Versículo destacado

Lucas 2:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. "

Lucas 2:8

menu_book El versículo en contexto

6 Y sucedió que, mientras estaban en Belén, a María le llegó el momento de dar a luz.

7 Y allí nació su hijo primogénito. Ella lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos en el mesón.

8 Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas.

9 De pronto se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos; y tuvieron mucho miedo.

10 Pero el ángel les dijo: No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Los momentos más bajos de la humillación de Cristo siempre estuvieron acompañados por señales de su gloria. Dios lo dispuso así para atenuar el tropiezo de su humilde nacimiento y dar indicios de su futura exaltación. Al verlo envuelto en pañales y acostado en un pesebre, podríamos sentirnos tentados a decir: «Seguramente este no puede ser el Hijo de Dios». Pero cuando también vemos que su nacimiento estuvo acompañado por un coro de ángeles, debemos afirmar: «Sin duda, no puede ser otro sino el Hijo de Dios», aquel de quien se dijo, cuando fue introducido en el mundo: «Adórenlo todos los ángeles de Dios» (Hebreos 1:6).

En Mateo leemos que la noticia de este embajador celestial, este príncipe venido del cielo, fue comunicada primero a los sabios, que eran gentiles, por medio de una estrella. Aquí la noticia se les comunica a los pastores, que eran judíos, por medio de un ángel. Dios escogió para cada grupo el mensaje que podía entender con mayor facilidad. Los pastores permanecían en los campos cercanos a Belén y vigilaban sus rebaños durante la noche (Lucas 2:8). El ángel no fue enviado a los principales sacerdotes ni a los ancianos, que no estaban preparados para recibir esta noticia, sino a unos pastores pobres, hombres sencillos como Jacob, no como Esaú, el astuto cazador.

Los patriarcas eran pastores. Moisés y David fueron llamados a dejar el cuidado de las ovejas para dirigir al pueblo de Dios. De esta manera, Dios mostró que todavía aprobaba ese trabajo honrado. Moisés escuchó por primera vez la noticia de la liberación de Israel de Egipto mientras cuidaba ovejas, y estos pastores, que probablemente eran hombres devotos y piadosos, escucharon la noticia de una liberación mayor. No estaban dormidos en sus camas cuando llegó el mensaje, aunque muchas personas reciben mensajes bien recibidos del cielo mientras duermen. Ellos estaban afuera, en los campos, y permanecían despiertos. Quienes desean escuchar a Dios deben mantenerse alertas. Como estaban completamente despiertos, no podían confundirse acerca de lo que vieron y oyeron, como podría ocurrirles a personas medio dormidas.

También estaban ocupados en el trabajo al que habían sido llamados, no participando en una actividad religiosa en ese momento. Vigilaban su rebaño para protegerlo de ladrones y animales salvajes. Probablemente era verano, cuando se acostumbraba dejar el ganado afuera durante toda la noche en vez de guardarlo bajo techo. No estamos fuera del alcance de las visitas de Dios cuando realizamos con honestidad el trabajo al que hemos sido llamados y caminamos con Dios mientras lo hacemos.

Entonces apareció de repente el ángel. El ángel del Señor se presentó ante ellos, probablemente suspendido en el aire sobre sus cabezas, como alguien que venía directamente del cielo (Lucas 2:9). Las palabras indican que ellos no esperaban aquello en absoluto. Las visitas bondadosas de Dios suelen llegar antes de que nos demos cuenta de ellas. Para mostrarles que realmente era un ángel del cielo, la gloria del Señor resplandeció alrededor de ellos. La noche se volvió tan luminosa como el día, con el esplendor celestial que a menudo acompañaba la presencia de Dios. Su brillo los llenó de gran temor. Cuando reconocemos cuán culpables somos, es fácil temer que cualquier mensaje del cielo pueda traer juicio.

El mensaje del ángel primero calmó su temor. Les dijo: «No tengan miedo», porque no había nada aterrador en la noticia que les traía. No tenían que temer a sus enemigos ni a un mensajero de Dios. Luego les dio una razón abundante para alegrarse: «Les traigo buenas noticias de gran alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lucas 2:10-11). Jesús es el Cristo, el Mesías, el Ungido. Él es el Señor, el gobernante sobre todo; y, más aún, es Dios, pues en el Antiguo Testamento «Señor» con frecuencia corresponde al nombre «Jehová». Él es un Salvador, y salvará solamente a quienes lo reciben como Señor.

El Salvador ha nacido, y ha nacido precisamente este día. Como se trata de una noticia de gran alegría para todas las personas, no debe permanecer oculta. Puede anunciarse libremente a cualquiera. Nació en el lugar anunciado desde mucho tiempo atrás: la ciudad de David. Nació «para ustedes»: primero para ustedes, los judíos, y también para ustedes, los pastores, aunque sean pobres y de condición humilde ante el mundo. Esto cumple la promesa: «Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado» (Isaías 9:6). Vino por los seres humanos, no por los ángeles, pues no asumió la naturaleza de los ángeles. Esta verdaderamente es una gran alegría para todas las personas. Lo que se esperaba desde hacía tanto tiempo por fin ha llegado. Que el cielo y la tierra se alegren delante de este Señor, porque él viene.

El ángel también les dio una señal para fortalecer su fe. Encontrarían al niño en Belén, una ciudad llena de descendientes de David. Pero ¿cómo sabrían cuál bebé era? La señal sería esta: encontrarían al niño acostado en un pesebre, un lugar donde probablemente nunca antes se había acostado a un recién nacido. Tal vez esperaban escuchar que el niño estaría envuelto en ropa fina y acostado en la mejor casa de la ciudad, rodeado de muchos asistentes. En cambio, se les dijo que estaría envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Mientras Cristo estuvo en la tierra, nada lo distinguió más que las maneras en que se humilló.

Entonces llegaron la alabanza de los ángeles a Dios y su saludo a la humanidad en aquel momento grandioso (Lucas 2:13-14). En cuanto el primer ángel terminó de dar el mensaje, apareció con él una gran multitud de seres celestiales. Seguramente formaron un coro que los pastores podían escuchar mientras alababan a Dios. Su canto no era como el de (Apocalipsis 14:3), que nadie podía aprender, porque este estaba destinado a ser aprendido por todos. Dios debe recibir el honor por esta obra: «¡Gloria a Dios en las alturas!». La buena voluntad de Dios hacia las personas, manifestada al enviar al Mesías, le tributa una gran alabanza. Incluso los ángeles en el cielo más alto, aunque no participan directamente de esta salvación, la celebrarán para honrarlo (Apocalipsis 5:11-12).

Gloria a Dios, cuya bondad y amor planearon esta bendición, y cuya sabiduría la dispuso de tal manera que ninguna de sus cualidades divinas fuera honrada a costa de otra, sino que el honor de todas quedara asegurado y engrandecido. Las demás obras de Dios son para su gloria, pero la redención del mundo es para su gloria suprema.

La humanidad debe recibir el gozo de esta obra: «Paz en la tierra y buena voluntad para con las personas». La buena voluntad de Dios al enviar al Mesías trajo paz a este mundo inferior. Destruyó la hostilidad que el pecado había creado entre Dios y la humanidad, y restauró la comunión pacífica. Si Dios está en paz con nosotros, de esa paz fluye toda clase de paz: paz de conciencia, paz con los ángeles y paz entre judíos y gentiles.

Aquí «paz» representa todo bien y todas las bendiciones que recibimos por la venida de Cristo en carne. Todo el bien que tenemos o esperamos se lo debemos a la buena voluntad de Dios. Si disfrutamos el consuelo de estas bendiciones, él debe recibir la gloria por ellas. No debemos esperar paz ni bien de una manera que vaya en contra de la gloria de Dios: no por medio del pecado ni al margen de un Mediador, es decir, de aquel que reconcilia a Dios con los pecadores.

Esta paz fue proclamada con gran solemnidad. Toda persona que quiera puede acercarse y recibir sus beneficios. Algunos manuscritos dicen: «Paz en la tierra para las personas de buena voluntad», es decir, para quienes tienen buena voluntad hacia Dios y están dispuestos a reconciliarse, o para las personas a quienes Dios ha mostrado su favor, aunque sean objeto de su misericordia. Así se observa cuánto se preocupan los ángeles por las personas, por su bienestar y felicidad. Se alegraron por la encarnación del Hijo de Dios, aunque él no asumió la naturaleza de ellos. Con mayor razón, nosotros debemos conmovernos profundamente ante ella.

Este es un mensaje digno de confianza, confirmado por una multitud innumerable de ángeles y digno de plena aceptación: la buena voluntad de Dios hacia la humanidad redunda en gloria a Dios en las alturas y en paz sobre la tierra.

La visita que los pastores hicieron al Salvador recién nacido.

Primero hablaron entre ellos (Lucas 2:15). Mientras los ángeles cantaban su himno, no podían pensar en otra cosa. Pero después de que los ángeles regresaron al cielo —pues, cuando se aparecen, nunca permanecen mucho tiempo, sino que vuelven en cuanto terminan su tarea—, los pastores se dijeron unos a otros: «Vayamos a Belén». Cuando ya no debemos esperar mensajes extraordinarios del cielo, tenemos que valernos de la ayuda que ya recibimos para fortalecer nuestra fe y mantener nuestra comunión con Dios en este mundo. Y confirmar un testimonio angelical, o incluso un testimonio divino, por medio de lo que vemos y experimentamos no es un insulto contra ese testimonio.

Los pastores no hablaron con duda, como si dijeran: «Vayamos a ver si esto es verdad». Hablaron con confianza: «Vayamos a ver esto que ha sucedido». ¿Qué lugar quedaba para la duda cuando el Señor se lo había dado a conocer? La palabra anunciada por los ángeles era firme y ciertamente verdadera.

Luego fueron de inmediato (Lucas 2:16). No perdieron tiempo, sino que se apresuraron al lugar, que probablemente el ángel describió con más detalles de los que Lucas registra. Allí encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. La pobreza y la humilde condición en que encontraron a Cristo el Señor no hicieron tambalear su fe. Ellos mismos sabían lo que significaba disfrutar de una comunión cercana con Dios en circunstancias muy pobres y humildes.

Tenemos razones para pensar que los pastores les contaron a José y a María acerca de la visión de los ángeles y del canto de estos. Eso debió animarlos muchísimo, mucho más de lo que habría podido hacerlo la visita de las damas más distinguidas del pueblo. Es probable que José y María también les contaran a los pastores lo que se les había revelado acerca del niño. Al compartir sus experiencias, fortalecieron la fe unos de otros.

VI. El cuidado que tuvieron los pastores de difundir esta noticia (Lucas 2:17).

Cuando lo vieron, no encontraron en el niño nada que, por sí solo, les hiciera pensar que era Cristo el Señor. Sin embargo, las circunstancias, por humildes que fueran, coincidían con la señal que el ángel les había dado, y eso fue suficiente para convencerlos por completo. Como los leprosos que dijeron: «Este es un día de buenas noticias, y no podemos quedarnos callados» (2 Reyes 7:9), dieron a conocer por todas partes el relato completo de lo que los ángeles les habían anunciado, así como lo que José y María les habían contado acerca del niño. Dijeron que él era el Salvador, Cristo el Señor, que en él hay paz en la tierra, y que había sido concebido por el Espíritu Santo y nacido de una virgen. Se lo contaron a todos, y coincidieron en su testimonio.

Por lo tanto, si el mundo no lo reconoce cuando viene al mundo, la culpa es suya, porque había recibido suficiente aviso. ¿Qué efecto tuvo este informe? «Todos los que lo oyeron se maravillaron de lo que los pastores les decían» (Lucas 2:18). Los pastores eran hombres sencillos y honrados, así que nadie podía sospechar que intentaran engañar a los demás. Por eso, lo que decían parecía ser verdad; y, si era verdad, resultaba difícil no maravillarse de que el Mesías hubiera nacido en un establo y no en un palacio, y de que los ángeles hubieran anunciado la noticia a unos pobres pastores en vez de a los principales sacerdotes.

Se maravillaron, pero no fueron más allá para preguntar acerca del Salvador, de su deber hacia él o de las bendiciones que podían recibir de él. Dejaron que aquello se desvaneciera como una simple curiosidad pasajera. ¡Qué terrible insensibilidad la de la gente de aquella generación! Con toda justicia, lo que contribuía a su paz quedó oculto de sus ojos, porque cerraron voluntariamente los ojos ante ello.

VII. La manera en que quienes creyeron estas cosas se beneficiaron de ellas.

1. La virgen María las convirtió en el tema de su meditación privada. Habló poco, pero guardaba todas estas cosas y meditaba profundamente en ellas en su corazón (Lucas 2:19). Reunió las evidencias y las conservó para compararlas con la luz adicional que recibiría más adelante. Así como había dejado tranquilamente en manos de Dios que aclarara su inocencia cuando era sospechosa, ahora también dejó tranquilamente en sus manos que diera a conocer su honor, aunque permaneciera oculto. Le bastaba saber que, aunque nadie más hubiera notado el nacimiento de su hijo, los ángeles sí lo habían notado.

Las verdades de Cristo merecen ser atesoradas, y la mejor manera de conservarlas es meditar en ellas con frecuencia. La meditación es la mejor ayuda para la memoria.

2. Los pastores convirtieron estas cosas en el tema de su alabanza pública. Aunque los demás no se hubieran conmovido por ellas, ellos sí se conmovieron (Lucas 2:20). Regresaron glorificando y alabando a Dios, unidos a los santos ángeles. Si otros no querían escuchar el informe que ellos daban, Dios aun así aceptaría el agradecimiento que le ofrecían.

Alabaron a Dios por lo que habían oído del ángel y por lo que habían visto: al bebé en el pesebre y envuelto en pañales, tal como se les había anunciado. Le dieron gracias a Dios por haber visto a Cristo, aun en la etapa más baja de su humillación.

Así como más adelante la cruz de Cristo sería considerada una necedad y una piedra de tropiezo para algunos, en aquel momento su pesebre también lo fue para ciertas personas. Pero otros vieron en ello la sabiduría y el poder de Dios, se maravillaron y alabaron a Dios por ello.

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