Versículo destacado
Lucas 13:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Por aquel mismo tiempo, algunos fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos hombres de Galilea con la sangre de los animales que ellos habían ofrecido en sacrificio. "
Lucas 13:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Por aquel mismo tiempo, algunos fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos hombres de Galilea con la sangre de los animales que ellos habían ofrecido en sacrificio.
2 Jesús les dijo: ¿Piensan ustedes que esto les pasó a esos hombres de Galilea porque eran más pecadores que los demás de su país?
3 Les digo que no; y si ustedes mismos no se vuelven a Dios, también morirán.
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Aquí se nos cuenta que le llevaron a Cristo la noticia de la muerte de algunos galileos, cuya sangre Pilato había mezclado con sus sacrificios (Lucas 13:1). El relato es breve, y ningún historiador antiguo registra este hecho exactamente de esta manera. Pilato era el gobernador romano, y se trató de un acto brutal de autoridad, cometido en el mismo recinto del templo.
No se conoce con certeza el caso específico, pero el punto es claro. Algunos piensan que aquellos galileos pertenecían al grupo de Judas el galileo, que se oponía al dominio de César (Hechos 5:37). Otros creen que Pilato solo sospechaba que formaban parte de ese grupo y los mató cruelmente porque no podía llegar hasta los verdaderos rebeldes. Como eran galileos y súbditos de Herodes, este insulto pudo haber contribuido a provocar el conflicto posterior entre Herodes y Pilato (Lucas 23:12).
Lo que hace aún más terrible el acontecimiento es el lugar donde ocurrió: entre sus sacrificios. Es posible que ellos mismos estuvieran ofreciendo los sacrificios, porque en ocasiones esa parte del servicio comenzaba antes de que el sacerdote se hiciera cargo. En cualquier caso, ni el lugar ni el deber que estaban cumpliendo les brindaron protección. Incluso el altar, que debía ser un lugar seguro, se convirtió en un lugar de peligro y muerte.
Tal vez algunas personas habían escuchado lo sucedido y simplemente se lo contaron a Jesús como una noticia dolorosa. Si fue así, probablemente esperaban que él lamentara el hecho con ellos, ya que los galileos eran sus compatriotas. Nosotros también debemos prestar atención a los acontecimientos tristes y compartirlos de manera apropiada, para que lleven tanto a los demás como a nosotros a una reflexión seria.
También es posible que se lo contaran para respaldar lo que Jesús acababa de decir sobre hacer las paces con Dios antes de que llegue la muerte. En ese sentido, el informe ofrecía un nuevo ejemplo de personas que fueron llevadas de este mundo de manera repentina. Acontecimientos así ayudan a explicar la palabra de Dios y a hacer que la tomemos en serio.
Quizás también esperaban provocar a Jesús, que era de Galilea, para que buscara vengarse de Pilato por medio de Herodes o de alguna otra manera. Si ese era su propósito, estaban completamente equivocados. Jesús iba camino a Jerusalén, donde él mismo sería entregado a Pilato, y su sangre sería derramada como sacrificio.
Podía haber también otro motivo. Tal vez intentaban advertirle que no fuera a Jerusalén, por temor a que Pilato le hiciera lo mismo. Incluso pudieron pensar que Pilato acusaría a aquellos galileos, como más tarde podría acusar a Jesús, de ir a adorar mientras en secreto planeaban una rebelión. Por eso quizá le aconsejaban que se mantuviera alejado por el momento.
La respuesta de Jesús muestra que hablaron con una intención maliciosa. Parecían insinuar que, aunque Pilato había actuado injustamente, aquellos hombres debían haber sido secretamente malvados; de lo contrario, Dios no habría permitido que murieran de esa manera. Ese es un juicio cruel. En vez de reconocer que podían haber sido mártires, incluso mientras morían en medio de la adoración, muchas personas imaginan que debían ser pecadores más grandes que los demás, especialmente si no pertenecen a su propio grupo.
Entonces Jesús respondió con otro relato de una muerte repentina, que transmitía una enseñanza semejante. La torre de Siloé había caído y había matado a dieciocho personas, sepultándolas entre sus ruinas. Cualquiera que haya sido la causa, se trataba de otro recordatorio trágico de que las personas pueden ser llevadas de este mundo de repente, así como las aves quedan atrapadas en una trampa cuando llega inesperadamente la desgracia (Eclesiastés 9:12).
Jesús advirtió a sus oyentes que no sacaran la conclusión equivocada de esos acontecimientos. No debían pensar que aquellos que sufrieron eran peores pecadores que todos los demás. «¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque sufrieron de esa manera? Les digo que no» (Lucas 13:2-3). Las calamidades no nos permiten medir la culpa de las personas según la magnitud de su sufrimiento.
Es probable que también respondiera de una manera que hiciera recaer sobre ellos su propio juicio. Si estaban ansiosos por criticar a los galileos, Jesús les recordó otra muerte repentina, más cercana a ellos: la de los hombres que murieron en Siloé. Muchas veces, el juicio que pronunciamos contra otros termina volviendo sobre nosotros.
«¿Piensan que aquellos dieciocho sobre quienes cayó la torre de Siloé eran más culpables ante la justicia divina que todos los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no». Debemos mantener esta regla, tanto cuando nos favorece como cuando nos incomoda: no podemos juzgar el pecado de una persona por el sufrimiento que experimenta en este mundo. A muchos se les arroja al horno como al oro, para ser refinados, y no como a la escoria o la paja, para ser destruidos.
Por eso no debemos juzgar con dureza a quienes sufren más que sus vecinos, como hicieron los amigos de Job con él. Si lo hacemos, podemos terminar condenando a «la generación de los justos» (Salmo 72:14). Si vamos a juzgar a alguien, ya tenemos suficiente trabajo examinándonos a nosotros mismos. En realidad, no podemos distinguir el amor del odio basándonos en todo lo que ocurre delante de nosotros, porque «a todos les sucede lo mismo» (Eclesiastés 9:1-2).
Con el mismo razonamiento, podríamos decir que los opresores, incluso Pilato, el gobernador romano, son las personas más santas, porque parecen tener poder y éxito. De igual manera, podríamos afirmar que los oprimidos, incluidos aquellos galileos, que están llenos de tristeza y no tienen quien los consuele, son los pecadores más grandes. Ni siquiera los sacerdotes y los levitas que servían en el altar los consolaron. Por eso, al juzgar a los demás, tratémoslos como quisiéramos que ellos nos trataran, porque seremos juzgados de la misma manera en que juzgamos. «No juzguen, para que no sean juzgados» (Mateo 7:1).
A partir de estos relatos, Cristo hizo un llamado al arrepentimiento y añadió esta advertencia a cada uno: «Si no se arrepienten, todos perecerán igualmente» (Lucas 13:3-5). Esto significa, en primer lugar, que todos merecemos perecer tanto como ellos. Si Dios nos hubiera tratado conforme a nuestros pecados, incluso conforme al pecado presente en nuestras cosas santas, hace mucho que su justicia habría mezclado nuestra sangre con nuestros sacrificios.
Esto debería hacernos menos severos al juzgar a los demás, no solo porque somos pecadores, sino porque somos tan grandes pecadores como ellos. Tenemos tanto pecado del cual arrepentirnos como sufrimiento tuvieron ellos que soportar. También significa que todos debemos arrepentirnos: debemos lamentar lo malo que hemos hecho y apartarnos de ello. Los juicios de Dios sobre otros son llamados fuertes para que nosotros nos arrepintamos. Cristo aprovechó cada acontecimiento para insistir en este deber fundamental. Él vino no solo para abrir el camino al arrepentimiento y dar esperanza, sino también para ordenarlo.
También significa que el arrepentimiento es el camino para escapar de la destrucción, y es un camino seguro. La maldad no te llevará a la ruina, pero solo con esta condición: si no te arrepientes, ciertamente perecerás, tal como otros han perecido antes. Algunos dan un peso especial a la palabra «igualmente» y la entienden como una advertencia sobre la destrucción que vendría sobre el pueblo judío, especialmente sobre Jerusalén, que los romanos destruyeron durante la Pascua. Entonces, como les ocurrió a los galileos, su sangre también fue mezclada con sus sacrificios. Muchos en Jerusalén y en otros lugares murieron además cuando se derrumbaron muros y edificios, como aquellos que murieron bajo la torre de Siloé.
Sin embargo, la advertencia llega más lejos que eso. Si no nos arrepentimos, pereceremos para siempre, así como ellos perecieron de este mundo. El mismo Jesús que nos llama al arrepentimiento porque el reino de los cielos está cerca también nos llama a arrepentirnos porque, de lo contrario, pereceremos. Él ha puesto delante de nosotros la vida y la muerte, el bien y el mal, y nos ha dejado escoger.
Finalmente, la muerte de quienes han sido duros y severos al juzgar a los demás será especialmente terrible si mueren sin arrepentirse.
De este capítulo
Lucas 13:2
"Jesús les dijo: ¿Piensan ustedes que esto les pasó a esos hombres de Galilea porque eran más pecadores que los demás de su país?"
Lucas 13:3
"Les digo que no; y si ustedes mismos no se vuelven a Dios, también morirán."
Lucas 13:4
"¿O creen que aquellos dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima eran más culpables que los demás que vivían en Jerusalén?"
Lucas 13:5
"Les digo que no; y si ustedes mismos no se vuelven a Dios, también morirán."
Lucas 13:6
"Jesús les contó esta parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo y fue a ver si daba higos, pero no encontró ninguno."
Lucas 13:7
"Así que le dijo al hombre que cuidaba el viñedo: “Mira, durante tres años seguidos he venido a esta higuera buscando fruto, pero nunca lo encuentro. Córtala, pues; ¿para qué ha de ocupar terreno inútilmente?”"
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