Versículo destacado
Josué 2:8 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Entonces, antes de que los espías se durmieran, Rahab subió a la azotea y les dijo: "
Josué 2:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 En realidad, ella los había hecho subir a la azotea, y estaban allí escondidos entre unos manojos de lino puestos a secar.
7 Los hombres del rey los persiguieron en dirección al río Jordán, hasta los vados. Tan pronto como los soldados salieron, se cerró la puerta de la ciudad.
8 Entonces, antes de que los espías se durmieran, Rahab subió a la azotea y les dijo:
9 —Yo sé que el Señor les ha dado esta tierra a ustedes, porque él ha hecho que nosotros les tengamos mucho miedo. Todos los que viven aquí están muertos de miedo por causa de ustedes.
10 Sabemos que, cuando ustedes salieron de Egipto, Dios secó el agua del Mar Rojo para que ustedes lo cruzaran. También sabemos que ustedes aniquilaron por completo a Sihón y a Og, los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del río Jordán.
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El asunto ya estaba resuelto entre Rahab y los espías. Ella aceptó ayudarlos, y ellos prometieron protegerla después. Rahab los puso a salvo con la condición de que ellos también la pusieran a salvo.
Por medio de ellos, les hizo llegar a Josué y a Israel todo el ánimo que podían necesitar para avanzar hacia Canaán. Para eso habían venido, y el viaje había valido la pena. Después de que los oficiales se fueron, Rahab subió al techo, donde los hombres estaban escondidos. Tal vez todavía estaban estremecidos por el peligro que habían corrido con los oficiales, pero ella les llevó noticias que les darían mucha tranquilidad.
Primero, les dijo que el informe de las grandes obras de Dios había llegado hasta Jericó (v. 10). La gente de allí no solo había oído acerca de las recientes victorias de Israel sobre los amorreos, sus vecinos del otro lado del río, sino también acerca de la liberación milagrosa de Egipto y del cruce del mar Rojo. Aquellos acontecimientos habían ocurrido muy lejos y cuarenta años antes, pero todavía se hablaba de ellos con asombro en Jericó. Josué y sus hombres se estaban convirtiendo en personas que causaban admiración (Zac. 3:8). Dios hace que sus maravillas sean recordadas (Sal. 111:4), por eso la gente sigue hablando de sus actos poderosos y temibles (Sal. 145:6).
Segundo, Rahab les dijo lo que aquellos informes habían producido en los cananeos: «El terror de ustedes ha caído sobre nosotros» (v. 9), y «nuestro corazón se derritió» (v. 11). Si Rahab administraba una posada pública, habría tenido muchas oportunidades de escuchar a viajeros de distintas partes de la tierra, así que podía darles esta información mejor que nadie. Esto sería muy útil para Josué y para Israel. Al israelita más temeroso le daría ánimo saber que sus enemigos ya estaban perdiendo el valor, y era fácil comprender que quienes ya temblaban seguramente caerían delante de ellos. Esto también mostraba el cumplimiento de la promesa de Dios de infundir el temor de Israel en toda la tierra (Deut. 11:25). Esa promesa era una señal de que todas sus demás promesas también se cumplirían.
Nadie debería jactarse de su valentía, así como ningún hombre fuerte debería jactarse de su fuerza, porque Dios puede debilitar tanto la mente como el cuerpo. El pueblo de Dios tampoco debe temer a sus enemigos más poderosos, porque Dios puede, cuando así lo decide, hacer que esos enemigos les tengan miedo. Nadie debería pensar que puede endurecer su corazón contra Dios y salir adelante, porque el Dios que hizo el alma humana puede hacer que sus terrores se acerquen a ella en cualquier momento.
Tercero, Rahab hace una clara confesión de fe en Dios y en su promesa. Considerando todo esto, quizá no se había encontrado una fe tan grande en ningún otro lugar, ni siquiera en Israel, como la de esta mujer cananea. Ella cree en el poder de Dios y en su gobierno sobre todo el mundo (v. 11). «El Señor, el Dios de ustedes», dice ella —el Dios al que ustedes adoran y al que invocan—, está por encima de todos los dioses. Él es el único Dios verdadero, porque es Dios en los cielos de arriba y en la tierra de abajo, y todos los ejércitos del cielo y de la tierra le sirven. Hay una gran distancia entre el cielo y la tierra, pero ambos están igualmente bajo el cuidado y el gobierno del gran Señor. El cielo no está fuera de su poder, ni la tierra queda fuera de su atención.
Rahab también cree en la promesa de Dios para Israel (v. 9): «Sé que el Señor les ha dado esta tierra». El rey de Jericó había escuchado los mismos informes que ella, pero no quiso concluir que el Señor había dado la tierra a Israel. En vez de eso, decidió resistirlos hasta el final. Ni siquiera las pruebas más contundentes pueden convencer a una persona si no interviene la gracia de Dios. Por esa gracia, Rahab, la prostituta, que solo había oído acerca de las maravillas de Dios, habló con más confianza acerca de la promesa hecha a los antepasados que muchos de los ancianos de Israel, aunque ellos habían visto esas maravillas con sus propios ojos. Muchos de ellos murieron porque no creyeron en esa promesa. Dichosos los que no han visto y, sin embargo, han creído, como Rahab. ¡Mujer, grande es tu fe!
Entonces Rahab les pide a los espías que la protejan a ella y a sus familiares, para que no perezcan cuando Jericó sea destruida (vv. 12, 13). Esto demostraba la sinceridad y la fuerza de su fe respecto al cambio que se acercaba sobre su tierra. Ella creía que su país sería conquistado, así que buscó rápidamente el favor de los futuros conquistadores. En esto se parecía a Noé, quien, movido por el temor, preparó un arca para salvar a su familia y demostrar que el mundo era culpable (Heb. 11:7). Quienes realmente creen en la advertencia de Dios acerca de la ruina de los pecadores y en su regalo de la tierra celestial para su pueblo, procurarán huir de la ira venidera y aferrarse a la vida eterna uniéndose a Dios y a su pueblo.
El cuidado que Rahab mostró por sus familiares, además de por ella misma, también es un buen ejemplo del afecto natural. Nos recuerda que debemos hacer todo lo posible por la salvación de quienes amamos y, junto con nosotros mismos, procurar conducirlos, si es posible, al vínculo del pacto. No se mencionan su esposo ni sus hijos, sino solamente sus padres, hermanos y hermanas. Aunque ella misma era cabeza de un hogar, seguía teniendo una preocupación apropiada por ellos.
Su petición de que juraran por el Señor demuestra que conocía al único Dios verdadero, que confiaba en él y que le estaba dedicada. Una señal de esa devoción era jurar por su nombre. Su petición también era justa y razonable. Puesto que ella los había protegido, ellos debían protegerla a ella. Puesto que su bondad hacia ellos había alcanzado a todo su pueblo, la bondad de ellos hacia ella debía incluir a toda su familia. Era lo mínimo que podían hacer por alguien que había salvado sus vidas arriesgando la suya. Quienes muestran misericordia pueden esperar recibir misericordia.
Rahab no pidió ascenso ni recompensa por su bondad, aunque podría haber impuesto sus propias condiciones, ya que ellos estaban completamente a su merced. Solo pidió que le perdonaran la vida, lo cual sería una misericordia especial en un tiempo de destrucción general. Más tarde, Dios prometió a Ébed-melec que, como recompensa por su bondad con Jeremías, conservaría la vida en el peor momento, como un premio (Jer. 39:18). Rahab fue elevada después a una posición principesca en Israel, llegó a ser esposa de Salmón y una de las antepasadas de Cristo (Mat. 1:5). Quienes sirven fielmente a Cristo y sufren por él no solo serán protegidos por él, sino también honrados por él. Él hará por ellos mucho más de lo que pueden pedir o imaginar.
Entonces los espías le prometieron solemnemente que la preservarían durante la destrucción venidera (v. 14): «Nuestra vida responderá por la de ustedes».
Cuidaremos sus vidas tanto como cuidamos las nuestras. Preferiríamos sufrir nosotros antes que hacerles daño a ustedes. Los espías incluso invocaron el juicio de Dios sobre sí mismos si rompían su promesa a Rahab. Ella había arriesgado su vida por ellos, y ahora ellos prometían arriesgar la suya por ella. Como mensajeros públicos, también comprometieron el honor de toda su nación con esta promesa, porque hablaban en nombre de Israel cuando dijeron: «Cuando el Señor nos dé la tierra».
Hicieron bien en llegar a este acuerdo con Rahab, y Josué seguramente habría confirmado lo que hicieron; de otro modo, no habrían actuado con honestidad. El mandamiento de no hacer pactos con los cananeos (Deut. 7:2) no les prohibía proteger a una persona que sinceramente se había unido a su causa y les había mostrado verdadera bondad. La gratitud es una de las leyes básicas inscritas en la vida humana. Debemos observar tanto las promesas que hicieron como los límites cuidadosos que establecieron para esas promesas.
En términos generales, prometieron: «Los trataremos con bondad y fidelidad» (Jos. 2:14). No solo serían bondadosos al hacer la promesa, sino también fieles al cumplirla. Además, mostrarían una bondad que iría más allá de lo que ella pudiera esperar. Dios suele manifestar su bondad por medio de la misericordia y la verdad (Sal. 117:2), y nosotros debemos imitarlo en ambas cosas.
También prometieron que, si alguien de la casa de Rahab llegaba a morir por negligencia de ellos, la culpa de su muerte recaería sobre ellos (Jos. 2:19). Si no protegemos a las personas que estamos obligados a cuidar, asumimos la culpa. La sangre es una carga pesada, y Dios no la pasa por alto.
Al mismo tiempo, fueron cuidadosos al establecer límites. Aunque tenían prisa y quizá estaban un poco confundidos, no querían prometer más de lo que podían cumplir legítimamente. Los pactos deben hacerse con cuidado, y debemos hacer juramentos con buen juicio para no quedar atrapados por promesas imprudentes. Quienes desean cumplir bien sus promesas también deben ser cuidadosos al hacerlas, y quizá necesiten incluir condiciones que otros considerarían insignificantes.
Su promesa tenía tres condiciones necesarias. Protegerían a Rahab y a toda su familia, siempre que ella atara el cordón escarlata en la ventana por la que los había bajado. Ese cordón marcaría la casa, y los espías se asegurarían de que Israel supiera cuál casa no debía tocarse. Ningún soldado, por ansioso que estuviera por entrar en batalla, debía hacerle daño a la casa marcada de esa manera. Era como la sangre en los postes de las puertas que protegió a los primogénitos del ángel destructor. El mismo cordón que ella había usado para ayudar a los israelitas a escapar sería usado para su propia seguridad.
Lo que ponemos al servicio de Dios, él puede bendecirlo y hacerlo útil para nosotros. La casa que había dado refugio a los siervos de Dios también quedaría bajo la protección de su promesa.
La segunda condición era que todos los familiares que Rahab quería que fueran salvos debían permanecer en su casa. Cuando la ciudad fuera tomada, ninguno de ellos debía salir. Esto era necesario, porque los parientes de Rahab solo podían ser reconocidos por estar dentro de aquella casa señalada. Si se mezclaban con el resto de la ciudad, no habría manera de distinguirlos, y la espada caería sobre ellos como sobre los demás. También era razonable que, puesto que serían salvados por causa de Rahab, su casa fuera el lugar donde estuvieran seguros. Si querían escapar de la ruina que vendría sobre Jericó, debían permanecer donde la promesa de seguridad los había colocado, así como Noé permaneció en el arca y Lot en Zoar. Tenían que separarse de un pueblo condenado.
Esto también señala una lección espiritual. Quienes son incorporados a la iglesia para ser salvos deben mantenerse cerca de la comunión de los creyentes. Después de haber escapado de la corrupción del mundo causada por los deseos pecaminosos, deben tener cuidado de no volver a quedar atrapados en ella.
La tercera condición era que Rahab debía mantener el asunto en secreto. Si les contaba a otros lo que estaban tramando, ya fuera traicionándolos después de que se fueran o haciendo público el acuerdo para que otros pudieran usar la misma señal y confundir el plan, ellos quedarían libres de su juramento. Quienes no saben guardar un secreto cuando es necesario guardar silencio no son aptos para recibir el secreto del Señor.
Entonces Rahab cuidó con acierto de sus nuevos amigos y los envió por otro camino (Santiago 2:25). Después de entender por completo el acuerdo y aceptarlo (Josué 2:21), los hizo descender por un cordón a través de la muralla de la ciudad (Josué 2:15). Su casa estaba en un lugar que les facilitaba escapar, tal como más tarde Pablo escapó de Damasco dentro de una canasta (2 Corintios 11:33). También les indicó por dónde ir para ponerse a salvo, pues conocía la región mejor que ellos (Josué 2:16).
Les dijo que dejaran el camino principal y se escondieran en las montañas hasta que regresaran los perseguidores. Solo entonces podrían cruzar el Jordán sin peligro. Quienes caminan por el camino de Dios pueden confiar en que él los protegerá, pero eso no justifica una conducta descuidada. Dios nos guardará, pero no debemos exponernos innecesariamente al peligro. Debemos confiar en la providencia, pero nunca ponerla a prueba.
Calvino considera que la advertencia que dieron a Rahab de mantener el asunto en secreto también tenía el propósito de protegerla. Si ella presumía abiertamente de que Israel la perdonaría, el rey de Jericó podría descubrirla antes de que Israel llegara y matarla por traición. Por eso le aconsejaron sabiamente para su seguridad, tal como ella les había aconsejado para la de ellos. Siempre es un buen consejo cuidarnos con atención.
De este capítulo
Josué 2:1
"Desde Sitim, Josué envió en secreto a dos espías y les dijo: «Vayan a explorar la región y la ciudad de Jericó». Ellos fueron y llegaron a la casa de una prostituta de Jericó que se llamaba Rahab, donde se quedaron a pasar la noche."
Josué 2:2
"Pero alguien avisó al rey de Jericó, diciéndole: —Unos israelitas han venido esta noche a explorar la región."
Josué 2:3
"Entonces el rey mandó a decir a Rahab: —Saca a los hombres que vinieron a verte y que están en tu casa, porque son espías."
Josué 2:4
"Pero ella los escondió y dijo: —Es verdad que unos hombres me visitaron, pero yo no sabía de dónde eran."
Josué 2:5
"Se fueron al caer la noche, porque a esa hora se cierra la puerta de la ciudad, y no sé adónde se fueron. Pero si ustedes salen enseguida a perseguirlos, podrán alcanzarlos."
Josué 2:6
"En realidad, ella los había hecho subir a la azotea, y estaban allí escondidos entre unos manojos de lino puestos a secar."
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