Versículo destacado

Lucas 1:57 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando se cumplió el tiempo en que Isabel debía dar a luz, tuvo un hijo. "

Lucas 1:57

menu_book El versículo en contexto

55 Así se lo había prometido a nuestros antepasados, a Abraham y a sus futuros descendientes.

56 María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

57 Cuando se cumplió el tiempo en que Isabel debía dar a luz, tuvo un hijo.

58 Cuando sus vecinos y parientes supieron que el Señor había sido tan bueno con ella, fueron a felicitarla.

59 A los ocho días llevaron al niño para circuncidarlo y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos se narra el nacimiento de Juan el Bautista (Lucas 1:57). Aunque fue concebido por un milagro, permaneció en el vientre materno de manera normal, como también lo hizo nuestro Salvador. A Elisabet se le cumplió el tiempo, y entonces dio a luz un hijo. Las misericordias prometidas deben esperarse cuando llegue plenamente su momento, y no antes.

También hubo gran alegría entre todos sus familiares por este acontecimiento tan extraordinario (Lucas 1:58). Sus vecinos y parientes se enteraron, porque pronto se hablaría de ello por todas partes, ya que parecía casi milagroso. El doctor Lightfoot señala que Hebrón estaba habitada por sacerdotes de la familia de Aarón, y que probablemente ellos eran los parientes mencionados aquí. Los campos y las aldeas de los alrededores estaban ocupados por los descendientes de Judá, y ellos serían los vecinos.

Ellos respondieron de dos maneras buenas. Primero, mostraron una reverencia sincera hacia Dios. Decían que el Señor había mostrado gran misericordia a Elisabet. Fue misericordia quitarle su vergüenza y levantar su familia; y lo fue aún más porque pertenecía a una familia sacerdotal, dedicada a Dios y utilizada en su servicio. Muchas cosas hacían todavía mayor esta misericordia: sus muchos años de esterilidad, su avanzada edad y, sobre todo, el hecho de que este niño sería grande delante del Señor.

Segundo, mostraron bondad hacia Elisabet. Cuando ella se alegró, ellos se alegraron con ella. Debemos disfrutar del éxito de nuestros vecinos y amigos, y dar gracias a Dios por las bendiciones que reciben tanto como por las nuestras.

Después surgió una discusión sobre el nombre que le pondrían al niño (Lucas 1:59). Al octavo día, conforme a lo que Dios había establecido, se reunieron para circuncidarlo. En Hebrón se había establecido por primera vez la circuncisión, y Abraham, quien al igual que Juan nació por promesa, fue uno de los primeros en recibirla. Los que se habían alegrado por el nacimiento del niño se reunieron también para su circuncisión. El mayor consuelo que podemos tener respecto de nuestros hijos es entregarlos a Dios y reconocer que pertenecen a su pacto. El bautismo de nuestros hijos debería producir en nosotros una alegría mayor que su nacimiento.

Era costumbre ponerles nombre a los niños cuando eran circuncidados, porque cuando Abram fue circuncidado, Dios le dio un nombre nuevo y lo llamó Abraham. Es apropiado que permanezcan sin nombre hasta que sean entregados públicamente a Dios por su nombre. Algunos sugirieron que el niño se llamara Zacarías, como su padre. Las Escrituras no presentan ningún ejemplo de un hijo que llevara el nombre de su padre, pero quizá esa costumbre judía había surgido recientemente, como sucede entre nosotros. Tal vez querían honrar al padre, quien difícilmente tendría otro hijo.

La madre objetó y quiso que se llamara Juan, pues se había enterado —probablemente por el Espíritu Santo, o quizá por un mensaje escrito de su esposo— de que Dios había establecido ese nombre (Lucas 1:60). Se llamaría Johanan, que significa «bondadoso» o «lleno de gracia», porque introduciría el evangelio de Cristo, donde la gracia de Dios resplandece con más claridad que nunca. Los parientes objetaron: «Nadie en tu familia se llama así» (Lucas 1:61). Si no podía llevar el nombre de su padre, querían que recibiera el de alguno de sus parientes, como muestra de respeto hacia un niño concedido de manera tan extraordinaria.

Así como quienes tienen amigos deben mostrar amistad, quienes tienen familiares deben manifestarles la bondad y el respeto habituales. Entonces recurrieron al padre, ya que a él le correspondía ponerle nombre al niño (Lucas 1:62). Le hicieron señas, lo cual muestra que era sordo además de mudo. Parece que antes no se había comunicado por escrito; de lo contrario, probablemente le habrían pedido de inmediato que escribiera el nombre. Aun así, le presentaron el asunto de la mejor manera posible y le pidieron su decisión.

Zacarías pidió una tablilla para escribir y escribió en ella: «Su nombre es Juan» (Lucas 1:63). No dijo: «Que sea así» ni «Yo quiero que sea así», sino: «Es así». El asunto ya había sido establecido por el ángel. Como no podía hablar, escribió. Cuando los ministros quedan silenciados y no pueden predicar, todavía pueden hacer el bien si tienen la capacidad de escribir. Muchos mártires encarcelados escribieron cartas útiles a sus amigos, y el mismo Pablo lo hizo.

La elección de Zacarías, que coincidía con el nombre escogido por Elisabet, sorprendió mucho a todos. Todos se maravillaron, porque no sabían que, aunque ambos estaban sordos y mudos, los dos habían sido guiados por el mismo Espíritu. O quizá se asombraron de que Zacarías pudiera escribir con tanta claridad e inteligencia, pues parece que el golpe que sufrió lo había afectado como una parálisis.

Entonces recuperó de inmediato el habla (Lucas 1:64). El tiempo establecido para su silencio debía durar hasta el día en que se cumplieran estas cosas benditas (Lucas 1:20). Esto no incluía todo lo que se había dicho acerca del futuro ministerio de Juan, sino solamente lo relacionado con su nacimiento y su nombre (Lucas 1:13). Ese tiempo ya había terminado, de modo que se levantó la restricción y Dios volvió a abrirle la boca, tal como lo hizo con Ezequiel (Ezequiel 3:27). El doctor Lightfoot compara el caso de Zacarías con el de Moisés (Éxodo 4:24-26). Moisés, por su incredulidad, estuvo en peligro de muerte, y Zacarías, por la misma falta, quedó mudo. Pero cuando fue circuncidado el hijo de Moisés y su fe fue restaurada, pasó el peligro; lo mismo ocurrió aquí.

La incredulidad cerró la boca de Zacarías, y la fe volvió a abrirla. Creyó, y por eso habló. David también permaneció bajo culpa desde la concepción de su hijo hasta algunos días después de su nacimiento, y entonces el Señor quitó su pecado. Después de arrepentirse, no murió. De la misma manera, Zacarías dejó de estar mudo. Se le abrió la boca, y habló alabando a Dios. Cuando Dios abre nuestros labios, nuestra boca debe proclamar su alabanza. Es mejor no tener habla que usarla para cualquier cosa que no sea alabar a Dios, porque nuestra lengua alcanza su mayor dignidad cuando se usa para honrarlo.

Estas cosas se contaron por toda la región y causaron gran asombro entre todos los que las escucharon (Lucas 1:65-66). No debemos ignorar los sentimientos de la gente, sino prestarles atención. Se nos dice que estos acontecimientos se comentaban por toda la región montañosa de Judea. Es una lástima que no se haya escrito y publicado de inmediato un relato completo de ellos. La mayoría de quienes oyeron hablar de estas cosas se llenaron de temor, y todos los que vivían cerca quedaron maravillados.

Si no tenemos la buena esperanza que deberíamos tener, fundada en el evangelio, las noticias relacionadas con él pueden llenarnos de temor. Ellos creyeron y, aun así, temblaron, cuando debieron haber creído y triunfado.

Este acontecimiento también despertó grandes expectativas acerca del niño y llevó a la gente a observarlo atentamente para ver en qué se convertiría. Guardaron estas señales en su corazón y las recordaron, sabiendo que más adelante quizá necesitarían reflexionar sobre ellas. Nosotros también debemos conservar todo lo que escuchemos y que pueda ayudarnos, para compartir con otros verdades útiles, tanto antiguas como nuevas, cuando llegue el momento adecuado.

Cuando nacen los niños, es difícil saber en qué se convertirán al crecer. Sin embargo, a veces las señales tempranas apuntan a algo grande, como ocurrió con Moisés, Sansón, Samuel y aquí con Juan el Bautista. Algunas personas que vivían cuando Juan comenzó después su ministerio público probablemente recordaron estas cosas y se las contaron a otros. Eso seguramente ayudó a atraer a muchos hacia él.

También se dice que la mano del Señor estaba con él, lo que significa que vivió bajo la protección especial de Dios desde su nacimiento, porque estaba destinado a algo grande. Había muchas señales de ello. El Espíritu también estaba obrando claramente en su alma desde una edad muy temprana. Tan pronto como comenzó a hablar o a caminar, la gente podía ver que era diferente.

Dios tiene maneras de obrar en los niños, aun desde la infancia, que no podemos explicar. Dios nunca creó un alma sin saber también cómo hacerla santa.

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Elisabet

  • Zacarías, padre de Juan Zacarías es esposo de Elisabet.
    Fuente: Lucas 1:5
    En tiempos de Herodes, rey del país de los judíos, vivía un sacerdote llamado Zacarías, que pertenecía al turno de Abías. Su esposa, llamada Isabel, era descendiente de Aarón.
    Lee Lucas 1:5
  • Juan el Bautista Elisabet es madre de Juan el Bautista.
    Fuente: Lucas 1:13; Lucas 1:57; Lucas 1:60
    Pero el ángel le dijo: —No tengas miedo, Zacarías, porque Dios ha escuchado tu oración. Tu esposa Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan.
    Lee Lucas 1:13
    Cuando se cumplió el tiempo en que Isabel debía dar a luz, tuvo un hijo.
    Lee Lucas 1:57
    Pero su madre dijo: —No. Debe llamarse Juan.
    Lee Lucas 1:60

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Algunos datos de relaciones fueron adaptados de BibleData, Brady Stephenson (CC BY 4.0). Datos revisados, traducidos y complementados con referencias bíblicas.

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