Versículo destacado
Lucas 2:25 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era justo y piadoso, y esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón, "
Lucas 2:25
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
23 Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: «Todo primer hijo varón será consagrado al Señor.»
24 Fueron, pues, a ofrecer en sacrificio lo que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma.
25 En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era justo y piadoso, y esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón,
26 y le había revelado que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor enviaría.
27 Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo; y cuando los padres del niño Jesús también lo llevaron allí, para cumplir con lo que ordenaba la ley,
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Aun en la humildad de Cristo, Dios le concedió honra para responder a la ofensa que algunos pudieran sentir ante esa condición. Los ángeles lo honraron en su nacimiento, de modo que nadie debía tropezar por lo humilde que fue. Ahora, cuando lo presentan en el templo como a cualquier otro niño nacido bajo el pecado, sin ceremonia especial y en silencio entre la multitud, Simeón y Ana lo honran, movidos por el Espíritu Santo.
Simeón da un testimonio muy honorable acerca de Cristo. Esto fue un reconocimiento para el niño, un ánimo para María y José, y pudo haberles presentado al Salvador a los sacerdotes, si aquellos guardianes no hubieran estado ciegos. Se nos dice que Simeón, también llamado Simón, vivía en Jerusalén y era conocido por su vida piadosa y su comunión cercana con Dios. Algunos estudiosos creen que pudo haber sido el conocido Simeón, hijo de Hillel, a quien se le concedió el alto título de Rabán y que sucedió a su padre como director de la escuela y del gran consejo.
Los judíos dicen que este Simeón tenía espíritu de profeta y que fue apartado de su cargo porque habló en contra de la idea común de que el Mesías establecería únicamente un reino terrenal. También señalan que no se le menciona en la Mishná, el libro de tradiciones, y consideran que eso demuestra que no apoyaba sus costumbres vacías. Sin embargo, algunos objetan que Hillel todavía vivía en ese tiempo y que este Simeón vivió muchos años después, por lo que quizá no se trataba del mismo hombre. Otra objeción es que su hijo fue Gamaliel, un fariseo y más tarde enemigo del cristianismo. Pero un seguidor fiel de Cristo puede tener un hijo que se oponga profundamente a él.
Lo que se dice claramente de Simeón es suficiente para nosotros. Era justo y devoto: trataba con rectitud a las personas y estaba dedicado a Dios. Esas dos cosas siempre deben ir juntas. Una no puede compensar la ausencia de la otra. Simeón esperaba la consolación de Israel, es decir, la venida del Mesías, en quien únicamente Israel, ahora afligido y oprimido, encontraría consuelo. Cristo no solo da consuelo a su pueblo; él mismo es la fuente de ese consuelo, la consolación de Israel. Simeón también había recibido al Espíritu Santo, no solo como Espíritu de santidad, sino como Espíritu de profecía. Se le había dado la bondadosa promesa de que no moriría antes de ver al Mesías, el Ungido del Señor (Lucas 2:26).
Simeón había estado estudiando lo que el Espíritu de Cristo anunciaba por medio de los profetas del Antiguo Testamento y si el tiempo ya estaba cerca. Entonces recibió esta promesa, esta revelación: no vería la muerte antes de ver al Mesías. Solo pueden enfrentar la muerte con valentía quienes primero han visto a Cristo por la fe. En el momento preciso, Simeón entró en el templo mientras José y María llevaban al niño, como si fueran a inscribirlo entre los primogénitos (Lucas 2:27). El mismo Espíritu que había sostenido su esperanza ahora dirigía su alegría. Era como si hubiera escuchado: «Ve ahora al templo, y verás lo que tanto has deseado ver».
Si queremos ver a Cristo, debemos ir a su templo, porque allí el Señor que buscamos vendrá de pronto a nuestro encuentro. Allí debemos estar preparados para encontrarnos con él. La alegría de Simeón fue plena cuando vio al niño. Lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su corazón (Lucas 2:28). Algunos creen que lo hizo para presentarlo al Señor, quizá actuando como padre o incluso como sacerdote; algunos escritores antiguos dicen que él mismo era sacerdote. Cuando recibimos con una fe viva el mensaje del evangelio acerca de Cristo y lo acogemos con amor y entrega, también nosotros tomamos a Cristo en nuestros brazos.
La promesa era que Simeón vería a Cristo. Pero Dios le dio aún más: le permitió sostenerlo en sus brazos. Entonces Simeón bendijo a Dios y dijo: «Señor, ahora permite que tu siervo se vaya en paz» (Lucas 2:29-32). Miró su propia vida con alegría y se elevó por encima del amor a la vida y del temor a la muerte. Incluso estaba listo para dejar este mundo, porque había visto la salvación que se le había prometido antes de morir. Dios había cumplido plenamente su palabra, y ninguna parte de su buena promesa había fallado, como también dijo Salomón (1 Reyes 8:56). Nadie que espera en la palabra de Dios queda avergonzado.
Simeón dio gracias a Dios porque había visto en sus brazos aquello que muchos profetas y reyes habían deseado ver y no pudieron ver. También confesó su fe: el niño que sostenía en sus brazos era el Salvador, la salvación misma, la salvación de Dios, la salvación que Dios había preparado con gran sabiduría y cuidado. Aunque había tardado tanto en llegar, todo ese tiempo había estado preparándose. Y ahora estaba listo para despedirse de este mundo: «Ahora permite que tu siervo se vaya. Mis ojos han sido bendecidos con esta visión; que se cierren y no vuelvan a ver nada en este mundo». El ojo no se sacia de ver (Eclesiastés 1:8) hasta que ve a Cristo; entonces queda satisfecho.
¡Qué poca cosa parece este mundo a quien tiene a Cristo en sus brazos y la salvación delante de sus ojos! Entonces llega el momento de despedirse de los amigos, la familia, los placeres, el trabajo e incluso del templo mismo. La muerte se convierte en una liberación bienvenida: «Ahora permite que tu siervo se vaya». Morir es partir: el alma deja el cuerpo y pasa del mundo visible al mundo de los espíritus. No debemos partir hasta que Dios nos dé permiso, porque somos sus siervos y debemos permanecer a su servicio hasta que nuestra obra haya terminado.
A Moisés se le prometió que vería Canaán y después moriría, pero pidió que esa palabra fuera cambiada (Deuteronomio 3:24-25). A Simeón se le prometió que no moriría hasta ver a Cristo, y él toma esa promesa como una señal de que, una vez que hubiera visto a Cristo, podía morir. En efecto, dice: «Señor, que así sea. Ahora permite que me vaya». Aquí vemos cuán tranquila puede ser la muerte de una persona buena. Parte como siervo de Dios, pasando del trabajo al descanso. Se va en paz: en paz con Dios, en paz con su propia conciencia y en paz con la muerte misma, porque se ha reconciliado con ella.
También parte conforme a la palabra de Dios, como Moisés, quien murió por mandato del Señor (Deuteronomio 34:5). Está la palabra de mandato: «Sube y muere», y está la palabra de promesa: «Volveré y te recibiré conmigo». El consuelo está aquí: «Porque mis ojos han visto tu salvación». Esto significa más que disfrutar simplemente de una hermosa visión, como cuando Jacob dijo: «Ahora puedo morir, porque he visto tu rostro» (Génesis 46:30). Significa una esperanza creyente de una vida bienaventurada después de la muerte, por medio de esta salvación que ahora contempla. Esa visión no solo elimina el terror de la muerte; hace que la muerte sea ganancia (Filipenses 1:21). Quienes han recibido a Cristo también pueden recibir la muerte con paz.
Luego Simeón mira con alegría hacia el mundo y hacia la iglesia. Esta salvación ha sido preparada delante de todos los pueblos. No está escondida en un rincón, sino destinada a darse a conocer. Será luz para los gentiles, que ahora están sentados en oscuridad. Ellos llegarán a conocerlo y, por medio de él, conocerán a Dios y la vida venidera. Esto recuerda la promesa de Isaías 49:6, donde el Mesías es dado como luz para las naciones. Cristo vino como la luz del mundo, no solo como una lámpara para el pueblo judío, sino como el Sol de justicia.
También será la gloria de tu pueblo Israel. Fue un honor para la nación judía que el Mesías viniera de una de sus tribus y naciera, viviera y muriera entre ellos. Y para quienes son israelitas verdaderos en sentido espiritual, él es su gloria, y lo será para siempre (Isaías 60:19). Ellos se gloriarán en él. «En el Señor serán justificados y se gloriarán todos los descendientes de Israel» (Isaías 45:25). Cuando Cristo envió a sus apóstoles a predicar el evangelio a todas las naciones, se hizo luz para los gentiles. Cuando dijo que el mensaje debía comenzar en Jerusalén, se hizo la gloria de su pueblo Israel.
Entonces Simeón les comunica a José y María la profecía acerca de este niño. Ellos estaban maravillados de que se dijeran acerca de él cosas cada vez más claras (Lucas 2:33). Como aquellas palabras fortalecieron su fe y los conmovieron profundamente, ahora se les dice algo más. Primero, Simeón les muestra por qué deben alegrarse. Los bendice, es decir, los llama bienaventurados porque tienen el honor de estar relacionados con este niño y de recibir la responsabilidad de criarlo. Ora para que Dios los bendiga y desea que otros hagan lo mismo. Tenían razones para alegrarse, porque este niño no solo sería un consuelo y un honor para ellos, sino también una bendición pública. Él está destinado a que muchos en Israel vuelvan a levantarse: muchos que estaban muertos en sus pecados se convertirían a Dios, y muchos sepultados en el dolor y la desesperación recibirían consuelo.
Las mismas personas para quienes él es caída también pueden ser aquellas para quienes es levantamiento. Está destinado a que caigan y se levanten: a humillarlas, hacerlas descender y apartarlas de toda confianza en sí mismas, para que sean levantadas al confiar en Cristo. Él hiere y luego sana. Pablo cayó y después se levantó.
Simeón también les muestra por qué deben alegrarse con temor reverente, como había aconsejado el Salmo 2:11 al hablar del reino del Mesías. Para evitar que José, y especialmente María, se enorgullecieran demasiado por estas revelaciones, sus palabras también contienen una advertencia, algo que modera su alegría y que a veces nosotros también necesitamos. Es verdad que Cristo será una bendición para Israel, pero para algunos en Israel será motivo de caída. Sus corazones pecaminosos se agitarán, se ofenderán por causa de él, y su culpa y ruina empeorarán a causa de Jesucristo. Muchos extraerán veneno para sí mismos del bálsamo de Galaad y se estrellarán contra la Roca de la salvación. La preciosa piedra angular se convertirá para ellos en una piedra de tropiezo.
Esto concuerda con la profecía de Isaías 8:14-15. Para algunos será un santuario, pero para otros, una trampa (1 Pedro 2:7-8). Es bueno pensar en cuántas personas encuentran en Cristo y en su evangelio el camino a la vida, pero es triste pensar en cuántas encuentran en ellos el camino a la muerte. Él ha sido puesto como una señal: algunos lo admiran y otros hablan en su contra. Muchos ojos lo observaron durante su ministerio público, porque ciertamente era una señal, pero muchas lenguas se levantaron contra él. Se opusieron constantemente a él, se burlaron de él y lo maltrataron. Como resultado, los pensamientos de muchos corazones quedarían al descubierto (Lucas 2:35). En otras palabras, las personas mostrarían lo que realmente son y se darían a conocer por la manera en que responden a Cristo.
La bondad escondida en algunas personas se manifestará cuando abracen a Cristo y se aferren a él. La corrupción oculta en otras, que quizá nunca habría quedado tan clara de otra manera, se manifestará en su odio contra Cristo y en su furia contra él. Las personas serán juzgadas por los pensamientos de su corazón, especialmente por lo que piensan acerca de Cristo. La Palabra de Dios examina los pensamientos y las intenciones del corazón; por medio de ella nos vemos tal como somos y seremos juzgados en el futuro.
Por último, Cristo será un consuelo para su madre, pero ella no debe enorgullecerse por ello. Una espada también atravesará su propia alma. Él será un Jesús sufriente. Primero, ella sufrirá con él en compasión más que cualquier otro de sus amigos, porque está estrechamente unida a él y lo ama profundamente. Cuando lo insultaban, era como si una espada atravesara sus huesos.
Cuando María estuvo junto a la cruz y vio morir a su hijo, podemos pensar razonablemente que su dolor fue tan profundo que se sintió como si una espada hubiera atravesado su alma. Le llegó hasta el corazón. Algunos también interpretan esto como una predicción de que ella sufriría el martirio, y algunos escritores de la iglesia primitiva dicen que así se cumplió. La lección es clara: aun en la cumbre de nuestra alegría y éxito en este mundo, debemos recordar que todavía nos esperan dificultades y sufrimiento.
Ana, una profetisa, también reconoce a Jesús, de modo que un testimonio proveniente tanto de una mujer como de un hombre pudiera dar testimonio de él, aquel en quien hombres y mujeres están invitados a creer y ser salvos. Este es el relato acerca de Ana. Ella era una profetisa. El don de profecía, que había permanecido en silencio en Israel durante más de trescientos años, comenzaba ahora a manifestarse de nuevo. Tal vez esto simplemente significa que ella comprendía las Escrituras mejor que otras mujeres y se dedicaba a enseñarles las cosas de Dios a las más jóvenes. Incluso en una época de gran corrupción en la iglesia, Dios no se quedó sin testigos.
Era hija de Fanuel. Grocio dice que se menciona el nombre de su padre para recordarnos el Fanuel de Jacob, también llamado Peniel (Génesis 32:30), donde Jacob dijo que había visto a Dios cara a cara y había sobrevivido. En Cristo, ese misterio queda aclarado y verdaderamente llegamos a conocer a Dios. Su nombre también significa «llena de gracia». Era de la tribu de Aser, en Galilea. Algunos piensan que esto se menciona para responder a quienes decían que ningún profeta había surgido de Galilea, porque, tan pronto como la profecía comenzó a manifestarse de nuevo, apareció allí.
Ana era muy anciana, una viuda de unos ochenta y cuatro años. Algunos piensan que había sido viuda durante ochenta y cuatro años, lo cual significaría que tenía más de cien años. Otros piensan que tenía ochenta y cuatro años en total y que había sido viuda durante mucho tiempo. Aunque solo estuvo casada siete años, nunca volvió a casarse, sino que permaneció viuda hasta el final de su vida; esto se presenta como algo digno de reconocimiento.
Permanecía en el templo, o al menos estaba allí constantemente. Algunos piensan que tenía una habitación en los patios del templo, sostenida por la ayuda que este brindaba, o quizá que se hospedaba allí porque, como profetisa, era una persona a quien otros podían consultar para conocer la voluntad de Dios. Otros piensan que «no se apartaba del templo» simplemente significa que estaba allí continuamente para el culto público. Cada vez que había alguna buena obra que hacer, estaba lista para participar. Lo más probable es que tuviera un lugar propio en los edificios del templo y que, además del culto regular, se entregara a la devoción privada, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones de día y de noche.
Como no tenía asuntos mundanos que atender, o ya había dejado atrás ese tipo de trabajo, se dedicó por completo a la devoción. No solo ayunaba dos veces por semana, sino que vivía una vida de negación propia. Pasaba en oración el tiempo que otros dedicaban a comer, beber y dormir. No oraba únicamente a las horas establecidas, sino que vivía en una actitud de oración. Oraba con frecuencia, durante mucho tiempo y con cuidado por muchas necesidades. Y en todo esto servía a Dios. Eso era lo que daba valor a sus ayunos y oraciones. Los fariseos también ayunaban y hacían largas oraciones, pero servían a su propio orgullo y avaricia. Esta buena mujer hacía lo correcto con un corazón bueno y para honrar a Dios.
Debemos aprender de esto que la devoción es algo que debemos mantener con constancia. Otras responsabilidades van y vienen, pero debemos orar siempre. Es hermoso ver a cristianos mayores llenos de devoción, que no se cansan de hacer el bien ni consideran que estas prácticas están por debajo de ellos o que ya pertenecen al pasado, sino que encuentran en ellas más gozo y necesidad a medida que envejecen, hasta que llegan al cielo. Y quienes son fieles con la luz y la ayuda que ya tienen recibirán más luz. Al final, Ana fue recompensada abundantemente por todos aquellos años de espera en el templo.
Ella también dio testimonio de nuestro Señor Jesucristo (Lucas 2:38). Llegó precisamente en ese momento, cuando presentaban al niño y Simeón hablaba acerca de él. Como era tan fiel en acudir al templo, no perdió esa oportunidad. Dio gracias al Señor, tal como lo había hecho Simeón, y quizá ahora también deseaba partir en paz. Quienes conocen a Cristo tienen toda razón para agradecerle a Dios por un regalo tan grande. Al escuchar a otros alabar a Dios, nosotros también debemos sentirnos impulsados a darle gracias. No hay razón para que no demos gracias como ellos lo hicieron. Ana se unió a Simeón y ayudó a que la alabanza se elevara en armonía. Las palabras también pueden significar que ella confesó abiertamente su fe en este niño.
Como profetisa, también hablaba acerca de él a todos los que esperaban al Mesías y aguardaban la redención en Jerusalén. La redención era aquello que querían, esperaban y anhelaban. Era la redención en Jerusalén, porque de allí debía salir la palabra del Señor (Isaías 2:3). Había algunos en Jerusalén que esperaban la redención, aunque eran pocos. Parece que Ana conocía a todos los que esperaban al Mesías, o que ellos sabían dónde encontrarla, y les comunicó la buena noticia de que había visto al Señor. Esa era una noticia grandiosa entonces, tal como más tarde lo sería su resurrección. Quienes conocen a Cristo deben hacer todo lo posible para que otros también lleguen a conocerlo.
A continuación se presenta un breve relato de la infancia y niñez de nuestro Señor Jesucristo. Cuando terminó la ceremonia de presentar al niño y purificar a la madre, regresaron a Galilea (Lucas 2:39). Lucas no dice nada más acerca de ellos hasta que volvieron a Galilea, pero el Evangelio de Mateo muestra que desde Jerusalén primero regresaron a Belén, donde los encontraron los sabios de Oriente y permanecieron hasta que recibieron la orden de huir a Egipto para escapar del odio y la furia de Herodes. Después de la muerte de Herodes, se les dijo que regresaran a Nazaret, su antiguo hogar, donde probablemente habían vivido durante algunos años. Se le llama su propia ciudad porque habían vivido allí mucho tiempo y sus familiares estaban allí. Fue enviado lejos de Jerusalén, porque su reino y su sacerdocio nunca tuvieron la intención de estar ligados al gobierno presente de la iglesia o de la nación judía.
Fue enviado a un lugar de oscuridad y vergüenza, porque en esto, como en todo lo demás, tenía que humillarse y despojarse de toda honra. Era apropiado que en todo fuera hecho semejante a sus hermanos y hermanas; por eso pasó por la infancia y la niñez como los demás niños, aunque sin pecado. Aun así, había señales claras de su naturaleza divina.
Como cualquier otro niño, creció físicamente y también en entendimiento dentro de su alma humana, de modo que su crecimiento físico representaba el crecimiento de su cuerpo místico, la iglesia. Aunque la iglesia es guiada por un Espíritu perfecto, todavía crece hacia la madurez plena hasta alcanzar la condición del hombre perfecto (Efesios 4:13, 16). Sin embargo, había diferencias importantes. A diferencia de otros niños, que son débiles en entendimiento y firmeza de voluntad, él era fuerte en espíritu. El Espíritu de Dios le dio a su alma humana una fuerza extraordinaria, y cada aspecto de su mente funcionaba de manera admirable. Razonaba bien y tenía un juicio agudo.
A diferencia de otros niños, en cuyo corazón está arraigada la necedad y que la manifiestan en sus palabras y acciones, él estaba lleno de sabiduría, no por una enseñanza o educación especial, sino por la obra del Espíritu Santo. Todo lo que decía y hacía mostraba una sabiduría que iba más allá de sus años. Y, a diferencia de otros niños, cuya naturaleza pecaminosa pronto se hace evidente, él mostraba que sobre él reposaba únicamente la gracia de Dios, como trigo que crece sin maleza. Por naturaleza, los demás niños son hijos de ira, pero él era profundamente amado y muy favorecido por Dios. Dios lo amaba, lo atesoraba y lo cuidaba con especial atención.
De este capítulo
Lucas 2:1
"Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo."
Lucas 2:2
"Este primer censo se hizo cuando Quirinio era gobernador de Siria."
Lucas 2:3
"Todos tenían que ir a inscribirse a su propio pueblo."
Lucas 2:4
"Por eso, José salió del pueblo de Nazaret, en la región de Galilea, y fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David."
Lucas 2:5
"Fue allá a inscribirse junto con María, su esposa, que estaba encinta."
Lucas 2:6
"Y sucedió que, mientras estaban en Belén, a María le llegó el momento de dar a luz."
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