Versículo destacado

Juan 9:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Los vecinos y quienes antes lo habían visto pedir limosna se preguntaban: —¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? "

Juan 9:8

menu_book El versículo en contexto

6 Después de decir esto, Jesús escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva y se lo untó al ciego en los ojos.

7 Luego le dijo: —Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: «Enviado»). El ciego fue, se lavó y, cuando regresó, ya podía ver.

8 Los vecinos y quienes antes lo habían visto pedir limosna se preguntaban: —¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?

9 Unos decían: —Sí, es él. Otros decían: —No, no es él, aunque se le parece. Pero él mismo decía: —Sí, yo soy.

10 Entonces le preguntaron: —¿Y cómo es que ahora puedes ver?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Un acontecimiento tan extraordinario como devolverles la vista a los ojos de un hombre ciego de nacimiento no podía dejar de convertirse en tema de conversación en todo el pueblo. Muchos lo trataron como cualquier otro chisme: una maravilla más, emocionante por un momento y pronto olvidada. Pero Juan nos cuenta lo que dijeron los vecinos porque sus palabras confirman los hechos. Lo que al principio era difícil de creer podía después aceptarse sin ninguna duda. En esta conversación sobre la sanidad se examinan dos aspectos.

En primer lugar, preguntan si realmente era el mismo hombre que había sido ciego (Juan 9:8). Los vecinos que vivían cerca del lugar donde él había nacido y crecido sabían que era ciego. Por eso se asombraron al verlo con la vista restaurada de manera repentina y completa. Preguntaron: «¿No es este el que se sentaba a mendigar?». Al parecer, aquel hombre era un mendigo conocido porque no podía trabajar para ganarse la vida. No podía realizar labores, así que permanecía sentado; y cuando sus padres ya no podían sostenerlo, mendigaba.

Quienes no pueden sostenerse de ninguna otra manera no deben avergonzarse de mendigar. Nadie debería avergonzarse de nada, excepto del pecado. Hay personas que mendigan y realmente están necesitadas, y merecen nuestra compasión; debemos hacerles un lugar. No debemos permitir que quienes verdaderamente lo necesitan pasen hambre por culpa de los holgazanes y aprovechados que se mezclan entre ellos. En el caso de este hombre, la providencia ordenó bien las circunstancias: como era un mendigo conocido, muchas personas podían dar testimonio de quién había sido. Así, el milagro podía comprobarse con mayor facilidad frente a los judíos incrédulos que no querían aceptar que había sido ciego. También mostró la humildad de Cristo, pues eligió sanar a un hombre marcado por la pobreza y el sufrimiento, no por la posición social ni la dignidad humana.

En respuesta a la pregunta de los vecinos, algunos dijeron: «Este es», el mismo hombre. Eran testigos de la verdad del milagro, porque lo habían conocido durante mucho tiempo como alguien completamente ciego. Otros no podían creer que un hombre ciego de nacimiento hubiera recibido la vista de repente, así que dijeron: «No es él, sino que se parece a él». Incluso esa clase de duda demuestra la grandeza del milagro, porque si realmente era el mismo hombre, entonces era evidente que algo extraordinario le había sucedido.

Esto también nos hace pensar en la sabiduría y el poder de la providencia al dar tanta variedad a los rostros humanos. No hay dos rostros tan parecidos que no puedan distinguirse, y eso es necesario para la vida en sociedad, el comercio y la justicia. También nos recuerda el gran cambio que produce la gracia transformadora de Dios en algunas personas. Quienes antes eran muy malvados y despreciables pueden cambiar tanto en lo que son y en lo que hacen que la gente ya no los reconocería como las mismas personas.

El hombre mismo pronto resolvió la discusión. Dijo: «Yo soy», el mismo que poco antes se sentaba a mendigar. Era como si dijera: «Yo soy el que era ciego, el que antes recibía la compasión de los demás, pero que ahora es un testimonio de la misericordia y la gracia de Dios». Los vecinos no se lo preguntaron directamente, pero cuando él los oyó discutir, intervino y puso fin a la disputa. Es un acto de justicia hacia nuestros semejantes corregir sus errores y aclarar las cosas siempre que podamos. En el sentido espiritual, esto enseña que quienes Dios ha iluminado verdaderamente por su gracia deben estar dispuestos a reconocer cómo eran antes de ese cambio bendito (1 Timoteo 1:13-14).

En segundo lugar, preguntan cómo le fueron abiertos los ojos (Juan 9:10-12). Quieren apartarse un momento para examinar más de cerca aquel gran acontecimiento. Jesús no anunciaba sus milagros con publicidad ni los realizaba como un espectáculo; sin embargo, como una ciudad situada sobre una colina, no podían permanecer ocultos. Los vecinos hacen dos preguntas.

Primero, preguntan cómo ocurrió la sanidad: «¿Cómo te fueron abiertos los ojos?». Puesto que las obras del Señor son grandes, debemos estudiarlas (Salmo 111:2). Es bueno observar cómo obra Dios, porque entonces sus obras nos parecen aún más maravillosas. En el sentido espiritual, ya es sorprendente que se abran los ojos de los ciegos, pero resulta todavía más impresionante pensar en cómo ocurre: por medios débiles y a pesar de una fuerte oposición. El hombre les da una respuesta sencilla y completa: «Un hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y recibí la vista» (Juan 9:11). Quienes han experimentado actos especiales del poder y la bondad de Dios, ya sea en asuntos externos o espirituales, deben estar dispuestos a compartir esas experiencias cuando tengan la oportunidad, para la gloria de Dios y para ayudar a los demás. David reunió sus propias experiencias y las de otros (Salmo 34:4-6). Se lo debemos a nuestro Benefactor y a nuestros hermanos y hermanas. Los dones de Dios se desperdician cuando se quedan con nosotros y no llegan más lejos.

Segundo, preguntan quién realizó la sanidad: «¿Dónde está él?». Algunos quizá preguntaban por curiosidad, porque querían ver al hombre que había hecho tales obras. Otros tal vez lo preguntaban con hostilidad, porque querían arrestarlo. Ya existía una orden para encontrarlo y detenerlo (Juan 11:57), y la multitud, sin juzgar con imparcialidad, suele suponer lo peor de las personas que han sido calumniadas. Esperamos que algunos lo preguntaran con buena intención, porque deseaban conocerlo y recibir su bondad. El hombre solo pudo responder: «No lo sé». En cuanto Jesús lo envió al estanque de Siloé, parece que se fue de inmediato, como ocurrió con el hombre de Juan 5:13, sin esperar a que regresara y sin quedarse para recibir su agradecimiento ni comprobar el resultado. Las personas humildes encuentran más gozo en hacer el bien que en recibir elogios por haberlo hecho. Ya habrá tiempo suficiente para eso en la resurrección de los justos.

El hombre nunca había visto a Jesús, porque cuando recuperó la vista, ya no pudo ver a su Sanador. Probablemente preguntaba: «¿Dónde está él?». Ninguna de las nuevas cosas que ahora podía contemplar debió parecerle tan valiosa como ver una sola vez el rostro de Cristo. Sin embargo, solo sabía que aquel hombre se llamaba Jesús, y con razón, pues Jesús es el Salvador. En la obra de la gracia en el alma podemos ver el cambio, pero no vemos la mano que lo produjo. El Espíritu obra como el viento: oyes su sonido, pero no puedes saber de dónde viene ni adónde va.

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