Versículo destacado

Josué 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Desde Sitim, Josué envió en secreto a dos espías y les dijo: «Vayan a explorar la región y la ciudad de Jericó». Ellos fueron y llegaron a la casa de una prostituta de Jericó que se llamaba Rahab, donde se quedaron a pasar la noche. "

Josué 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Desde Sitim, Josué envió en secreto a dos espías y les dijo: «Vayan a explorar la región y la ciudad de Jericó». Ellos fueron y llegaron a la casa de una prostituta de Jericó que se llamaba Rahab, donde se quedaron a pasar la noche.

2 Pero alguien avisó al rey de Jericó, diciéndole: —Unos israelitas han venido esta noche a explorar la región.

3 Entonces el rey mandó a decir a Rahab: —Saca a los hombres que vinieron a verte y que están en tu casa, porque son espías.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos el buen juicio de Josué al enviar espías para inspeccionar este importante punto de entrada, que probablemente estaría fuertemente defendido cuando Israel entrara en Canaán (v. 1). Les dijo que fueran a observar la tierra, especialmente Jericó. Moisés también había enviado espías (Números 13), y Josué había sido uno de ellos, pero aquella misión terminó mal. Aun así, ahora Josué envió espías de una manera diferente: no para explorar toda la tierra, sino solamente Jericó, y no para informar a todo el campamento, sino únicamente a Josué.

Josué actuó como un comandante cuidadoso, siempre pensando de antemano en el bien del pueblo. Quería comenzar bien y no tropezar desde el principio. No habría sido prudente que él mismo cruzara el Jordán disfrazado, así que envió a dos hombres —o, como dice la Septuaginta, a dos jóvenes— para inspeccionar la tierra. Con base en su informe, podría planear el ataque contra Jericó.

De esto debemos aprender varias cosas. Primero, los líderes con frecuencia tienen que ver por medio de los ojos de otros; por eso deben escoger con mucho cuidado a las personas en quienes confían. Mucho depende de la honestidad de aquellos a quienes envían. Segundo, confiar en la promesa de Dios no reemplaza nuestros esfuerzos, sino que debe impulsarnos a actuar con sabiduría. Josué estaba seguro de que Dios estaba con él, pero aun así envió hombres por delante. Si descuidamos los medios adecuados mientras afirmamos confiar en Dios, no estamos confiando en él, sino poniéndolo a prueba.

Observemos también cuán dispuestos estaban estos hombres a aceptar una tarea tan arriesgada. Estaban poniendo su vida en peligro; sin embargo, fueron obedeciendo a Josué, con celo por el campamento y confiando en que Dios, quien protege a todo Israel, los guardaría mientras cumplían con su deber.

También vemos la providencia de Dios, su cuidado sabio y guía, al dirigir a los espías a la casa de Rahab. No se nos dice cómo cruzaron el Jordán, pero sí que llegaron a Jericó, que estaba a unas siete u ocho millas del río. Allí buscaron alojamiento y fueron conducidos a la casa de Rahab, a quien se llama prostituta: una mujer que en otro tiempo había sido conocida por su conducta vergonzosa. Esa antigua reputación todavía estaba ligada a su nombre, aunque ella se había arrepentido y había cambiado su vida.

Simón el leproso (Mateo 26:6), aunque había sido sanado de su lepra, todavía llevaba ese nombre. De la misma manera, Rahab es llamada Rahab la prostituta incluso en el Nuevo Testamento, donde se alaban su fe y sus buenas obras. Esto nos enseña varias cosas. El gran pecado no es un obstáculo para la misericordia perdonadora de Dios cuando hay un arrepentimiento verdadero y oportuno. Leemos que los recaudadores de impuestos y las prostitutas entran en el reino del Mesías y son recibidos en sus bendiciones (Mateo 21:31). También vemos que algunas personas que antes fueron muy perversas pueden llegar a ser grandes en fe y santidad.

Incluso quienes realmente han abandonado los pecados de su juventud deben esperar cargar con cierta vergüenza a causa de ellos. Cuando se les recuerden esos pecados antiguos, deben renovar su arrepentimiento y soportar con paciencia ese recuerdo. Hasta donde podemos saber, el pueblo de Dios tenía una sola amiga, una sola persona dispuesta a ayudarlo, en toda Jericó: Rahab la prostituta. Dios suele usar a personas de trasfondos morales muy distintos para cumplir sus propósitos y proteger a su iglesia.

Si los espías hubieran ido a cualquier otra casa, probablemente los habrían traicionado y matado sin compasión. Pero Dios sabía dónde tenían una verdadera amiga, aunque ellos no lo sabían, y los condujo hasta allí. Lo que a nosotros nos parece casualidad, muchas veces está gobernado por la providencia divina para alcanzar sus sabios propósitos. Quienes reconocen fielmente a Dios en sus caminos descubrirán que él los guía con su mirada (Jeremías 36:19, Jeremías 36:26).

También vemos la fe y la bondad de Rahab al recibir y proteger a estos israelitas. Quienes administran posadas reciben a toda clase de huéspedes y esperan tratarlos con cortesía. Pero Rahab fue más allá de la cortesía común. Actuó por fe cuando recibió en paz a aquellos contra quienes su rey y su pueblo habían declarado la guerra (Hebreos 11:31).

Los recibió en su casa, y ellos se quedaron allí, aunque ella sabía claramente de dónde venían y por qué estaban allí, como después les dijo (Josué 2:9). Cuando vio que habían notado su entrada a la ciudad y que habían llamado la atención, los escondió en el techo plano de la casa y los cubrió con tallos de lino (Josué 2:6). Si los oficiales llegaban a registrar la casa, probablemente no los encontrarían allí.

Rahab misma había extendido aquellos tallos de lino para que se secaran al sol antes de golpearlos y prepararlos para su uso. Esto sugiere que tenía una de las características de la mujer virtuosa, que «busca lana y lino, y trabaja gustosamente con sus manos» (Proverbios 31:13). A partir de este trabajo honesto, se puede esperar que, sin importar cómo hubiera sido antes, ya no viviera como prostituta.

Cuando le preguntaron por los hombres, negó que estuvieran en su casa y así hizo que los oficiales que habían llegado con una orden para buscarlos se alejaran de allí. No es de extrañar que el rey de Jericó enviara a preguntar por ellos (Josué 2:2, Josué 2:3). Tenía razones para temer, porque el enemigo estaba a sus puertas, y el miedo lo hacía sospechar de todo extraño. También tenía razones para exigir que Rahab sacara a los hombres para tratarlos como espías. Pero Rahab no solo dijo que no los conocía ni sabía dónde estaban; también les dijo a los perseguidores que los hombres ya se habían ido y que todavía podían alcanzarlos si se apresuraban a seguirlos (Josué 2:4, Josué 2:5).

Esta fue una buena obra, y el apóstol Santiago habla de ella con aprobación (Santiago 2:25). Dice que Rahab fue justificada por sus obras, es decir, que sus acciones demostraron que era justa, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino. Lo hizo por fe, una fe más fuerte que su temor a la ira del rey. Por lo que había oído acerca de las maravillas que Dios había hecho por Israel, creyó que el Dios de Israel era el único Dios verdadero y que Israel ciertamente triunfaría en su reclamo sobre Canaán.

Por causa de esa fe, se puso de parte de ellos, los protegió y buscó su favor. Si hubiera dicho: «Creo que Dios está con ustedes y que Canaán les pertenece, pero no me atrevo a ayudarlos», su fe habría estado muerta e inactiva, y no habría demostrado que era justa. Pero su fe estaba viva y activa, porque se expuso a un gran peligro, incluso al peligro de muerte, para obedecerla. Los verdaderos creyentes son aquellos que encuentran en su corazón la disposición a arriesgar algo por Dios.

Quienes por fe toman al Señor como su refugio también toman a su pueblo como su propio pueblo y se identifican con él. Quienes tienen a Dios como su escondite deben mostrar su gratitud dando refugio a su pueblo cuando sea necesario: «Deja que mis desterrados habiten contigo» (Isaías 16:3, Isaías 16:4).

Debemos alegrarnos por cualquier oportunidad de demostrar la sinceridad y el fervor de nuestro amor a Dios mediante un servicio arriesgado por su iglesia y su reino entre las personas.

Pero aquí también hay algo que no es fácil de defender y que, sin embargo, debe defenderse; de lo contrario, no podría considerarse una obra tan buena. Primero, está claro que Rahab traicionó a su país al dar refugio a sus enemigos y ayudar a quienes planeaban su ruina. Eso no parecía concordar con su lealtad al rey ni con su deber y amor hacia la comunidad a la que pertenecía. Lo que la justifica en este caso es que sabía que el Señor había entregado aquella tierra a Israel (Josué 2:9). Lo sabía por los milagros evidentes que Dios había hecho por ellos, los cuales confirmaban esa entrega. Su deber para con Dios estaba por encima de su deber para con cualquier gobernante terrenal.

Si sabía que Dios les había dado la tierra, entonces habría sido pecado ponerse de parte de quienes intentaban impedir que la tomaran. Pero como ahora no se puede demostrar que Dios haya entregado con tanta claridad una tierra a ningún pueblo, este caso no puede usarse para justificar actos de traición contra el bien común.

Segundo, está claro que Rahab engañó a los oficiales que la interrogaron con una mentira: dijo que no sabía de dónde venían los hombres ni adónde se habían ido. ¿Cómo debemos entender esto? Si hubiera dicho la verdad o se hubiera quedado callada, habría traicionado a los espías, y eso ciertamente habría sido un gran pecado. No parece que tuviera otra manera de esconderlos, excepto darles una respuesta engañosa y decirles a los oficiales que los persiguieran por otro camino. Si ellos se dejaron engañar por eso, las consecuencias fueron su responsabilidad.

Nadie está obligado a acusarse a sí mismo ni a acusar a sus amigos de algo que sabe que es bueno, aunque otros lo cuestionen como si fuera un delito. Este fue un caso completamente excepcional, por lo que no puede convertirse en una regla para la vida cotidiana. Lo que se permitió en esta situación quizá no esté permitido en circunstancias comunes.

Rahab sabía, por lo que ya había sucedido al otro lado del Jordán, que los cananeos no debían recibir misericordia. De ahí concluyó que, si no se les debía misericordia, tampoco se les debía decir la verdad. En su mente, quienes podían ser destruidos legítimamente también podían ser engañados. Aun así, la mayoría de los maestros considera que esto fue un pecado, aunque afirma que fue menos grave porque, como cananea, no había recibido suficiente enseñanza sobre la maldad de mentir. Sin embargo, Dios aceptó su fe y perdonó su debilidad.

Independientemente de cómo interpretemos este caso particular, sabemos con certeza que tenemos el deber de hablar con verdad a nuestro prójimo, aborrecer y temer la mentira, y nunca hacer el mal para que resulte algún bien (Romanos 3:8). Dios acepta lo que se hace con sinceridad y honestidad, aun cuando esté mezclado con debilidad y falta de sensatez, y no se apresura a castigar cada falta. Algunos sugieren que lo que Rahab dijo pudo haber sido verdad acerca de otros hombres.

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