Versículo destacado

Juan 6:60 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al oír estas enseñanzas, muchos de los que seguían a Jesús dijeron: —Esto que dice es muy difícil de aceptar; ¿quién puede hacerle caso? "

Juan 6:60

menu_book El versículo en contexto

58 Hablo del pan que ha bajado del cielo. Este pan no es como el maná que comieron los antepasados de ustedes, quienes, a pesar de haberlo comido, murieron; el que come de este pan vivirá para siempre.

59 Jesús enseñó estas cosas en la sinagoga de Cafarnaúm.

60 Al oír estas enseñanzas, muchos de los que seguían a Jesús dijeron: —Esto que dice es muy difícil de aceptar; ¿quién puede hacerle caso?

61 Jesús, al darse cuenta de lo que estaban murmurando, les preguntó: —¿Esto los ofende?

62 ¿Qué pasaría entonces si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos lo que sucedió después de que Cristo dio esta enseñanza. A algunos les ofendió, mientras que a otros les ayudó. A unos los alejó de él, y a otros los atrajo más. Para algunos se convirtió en un mensaje de muerte que los llevó a una mayor ruina espiritual. Esto ocurrió no solo con los judíos, que se opusieron abiertamente a él y a su enseñanza, sino también con muchos de sus discípulos, es decir, personas que lo seguían con frecuencia y lo escuchaban públicamente.

Eran una multitud diversa, como los israelitas que al principio provocaron el descontento. Comenzaron a quejarse de la enseñanza que habían oído: «Dura es esta enseñanza; ¿quién puede oírla?». A ellos mismos no les agradaba. En esencia, estaban diciendo: «¿Qué clase de enseñanza es esta? ¿Comer la carne y beber la sangre del Hijo del Hombre? Si se trata de una figura, no podemos entenderla. Y si es literal, es imposible. ¿Se supone que debemos convertirnos en caníbales? ¿Acaso no podemos ser religiosos sin volvernos bárbaros?».

Averroes, un filósofo musulmán, dijo: «Si los cristianos adoran lo que comen, que mi alma permanezca con los filósofos». Cuando encontraron difíciles las palabras de Cristo, debieron pedirle humildemente que les explicara la parábola. Entonces él se las habría aclarado y también habría abierto su entendimiento, porque Dios enseña su camino a los humildes. Pero ellos no querían que les explicara sus palabras. Querían conservar una excusa para rechazarlas: que eran demasiado difíciles.

También supusieron que nadie más podría aceptarlas. «¿Quién puede oírla?», dijeron, como si nadie pudiera hacerlo. Quienes se burlan de la religión suelen hablar así. Actúan como si toda persona razonable estuviera de acuerdo con ellos y como si nadie sensato pudiera aceptar la enseñanza de Cristo ni someterse a sus mandatos. Como ellos mismos no quieren ser instruidos ni refrenados, imaginan que nadie más puede quererlo. Sin embargo, muchos miles han escuchado las palabras de Cristo y las han encontrado no solo fáciles, sino también agradables, como alimento necesario.

Cristo respondió a sus quejas. Él sabía que estaban murmurando, como se indica en Juan 6:61. Sus objeciones quizá se quedaron en lo profundo de su corazón o las susurraron entre ellos en privado. Cristo las conocía. Las veía y las oía. Él toma en cuenta no solo los ataques abiertos contra su nombre, sino también la falta de respeto secreta de quienes escuchan sin creer. Conoce lo que el necio dice en su corazón, aun cuando la vergüenza le impide decirlo en voz alta. Ve quién se alegra con su enseñanza, quién se somete a ella, quién discute con ella y quién se rebela, aunque lo haga en silencio.

Lo sabía por su propio conocimiento divino, no porque alguien se lo hubiera contado ni porque hubiera recibido un mensaje de alguna fuente externa. Lo sabía como Dios mismo lo sabe. Él es la Palabra eterna, capaz de leer los pensamientos del corazón (Hebreos 4:12-13). Para Cristo, los pensamientos son palabras. Por eso debemos tener cuidado no solo con lo que decimos y hacemos, sino también con lo que pensamos.

También sabía cómo responderles: «¿Esto les ofende?». ¿Era esto una piedra de tropiezo para ellos? Con frecuencia, las personas provocan su propia ofensa al malinterpretar las cosas deliberadamente. Se ofenden cuando nadie les ha dado motivo para hacerlo e incluso convierten en problema lo que no lo es. Sorprende que se hayan ofendido tanto por la enseñanza de Cristo cuando había tan poca razón para ello.

A quienes calificaron su enseñanza de confusa y difícil de entender, les dio una indicación sobre su ascensión al cielo, la cual proporcionaría una prueba poderosa de que su enseñanza era verdadera (Juan 6:62). Les dijo, en efecto: «¿Qué pensarán entonces cuando vean al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?». Si les decía eso, se ofenderían aún más, porque considerarían demasiado elevadas sus afirmaciones. Si tropezaban con esta enseñanza, ¿cómo reaccionarían al escuchar que regresaría al cielo, el lugar de donde había venido? Véase también Juan 3:12.

Quienes tropiezan con dificultades menores deberían pensar en cómo enfrentarán las mayores. O bien, cuando lo vieran ascender, o cuando escucharan de testigos que había ascendido, tendrían una prueba clara y deberían quedar satisfechos. Ellos pensaban que Cristo afirmaba demasiado al decir que había descendido del cielo, que era el punto que discutían en Juan 6:42. Pero ¿seguirían pensando lo mismo después de verlo regresar al cielo? Si ascendió, entonces ciertamente también había descendido (Efesios 4:9-10). Cristo a menudo dirigió a las personas hacia una prueba posterior de esta manera, como en Juan 1:50-51; Juan 2:14; Mateo 12:40 y Mateo 26:64. Debemos esperar hasta que la obra de Dios llegue a su cumplimiento; entonces veremos que no había razón para ofendernos por nada de lo que Cristo dijo.

También les dio una regla general para esta enseñanza y para todas las expresiones semejantes. Deben entenderse de manera espiritual, no física ni carnal: «El Espíritu es el que da vida; la carne no sirve de nada» (Juan 6:63). En el cuerpo natural, el espíritu que da vida hace que el cuerpo viva. Sin él, ni siquiera el mejor alimento serviría de algo. El pan no beneficiaría al cuerpo si este no tuviera vida por medio del espíritu.

Lo mismo sucede con el alma. El uso externo de los medios religiosos, a menos que el Espíritu de Dios obre por medio de ellos, no produce ningún beneficio. La Palabra y las ordenanzas son como alimento para una persona viva cuando el Espíritu obra a través de ellas, pero como alimento para una persona muerta cuando él no obra. Incluso la carne de Cristo, el sacrificio por el pecado, no nos beneficiará si el bendito Espíritu no da vida a nuestra alma por medio de ella y aplica a nosotros el poder de su muerte, hasta unirnos a él por su gracia en la semejanza de su muerte.

Además, si la enseñanza acerca de comer la carne de Cristo y beber su sangre se toma literalmente, no produce ningún bien y solo lleva a la confusión y al prejuicio. Pero su significado espiritual da vida al alma. Por eso él dice: «Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida». Comer la carne de Cristo suena como una enseñanza difícil, pero creer que Cristo murió por mí y recibir fuerza y consuelo de esa verdad al acercarme a Dios, luchar contra el pecado y prepararme para la eternidad: ese es el espíritu y la vida de lo que él dijo. Entendida de esta manera, es una enseñanza maravillosa. Muchas veces, la razón por la que a las personas no les gustan las palabras de Cristo es que las malinterpretan.

El sentido literal y superficial de una parábola no nos sirve de nada. No nos volvemos más sabios simplemente por escucharla. Lo que nos enseña es su significado espiritual. «La carne para nada aprovecha» significa que quienes viven bajo el dominio de una mente pecaminosa y mundana no se benefician de la enseñanza de Cristo. «El Espíritu da vida» significa que quienes tienen el Espíritu reciben vida y fortaleza por medio de él, porque lo reciben conforme a la condición de su corazón.

Ellos criticaron las palabras de Cristo, pero la verdadera culpa estaba en ellos mismos. Las verdades espirituales les parecen vacías y aburridas a las personas que solo se interesan en las cosas terrenales. Sin embargo, quienes tienen una mente espiritual las encuentran dulces y satisfactorias. Véase 1 Corintios 2:14-15.

Entonces Cristo les hizo saber que los conocía por completo y que no esperaba nada mejor de ellos, aunque afirmaban ser sus discípulos (Juan 6:64-65). Así se cumplieron las palabras del profeta acerca de Cristo y de su enseñanza: «¿Quién ha creído nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?» (Isaías 53:1). Cristo señala las dos partes de ese versículo. Ellos no creyeron su anuncio. Algunos habían dicho que lo dejarían todo para seguirlo, pero todavía no creían verdaderamente. Por eso la palabra predicada no les aprovechó: no estaba unida a la fe (Hebreos 4:2).

No creían que él fuera el Mesías. Si lo hubieran creído, habrían aceptado su enseñanza, aun cuando algunas partes fueran difíciles de entender. Los que están aprendiendo deben confiar en la palabra de su maestro. Entre quienes solo llevan el nombre de cristianos hay muchos que en realidad son incrédulos. Antes de que los hipócritas revelen a los demás lo que son, Cristo ya lo ve con claridad.

Desde el principio, él sabía quiénes de entre la multitud creían verdaderamente y quién de los doce lo traicionaría. Lo sabía desde el comienzo de su tiempo con ellos, aun cuando su entusiasmo parecía estar en su punto más alto. Podía distinguir quién era sincero, como Natanael (Juan 1:47), y quién era falso. Antes de que se expusieran por medio de sus acciones, él ya podía distinguir el amor genuino del amor fingido.

De esto aprendemos que, cuando personas que durante mucho tiempo han hecho una buena profesión de fe se apartan, eso demuestra claramente que eran hipócritas desde el principio. No demuestra que los verdaderos creyentes puedan apartarse finalmente y por completo. Esas deserciones no son la caída de santos verdaderos, sino la revelación de quienes eran falsos (1 Juan 2:19). «La estrella que cae nunca fue realmente una estrella».

También aprendemos que solo Cristo puede conocer el corazón. Él sabe quiénes no creen, aun cuando finjan ser fieles. Sin embargo, todavía les da un lugar en su iglesia, les permite disfrutar de sus ordenanzas y les concede el honor externo de llevar su nombre, a menos que su propia maldad los deje en evidencia. Esto se debe a que la iglesia visible está constituida de esa manera y aún no ha llegado el día en que todo será revelado. Pero si intentamos juzgar el corazón de las personas, ocupamos el lugar de Cristo y nos adelantamos a su juicio. A menudo entendemos mal a los demás y después cambiamos de opinión acerca de ellos. De una cosa podemos estar seguros: Cristo conoce a todas las personas, y su juicio siempre es verdadero.

Su incredulidad también tenía otra causa: el brazo del Señor no se les había revelado (Juan 6:65). Por eso Cristo dijo: «Nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede», refiriéndose nuevamente a Juan 6:44. Cristo podía saber quién creía y quién no porque la fe es un don y una obra de Dios. Todo lo que el Padre da y hace pasa por las manos del Hijo.

Antes, Cristo había dicho que nadie puede venir a él si el Padre no lo atrae. Aquí dice que nadie puede venir si el Padre no se lo concede. Esto muestra que Dios atrae a las personas dándoles gracia, fortaleza y un corazón dispuesto a venir a él. Sin ese don, la naturaleza humana caída no puede venir a Cristo.

Entonces llega su ruptura definitiva con él: «Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él» (Juan 6:66). Cuando comenzamos a pensar mal de las palabras y las obras de Cristo, y poco a poco empezamos a rechazarlas, ya estamos entrando en la tentación. Es como abrir una pequeña grieta en una represa. Es mirar atrás y, a menos que la misericordia de Dios lo detenga, eso terminará en apartarse. Por eso debemos estar atentos desde el comienzo de la apostasía.

Muchos regresaron a sus hogares, sus familias y sus trabajos, que habían dejado por un tiempo para seguirlo. Uno volvió a su campo y otro a su oficio. Eran como Orfa, que regresó a su pueblo y a sus dioses (Rut 1:15). Se habían inscrito en la escuela de Cristo, pero ahora se fueron, no solo por un día, sino para siempre.

Que los discípulos de Cristo se aparten es algo extraño, pero ha ocurrido tantas veces que no debería sorprendernos. Aquí muchos se volvieron atrás juntos. A menudo sucede que, cuando algunos se apartan, muchos caen con ellos. El error se propaga con facilidad.

Este apartarse comenzó desde el momento mismo en que Cristo proclamó esta verdad consoladora: él es el pan de vida, y todos los que se alimentan de él por la fe vivirán por medio de él. Uno pensaría que eso los habría acercado más a él. Sin embargo, desde entonces se alejaron. Un corazón corrompido y malvado suele convertir el mayor consuelo en motivo de ofensa. Cristo sabía que sus palabras los ofenderían, pero aun así las pronunció. La palabra firme y la verdad de Cristo deben proclamarse fielmente, sin importar quién se ofenda. El estado de ánimo de las personas debe someterse a la Palabra de Dios, no se debe torcer la Palabra de Dios para adaptarla al estado de ánimo de las personas.

La profundidad de su apartamiento se vio en que dejaron de andar con él. No regresaron ni siguieron asistiendo a su enseñanza. Para quienes una vez fueron iluminados y probaron la bondad de la palabra de Dios, es muy difícil ser renovados otra vez para arrepentimiento si se apartan (Hebreos 6:4-6).

Esta misma enseñanza dio vida a otros. Muchos regresaron, pero gracias a Dios, no todos lo hicieron. Aun entonces, los doce permanecieron con él. Aunque la fe de algunas personas pueda ser derribada, el fundamento de Dios permanece firme. Entonces Cristo se volvió hacia los doce y les hizo esta pregunta llena de amor: «¿También ustedes quieren irse?» (Juan 6:67). No les dijo nada a los que se habían ido.

Si los incrédulos se van, que se vayan. No es una gran pérdida cuando se trata de personas que nunca le pertenecieron verdaderamente. Llegaron con ligereza y con ligereza se van. Pero Jesús aprovechó ese momento para hablarles a los doce, fortalecerlos y, al poner a prueba su firmeza, afirmarlos todavía más. Les preguntó si ellos también se irían.

En primer lugar, esta pregunta significa: «Ustedes pueden decidir si se quedan o se van». Si iban a abandonarlo, ese era el momento de hacerlo, cuando tantos otros estaban haciendo lo mismo. Era un tiempo de prueba; y si iban a regresar atrás, que lo hicieran entonces. Cristo no obliga a nadie a permanecer con él contra su voluntad. Sus soldados son voluntarios, no reclutas forzados. Los doce ya habían tenido suficiente tiempo para ver si querían seguir a Cristo y aceptar su enseñanza, y él no quería que después alguno dijera que lo habían engañado para convertirlo en discípulo.

En segundo lugar, la pregunta significa: «Para ustedes sería peligroso irse». Si en el corazón de algún discípulo había una atracción secreta hacia el abandono, esta pregunta penetrante tenía el propósito de detenerlo. Era como si les dijera: «¿Piensan que están unidos a mí con la misma ligereza que ellos y que pueden irse tan fácilmente como se fueron? Ellos no han estado tan cerca de mí como ustedes ni han recibido tantas bendiciones de mi parte. Ellos se fueron, pero ¿también ustedes se irán?». En efecto, Cristo les estaba diciendo: «Recuerden quiénes son y declaren: “Pase lo que pase con los demás, nosotros nunca te dejaremos”». Cuanto más cerca hayamos estado de Cristo y cuanto más tiempo hayamos caminado con él, mayor sería nuestra culpa si lo abandonáramos.

En tercer lugar, la pregunta también significa: «Tengo razones para pensar que ustedes no se irán». Jesús no preguntó porque esperara que todos ellos se fueran. Él tenía un dominio más firme sobre ellos, y esperaba algo mejor de ellos (Hebreos 6:9). Ellos eran los que habían continuado con él (Lucas 22:28). Cuando algunos se apartan, eso entristece al Señor Jesús; pero la fidelidad de otros lo honra aún más, y él se complace en ella. Cristo y los verdaderos creyentes se conocen demasiado bien como para separarse ante cada decepción.

Pedro, hablando en nombre de los demás, dio una respuesta llena de fe a la pregunta de Jesús en Juan 6:68-69. Cristo les preguntó como en otro tiempo Josué le preguntó a Israel a quién serviría, con el propósito de llevarlos a declarar que permanecerían con él, y eso fue precisamente lo que ocurrió. En efecto, Pedro dijo: «No; nosotros serviremos al Señor». Pedro solía hablar en nombre de los demás, no necesariamente porque tuviera mayor acceso a su Maestro, sino porque era más rápido para hablar. A veces recibía elogios y otras veces era corregido, algo que suele sucederles a quienes hablan demasiado pronto. Sin embargo, en esta ocasión habló muy bien, probablemente con el acuerdo de los otros discípulos o, al menos, expresando lo que todos pensaban. Debemos esperar lo mejor aun de Judas.

La respuesta de Pedro muestra una firme determinación de permanecer con Cristo, y la expresa de una manera que no deja lugar ni siquiera al más pequeño pensamiento de abandonarlo: «Señor, ¿a quién iremos?». Sería absurdo dejarlo si no supieran dónde podrían estar mejor. Estaban conformes con su decisión y no deseaban cambiarla. Quienes abandonan a Cristo deberían pensar cuidadosamente adónde piensan ir y si pueden encontrar paz en algún otro lugar. El mundo ciertamente les fallará. Regresar al pecado ciertamente los arruinará. Sería abandonar la fuente de agua viva para irse a cisternas rotas.

Los discípulos habían decidido seguir buscando la vida y la felicidad, y querían un guía para esa búsqueda. Permanecerían con Cristo porque no podían tener un guía mejor. ¿Acaso irían con los filósofos paganos y se convertirían en sus discípulos? Estaban llenos de pensamientos vacíos y, aunque afirmaban tener sabiduría en algunos asuntos, se habían vuelto necios en lo relacionado con la religión. ¿Acaso se sentarían bajo la enseñanza de los escribas y los fariseos? ¿Qué bien podían hacerles, si habían dejado sin efecto los mandamientos de Dios por medio de sus tradiciones? ¿Acaso regresarían a Moisés? Él los enviaría de vuelta a Cristo. Por eso, si alguna vez encontraban el camino hacia la felicidad, tendría que ser siguiendo a Cristo.

La santa religión de Cristo se ve mucho mejor cuando se la compara con otras enseñanzas, porque entonces su grandeza se hace evidente. Quienes la critican deberían encontrar algo mejor antes de abandonarla. Necesitamos un maestro divino, y no podemos encontrar uno mejor que Cristo. Necesitamos una revelación divina, y si la Escritura no es esa revelación, ¿dónde más podríamos buscarla?

Pedro también da una razón contundente para esta determinación. No fue una decisión impulsiva, nacida de un sentimiento ciego, sino el resultado de una reflexión cuidadosa. Los discípulos decidieron no apartarse nunca de Cristo, en primer lugar, por el beneficio que esperaban recibir de él: «Tú tienes palabras de vida eterna». Todavía no comprendían plenamente todo lo que Jesús había dicho, porque la enseñanza acerca de la cruz seguía siendo difícil para ellos. Pero, en términos generales, estaban convencidos de que él tenía las palabras de vida eterna. Esto significa, primero, que su enseñanza mostraba el camino a la vida eterna y decía qué debía hacer la gente para recibirla. Segundo, su palabra de promesa realmente daría vida eterna. Tener las palabras de vida eterna es lo mismo que tener el poder de dar vida eterna a quienes el Padre le ha dado (Juan 17:2).

Jesús ya había prometido la vida eterna a sus seguidores en la primera parte de este discurso. Estos discípulos se aferraron a esa promesa clara. Los demás se enfocaron en las palabras difíciles y se fueron, pero los discípulos se aferraron a la promesa y permanecieron. Tal vez no entendamos todos los misterios de la enseñanza de Cristo, pero sabemos, en términos generales, que es la palabra de vida eterna; por eso debemos vivir y morir aferrados a ella. Si dejamos a Cristo, dejamos nuestra propia misericordia.

También permanecieron por lo que creían acerca de él: «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Cristo». Si él es el Mesías prometido, entonces debe establecer la justicia eterna (Daniel 9:24); por lo tanto, tiene las palabras de vida eterna, porque la justicia conduce a la vida eterna (Romanos 5:21). Ellos creían que Jesús era el Mesías prometido a sus antepasados y esperado durante tanto tiempo por Israel, y que no era simplemente un hombre, sino el Hijo del Dios viviente, aquel a quien Dios dijo: «Tú eres mi Hijo» (Salmo 2:7). Cuando somos tentados a apartarnos, es sabio volver a las verdades fundamentales y aferrarnos a ellas. Si permanecemos firmes en aquello que está fuera de toda duda, estaremos mejor preparados para examinar y conservar la verdad cuando enfrentemos preguntas más difíciles.

Su fe también se había fortalecido. No estaban haciendo una suposición. Dijeron: «Estamos seguros». Habían llegado a conocerlo por experiencia, y ese es el mejor tipo de conocimiento. La incertidumbre de otros debería llevarnos a estar aún más firmes, especialmente en aquello que ahora es la verdad que necesitamos sostener.

Cuando tenemos una fe tan firme en el evangelio de Cristo que estamos dispuestos a arriesgar nuestra alma por él, porque sabemos en quién hemos creído, entonces, y solo entonces, estaremos dispuestos a arriesgar todo lo demás por causa del evangelio.

Luego Cristo hace un comentario triste acerca de la respuesta de Pedro, como se registra en Juan 6:70-71: «¿No los escogí yo a ustedes doce? Sin embargo, uno de ustedes es un diablo». El escritor del Evangelio explica que Jesús hablaba de Judas Iscariote, uno de los doce apóstoles. Pedro había hablado como si todos ellos fueran a permanecer leales a su Maestro. Cristo no rechaza la esperanza bondadosa de Pedro, porque siempre es correcto esperar lo mejor de los demás, pero corrige discretamente la seguridad de Pedro. No debemos estar demasiado seguros acerca de ninguna persona, porque Dios sabe quién le pertenece de verdad, y nosotros no.

Aquí debemos notar que los hipócritas y los traidores de Cristo no son mejores que los demonios. Judas no simplemente tenía un demonio; era un diablo. La palabra también puede significar «acusador falso», como en 2 Timoteo 3:3, y es probable que Judas, cuando vendió a su Maestro a los principales sacerdotes, hablara de Jesús de una manera que lo hiciera parecer malo, para poder justificarse. Pero encaja mejor el sentido más fuerte: Judas era un diablo en forma humana, como un apóstol caído, así como el diablo es un ángel caído. Era Satanás, enemigo y adversario de Cristo. Era Abadón y Apolión, nombres que significan «destructor», y era un hijo de perdición, es decir, alguien destinado a la ruina. Pertenecía a su padre, el diablo; hacía la voluntad del diablo y servía a sus intereses, como Caín, según 1 Juan 3:12. A las personas cuyos cuerpos estaban bajo el control de demonios nunca se les llama «diablos», sino personas poseídas por demonios. Pero a Judas, en cuyo corazón entró Satanás y lo llenó, se le llama un diablo.

Muchas personas que parecen santas en realidad son diabólicas. Judas parecía tan respetable como muchos de los apóstoles. Su veneno, como el de una serpiente, estaba oculto bajo una apariencia suave. Expulsaba demonios y parecía oponerse al reino del diablo; sin embargo, fue un diablo todo el tiempo. Pronto demostraría que lo era, pero ya lo era. Es algo estremecedor, y Cristo lo expresa con asombro: «¿No los escogí yo a ustedes doce?». Es doloroso que el cristianismo llegue a usarse como una cubierta para la maldad diabólica.

Los hipócritas pueden engañar a la gente, pero no pueden engañar a Cristo. Su mirada penetrante ve a través de todo disfraz. Él puede llamar a los diablos por su verdadero nombre, incluso cuando ellos se llaman cristianos, como ocurrió cuando el profeta saludó a la esposa de Jeroboam, que había llegado disfrazada: «Entra, esposa de Jeroboam» (1 Reyes 14:6). La visión divina de Cristo es mucho más clara que cualquier supuesta percepción sobrenatural, y él puede ver los espíritus con total claridad.

También hay personas escogidas por Cristo para un servicio especial que, aun así, terminan demostrando que le son infieles. Jesús había escogido a los doce para que fueran apóstoles, y se afirma claramente que Judas no fue escogido para la vida eterna (Juan 13:18). Sin embargo, uno de los escogidos para un cargo era un diablo. Por eso, alcanzar honor y recibir responsabilidades en la iglesia no es una señal segura de gracia salvadora. Es posible que algunos digan: «Profetizamos en tu nombre» y, aun así, no pertenezcan a Cristo.

Aun en los grupos mejor escogidos de este lado del cielo, no sorprende encontrar a alguien corrupto. De los doce que tuvieron el honor de disfrutar de una comunión cercana con el Dios encarnado —un honor mayor que cualquier otro ser humano haya recibido—, uno era un diablo en forma humana. El autor da especial importancia al hecho de que Judas era uno de los doce, tan favorecido y apartado para ese propósito. No rechacemos a los doce ni los consideremos a todos unos engañadores e hipócritas porque uno de ellos era un diablo. Que la culpa recaiga en el que fue falso, no en quienes, siendo inocentes, estuvieron relacionados con él. Existe una comunidad más allá del velo, la iglesia de los primogénitos, donde jamás entrará nada impuro y no habrá falsos hermanos.

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