Versículo destacado

Juan 13:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No estoy hablando de todos ustedes; yo sé quiénes son los que he escogido. Pero tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: “El que come conmigo se ha vuelto contra mí”. "

Juan 13:18

menu_book El versículo en contexto

16 Les aseguro que ningún servidor es más que su señor, ni ningún enviado es más que quien lo envía.

17 Si entienden estas cosas y las ponen en práctica, serán dichosos.

18 No estoy hablando de todos ustedes; yo sé quiénes son los que he escogido. Pero tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: “El que come conmigo se ha vuelto contra mí”.

19 Les digo esto de antemano para que, cuando suceda, ustedes crean que Yo Soy.

20 Les aseguro que quien recibe al que yo envío me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe al que me ha enviado.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos revela el plan de Judas para traicionar a su Maestro. Cristo lo sabía desde el principio, pero ahora fue la primera vez que lo dio a conocer a sus discípulos. Ellos no esperaban que Cristo fuera traicionado, aunque él les había dicho varias veces que sucedería; mucho menos sospechaban que lo haría uno de ellos.

Primero, Cristo les da una señal general de lo que estaba por suceder (Juan 13:18). Dice: «No hablo de todos ustedes». No podía esperar que todos hicieran estas cosas, porque sabía a quiénes había escogido y a quiénes había pasado por alto; pero la Escritura tenía que cumplirse (Salmo 41:9): «El que come pan conmigo ha levantado contra mí su talón». Todavía no menciona ni el delito ni al culpable. En cambio, los prepara para una revelación más completa.

Les muestra que no todos eran sinceros. Antes había dicho: «Ustedes están limpios, pero no todos» (Juan 13:10). Ahora dice: «No hablo de todos ustedes». Lo que se afirma de los verdaderos discípulos de Cristo no puede decirse de todos los que llevan ese nombre. La palabra de Cristo divide a las personas y muestra la diferencia entre unas y otras. Separará en el infierno a miles que pensaban estar en el camino al cielo. Aun en las mejores comunidades hay una mezcla de personas buenas y malas; había un Judas entre los apóstoles. Así será hasta que lleguemos a aquella sociedad bendita donde nunca entrará nada impuro ni falso.

También muestra que sabía quiénes eran verdaderos y quiénes eran falsos: «Yo sé a quiénes he escogido». Conoce a los pocos escogidos entre los muchos que reciben el llamado externo. Los escogidos fueron elegidos por el mismo Cristo. Él nombró a las personas que tomaría como suyas. Y conoce a quienes ha escogido, porque nunca olvida a nadie que alguna vez haya tenido en su amor (2 Timoteo 2:19).

También muestra que la traición de Judas cumplió la Escritura, lo cual reduce mucho la sorpresa y la ofensa que el acontecimiento podría causar. Cristo incorporó a su propio grupo a alguien que sabía de antemano que sería un traidor, y no lo impidió mediante una gracia eficaz, para que la Escritura se cumpliera. Esto no debe convertirse en una piedra de tropiezo para nadie. No disminuye en absoluto el pecado de Judas, pero puede disminuir nuestro asombro ante lo ocurrido. El texto citado es la queja de David por la traición de uno de sus enemigos. Los escritores judíos, y por lo general también los nuestros después de ellos, lo entienden como una referencia a Ahitofel. Grocio pensaba que señalaba que la muerte de Judas sería semejante a la de Ahitofel. Pero, como ese salmo habla de la enfermedad de David y no leemos nada de una enfermedad semejante cuando Ahitofel lo abandonó, quizá sea mejor entenderlo como una referencia a algún otro falso amigo. Cristo lo aplica a Judas.

Judas, como apóstol, tuvo el privilegio más grande. Comía pan con Cristo. Estaba cerca de él, gozaba de su favor y formaba parte de su casa. David dijo de su amigo traidor: «Comía de mi pan», pero Cristo, por ser pobre, no tenía pan que pudiera llamar verdaderamente suyo. Por eso dice: «El que come pan conmigo», refiriéndose al pan que sus amigos le proporcionaban y que sus discípulos compartían, incluido Judas. Dondequiera que Cristo iba, Judas era bien recibido. No se sentaba entre los sirvientes, sino a la mesa de su Maestro. Comía la misma comida y bebía de la misma copa; en todos los sentidos, vivía como Cristo vivía. Comió con él el pan milagroso cuando se multiplicaron los panes y también comió con él la Pascua. No todos los que comen pan con Cristo son verdaderos discípulos (1 Corintios 10:3-5).

Judas, como apóstata, fue culpable de la traición más vil. «Levantó contra Cristo su talón». Primero, lo abandonó, le dio la espalda y salió de entre los discípulos (Juan 13:30). Después lo despreció, como si sacudiera el polvo de sus pies en señal de desprecio hacia Cristo y su evangelio. Peor aún, se convirtió en su enemigo y le dio patadas, como hacen los luchadores contra sus adversarios cuando intentan derribarlos. No es algo nuevo que quienes parecían ser amigos de Cristo se conviertan en sus verdaderos enemigos. Quienes pretenden honrarlo mientras se levantan contra él demuestran no solo la más vil ingratitud, sino también la más vil traición y deshonestidad.

Cristo también les dice por qué les advirtió de antemano sobre la traición de Judas (Juan 13:19). «Se lo digo desde ahora, antes de que suceda», antes de que Judas comenzara a llevar a cabo su malvado plan, «para que, cuando suceda, ustedes no tropiecen, sino que crean que yo soy el que había de venir». Mediante su conocimiento claro y seguro de lo que ocurriría, demostrado de muchas maneras, Cristo probó que es el Dios verdadero, ante quien todo está descubierto. Predijo la traición de Judas cuando no había razón para sospecharla y así demostró que es el Verbo eterno, que ve los pensamientos y las intenciones del corazón. Las profecías del Nuevo Testamento sobre la apostasía de los últimos tiempos, que se encuentran en 2 Tesalonicenses 2, 1 Timoteo 4 y Apocalipsis, se han cumplido claramente. Esto confirma que esos escritos fueron dados por Dios y fortalece nuestra confianza en toda la Biblia.

Al aplicar a sí mismo las figuras y profecías del Antiguo Testamento, Cristo también demostró que es el verdadero Mesías, aquel a quien señalaban todos los profetas. Así estaba escrito, y por eso Cristo tenía que sufrir de esa manera, exactamente como lo decían las Escrituras (Lucas 24:25-26; Juan 8:28).

Luego anima a sus apóstoles y a todos los ministros que envía a servirle (Juan 13:20): «El que recibe al que yo envío, me recibe a mí». Esto significa prácticamente lo mismo que otros pasajes de la Escritura, aunque aquí no es fácil seguir la conexión. Cristo les había dicho a sus discípulos que debían humillarse. Ahora les dice, en efecto, que aunque algunos los desprecien por su servicio humilde, otros los honrarán y recibirán honra por hacerlo. Quienes saben que tienen la comisión de Cristo pueden soportar que el mundo los considere insignificantes.

O quizá quiso calmar los temores de quienes podrían dudar en recibir a alguno de los apóstoles porque uno de ellos era un traidor. Si uno había demostrado serle infiel a su Maestro, ¿podían confiar en los demás? Pero Cristo no consideró menos dignos a los otros por el pecado de Judas, y permanecería a su lado y los reconocería como suyos. También levantaría personas que los recibirían. Quienes habían recibido a Judas cuando predicaba, y quizá incluso se habían convertido y habían recibido ayuda por medio de su predicación, no tenían razón para lamentarlo, aunque después él demostrara ser un traidor. Seguía siendo alguien a quien Cristo había enviado. No podemos saber plenamente cómo son las personas, y mucho menos en qué se convertirán; pero debemos recibir a quienes parecen ser enviados por Cristo hasta que se demuestre lo contrario.

Aunque algunas personas, al recibir a desconocidos, han hospedado sin saberlo a ladrones, debemos seguir mostrando hospitalidad, porque algunos han hospedado ángeles. Cuando otros abusan de nuestra bondad, incluso de maneras que tratamos diligentemente de evitar, eso no nos excusa de ser bondadosos con los demás. Tampoco elimina la recompensa de nuestra generosidad.

Primero se nos anima a recibir a los ministros como enviados por Cristo. «El que recibe a cualquiera que yo envío», aunque esa persona sea débil, pobre y esté sujeta a las mismas fallas humanas que los demás, debe ser recibida si verdaderamente comunica el mensaje de Cristo y ha sido llamada legítimamente a esa labor. Si se dedica a la palabra de Dios y a la oración como siervo encargado del servicio de Cristo, quien la recibe la está tratando como amiga de Cristo. Cristo estaba a punto de dejar el mundo, pero dejaría atrás un grupo de hombres que actuarían en su nombre y hablarían su palabra. Quienes reciben esa palabra con fe y amor reciben al mismo Cristo.

También se nos anima a recibir a Cristo como aquel que fue enviado por Dios. Quien recibe a Cristo en sus ministros recibe también al Padre, pues ellos vienen igualmente enviados por el Padre y bautizan en el nombre del Padre tanto como en el del Hijo. En un sentido más amplio, quien recibe a Cristo como su Rey y Salvador recibe como herencia y felicidad a aquel que lo envió. Cristo fue enviado por Dios, y abrazar su religión es abrazar la única religión verdadera.

Luego Cristo les da a los discípulos una advertencia más directa sobre el plan que uno de ellos ya estaba tramando contra él (Juan 13:21). Después de hablar en términos generales para prepararlos, se turbó en espíritu y mostró su angustia mediante algún gesto o señal. Entonces declaró solemnemente: «Uno de ustedes me traicionará», uno de ustedes que son mis apóstoles y seguidores cercanos. Nadie podía traicionarlo excepto alguien en quien él hubiera confiado y que hubiera compartido su vida privada con él.

Esto no obligó a Judas a pecar por una necesidad fija. El acontecimiento sucedió tal como Cristo lo predijo, pero no porque la predicción lo hubiera causado. Cristo no es el autor del pecado. Sin embargo, en cuanto a este terrible pecado, Cristo lo vio de antemano. Lo que está oculto para todos los seres humanos está descubierto ante sus ojos. Él conoce a las personas mejor de lo que ellas se conocen a sí mismas (2 Reyes 8:12), y por eso sabe lo que harán. Había dicho: «Yo sabía que me traicionarías» (Isaías 48:8).

Cristo también anunció de antemano la traición por el bien de los demás discípulos y del mismo Judas, para que este recibiera una advertencia y escapara de la trampa del diablo. Por lo general, los traidores siguen adelante con sus planes cuando creen que nadie los descubrirá. Judas todavía podía haberse vuelto atrás al ver que su Maestro conocía sus intenciones. Si no lo hizo, aquella advertencia solo agravó su culpa.

Cristo habló de esto con profundo dolor. Su espíritu se turbó cuando lo mencionó. Él había hablado muchas veces de su propio sufrimiento y de su muerte sin mostrar una angustia semejante. Pero la ingratitud y la traición de Judas tocaron un punto muy sensible en su corazón. Las caídas y los fracasos de los discípulos de Cristo entristecen profundamente a su Maestro. Los pecados de los cristianos son un motivo de dolor para Cristo: «Uno de ustedes me traicionará»; uno de ustedes que ha recibido de mí tanta bondad especial, uno de ustedes en quien tenía buenas razones para confiar. Era como si dijera: «¿Qué mal han encontrado en mí para que uno de ustedes me traicione?». Esto lo hirió, así como la desobediencia de los hijos aflige a quienes los han alimentado y criado (Isaías 1:2). Véanse también Salmo 95:10; Isaías 63:10.

Los discípulos sintieron rápidamente el impacto de esta advertencia. Sabían que su Maestro no los engañaría ni les hablaría en broma, así que se miraban unos a otros, turbados y preguntándose a quién se refería. Al mirarse entre sí, mostraban cuánto los habían sacudido sus palabras. El golpe fue tan fuerte que apenas sabían adónde mirar o qué decir. Vieron que su Maestro estaba turbado, y ellos también se turbaron. Esto ocurrió durante una cena, en la que habían sido recibidos con agrado; aun allí debemos aprender a regocijarnos con temor y reverencia, como si nuestra alegría nunca fuera completamente despreocupada.

Cuando David lloró por la rebelión de su hijo, todos los que lo seguían lloraron también con él (2 Samuel 15:30). Lo mismo ocurrió aquí con los discípulos de Cristo. Lo que entristece a Cristo debería entristecer a todos los que le pertenecen, especialmente los vergonzosos fracasos de quienes llevan su nombre. Como expresó Pablo: «¿Quién tropieza sin que yo me indigne?». La preocupación de los discípulos también los llevó a tratar de descubrir quién era el traidor. Observaban el rostro de cada uno para ver si la culpa se manifestaba en un sonrojo o en alguna otra señal de vergüenza. Pero los fieles tenían la conciencia limpia y podían levantar la mirada sin temor. Judas, cuya conciencia se había endurecido, no sintió vergüenza ni pudo sonrojarse, de modo que este método no permitió descubrirlo.

Cristo permitió que sus discípulos permanecieran inquietos por un tiempo para humillarlos, probarlos, hacerlos desconfiar de sí mismos y despertar en ellos aborrecimiento por la bajeza de Judas. A veces es bueno que también nosotros nos detengamos y seamos llevados a reflexionar con cuidado.

Entonces los discípulos quisieron que Cristo se explicara y dijera claramente a quién se refería, porque solo eso podía poner fin a su angustia. Cada uno pensaba que tenía tantas razones como los demás para sospechar de sí mismo. De todos los discípulos, Juan estaba en la mejor posición para preguntar, porque era el que estaba más cerca de Jesús (Juan 13:23). Allí, recostado sobre el pecho de Jesús, estaba uno de los discípulos a quien Jesús amaba. Este era Juan, como se puede ver al comparar (Juan 21:20) y (Juan 21:24).

Observemos la bondad especial que Jesús tenía para con Juan. Se le conocía como «el discípulo a quien Jesús amaba». Jesús los amaba a todos (Juan 13:1), pero Juan era especialmente querido por él. Su nombre significa «lleno de gracia». Daniel, quien recibió visiones en el Antiguo Testamento como Juan en el Nuevo, también fue descrito como alguien muy amado (Daniel 9:23). Entre los discípulos de Cristo, algunos son más queridos por él que otros.

Observemos también el lugar y la postura de Juan en ese momento. Estaba recostado sobre el pecho de Jesús. Algunos dicen que en aquellas tierras era costumbre comer recostados, de modo que la persona siguiente quedaba apoyada sobre el pecho de la primera, y así sucesivamente. Esto no me parece probable, porque en esa postura no podrían comer ni beber con facilidad. Fuera o no aquella la costumbre, Juan estaba recostado sobre el pecho de Cristo, y esto parece mostrar una expresión especial de afecto en ese momento.

Algunos discípulos de Cristo disfrutan de una comunión más cercana e íntima con él que otros. El Padre amó al Hijo y lo tuvo junto a su corazón (Juan 1:18), y los creyentes también están unidos a Cristo de una manera semejante (Juan 17:21). Pronto, todos los santos tendrán este honor en el seno de Abraham. A quienes se postran a los pies de Cristo, él los recibe junto a su corazón.

Juan oculta aquí su propio nombre porque él mismo escribió este relato. En su lugar usa esta descripción, porque se sentía complacido con ella. Era su título de honor: ser el discípulo a quien Jesús amaba, como alguien que ocupaba el lugar de amigo del rey en la corte de David o de Salomón. Sin embargo, no escribe su nombre para no parecer orgulloso ni jactancioso. Pablo habla de una manera semejante cuando dice: «Conozco a un hombre en Cristo».

De todos los discípulos, Pedro fue el más interesado en saber quién era el traidor (Juan 13:24). Como estaba sentado más lejos, le hizo una señal a Juan para que le preguntara a Jesús. Pedro solía ser el más atrevido, rápido para hablar y para hacer preguntas. Cuando esa valentía está gobernada por la humildad y la sabiduría, puede hacer que una persona sea muy útil. Dios distribuye sus dones de distintas maneras, pero para evitar que los atrevidos piensen demasiado bien de sí mismos y que los reservados se desanimen, debemos notar que Pedro no era el discípulo amado; Juan lo era.

Pedro quería saberlo no solo para asegurarse de que no fuera él, sino también para que pudieran mantenerse alejados del traidor y, si era posible, impedir su plan. Podríamos pensar que sería útil saber quiénes nos engañarán en la iglesia. Sin embargo, esto es suficiente: Cristo lo sabe, aun cuando nosotros no. Pedro no preguntó directamente porque Juan tenía una mejor oportunidad: estaba más cerca de Jesús, podía susurrarle la pregunta y recibir una respuesta privada. Es sabio aprovechar nuestro acceso a quienes están cerca de Cristo y pedir sus oraciones. Si conocemos a personas que parecen descansar junto al corazón de Cristo, debemos pedirles que intercedan por nosotros.

Juan hizo la pregunta como Pedro se lo había indicado, porque estaba recostado cerca del pecho de Jesús y podía susurrarle: «Señor, ¿quién es?». Aquí Juan demuestra tanto interés por su compañero como respeto por su Maestro. Aunque en ese momento Pedro no tenía el mismo privilegio, Juan no rechazó la señal que le hizo. Quienes descansan junto al corazón de Cristo a menudo pueden aprender cosas útiles de quienes se postran a sus pies, y estos pueden recordarles cosas que no habían considerado por sí mismos. Juan ayudó con gusto a Pedro porque tenía una buena oportunidad para hacerlo. Puesto que cada persona ha recibido un don, cada una debe usarlo para servir al bien común (Romanos 12:6).

Juan también mostró reverencia hacia Cristo. Incluso al susurrar, todavía lo llamó «Señor». La amistad cercana que había recibido no disminuyó su respeto. Debemos conservar una actitud reverente en nuestras palabras y mostrar el debido respeto aun en nuestras oraciones privadas, donde nadie más nos ve, tal como debemos hacerlo en el culto público. Cuanto más íntimamente comulgan con Cristo las almas que han recibido su gracia, más perciben su grandeza y su propia indignidad, como Abraham (Génesis 18:27).

Cristo le respondió pronto a Juan, aunque lo hizo en voz baja, ya que los demás todavía no comprendían lo que estaba sucediendo (Juan 13:29). Le dijo: «Es aquel a quien le daré un bocado después de mojarlo en el plato». Después de mojar el bocado, Juan observó con atención, y Jesús se lo dio a Judas. Judas lo tomó enseguida, sin sospechar el significado de aquel gesto y contento de recibir un bocado sabroso.

Cristo identificó al traidor mediante una señal. Podría haberle dicho claramente a Juan quién era, pero eligió esta manera para agudizar su atención y mostrar cuánto discernimiento necesitan los ministros. Los falsos hermanos no siempre se dan a conocer mediante palabras directas. Debemos juzgarlos por sus frutos y por su espíritu, y eso requiere mucho cuidado.

La señal misma, el bocado que Cristo le dio a Judas, correspondía a la Escritura, que había dicho que el traidor sería uno que comía pan con él (Juan 13:18). También contiene una enseñanza. A veces Cristo les da bocados a los traidores. Las riquezas, los honores y los placeres de este mundo pueden ser como esos bocados que la providencia de Dios a veces pone en manos de personas malvadas. Judas quizá pensó que estaba recibiendo un trato especial, como Benjamín en la mesa de José, porque había recibido una porción especial. De ese modo, el éxito de los necios puede actuar como un bocado que los aturde y los conduce a la ruina.

También aprendemos a no tratar con dureza a quienes claramente nos son hostiles. Cristo atendió a Judas con tanta bondad como a cualquier otro en la mesa, aunque sabía que Judas estaba tramando su muerte. «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer», y así actuó Cristo.

Judas, en vez de ser llevado al arrepentimiento por esto, se endureció aún más. La advertencia llegó a ser para él un sabor de muerte que conducía a la muerte. Después de recibir el bocado, Satanás entró en él (Juan 13:27). Esto no significa simplemente que Satanás lo entristeció o lo hizo perder la razón, como ocurrió en algunos casos. Significa que obtuvo un control más fuerte sobre él, llenándolo de odio contra Cristo y contra su enseñanza, y de un deseo codicioso por la recompensa de la maldad. Lo impulsó a hacer lo que fuera necesario para obtenerla.

¿Acaso Satanás no estaba ya en él? Sí, porque desde hacía tiempo Judas había sido llamado diablo (Juan 6:70), hijo de perdición. Pero ahora Satanás se apoderó de él de una manera más completa. Su plan para traicionar a su Maestro estaba madurando hasta convertirse en una decisión firme. Así que el diablo regresó con otros siete espíritus más malvados que él (Lucas 11:26). El diablo está en toda persona malvada que hace su obra (Efesios 2:2), pero a veces entra de manera más abierta y poderosa, especialmente cuando impulsa a alguien a cometer un pecado grave al que normalmente se opondrían tanto la naturaleza humana como la conciencia. Los que traicionan a Cristo tienen mucho del diablo en ellos. Cristo presenta el pecado de Judas como mayor que el pecado de cualquiera de sus perseguidores.

¿Cómo entró Satanás en Judas después del bocado? Tal vez Judas comprendió de inmediato que Jesús lo había descubierto, y eso lo hizo estar aún más decidido a perseverar en su pecado. Los dones y la bondad de Cristo empeoran a muchas personas. Lo que debería llevarlas al arrepentimiento solo las endurece más. Las brasas amontonadas sobre su cabeza, en vez de ablandarlas, las hacen todavía más duras.

Entonces Cristo lo dejó ir y lo entregó a sus propios deseos pecaminosos: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Esto no significa que Jesús le estuviera aconsejando a Judas pecar ni que aprobara su pecado. Significa que Cristo lo estaba entregando al control de Satanás, porque toda advertencia había fracasado y Judas ya estaba decidido a seguir su camino malvado; o bien que Jesús estaba llamando a su enemigo a avanzar y hacer lo peor que pudiera. En cualquier caso, Jesús no muestra temor ni demora en seguir adelante con la obra de nuestra salvación. Cuando los espíritus malignos son recibidos voluntariamente, Dios retira justamente su restricción misericordiosa.

Los demás que estaban a la mesa no entendieron lo que Jesús quería decir, porque no habían oído sus palabras privadas a Juan (Juan 13:28, Juan 13:29). Ninguno, excepto Juan, sabía por qué Jesús le había dicho aquello. No pensaron que Jesús se estaba dirigiendo a Judas como un traidor, porque no tenían razones para creer que lo fuera. Esta era una forma bondadosa de ceguera entre los discípulos de Cristo: no se apresuraban a juzgarse unos a otros. El amor no sospecha rápidamente de la maldad.

Por eso supusieron que Jesús le hablaba a Judas como el encargado del dinero común, dándole una orden sobre cómo gastar parte de él. Su suposición muestra el tipo de necesidades que Cristo normalmente cubría con aquel pequeño fondo, y nos enseña a honrar al Señor con nuestros bienes. Pensaron que había que gastar algo en lo necesario para la adoración: «Compra lo que necesitamos para la fiesta»; o que Judas debía dar algo a los pobres. Aunque Jesús había conseguido prestado el lugar para celebrar la Pascua, aun así proveyó lo necesario para ella. El dinero que se gasta en lo necesario para sostener la adoración a Dios entre nosotros está bien gastado.

Esto también muestra que Jesús, aunque vivía de las ofrendas de otros (Lucas 8:3), daba a los pobres. Lo hacía aun teniendo poco, aunque podría haberse excusado. Él mismo era pobre y también realizaba muchas otras obras de misericordia, sanando a tantas personas sin cobrarles. Sin embargo, seguía dando, para dejarnos un ejemplo, de lo que tenía para el sustento de su casa (Efesios 4:28). También muestra que una celebración religiosa se consideraba un momento apropiado para ayudar a los pobres. Cuando Jesús celebró la Pascua, también se aseguró de que se atendiera a los necesitados. La bondad de Dios hacia nosotros debe hacernos generosos con los pobres.

Entonces Judas siguió adelante con su plan contra Jesús. Salió de inmediato y dejó la casa. Lo hizo por varias razones. Temía quedar expuesto con mayor claridad ante los demás, y esperaba que ellos pudieran detenerlo o al menos impedir su plan. También salió como alguien cansado de la compañía de Cristo y de la comunión con los apóstoles. Cristo no tuvo que obligarlo a salir; Judas se expulsó a sí mismo. Alejarse de la comunión de los creyentes suele ser el primer paso visible de alguien que se aparta de la fe.

También se señala la hora en que salió: era de noche. Aunque no era un momento apropiado para hacer negocios, Judas no puso ninguna objeción, porque Satanás había entrado en él. Esto debería avergonzarnos cuando somos perezosos o temerosos en el servicio de Cristo, pues los siervos del diablo pueden mostrarse tan ansiosos y valientes al servirlo. Como era de noche, Judas también tenía la protección de la oscuridad. No quería que lo vieran haciendo su trato con los principales sacerdotes, así que escogió la oscuridad, que correspondía a su obra de oscuridad. Las personas cuyas obras son malas aman más la oscuridad que la luz (Job 24:13).

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