos pueden pasar por un tiempo de necesidad, pero él los ayudará. Puede probarlos, pero no los abandonará. Jehová-jireh significa: «El Señor proveerá».

Debemos considerarnos bien provistos y no quejarnos si tenemos lo necesario para vivir, aunque no tengamos lujos. Aunque vivamos al día o dependamos de la bondad de nuestros amigos, debemos estar agradecidos. Los discípulos vivían de regalos y del apoyo de otros, pero no se quejaban de que ese sustento fuera incierto. Honraron a su Maestro al reconocer que no les había faltado nada.

Entonces Jesús les dijo que estaba por ocurrir un gran cambio en sus circunstancias. Él, su Maestro, estaba entrando en sus sufrimientos, que habían sido anunciados muchas veces. «Ahora tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: “Fue contado entre los transgresores”» (Lucas 22:37). Debía sufrir y morir como un criminal, entre los peores delincuentes. Cuando esa parte final se cumpliera, terminaría todo lo que estaba escrito acerca de él, y podría decir: «Todo está cumplido».

Esto es un consuelo para los cristianos que sufren, tal como lo fue para Cristo en sus sufrimientos. Sus padecimientos habían sido anunciados y establecidos en el plan del cielo, y pronto terminarían en las alegrías del cielo. Lo que estaba escrito acerca de ellos llegaría a su fin, y terminaría bien, para siempre y de manera perfecta.

Debido a ese cambio, los discípulos debían esperar dificultades y no suponer que conservarían la vida fácil y cómoda que habían conocido. La situación cambiaría. Sufrirían en alguna medida junto con su Maestro y, cuando él se fuera, debían esperar sufrir como él. El siervo no es mayor que su señor.

También debían esperar que sus amigos no siempre fueran tan bondadosos y generosos con ellos como antes. Por eso Jesús les dijo, en esencia, que quien tuviera una bolsa debía llevarla consigo, porque quizá la necesitaría y tendría que usarla sabiamente. También debían esperar que sus enemigos se volvieran más feroces, de modo que necesitarían protección además de provisiones. El propósito no era animarlos a confiar en las armas, sino mostrarles que vendrían tiempos peligrosos y que nadie debía dar por sentada su seguridad.

La espada del Espíritu es la verdadera espada con la que los discípulos de Cristo deben prepararse. Puesto que Cristo sufrió por nosotros, debemos armarnos con la misma actitud (1 Pedro 4:1). Debemos prepararnos para las dificultades, para que no nos tomen por sorpresa, y debemos someternos a la voluntad de Dios en medio de ellas, para que nuestro corazón no se resista a él. Eso nos prepara mejor que vender un abrigo para comprar una espada.

Entonces los discípulos preguntaron acerca de esto y descubrieron que tenían dos espadas entre ellos, una de las cuales pertenecía a Pedro (Lucas 22:38). Los galileos solían viajar con espadas. Cristo mismo no llevaba una, pero no estaba en contra de que sus discípulos las tuvieran. Aun así, mostró cuánto deseaba que no dependieran de ellas cuando dijo: «Es suficiente». Algunos consideran que lo dijo con ironía, como si expresara: «Dos espadas entre doce hombres; ciertamente es una gran armadura cuando nuestros enemigos vienen en grandes cantidades, cada uno con una espada».

Sin embargo, dos espadas eran suficientes para quienes en realidad no necesitaban ninguna, porque tenían al mismo Dios como el escudo de su ayuda y la espada de su excelencia (Deuteronomio 33:29).

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