Versículo destacado

Josué 10:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Después Josué y los israelitas volvieron al campamento de Guilgal, "

Josué 10:15

menu_book El versículo en contexto

13 Y el sol y la luna se detuvieron hasta que el pueblo se vengó del enemigo. Esto es lo que dice el Libro del Justo. El sol se detuvo en medio del cielo y por casi un día entero no se puso.

14 Ni antes ni después ha habido otro día como aquel en que el Señor escuchó la voz de un hombre, pues el Señor peleaba a favor de Israel.

15 Después Josué y los israelitas volvieron al campamento de Guilgal,

16 y los cinco reyes huyeron y se escondieron en una cueva en Maquedá.

17 Pero más tarde fueron hallados en esa cueva, y así se lo informaron a Josué.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Los cinco reyes hicieron una demostración desafiante cuando salieron contra Gabaón, y llevaban consigo un ejército poderoso. Pero pronto quedaron confundidos y después fueron aplastados por las piedras de granizo. Luego Josué pensó que el trabajo había terminado y que él y su ejército podían descansar. Así que decidieron, quizá en un consejo de guerra, regresar de inmediato al campamento de Gilgal (Josué 10:15), hasta que Dios diera nuevas instrucciones sobre la toma de la tierra que ya habían conquistado. Sin embargo, pronto Josué descubrió que todavía quedaba mucho por hacer.

Había que continuar la victoria para poder repartir el botín. Por eso Josué volvió a la tarea con nuevas fuerzas. Era necesario perseguir y atacar a las tropas enemigas que se habían dispersado. Cuando Josué supo dónde estaban los reyes, ordenó que algunos soldados los vigilaran por el momento (Josué 10:18), reservándolos para otro día de juicio, ese día en que los malvados son guardados para la ira, como dice Job (Job 21:30). Les ordenó a sus hombres perseguir a los soldados comunes hasta donde pudieran, para que no llegaran a sus ciudades fortificadas y las hicieran más difíciles de conquistar (Josué 10:19). Como un comandante sabio, Josué atendió primero lo más urgente y dejó la celebración para después, hasta que la conquista estuviera asegurada. No estaba tan ansioso por burlarse de los reyes capturados que descuidara impedir que las tropas dispersas volvieran a reunirse.

Esta persecución cuidadosa produjo una gran matanza de los enemigos de Dios y de Israel. También despejó el campo de batalla, dejando solamente a quienes habían escapado a ciudades fortificadas. Allí no estarían seguros por mucho tiempo, y tampoco podrían ayudar mucho a esas ciudades a menos que lograran salir de allí y dejar atrás el miedo. Nadie se atrevió a decir una palabra contra ninguno de los israelitas (Josué 10:21). Esto significa, en primer lugar, que estuvieron completamente seguros y tranquilos. Algunos relacionan esta expresión con Éxodo 11:7 y entienden que ni siquiera ladró un perro contra ellos; ningún israelita fue herido durante la batalla ni durante la persecución. En segundo lugar, su honor quedó protegido. Nadie tuvo un reproche que lanzarles ni un insulto que decirles. Dios no solo detuvo las manos de sus enemigos, sino que también silenció sus bocas y acalló las palabras mentirosas. En tercer lugar, una antigua traducción aramea entiende que Israel experimentó una alegría completa e ininterrumpida por la victoria. Cuando revisaron al ejército después de la batalla, no faltaba ningún israelita: nadie había muerto, había sido herido ni estaba desaparecido. Ninguno tenía que llorar la pérdida de un amigo, ni siquiera de una parte de su cuerpo. Así que fue una victoria poco costosa, fácil y gloriosa.

Ahora los reyes que se habían escondido tenían que responder por su rebelión contra el Israel de Dios, a quien la tierra pertenecía legítimamente por la promesa y el regalo de Dios. Debieron haberse rendido cuando se les exigió. Primero vemos cómo fueron asegurados. La cueva a la que huyeron y en la que confiaron como refugio se convirtió en su prisión. Allí quedaron encerrados hasta que Josué pudiera juzgarlos (Josué 10:18). Parece que escaparon tanto del granizo como de la espada porque Dios así lo dispuso, no por compasión hacia ellos, sino para reservarlos para una ejecución más solemne y terrible. El faraón sobrevivió a las plagas de Egipto por una razón semejante: para que Dios mostrara en él su poder (Éxodo 9:16). Los cinco reyes huyeron y terminaron en el mismo lugar, guiados allí por la providencia. Los mismos hombres que poco antes habían hecho planes contra Israel ahora, impulsados por nuevos planes para salvarse, coincidieron en esconderse en una sola cueva.

El informe que le dieron a Josué muestra que había personas en la tierra que conocían sus escondites y estaban de su lado. El cuidado de Josué al mantener allí a los reyes demuestra su habilidad y su buen juicio, incluso en medio del calor de la batalla. También muestra cómo las personas se engañan y se arruinan cuando creen que pueden esconderse de Dios. Un refugio falso solo termina dejándolas bajo el juicio de Dios.

Segundo, vemos cómo Josué hizo pública la derrota de los reyes. Ordenó que los sacaran de la cueva y los pusieran delante de él como hombres sometidos a juicio, mientras se mencionaban sus nombres (Josué 10:22-23). Cuando estaban atados y tendidos indefensos, o tirados en el suelo suplicando por sus vidas, Josué llamó a los principales hombres del ejército y les ordenó que pusieran los pies sobre el cuello de los reyes. Esto no se hizo como una broma ni para divertir a la gente. Se hizo con la seriedad propia de los siervos de la justicia de Dios, que no estaban allí para satisfacer su propio orgullo o enojo, sino para honrar al Dios de Israel, quien está por encima de todos y aplasta a los príncipes como si fueran barro (Isaías 41:25), y es temible para los reyes de la tierra (Salmo 76:12).

Esto parece muy severo, pues humilló a hombres que habían caído repentinamente de una posición de gran honor a una profunda desgracia. Debió ser difícil para aquellos reyes ver que pisoteaban sus cuellos, especialmente no solo Josué, sino todos los capitanes. Sin embargo, no debemos tomar esto como un modelo para la conducta ordinaria, porque se trataba de un caso excepcional y probablemente ocurrió por dirección divina. Dios estaba haciendo tres cosas por medio de este acto. Primero, estaba castigando la terrible maldad de esos reyes, cuyo pecado ya había llegado a su colmo. Al juzgar públicamente a los líderes de Canaán, también ayudaba a su pueblo a rechazar con mayor firmeza los pecados de las naciones que Dios estaba expulsando, pecados que los israelitas podrían haber sentido la tentación de imitar. Segundo, estaba cumpliendo la promesa pronunciada por Moisés: que Israel pisotearía los lugares altos de sus enemigos, es decir, a sus grandes hombres (Deuteronomio 33:29). Era apropiado que esta promesa se cumpliera pronto y de manera literal, pues esas fueron las últimas palabras registradas de Moisés. Tercero, estaba fortaleciendo la fe y la esperanza de Israel para las guerras que aún les esperaban. Por eso Josué les dijo que no tuvieran miedo ni se desanimaran (Josué 10:25).

No teman a estos reyes ni a sus seguidores, como si todavía existiera el peligro de que más adelante se vengaran de ustedes por aquella humillación. Muchas personas se contienen de tratar con demasiada dureza a los enemigos derrotados porque no saben cuándo la guerra podría cambiar de rumbo en su contra. Pero Josué les dice a sus hombres que no tienen que temer algo así en este caso, porque nadie se levantará para vengar aquella causa.

Tampoco teman a otros reyes que puedan unirse contra ustedes en el futuro, porque han visto cómo estos grandes reyes fueron humillados, aunque ustedes pensaban que eran muy poderosos. De la misma manera, el Señor tratará con todos sus enemigos. Cuando comiencen a caer hasta el punto de que ustedes puedan ponerles los pies sobre el cuello, podrán estar seguros de que no podrán levantarse contra ustedes, sino que caerán por completo delante de ustedes (Ester 6:13).

Esto también anticipaba la victoria de Cristo sobre los poderes de las tinieblas y la victoria que los creyentes tienen por medio de él. Todos los enemigos del Redentor, aquel que Dios envió para salvar, serán puestos como estrado de sus pies (Salmo 110:1). Los reyes de la tierra se levantan contra él (Salmo 2:2), pero llegará el momento en que veremos que todo queda sometido bajo su autoridad (Hebreos 2:8), y que los gobernantes y poderes son derrotados públicamente (Colosenses 2:15). En estas victorias somos más que vencedores. Podemos pisotear al león y a la serpiente, es decir, los peligros y enemigos más fuertes (Salmo 91:13), y elevarnos por encima de los lugares difíciles (Isaías 58:14). También podemos estar seguros de que el Dios de paz pronto aplastará a Satanás bajo nuestros pies, de manera completa y definitiva (Romanos 16:20). Véanse también Salmo 149:8 y Salmo 149:9.

3. Cómo fueron ejecutados. Quizá después de aquella terrible humillación, al ser pisoteados por los capitanes de Israel, los reyes pensaron, como Agag, que lo peor ya había pasado. Tal vez sintieron que ya habían recibido suficiente castigo de tantas manos. Pero su posición real no podía salvarles la vida, porque sus vidas ya habían sido sentenciadas.

Josué los mató con la espada y después colgó sus cuerpos hasta el anochecer. Luego los bajaron y los arrojaron a la cueva donde se habían escondido (Josué 10:26-27). Lo que ellos creyeron que sería su refugio se convirtió primero en su prisión y después en su tumba. Así les ocurre a quienes huyen de Dios para refugiarse en cualquier otra cosa. Sin embargo, para los piadosos, la tumba todavía puede ser un lugar de escondite (Job 14:13).

Si estos cinco reyes se hubieran humillado a tiempo y hubieran pedido paz en lugar de hacer la guerra, quizá habrían salvado sus vidas. Pero ahora la sentencia ya había sido pronunciada, y no quedaba lugar para el arrepentimiento ni para cambiar el veredicto. Era demasiado tarde para esperar misericordia, aunque la buscaran con lágrimas.

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