Versículo destacado
Lucas 18:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús les contó una parábola para enseñarles que debían orar siempre sin desanimarse. "
Lucas 18:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Jesús les contó una parábola para enseñarles que debían orar siempre sin desanimarse.
2 Les dijo: En un pueblo había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.
3 En ese mismo pueblo también había una viuda que tenía un pleito y acudió al juez para pedirle justicia contra su adversario.
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Esta parábola debe entenderse desde el principio, porque Cristo declara su propósito en Lucas 18:1. La contó para enseñarnos que debemos orar siempre y no desanimarnos. Todo el pueblo de Dios es un pueblo que ora, porque mantiene con él un contacto tanto regular como ocasional. Acude a él diariamente y también en cada necesidad especial.
La oración es tanto un privilegio como un deber. Debemos orar, y pecamos cuando la descuidamos. Está destinada a ser nuestra tarea constante, algo que cada día requiere de nosotros. Debemos orar y nunca cansarnos de hacerlo; nunca debemos pensar en dejar de orar hasta que la oración se convierta en alabanza eterna. Pero aquí Cristo enseña especialmente la constancia y la perseverancia al pedir bendiciones espirituales, ya sea para nosotros mismos o para la iglesia de Dios.
Cuando oramos pidiendo fortaleza contra nuestros enemigos espirituales —nuestros pecados y deseos corruptos— debemos seguir orando y no perder el ánimo. No buscaremos el rostro de Dios en vano. Lo mismo ocurre cuando oramos para que el pueblo de Dios sea rescatado de quienes lo persiguen y oprimen.
Primero, por medio de esta parábola, Cristo muestra cuán poderosa puede ser la perseverancia entre los seres humanos. Incluso alguien que no tiene ningún sentido de la justicia puede terminar haciendo lo correcto cuando las peticiones repetidas llegan a agotarlo. Presenta el ejemplo de un caso justo que prosperó ante un juez injusto, no porque el juez considerara justa la causa, sino porque la viuda no dejaba de pedir.
El juez de la historia vivía en cierta ciudad. No temía a Dios ni respetaba a las personas. No le importaban ni su conciencia ni su reputación. No sentía reverencia ante la ira de Dios ni preocupación por el juicio de los demás. En otras palabras, no se esforzaba por cumplir su deber ante Dios ni ante las personas. No conocía en absoluto ni la piedad ni el honor.
No es de extrañar que alguien que ha rechazado el temor al Creador también ignore a sus semejantes. Cuando no hay temor de Dios, no se puede esperar nada bueno. Esta clase de maldad es grave en cualquier persona, pero lo es especialmente en un juez. Un juez tiene poder en sus manos y debe ejercerlo de acuerdo con los principios de la religión y la justicia. Si no lo hace, es más probable que su poder cause daño en vez de ayudar. Salomón consideró que la maldad en el lugar de la justicia era uno de los peores males debajo del sol (Eclesiastés 3:16).
Luego está la pobre viuda, obligada a llevarle su caso porque alguien le había hecho daño e intentaba someterla mediante la fuerza y el miedo. Era evidente que la justicia estaba de su lado. Parece que, en lugar de seguir las formalidades legales, acudía personalmente al juez día tras día y le suplicaba: «Hazme justicia contra mi adversario». No buscaba vengarse de una ofensa personal. Quería que él le devolviera lo que le habían quitado y detuviera al opresor para que no siguiera haciéndole daño.
Las viudas pobres suelen tener muchos enemigos. Algunas personas se aprovechan cruelmente de su debilidad y desamparo para quitarles sus derechos y despojarlas de lo poco que tienen. Por eso, a los magistrados no solo se les ordena que no hagan daño a la viuda (Jeremías 21:3), sino también que defiendan al huérfano y hagan justicia a la viuda (Isaías 1:17). Al hacerlo, actúan como Dios, porque así es Dios (Salmo 68:5).
Al principio, el juez se negó a ayudarla. Como era su costumbre, ignoró su caso y permitió que la injusticia continuara. Ella no tenía un soborno que ofrecerle ni un amigo poderoso que hablara por ella, así que, según sus propios criterios, él no tenía razón para preocuparse. Incluso él podía ver por qué estaba retrasando la justicia, y tuvo que admitir para sí mismo que no temía a Dios ni respetaba a las personas. Es triste cuando alguien reconoce tanta maldad en sí mismo y aun así no hace ningún esfuerzo por cambiar.
Sin embargo, al final ella ganó su caso porque no dejó de insistir ante aquel juez injusto (Lucas 18:5). Él dijo: «Como esta viuda me molesta tanto, le haré justicia». No lo hizo principalmente porque estuviera preocupado por su reputación, sino porque quería evitar que ella siguiera agotándolo. Ella no le daría descanso hasta que actuara, así que decidió que era más fácil ayudarla que continuar soportando sus molestias. Era mejor hacerlo de una vez que terminar haciéndolo después de tanta insistencia.
Ella obtuvo justicia por pedir constantemente. Le suplicaba en la puerta, lo seguía por las calles y le insistía incluso en el tribunal público. Su clamor siempre era el mismo: «Hazme justicia contra mi adversario». Finalmente, el juez se vio obligado a actuar simplemente para librarse de ella. Aunque era un hombre malo, su conciencia no le permitía enviarla a la cárcel por faltarle el respeto al tribunal.
Cristo usa esto para animar al pueblo de Dios que ora a hacerlo con fe y fervor, y a perseverar en la oración. Les asegura que Dios finalmente les mostrará su gracia (Lucas 18:6). «Escuchen lo que dice el juez injusto», afirma; si incluso él fue vencido por la perseverancia, «¿acaso Dios no hará justicia a sus escogidos?». Es decir, ¿acaso Dios no actuará a favor de su propio pueblo escogido?
En el mundo hay un pueblo que pertenece a Dios: sus escogidos, el pueblo que él eligió para sí. Dios los tiene presentes en todo lo que hace por ellos. Actúa a su favor porque son sus escogidos y porque está llevando a cabo la elección que hizo de ellos. Los escogidos de Dios enfrentan muchas dificultades y oposición en este mundo. Muchos enemigos luchan contra ellos, y Satanás es su gran enemigo. Lo que necesitan y esperan es la protección de Dios, su obra de preservarlos y el cuidado de la presencia de la iglesia en el mundo y de su gracia en el corazón.
Para recibir esta ayuda, el pueblo de Dios debe clamar a él de día y de noche. No porque Dios necesite que sus palabras lo presionen ni porque sus argumentos puedan hacer que cambie, sino porque él les ha dado este deber y ha prometido mostrar misericordia a quienes perseveran en él. Debemos ser específicos cuando oramos contra nuestros enemigos espirituales, como Pablo lo fue al decir: «Por esto le rogué tres veces al Señor que lo quitara de mí». Debemos orar como aquella viuda insistente: «Señor, destruye este pecado. Señor, fortaléceme contra esta tentación».
También debemos preocuparnos por las iglesias que sufren persecución y opresión, y orar para que Dios les haga justicia y las ponga a salvo. Debemos hacerlo con urgencia. Debemos clamar con fervor, de día y de noche, porque creemos que al final la oración será respondida. Debemos luchar con Dios, conscientes del valor de la bendición y negándonos a aceptar un no como respuesta definitiva. Al pueblo de Dios que ora se le ordena no darle descanso (Isaías 62:6-7).
Cristo también muestra qué motivos de desánimo puede encontrar su pueblo al orar y esperar. Dios puede permitir una larga demora y puede no intervenir de inmediato en respuesta a nuestras oraciones. Él tiene paciencia con los enemigos de su pueblo y no los castiga enseguida; también prueba la paciencia de su pueblo al no actuar de inmediato. Tuvo paciencia ante los clamores provocados por los pecados de los egipcios que oprimían a Israel, y ante los clamores de quienes sufrían bajo su opresión.
Aun así, Cristo da la firme seguridad de que la misericordia llegará al final, aunque pueda demorarse. Señala lo que dijo el juez injusto: si aquella viuda prevaleció por pedir con perseverancia, cuánto más prevalecerá el pueblo escogido de Dios. Ella era una desconocida para el juez, pero el pueblo de Dios que ora pertenece a él; Dios lo conoce, lo ama y siempre ha cuidado de él. Ella era una sola mujer, pero el pueblo de Dios es numeroso, y todos acuden a él con la misma petición y están de acuerdo en lo que piden (Mateo 18:19).
Ella acudió a un juez que quería mantenerla a distancia, pero nosotros acudimos a un Padre que nos dice que nos acerquemos con confianza y nos enseña a clamar: «Abba, Padre». Ella acudió a un juez injusto, pero nosotros acudimos a un Padre justo (Juan 17:25), que se interesa por su propia gloria y por el consuelo de sus pobres criaturas, especialmente de quienes sufren, como las viudas y los huérfanos. Ella acudió únicamente por su propio caso, pero Dios mismo está involucrado en la causa que presentamos ante él. Por eso podemos orar: «Levántate, Señor; defiende tu propia causa» y «¿Qué harás por tu gran nombre?».
Ella no tenía ningún amigo que hablara por ella o defendiera su caso, pero nosotros tenemos un Abogado ante el Padre: su propio Hijo, que vive siempre para orar por nosotros y tiene gran poder en el cielo. Ella no tenía ninguna promesa de que su petición tendría éxito ni ningún estímulo para pedir, pero nosotros tenemos extendido ante nosotros el cetro de oro y se nos dice que pidamos con la promesa de que recibiremos. Ella solo podía acudir al juez en ciertos momentos, pero nosotros podemos clamar a Dios de día y de noche, a cualquier hora; por eso tenemos aún más motivos para esperar respuesta mediante la oración perseverante. La insistencia de ella pudo haber molestado al juez, y quizá temía que eso hiciera que estuviera menos dispuesto a ayudarla; pero nuestra perseverancia agrada a Dios. La oración de los rectos es un deleite para él, y una oración ferviente y activa puede mucho.
Cristo les advierte entonces que, aun con estas promesas, muchos se cansarán de esperar su venida. «Sin embargo —dice—, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». El Hijo del Hombre vendrá para defender a sus escogidos y hacer justicia a los cristianos perseguidos. También vendrá, por su providencia, para defender a su pueblo herido en cada época; y en el gran día vendrá finalmente a resolver todos los conflictos de Sion. Pero cuando venga, ¿encontrará fe en la tierra? La pregunta sugiere con fuerza que la respuesta será no. Él mismo anticipa que así sucederá.
Esta pregunta tiene varios sentidos. Primero, la fe solo es necesaria en la tierra, porque los pecadores en el infierno ya experimentan aquello que se negaron a creer, y los santos en el cielo ya disfrutan de aquello que creyeron. Segundo, muestra que la fe es lo principal que Jesucristo busca. Él mira a las personas y no pregunta primero si parecen inocentes por fuera, sino si creen. También preguntó por la fe de quienes acudían a él para recibir sanidad. Tercero, si hubiera fe, aunque fuera en pequeña medida, él la vería. Sus ojos están puestos en el creyente más débil y menos reconocido.
La profecía también significa que, cuando Cristo venga a defender a su pueblo, encontrará mucha menos fe de la que uno esperaría. En general, encontrará solo a unas pocas personas verdaderamente buenas. Muchos tendrán una apariencia externa de piedad, pero pocos serán sinceros y fieles. De hecho, habrá muy poca honestidad entre la gente, y parecerá que los fieles han desaparecido (Salmo 12:1-2). Esta queja seguirá siendo cierta hasta el fin de los tiempos. El mundo no mejorará a medida que se acerque su final. Es malo ahora, será malo entonces y estará peor justo antes del regreso de Cristo. Los últimos días serán los más peligrosos.
Más específicamente, encontrará a pocos que crean de verdad en lo relacionado con su venida. Cuando venga a defender a sus escogidos, buscará fe para sostenerlos y animarlos, y se maravillará de que sea tan difícil encontrarla (Isaías 59:16; Isaías 63:5). Esto nos enseña que Cristo, tanto en los momentos especiales en que ayuda a su pueblo como en su venida final al fin de los tiempos, puede tardar tanto que sucedan dos cosas. Primero, los malvados comienzan a burlarse de la promesa y dicen: «¿Dónde está la promesa de su venida?» (2 Pedro 3:4). Lo desafían a venir (Isaías 5:10; Amós 5:19), y la demora solo los hace más atrevidos en su maldad (Mateo 24:48). Segundo, incluso su propio pueblo puede comenzar a desanimarse y pensar que nunca vendrá, porque ha esperado más tiempo de lo que ellos imaginaban.
A menudo, el momento de Dios para ayudar a su pueblo llega cuando las cosas han alcanzado su peor punto, y cuando Sion comienza a decir: «El Señor me ha abandonado» (Isaías 49:14; Isaías 40:27). Pero esta es nuestra consolación: cuando llegue el tiempo señalado, quedará claro que la incredulidad humana no ha hecho inútil la promesa de Dios.
De este capítulo
Lucas 18:2
"Les dijo: En un pueblo había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres."
Lucas 18:3
"En ese mismo pueblo también había una viuda que tenía un pleito y acudió al juez para pedirle justicia contra su adversario."
Lucas 18:4
"Durante mucho tiempo, el juez no quiso atenderla, pero después pensó: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres,"
Lucas 18:5
"como esta viuda no deja de molestarme, voy a defenderla para que no siga viniendo y termine con mi paciencia.”"
Lucas 18:6
"Y el Señor añadió: Esto es lo que dijo el juez malo."
Lucas 18:7
"Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá también a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Los hará esperar?"
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