Versículo destacado
Levítico 8:31 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después Moisés les dijo a Aarón y a sus hijos: Cuezan la carne a la entrada de la tienda del encuentro y cómanla allí mismo con el pan del canastillo de las consagraciones, tal como el Señor me lo ordenó cuando dijo: “Aarón y sus hijos comerán esta carne”. "
Levítico 8:31
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
29 Después Moisés tomó el pecho y celebró ante el Señor el rito de presentación. Esa parte del carnero de la consagración fue la que le tocó a Moisés, tal como el Señor se lo había ordenado.
30 Luego Moisés tomó un poco de aceite de consagrar y de la sangre que estaba sobre el altar, y los roció sobre Aarón y sus hijos, así como sobre la ropa sacerdotal de todos ellos. Así consagró a Aarón y a sus hijos, y la ropa sacerdotal de todos ellos.
31 Después Moisés les dijo a Aarón y a sus hijos: Cuezan la carne a la entrada de la tienda del encuentro y cómanla allí mismo con el pan del canastillo de las consagraciones, tal como el Señor me lo ordenó cuando dijo: “Aarón y sus hijos comerán esta carne”.
32 Quemen después la carne y el pan que sobren,
33 y no se alejen de la entrada de la tienda del encuentro durante siete días, que es lo que dura el período de su consagración.
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Moisés había terminado su parte de la ceremonia, así que ahora Aarón y sus hijos debían cumplir con la suya.
Debían cocer la carne de la ofrenda de paz y comerla en el atrio del tabernáculo. Todo lo que sobrara debía quemarse en el fuego (Levítico 8:31, Levítico 8:32). Esto demostraba su acuerdo agradecido con el acto de consagración. Cuando Dios llamó a Ezequiel, le dijo que comiera el rollo, lo cual significaba recibir el mensaje dentro de sí y aceptarlo por completo (Ezequiel 3:1, Ezequiel 3:2).
También debían permanecer dentro del atrio del tabernáculo durante siete días (Levítico 8:33). El sacerdocio es una especie de guerra santa, por lo que debían aprender a soportar las dificultades y a no enredarse en los asuntos de esta vida (2 Timoteo 2:3, 2 Timoteo 2:4). Puesto que habían sido apartados para este servicio, debían entregarse por completo a él y atenderlo con constancia.
De la misma manera, a los apóstoles de Cristo se les dijo que esperaran la promesa del Padre (Hechos 1:4). Durante esos días de consagración, debían ofrecer cada día los mismos sacrificios que se habían ofrecido el primer día (Levítico 8:34). Esto muestra lo limitados que eran los sacrificios de la ley, pues tenían que repetirse una y otra vez porque no podían quitar el pecado (Hebreos 10:1, Hebreos 10:2). Se repitieron siete veces, y el número siete con frecuencia señala plenitud, porque aquellos sacrificios representaban una sola ofrenda por medio de la cual todos los que son santificados son perfeccionados para siempre.
El trabajo duró siete días porque era semejante a una nueva creación. Ese período también honraba el sábado, que probablemente era el último día de los siete y para el cual se preparaban durante los seis días anteriores. De la misma manera, los días de nuestra vida deben ser una preparación para ser plenamente consagrados a Dios en el sábado eterno. Ellos permanecían allí día y noche (Levítico 8:35), y nosotros debemos ser igualmente constantes al meditar en la ley de Dios (Salmo 1:2).
También debían cumplir con el encargo del Señor. Cada uno de nosotros tiene un encargo que cumplir: tenemos que honrar al Dios eterno, cuidar nuestra alma inmortal, cumplir los deberes que se nos han encomendado y servir a nuestra generación. Cumplir con ese encargo debe ser nuestra preocupación diaria, porque es el encargo del Señor, nuestro Maestro, quien pronto nos pedirá cuentas. Si lo descuidamos, lo hacemos para nuestra propia ruina.
El mandato era claro: debían cumplirlo o morir. Traicionar la responsabilidad que se nos ha confiado es muerte espiritual, incluso muerte eterna. Esa advertencia debe mantenernos atentos y humildes. Después se nos dice que Aarón y sus hijos hicieron todo lo que el Señor había mandado (Levítico 8:36). Su consagración quedó completa, y dieron al pueblo un buen ejemplo de obediencia cuidadosa a las nuevas leyes relacionadas con los sacrificios. Después de eso, pudieron enseñar al pueblo con mayor autoridad.
De esta manera, el pacto de paz (Números 25:12), y el pacto de vida y de paz (Malaquías 2:5), fueron establecidos con Aarón y sus hijos. Sin embargo, después de todas estas ceremonias, todavía hacía falta una señal final para mostrar plenamente el sacerdocio de Cristo. Aarón y los demás sacerdotes fueron hechos sacerdotes sin juramento, pero Cristo fue hecho sacerdote con juramento (Hebreos 7:21). Esto es importante, porque el sacerdocio de ellos no podía durar para siempre, mientras que el sacerdocio de Cristo permanece y no cambia.
Los ministros del evangelio son comparados con quienes servían en el altar, porque manejan cosas santas (1 Corintios 9:13). Hablan de parte de Dios al pueblo y del pueblo delante de Dios. Son los pastores y maestros que Cristo estableció para permanecer en la iglesia hasta el fin del mundo. Probablemente ellos están incluidos en la promesa que señala los tiempos del evangelio: «Tomaré también de ellos para sacerdotes y levitas» (Isaías 66:21).
Nadie puede tomar este honor por sí mismo. Primero debe demostrarse, mediante pruebas, que un hombre ha sido vestido y ungido por el Espíritu de Dios con los dones y las gracias necesarios para esta obra. También debe entregarse por completo al servicio con un corazón sincero. Entonces, por medio de la palabra y la oración, pues todo es santificado de esa manera, y mediante la imposición de manos de quienes también se dedican a la palabra y a la oración, es apartado para este oficio. Así se le encomienda a Cristo como siervo y a la iglesia como administrador y guía.
Quienes han sido solemnemente dedicados a Dios no deben abandonar su servicio, sino permanecer fieles en él todos sus días. Los que perseveran, trabajando en la predicación y la enseñanza, deben ser considerados dignos de doble honor, un honor mayor que el que recibían los sacerdotes del Antiguo Testamento.
De este capítulo
Levítico 8:1
"El Señor se dirigió a Moisés y le dijo:"
Levítico 8:2
"Toma a Aarón y a sus hijos, y toma además las ropas sacerdotales, el aceite de consagrar, el becerro que se sacrifica por el pecado, los dos carneros y el canastillo de los panes sin levadura,"
Levítico 8:3
"y reúne a toda la comunidad a la entrada de la tienda del encuentro."
Levítico 8:4
"Moisés hizo lo que el Señor le había ordenado, y la comunidad se reunió a la entrada de la tienda del encuentro."
Levítico 8:5
"Entonces Moisés dijo a la comunidad: «Esto es lo que el Señor ha ordenado que se haga»."
Levítico 8:6
"Luego Moisés hizo que Aarón y sus hijos se acercaran, y los lavó con agua."
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