Versículo destacado

Juan 8:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús volvió a decirles: —Yo me voy, y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir. "

Juan 8:21

menu_book El versículo en contexto

19 Le preguntaron: —¿Dónde está tu padre? Jesús les respondió: —Ustedes no me conocen a mí ni tampoco a mi Padre; si me conocieran a mí, también conocerían a mi Padre.

20 Jesús dijo estas cosas mientras enseñaba en el templo, en el lugar donde estaban los cofres de las ofrendas. Pero nadie lo arrestó, porque todavía no había llegado su hora.

21 Jesús volvió a decirles: —Yo me voy, y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir.

22 Los judíos dijeron: —¿Acaso estará pensando en matarse y por eso dice que no podemos ir adonde él va?

23 Jesús les dijo: —Ustedes son de aquí abajo, pero yo soy de arriba; ustedes son de este mundo, pero yo no soy de este mundo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Cristo les da a los judíos descuidados e incrédulos una advertencia justa. Quiere que piensen en aquello a lo que los llevará su incredulidad, para que puedan volver atrás antes de que sea demasiado tarde. Les habla tanto con palabras de advertencia como con palabras de misericordia.

Observemos primero el juicio que anuncia en Juan 8:21. Jesús volvió a decirles algo que debía haberles hecho bien. Siguió enseñando con bondad por causa de los pocos que sí recibían su palabra, aunque muchos se resistían a ella. Este es un buen ejemplo para quienes sirven como ministros: deben continuar con su labor aun cuando enfrenten oposición, porque un remanente será salvo.

Ahora Cristo cambia de tono. Antes les había ofrecido gracia, como una flauta que tocaba una melodía alegre a la que ellos no quisieron responder con gozo. Ahora habla con tristeza acerca de la ira, para ver si se afligen por su pecado. Les dice: «Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en sus pecados. Adonde yo voy, ustedes no pueden venir». Cada parte de estas palabras es seria. Hablan de un juicio espiritual, peor que la guerra, la enfermedad o el destierro, que son los tipos de juicios sobre los que advertían con frecuencia los profetas del Antiguo Testamento.

Aquí se anuncian cuatro cosas contra los judíos. Primero, Cristo los dejará. «Yo me voy» significa: «No tardaré en irme. Ustedes no tienen que echarme, porque me iré por mi propia voluntad». Ellos habían dicho: «Apártate de nosotros; no queremos conocer tus caminos», y él toma en serio sus palabras. Pero la tristeza espera a quienes se quedan sin Cristo. Cuando Cristo se va, también se va la gloria y desaparece la protección. Una y otra vez les había advertido que se iría, como alguien que se resiste a marcharse y está dispuesto a que le pidan que se quede.

Segundo, su odio al verdadero Mesías y su búsqueda inútil de otro Mesías serían a la vez su pecado y su castigo. «Ustedes me buscarán» puede significar que seguirían tratando de destruir su obra al perseguir su enseñanza y a sus seguidores, o que continuarían esperando a un Cristo que todavía habría de venir, aun después de que el verdadero Cristo ya hubiera venido. En cualquiera de los dos casos, serían como personas ciegas que se agotan tratando de encontrar una puerta. Su búsqueda solo aumentaría su sufrimiento.

Tercero, permanecerían sin arrepentirse hasta el final. La expresión «morirán en su pecado» aparece aquí en singular, lo cual parece señalar especialmente el pecado de la incredulidad. Quienes viven y mueren sin fe están perdidos para siempre. También puede significar, de manera más general, que morirían cargando con su culpa, como dice Ezequiel. Muchas personas que han vivido largo tiempo en pecado son salvadas por la gracia de Dios mediante el arrepentimiento antes de morir, pero quienes dejan esta vida con el pecado todavía sin perdonar y todavía gobernándolos ya no tienen esperanza. Ni siquiera la salvación podrá salvarlos entonces.

Cuarto, quedarían separados para siempre de Cristo y de toda felicidad en él. «Adonde yo voy, ustedes no pueden venir». Cuando Cristo dejó este mundo, fue a la alegría perfecta, al paraíso. Llevó consigo al ladrón arrepentido, un hombre que no murió en sus pecados. Pero quienes no se arrepienten no solo no irán a él, sino que tampoco pueden ir. Es moralmente imposible, porque el cielo no sería cielo para quienes mueren en santidad ausente y sin estar preparados para él. No pueden entrar porque no tienen derecho a entrar en esa ciudad santa, la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 22:14). Para todos los creyentes, esto también es un consuelo, porque una vez que Cristo está en el cielo, sus enemigos nunca podrán alcanzarlo allí.

En segundo lugar, observemos cómo los judíos se burlaron de esta advertencia en Juan 8:22. En vez de estremecerse, hicieron una broma. «¿Acaso se matará a sí mismo?», dijeron. Esto muestra con qué ligereza tomaron sus amenazas. Podían reírse de algo que debió haberlos llevado a temer a Dios. También muestra cuánto lo malentendían, como si quisiera quitarse la vida de una manera vergonzosa. Su malicia se volvía cada vez más amarga.

En tercer lugar, Cristo confirma lo que había dicho. Había afirmado: «Adonde yo voy, ustedes no pueden venir», y ahora explica la razón en Juan 8:23. «Ustedes son de aquí abajo; yo soy de arriba. Ustedes pertenecen a este mundo; yo no pertenezco a este mundo». Sus corazones estaban fijados en las cosas terrenales, mientras que el corazón de él estaba puesto en las cosas celestiales. Estaba completamente libre del amor a las riquezas, a la comodidad física y a la aprobación humana, y estaba dedicado por completo a las cosas de Dios. Nadie puede estar con él si no nace de arriba y vive con la mirada puesta en el cielo.

También repite la advertencia: «Morirán en sus pecados», y explica por qué. «Por eso les dije que morirían en sus pecados; porque, si no creen que yo soy, morirán en sus pecados» (Juan 8:24). Lo que se les exige creer es que él es el Cristo prometido, el que verdaderamente es. La expresión «Yo soy» también hace eco de uno de los nombres de Dios en Éxodo 3:14. El Hijo de Dios es quien cumple el propósito salvador de Dios, y es el Mesías que ellos estaban llamados a recibir.

«Yo soy» no es simplemente el nombre del Mesías. No solo me llamo así; yo soy él. La verdadera fe no tranquiliza el alma con un sonido vacío hecho de palabras. Hace que el corazón se someta a la verdad de la mediación de Cristo —es decir, a su función como aquel que nos lleva a Dios— y la recibe como algo real, con resultados reales.

Qué necesario es que creamos esto. Si no tenemos esta fe, moriremos en nuestros pecados. Sin esta fe, no podemos ser librados del poder del pecado mientras vivimos y, por eso, ciertamente continuaremos en él hasta el final. Solo la gracia de Cristo puede impulsarnos con poder a apartarnos del pecado y volvernos a Dios, y solo el Espíritu de la gracia de Cristo puede producir eficazmente ese cambio en nosotros. Ese Espíritu y esa enseñanza se dan únicamente a quienes creen en Cristo. Por eso, si la fe no expulsa a Satanás, él mantiene el alma como si tuviera un contrato de por vida. Si Cristo no nos sana, nuestra situación no tiene esperanza y moriremos en nuestros pecados.

Sin fe tampoco podemos ser salvos del castigo del pecado cuando muramos. La ira de Dios permanece sobre quienes no creen (Marcos 16:16). La incredulidad es el pecado que condena, porque es pecado contra el remedio. Esto señala la gran promesa del evangelio: si creemos que Cristo es el Prometido y lo recibimos como tal, no moriremos en nuestros pecados. La ley habla claramente a todos y dice: «Morirán en sus pecados», porque todos somos culpables delante de Dios. Pero el evangelio cancela esa maldición para todos los que se someten a su gracia por medio de la fe. Los creyentes mueren en Cristo, en su amor y en sus brazos, y por eso son salvos de morir en sus pecados.

Aquí encontramos más enseñanzas acerca de Cristo mismo, presentadas a partir de que él dijo que la fe en él es la condición para la salvación (Juan 8:25-29). Los judíos le preguntaron: «¿Quién eres?». Lo preguntaron con tono burlón, no porque quisieran aprender. Él había dicho: «Deben creer que yo soy». Al no declarar su identidad con términos sencillos, mostró que, en su persona, estaba más allá de cualquier descripción simple y que, en su oficio, era aquel a quien habían esperado todos los que en Israel buscaban la salvación. Sin embargo, ellos tergiversaron esta manera solemne de hablar y la convirtieron en un insulto, como si él no supiera hablar de sí mismo: «¿Quién eres tú, para que tengamos que creer en ti sin ninguna explicación? Eres algún gran “yo soy”, aunque no sabemos quién o qué eres, y difícilmente tienes autoridad para hablarnos así».

Jesús respondió de tres maneras. Primero, los remitió a lo que ya había dicho: «¿Me preguntan quién soy? Soy el mismo que les he dicho desde el principio». La redacción de este versículo es un poco difícil, y algunos la entienden así: «Yo soy el Principio, aquel de quien les estoy hablando». Cristo es llamado el Principio (Colosenses 1:18; Apocalipsis 1:8; Apocalipsis 21:6; Apocalipsis 3:14), y esto concuerda con Juan 8:24: «Yo soy». Compárese con Isaías 41:4: «Yo soy el primero, y yo soy». Pero la mayoría de los intérpretes la entienden como lo hace nuestra traducción: «Soy el mismo que les he dicho desde el principio». Esto puede significar desde el principio de los tiempos en las Escrituras del Antiguo Testamento: el mismo que fue prometido por primera vez como la Descendencia de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. También puede referirse al comienzo de su ministerio público. Él mantendría la descripción que ya había dado de sí mismo. Había dicho que era el Hijo de Dios (Juan 5:17), el Cristo (Juan 4:26) y el pan de vida, y se había ofrecido como aquel a quien debe abrazar la fe salvadora. Cristo siempre es consecuente consigo mismo. Lo que dijo desde el principio, todavía lo dice. Su evangelio es eterno.

En segundo lugar, les señaló el juicio de su Padre y la enseñanza que había recibido de él (Juan 8:26). En esencia, les dijo: «Tengo muchas cosas que decir acerca de ustedes y muchas razones para juzgarlos. Pero ¿para qué seguir tratando con ustedes? Yo sé que el que me envió es fiel, y él me sostendrá. Al mundo, que es mi campo de misión, solo le hablo de lo que he oído de él». Aquí se abstuvo de insistir en su acusación contra ellos. Tenía mucho que decir en su contra y muchas pruebas que presentar, pero por el momento ya había dicho suficiente. Dios, que examina el corazón, siempre tiene más cosas que juzgar en nosotros de las que nosotros mismos alcanzamos a ver (1 Juan 3:20). Por más que Dios trate con los pecadores en este mundo, todavía queda por delante una rendición de cuentas mucho mayor (Deuteronomio 32:34). Debemos aprender a no decir todo lo duro que podríamos decir, ni siquiera contra las personas más malvadas. Podemos tener muchas palabras de reproche que es mejor dejar sin decir, porque ese juicio no nos corresponde.

También apeló a su Padre. Esto le dio dos motivos de consuelo. Primero, había sido fiel a su Padre y a la responsabilidad que se le había confiado: hablaba al mundo, porque su evangelio debía predicarse a toda criatura, y enseñaba «lo que había oído de él». Había sido dado como testigo a los pueblos (Isaías 55:4) y era el Amén, el testigo fiel (Apocalipsis 3:14). No ocultó su enseñanza, porque concernía a todos, ni la cambió ni la distorsionó. Habló exactamente lo que el Padre le había dado.

Segundo, sabía que su Padre le sería fiel. El Padre cumpliría su promesa de hacer que su boca fuera como una espada afilada. Mantendría el propósito que había establecido para el Hijo, fijado por su decreto (Salmo 2:7). También cumpliría sus advertencias contra quienes lo rechazaran. Aunque Cristo no los acusara delante del Padre, el Padre que lo había enviado ciertamente trataría con ellos. Sería fiel a lo que había dicho: cualquiera que no escuchara al profeta que Dios levantaría tendría que responder por ello (Deuteronomio 18:19). Cristo no los acusaría, pero en efecto les estaba diciendo: «El que me envió es fiel, y él los juzgará, aunque yo no insista en que se les juzgue». Así que, al dejar de lado el asunto por el momento, todavía los dejaba sujetos al día del juicio, cuando ya sería demasiado tarde para argumentar contra aquello que entonces se negaban a creer.

El evangelista añade una nota triste acerca de esta parte de la enseñanza de nuestro Señor: ellos no entendieron que les estaba hablando del Padre (Juan 8:27). Aquí vemos el poder de Satanás para cegar la mente de quienes no creen. Cristo habló claramente de Dios como su Padre celestial, pero ellos no entendieron de quién hablaba. Pensaron que se refería a algún padre suyo en Galilea.

Las verdades claras se convierten en enigmas y parábolas para quienes están decididos a aferrarse a sus prejuicios. Para una persona ciega, el día y la noche son iguales.

Por eso también las advertencias de la Palabra de Dios producen tan poco efecto en los pecadores. No entienden de quién proviene la ira que se revela en esas advertencias. Cuando Cristo les habló de la fidelidad del que lo había enviado y les advirtió que se prepararan para su juicio, ellos lo ignoraron. No se dieron cuenta de bajo qué juicio se estaban colocando.

Después, en Juan 8:28-29, Cristo los remite a sus propias convicciones. Como no lo entenderían en ese momento, deja el asunto para cuando hubiera más pruebas. Quienes no quieren ver ahora, verán después (Isaías 26:11).

Observemos, primero, aquello de lo que pronto quedarían convencidos: «Ustedes sabrán que yo soy». Es decir, Jesús es el verdadero Mesías. Lo admitieran o no delante de los demás, se verían obligados a reconocerlo en su propia conciencia. Podrían intentar acallar esas convicciones, pero no podrían vencerlas. Él no era lo que ellos lo acusaban de ser, sino aquel que ya había dicho que era: el que había de venir.

Dos cosas los convencerían de esto. Primero, él no hacía nada por su propia cuenta; es decir, no actuaba independientemente como hombre ni separado del Padre, con quien es uno. Esto no debilita su poder divino. Solo respondía a la acusación de que era un falso profeta. Los falsos profetas hablan de su propio corazón y siguen su propio espíritu. Segundo, así como su Padre le había enseñado, él hablaba. No se había enseñado a sí mismo, sino que Dios le había enseñado. La enseñanza que daba concordaba con el consejo de Dios, que él conocía plenamente. No solo hablaba lo que el Padre le había enseñado, sino que lo hacía como el Padre se lo había enseñado, con el mismo poder y autoridad divinos.

Observemos también cuándo quedarían convencidos: «Cuando hayan levantado al Hijo del Hombre». Esto apunta a que sería levantado en la cruz, como la serpiente de bronce fue levantada sobre un asta (Juan 3:14) y como se levantaban los sacrificios bajo la ley. A esas ofrendas también se les llamaba «elevaciones», porque se levantaban delante del Señor. De la misma manera, Cristo sería levantado.

O bien, la expresión significa que su muerte sería su exaltación. Quienes lo mataran pensarían que estaban hundiéndolo a él y acabando para siempre con su causa, pero su muerte se convertiría en el avance de ambos (Juan 12:24). Cuando el Hijo del Hombre fue crucificado, el Hijo del Hombre fue glorificado. Cristo había llamado a su muerte su partida; aquí la llama su elevación. De la misma manera, la muerte de los creyentes es su partida de este mundo y su entrada en uno mejor.

Él les hablaba precisamente a las personas que participarían en su muerte. «Cuando hayan levantado al Hijo del Hombre» no significa que ellos serían sacerdotes que lo ofrecerían. No; Cristo se ofreció a sí mismo. Significa que serían sus traidores y asesinos (Hechos 2:23). Ellos lo levantarían en la cruz, y luego él se levantaría a sí mismo hasta su Padre. Observemos con cuánta mansedumbre Cristo habla a quienes sabía que lo llevarían a la muerte. Nos enseña a no odiar ni desearle el mal a nadie, aun cuando tengamos razones para pensar que nos odian.

Cristo dice que su muerte convencería profundamente a los judíos de su incredulidad: «Entonces sabrán esto». ¿Por qué entonces? Primero, las personas descuidadas e indiferentes suelen reconocer el valor de las bendiciones cuando las pierden (Lucas 17:22). Segundo, la culpa de haber llevado a Cristo a la muerte despertaría sus conciencias y los haría buscar seriamente a un Salvador. Entonces sabrían que Jesús era el único que podía salvarlos. Así ocurrió cuando se les dijo que, con manos malvadas, habían crucificado y matado al Hijo de Dios. Entonces clamaron: «¿Qué debemos hacer?», y llegaron a saber con certeza que ese Jesús era Señor y Mesías (Hechos 2:36).

Tercero, su muerte y después su resurrección estarían acompañadas de señales y milagros tan extraordinarios que darían una prueba más contundente de que él era el Mesías que cualquier cosa que se hubiera visto antes. Muchos llegaron a creer que Jesús es el Cristo, incluso después de haberse opuesto a él. Cuarto, por medio de la muerte de Cristo se obtendría el Espíritu Santo, y el Espíritu convencería al mundo de que Jesús es el que había de venir (Juan 16:7-8). Quinto, los juicios que los judíos atrajeron sobre sí mismos al matar a Cristo, colmando así la medida de su pecado, serían una advertencia clara incluso para los corazones más endurecidos de que Jesús era el Mesías. Cristo había predicho muchas veces que esa destrucción sería el castigo justo por su incredulidad obstinada, y cuando ocurrió, no pudieron dejar de reconocer que el gran profeta había estado entre ellos (Ezequiel 33:33).

Mientras tanto, esto era lo que sostenía a nuestro Señor Jesús, según Juan 8:29: «El que me envió está conmigo». El Padre estaba con él en toda su obra. El Padre, fuente y autor de toda esta misión, no lo había dejado solo para llevarla a cabo por sí mismo. No había abandonado ni la obra ni a quien la realizaba, porque Jesús siempre hacía lo que le agradaba.

Aquí vemos, primero, la seguridad que Cristo tenía de la presencia de su Padre. Esto incluía tanto el poder divino que lo acompañaba para fortalecerlo en su obra como el favor divino que le daba ánimo para realizarla: «El que me envió está conmigo» (Isaías 42:1; Salmo 89:21). Esto debe fortalecer grandemente nuestra fe en Cristo y nuestra confianza en su palabra. Él sabía que su Padre estaba con él para confirmar el mensaje de su siervo (Isaías 44:26). El Rey de reyes acompañaba a su propio mensajero para confirmar su misión y ayudarlo a cumplirla. Nunca lo dejó solo, aislado ni débil. Esto también agravaba el pecado de quienes se le oponían y mostraba el peligro que se estaban acarreando al resistirlo. Estaban luchando contra Dios. Por más fácil que les pareciera aplastarlo y silenciarlo, debían haber sabido que contaba con el respaldo de Aquel a quien es una locura oponerse.

En segundo lugar, esta seguridad se basaba en que él siempre hacía lo que agradaba al Padre. Esto significa, ante todo, que la gran obra que nuestro Señor Jesucristo realizaba continuamente era precisamente la obra en la que el Padre que lo envió se complacía. Toda su misión es llamada «la voluntad del Señor» (Isaías 53:10), porque procedía del propósito eterno de Dios y era el deleite de su mente eterna.

Su manera de abordar este asunto no desagradó en ningún sentido a su Padre. Al cumplir su misión, siguió exactamente cada instrucción y nunca se apartó de ellas. Ningún ser humano común desde la caída podría afirmar algo así, porque «todos tropezamos muchas veces» (Santiago 3:2). Pero nuestro Señor Jesús nunca ofendió a su Padre en nada. Al contrario, como era necesario, cumplió toda justicia.

Esto era indispensable para el sacrificio que iba a ofrecer. Si hubiera desagradado al Padre en algún aspecto, y si hubiera tenido que responder por algún pecado propio, el Padre no habría podido aceptarlo como sacrificio expiatorio por nuestros pecados; es decir, como un sacrificio que aparta la ira de Dios contra el pecado. Necesitábamos un sacerdote y un sacrificio perfectamente puros y sin mancha. También aprendemos aquí que los siervos de Dios pueden esperar que él esté con ellos cuando procuran hacer lo que le agrada y lo ponen en práctica (Isaías 66:4, Isaías 66:5).

Aquí también vemos el buen efecto que esta conversación tuvo en algunos de los que la escucharon (Juan 8:30). Mientras Jesús pronunciaba estas palabras, muchos creyeron en él. Esto muestra, en primer lugar, que aunque las multitudes pueden perecer en incredulidad, todavía queda un remanente, un pequeño número escogido por gracia, que cree para la salvación de su alma. Aunque Israel como nación no sea reunido por completo, todavía hay algunos en quienes Cristo será glorioso (Isaías 49:5). Pablo también usa esta verdad para explicar cómo el rechazo de los judíos puede coexistir con las promesas hechas a sus antepasados. Hay un remanente, dice él (Romanos 11:5).

En segundo lugar, las palabras de Cristo, especialmente sus advertencias, reciben poder de la gracia de Dios para llevar a los pobres pecadores a la fe en él. Cuando Cristo les dijo que, si no creían, morirían en sus pecados y nunca llegarían al cielo, comenzaron a tomar el asunto en serio (Romanos 1:16, Romanos 1:18). En tercer lugar, puede haber una oportunidad amplia y eficaz para el evangelio aun cuando muchas personas se opongan a él. Cristo continuará su obra aunque las naciones se enfurezcan. A veces, el evangelio obtiene grandes victorias precisamente donde enfrenta una fuerte resistencia. Esto debe animar a los ministros de Dios a predicar el evangelio aun cuando encuentren mucha oposición, porque no trabajarán en vano. Muchas personas pueden ser llevadas silenciosamente a Dios por medio de esfuerzos que quienes tienen la mente corrompida atacan y ridiculizan abiertamente.

Agustín expresa una oración llena de afecto al considerar estas palabras: «Deseo que, cuando hable, muchos crean, no en mí, sino conmigo, en él».

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